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Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para el amor Las cadenas del miedo
El miedoso es alguien que apuesta siempre por el «no» en caso de duda. Se rodea de prohibiciones y murallas y termina provocando los efectos contrarios a los que aspira
Las cadenas del miedo
Una de las grandes tentaciones de nuestra generación es
el miedo. Y una de las más extendidas. Al menos
yo me encuentro cada vez con más personas que viven
acobardadas, a la defensiva, no tanto por lo que les
ocurre cuanto por lo que puede venir.
Y lo peor del
miedo es que es una reacción espontánea y -a poco
que el hombre se descuide- casi inevitable. Sobre todo en
los grandes períodos de cambios como el que vivimos.
Quizá lo
más característico de nuestra civilización sea, precisamente, el endiablado ritmo
con que ocurren las cosas. Lo que ayer mismo era
normal, hoy se ha convertido en desusado. Las ideas en
que nos sosteníamos son socavadas desde todos los frentes. La
inseguridad se nos ha vuelto ley de vida. La gente
mira a derecha e izquierda inquietamente y te pregunta: Pero
¿qué es lo que nos pasa? Y no se dan
cuenta de que lo que nos pasa es, precisamente, que
no sabemos qué es lo que nos pasa.
Y surge el
miedo. El hombre -lo queramos o no- es un animal
de costumbres. En cuanto pasan las inquietudes de la juventud,
todos tendemos a instalarnos: en nuestras ideas, en nuestros modos
de ser y de vivir. Cuando alguien nos lo cambia,
sentimos que nos roban la tierra bajo los pies. Y,
al sentirnos inseguros, brota el miedo.
Un miedo que se percibe
en todos los campos: hay creyentes angustiados que temen que
les «cambien» la fe. Hay padres que tiemblan de sólo
pensar en el futuro de sus hijos. En el campo
político son muchos los que ya cambiaron las ilusiones de
siglo XX por los miedos del XXI.
Y hay que decir
sin rodeos que no hay mejor camino para equivocarse que
el que juzga y construye sobre el miedo. Porque si
el pánico paraliza el cuerpo del que lo sufre, también
inmoviliza y encadena su inteligencia. El miedoso se vuelve daltónico
-ya no ve sino las cosas que le amenazan. Y
no se puede construir nada viviendo a la defensiva.
El miedoso
es alguien que apuesta siempre por el «no» en caso
de duda. Se rodea de prohibiciones y murallas y termina
provocando los efectos contrarios a los que aspira. Un padre
aterrado ante el futuro de sus hijos no tardará mucho
en convertirlos en rebeldes. Un obispo o un cura que
tiembla ante el futuro de la fe fabricará descreídos o
resentidos. Un viejo que teme la muerte se olvidará de
vivir. Un joven dominado por el temor se volverá viejo
antes de tiempo.
Esto, naturalmente, no significa canonizar todo cambio. Hay
cambios con los que el mundo avanza (y deben ser
apoyados por todos) y algunos con los que se camina
hacia atrás. Y habrá que resistir frente a ellos. Pero
resistir desde la seguridad de aquello en lo que se
cree, no desde el pánico de lo que se teme.
El miedoso no se atreve a confesárselo, pero en realidad
teme porque no está seguro ni de sus creencias ni
de si mismo. Entonces se defiende y patalea. Pero ya
no defiende su verdad, sino su seguridad.
No hay que
tener miedo. Nunca. A nada. Salvo a nuestro propio miedo.
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