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Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para la Alegría Nacidos para la aventura
Una tierra de jóvenes hastiados o inteligentemente atontados sería la catástrofe de las catástrofes
Nacidos para la aventura
Junto a las escaleras del «metro» que tomo todas
las tardes han plantado una valla publicitaria en la que
un avispado dibujante ha diseñado un feto de seis meses
que reposa feliz dentro de un óvulo, flotante dentro de
un seno que no se sabe muy bien si es
maternal o intergaláctico. Está acurrucadito, tal y como estuvimos todos,
entre asustados y expectantes, soñando con la vida. Pero, por
obra y gracia del agudo publicitario, el dulce-futuro-bebé tiene algo
inesperado: unos pantaloncitos vaqueros, que le ciñen mucho mejor de
lo que mañana lo harán los pañales maternos. Y nuestro
genio de la publicidad ha coronado su «invento» con una
frase apasionante: «Nacido para la aventura». Todo un destino.
Yo, la
verdad, siento una infinita compasión hacia cuantos trabajan en las
agencias de publicidad (sobre todo hacia los que llaman «los
creativos»), que han de pasarse la vida entera exprimiéndose el
cacumen para inventar esa frase nueva, genial y diferente que,
desde las esquinas de las calles, nos herirá a los
sufridos transeúntes como una estocada. ¿Y cómo encontrar un slogan
nuevo sobre algo tan machacado por la competencia como los
pantalones vaqueros? ¿Cómo hallar un nuevo argumento con el que
convencer a la dulce muchachada de que ingresarán directamente en
el cielo de la felicidad apenas se vistan esa arcangélica
indumentaria?
Todo está dicho ya. Un año nos explicaron que
con una determinada marca atraeríamos todas las miradas femeninas y
nos encontraríamos catapultados en un harén de muchachas. Nos anunciaron
que los tejanos «eran la libertad», que vistiéndolos «seríamos más»
y hasta que penetraríamos más allá de las nubes. Una
agencia nos contó que los jeans nos «identifican», que con
ellos estaríamos «satisfechos» porque «no hay cosa más linda». Los
de otra marca son «los que mejor se mueven» y
bastaba con «dejarlos bailar». Alguien puso su pimienta tentadora y
nos explicó que esos pantalones «resistirán si tú resistes». Y
hasta nos contaron que con ellos puestos Tarzán se quedaría
tamañito a nuestro lado. Realmente ya sólo faltaba que alguien
batiera el récord de la imaginación (¿o de la estupidez?)
y nos hablara de los vaqueros intrauterinos, descubriéndonos -¡oh gozo!-
que la gran aventura que nos espera al nacer es
nada más y nada menos que vestirnos un pantalón tejano.
Comprenderán
ustedes que a mí me trae sin cuidado lo que
la gente vista o deje de vestir, tanto antes como
después de nacer. Me hace gracia, eso sí, que se
haya cumplido tan rápidamente aquella profecía de Julio Camba que
anunciaba que en el futuro no se adaptarían los vestidos
a los hombres, sino los hombres a los vestidos; pero,
por lo demás, pienso que cada uno es dueño de
elegir sus trapitos y no seré yo quien diga a
los jóvenes, como Don Quijote a Sancho («tu vestido será
calza entera, ropilla larga, herreruelos un poco más largos»), el
modo en que deberían vestir. Me importa mucho más lo
que la gente tiene dentro de la cabeza que lo
que lleva encima de las piernas. Pero sí me preocupa,
y mucho, en cambio, esa máquina de guerra que ha
puesto en marcha nuestra sociedad para convencer a los muchachos
de que la vida es idiotez.
Porque lo que hay detrás
de la frivolidad de ciertas publicaciones es algo mucho más
serio que una manera de vestir o una marca de
pantalones. Es algo que podría definirse como «el progresivo empequeñecimiento
de los ideales».
Pepe Hierro, en uno de sus más hermosos
poemas, cantaba la triste suerte de aquel pobre emigrante -«Manuel
del Río, natural de España»- que un día se murió
sin saber por qué ni para qué había vivido y
cuyo cadáver «está tendido en D´Agostino Funeral Home. Haskell. New
Jersey». Ante aquel cuerpo, vivido y muerto ¿inútilmente?, Hierro le
recordaba que:
Tus abuelos fecundaron la tierra toda, la empapaban de la aventura. Cuando
caía un español se mutilaba el universo. Y sentía ganas de llorar
al recordar que Hace mucho que el español muere de anónimo y
cordura o en locuras desgarradoras entre hermanos.
¿Y ahora? Ahora ¿tendremos que seguir
descendiendo y decir a los muchachos que la gran aventura
para la que nacen no es ya «fecundar la tierra
toda», sino ponerse una determinada marca de pantalones?
¿Deberemos sentirnos gozosos
porque ya no morimos «en locuras desgarradoras entre hermanos» y
pensaremos que hemos mejorado descendiendo a esa guerra civil de
la mediocre estupidez?
Me impresiona pensar en esta civilización que tienta
a diario a los jóvenes con la mediocridad. Hubo tiempos
en los que se les tentaba con la revolución, ahora
se les invita a la siesta y la morfina, a
infravivir, como si el lobo ya no soñara en comerse
a Caperucita, sino simplemente en atontaría y domesticarla.
Por eso me
ha dolido el anuncio que han colocado sobre las escaleras
de mi «metro»: porque profana dos de las palabras más
sagradas de nuestro diccionario: «nacer» y «aventura». A mí me
encanta entender la vida como una apasionante aventura. Creo que
me mantendré joven mientras siga creyéndolo. Me apasiona entender la
vida como un reto que debo superar, como un riesgo
que debo correr y en el que tengo que vivir
intensamente para realizar cada uno de sus minutos. Creo que
la juventud es seguir teniendo largos los sueños y despierto
el coraje, alta la esperanza e indomeñable ante el dolor.
Odio la idea de dejarme arrastrar por las horas y
estoy decidido a mantenerme vivo hasta el último minuto que
me den en el mundo.
Pienso, como Santa Teresa, que aventurar
la vida es el único modo de ganarla:
No haya ningún
cobarde. Aventuremos la vida, pues no hay quien mejor la guarde
que quien la da por perdida.
¿Y tendré que pensar ahora
que la aventura que me esperaba a las puertas del
seno de mi madre era el tipo de pantalones que
habría de vestir? Hubo tiempos en los que las gentes
soñaban ser santos, cruzar continentes, dominar el mundo, multiplicar la
fraternidad o, al menos, transmitir diaria y humildemente algunas gotas
de alegría. ¿Y ahora bajaremos a esa tercera división de
la Humanidad, cuyas metas consisten en «realizarse» teniendo un coche
o poniéndonos una determinada marca de tejanos? Ya sólo nos
falta que un publicitario invente el último y más cruel
de los anuncios: «Muchachos que ahora nacéis, dentro de quince
años estaréis todos parados. Pero no temáis, pasaréis vuestro paro
sentaditos sobre unos pantalones marca no-sé-cuál.»
Mi viejo amigo Bernanos decía
que «para que una habitación esté templada es necesario que
el fogón esté al rojo vivo». El fogón de nuestras
vidas es la juventud. ¡Y cómo temblarán mañana de frío
todos esos muchachos a quienes hoy estamos llenando la juventud
de carbones congelados!
Un mundo en el que los vicios fueran
tristes y los adultos aburridos sería ya una tragedia. Pero
una tierra de jóvenes hastiados o inteligentemente atontados sería la
catástrofe de las catástrofes. Y uno teme a veces que
si antaño, «cuando caía un español se mutilaba el universo»,
tal vez mañana en alguna tumba podrá escribirse el más
macabro de los epitafios: «Aquí descansa Fulanito de Nada, que,
al morirse, dejó vacíos unos pantalones.»
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