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Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para la Alegría Pelos largos y mente corta
Los viejos burgueses pensaban que lo importante es «lo que se tiene». Los dulces cretinos creen que lo que cuenta es «lo que se lleva». Los hombres de veras saben que lo que vale es «lo que se es»
Me habría gustado que estuvieran ustedes conmigo en Roma
la semana pasada presenciando la concentración juvenil que reunió en
torno al Papa nada menos que trescientos mil jóvenes. Y
espero que ustedes no se escandalicen demasiado si les digo
que me fijé más en los muchachos que en el
Papa, aunque sólo sea porque a Juan Pablo II le
he visto cien veces y, en cambio, aquella masa juvenil
era para mí algo absolutamente inédito.
La primera conclusión que saqué
de mi estudio es una que ya conocía hace tiempo:
que jamás se debe juzgar a nadie por sus pintas.
La de los concentrados en Roma era lamentable. Sucios, cansados,
despreocupados por su aliño, vestidos a la buena de Dios
o del diablo, dulcemente gamberreantes.
Cantaban bastante mal y guitarreaban
peor. Y lo que cantaban era más deleznable musicalmente que
sus voces. Solo el brillo de los ojos les salvaba.
¡Estaban, caramba, vivos! Y en un mundo de vegetantes eso
me parecía el milagro de los milagros. A aquellos chicos
se les notaba que tenían ganas de creer en algo
y luchar por algo.
Creían en la vida y no
en la muerte. Les fastidiaba -como a mí- este mundo
en que vivimos, pero creían que gritar contra las cosas
nunca ha cambiado nada y que sólo luchando por mejorar
un rincón de esta tierra habremos hecho algo por ella.
Me gustaron. Me gustaron «a pesar de» sus pelos.
Tengo la
impresión de que en nuestro siglo la mayor parte de
la gente basa sus ideas en la primera impresión externa
de las personas. Y tal vez por ello a los
jóvenes les encante enfurecer a los mayores llevando atuendos y
vestidos que seguramente también a los muchachos les repugnan.
Tal vez
cambiaría todo el día en que nos pusiéramos de acuerdo
en que lo que cuenta en la vida no es
la longitud de los pelos, sino la longitud de la
mente. Y que lo decisivo es saber si uno tiene
limpio el corazón y no si lleva desgastados los pantalones.
Recuerdo
que, cuando yo era curilla recién salido, muchos compañeros míos
se enfurecían contra el tradicional sombrero clerical, la llamada «teja»,
que los reglamentos nos obligaban a llevar. A mí la
teja siempre me pareció espantosamente fea, aunque quizá no tanto
como el bonete. Pero creí, al mismo tiempo, que había
que luchar mucho más por lo que teníamos dentro de
la cabeza que por lo que llevábamos encima de ella.
Y empecé a temer algo que luego se ha producido:
que mucha gente se creyó moderna porque adoptaba vestidos de
última hora, mientras mantenían la cabeza atada a los pesebres
del pasado más pasado.
Por eso me da pena la gente
que repudia a los muchachos porque no le gustan sus
modales, lo mismo que me dan pena los muchachos que
creen que son jóvenes sólo porque son desgarbados y gamberretes.
La juventud es mucho más. es pasión, esperanza, audacia, autoexigencia,
aceptación del riesgo, elección de las cuestas arriba. Y luz
en la mirada.
El tamaño de los pelos cambia en cada
curva de la historia. Un amigo mío cura decidió un
día dejarse barba y bigote, y se topó con el
escándalo de su madre, a quien tales adminículos parecían un
pecado sordísimo en un sacerdote. «¡Pues también el Sagrado Corazón
lleva barba y bigote!», replicó mi amigo. Y el argumento
desarmó a su madre, a quien, desde ese momento, empezaron
a parecerle respetables los barbudos.
La verdad es que resulta muy
poco preocupante el saber si Cervantes usaba gorguera o si
Shakespeare tenía largas melenas rizadas. Queda la prosa del primero
y los sonetos y dramas del segundo. Lo malo es
la gente que en lugar de escribir Hamlet se cree
realizada por llevar remiendos de color en la chaqueta. Importa
un pimiento si la gente dice «chipén», «macanudo» o «guay».
Lo que importa es que sepan decir algo más, pensar
algo más, vivir algo más.
El gran diablo es que muchos
de estos disfraces de lenguaje, vestidos o peinados son simples
coartadas para gentes que creen que uno puede «realizarse» sin
luchar y sin luchar corajuda, terca y aburridamente.
Tener personalidad
es más difícil que tener un papá que te compre
una moto. Y yo nunca supe de nadie que consiguiera
la personalidad cuesta abajo. Los viejos burgueses pensaban que lo
importante es «lo que se tiene». Los dulces cretinos creen
que lo que cuenta es «lo que se lleva». Los
hombres de veras saben que lo que vale es «lo
que se es». Y un globo lleno de viento será
siernpre un globo vacío, tanto si se lo viste de
melenas como si se le cubre de andrajos. Mientras que
una cabeza repleta poco importa cómo se cubre.
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