La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para el amor La puerta cerrada
El problema no está en si la vida es fácil o difícil, sino en cómo reaccionamos ante los obstáculos
La puerta cerrada
¿Y cuando parece que todas las puertas de la
vida se cierran? ¿Y cuando la vida se viene abajo
no por falta de ilusiones ni de coraje, sino porque
las circunstancias se encargan de troncharte?
Recibo una carta de un
muchacho de veinte años -entre otras muchísimas que me gustaría
poder contestar, pero no puedo- que me cuenta una historia,
para él, dramática. A los ocho años se «enamoró» de
un deporte que iba a llenar su vida. Comenzó a
practicarlo a los doce. Tenía dotes. Se veía ya compitiendo
en una olimpiada. No le faltaba ni la paciencia ni
la constancia que una empresa así exige. Sólo tenía una
desgracia: vivía en una ciudad que carecía de las instalaciones
y entrenadores necesarios. Comenzó a los catorce años su lucha
con las federaciones. Logró pequeñas ayudas. Insuficientes. Siguió luchando, entrenándose
solo, pero sin ignorar que el tiempo no perdona. Y
con sólo veinte años se encuentra que ya es «viejo»
para lo que soñaba. De golpe se da cuenta de
que no puede seguir engañándose. Y de que ha perdido
una etapa estupenda de la vida detrás de una quimera.
Todo lo que ha aprendido sirve, cuando más, para asombrar
a algún amigo o para practicar el automasoquismo. «La depresión
-me dice- está servida. Y garantizada su larga duración.»
Yo no
contaría este caso si no fuera simbólico de otros muchísimos.
Son millones los seres humanos que nacieron para una cosa
y se ven empujados a hacer otra. Millones los que
han visto cerrar entre sus narices la puerta de sus
sueños. Soñaron ser médicos y son ahora oficinistas. Pensaron ser
pintores, están de empleados de banco. Aspiraron a la gloria
y, al final, se sienten dichosos con poder ganar en
cualquier trabajo su pan.
¿Qué hacer entonces? ¿Romperse la cabeza contra
la puerta que nos han cerrado? ¿Aceptar la depresión como
supremo masoquismo? ¿Pasarse la vida llorando por la ilusión perdida?
Recuerdo
haber oído, hace ya muchos años, una frase de Juan
XXIII que me marcó profundamente: «Es signo de los mejores
servidores de Dios el estar haciendo algo diferente de aquello
a lo que se sentían llamados». Y esto, que el
Papa refería al mundo del espíritu, puede también decirse de
un alto porcentaje de los mejores genios de la Humanidad.
La
verdad es que haberse encontrado con una o muchas puertas
cerradas en aquello que más amábamos es ley casi inevitable
de la Humanidad. Son pocos los que tienen la impagable
fortuna de poder entregarse siempre en línea recta a lo
que soñaron. Los más caminan con líneas torcidas, con vericuetos,
con dos pasos adelante y uno atrás.
Todos -yo también- podríamos
contar muchas historias de fracasos, atascos o incomprensiones. Todos hemos
tenido una mañana o una tarde en que nos pareció
que nuestra vida había sido tronchada. Y hasta podría asegurarse
que quienes más anduvieron en su vida son los que
con más puertas cerradas se tropezaron.
El problema no está, pues,
en si la vida es fácil o difícil, sino en
cómo reaccionamos ante los obstáculos.
Por si a alguien le sirve
voy a recoger aquí el consejo que alguien me dio
a mí siendo yo un muchacho y que me ha
funcionado bastante bien durante mi vida: «Si un día te
cierran una puerta, la solución no es romperte la cabeza
contra ella, sino preguntarte si no habrá, al lado de
ella y en la misma dirección, alguna otra puerta por
la que puedas pasar.
En la vida hay que aceptar
a veces salidas de emergencia, aunque nos obliguen a dar
un pequeño rodeo. Procura, al mismo tiempo, tener siempre encendidas
tres o cuatro ilusiones; así, si te apagan una, aún
tendrás otras de las que seguir viviendo. Distingue siempre entre
tus ideales y las formas de realizarlos. Aquellos son intocables,
éstas no. Si alguien te pone obstáculos a tu ideal,
pregúntale si se opone de veras a tu ideal o
a la forma en que estás realizándolo. Y no veas
problema en cambiar de forma de buscarlo, siempre que sigas
buscando el mismo ideal. Aprende en la vida a ser
terco y tenaz, pero no confundas la tenacidad con la
cabeza dura. No cedas ni en tus ideas ni en
tus convicciones, pero no olvides que una verdad puede decirse
de mil maneras y que no siempre vale la pena
sufrir por ciertos modos de expresión. Y cuando llegue una
ola que es más fuerte que tú, agáchate, déjala pasar,
espera. Y luego, sigue nadando.»
Cuando oí por primera vez todo
esto pensé que era más fácil decirlo que hacerlo. Pero
el paso del tiempo me ha ido descubriendo que la
vida es más ancha de lo que imaginamos. Y que
cerrar la puerta a un hombre decidido a seguir es
tan inútil como ponerle puertas al campo.
Si
tienes dudas o quieres comentar este artículo ponte en contacto
con alguno de los asesores para jóvenes de
Catholic.net. ¡Te los recomendamos a todos!
Si tienes alguna duda, conoces algún
caso que quieras compartir, o quieres darnos tu opinión, te
esperamos en los FOROS DE CATHOLIC.NET donde siempre encontrarás
a alguien al otro lado de la pantalla, que agradecerá
tus comentarios y los enriquecerá con su propia experiencia.
Imagen: "Puerta
de Catorce I". Deborah Dupont
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR