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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Hacia el encuentro con la Vida
Hay valores más importantes que la risa fácil de diversiones buscadas en exceso
Hacia el encuentro con la Vida
Desde que nacemos, toda nuestra vida es un continuo
frenesí. Primero, la velocidad de un embrión, de un feto,
que crece y crece con energías insospechadas. Luego, las inquietudes
de un bebé, sus lloros, su sonrisa, sus sueños y
sus pataleos. Llegan en seguida los primeros pasos, la aventura
de un idioma, el descubrir mil cosas nuevas, el continuo
“probar” con la boca a qué sabe cada clavo, pedazo
de madera o juguete de plástico. Luego, el deseo de
mayor libertad, los coscorrones, el inicio del parvulario...
Así pasan meses
y años entre viajes y largas horas en casa, deporte
y diversiones, clases y momentos ante la televisión (o ante
el plato que no acaba de ser vaciado). Pronto llega
la época de las fiestas y los amigos, los deseos
de ser aceptado como “adulto”, valiente y decidido, cuando en
realidad el miedo al futuro y la incertidumbre de cada
nueva experiencia no acaban de llenar del todo ese corazón
que nació para vuelos mucho más altos.
La adolescencia es una
época de contrastes y de aventuras. Uno vive en el
mundo de las emociones, del primer amor, del descubrir el
propio cuerpo y sus reacciones, de la incertidumbre por unos
estudios que hay que escoger sin saber aún qué se
quiere hacer en la vida profesional. Además, pequeños o grandes
fracasos revelan que la vida no es fácil, que un
aparente amigo puede ser el traidor de mis esperanzas, que
aquella chica o aquel chico que decía amarme ha jugado
un rato con mi ingenuidad de soñador empedernido.
Después de uno,
dos, cien golpes, la “realidad” nos saca de un mundo
de fantasías y nos pone ante situaciones no deseadas ni
previstas. Unos adolescentes que han jugado al amor se encuentran
con un embarazo indeseado. Un chico que empezó con un
poco de “droga ligera” tiembla ahora por las noches cuando
le falta la dosis a la que no quiso encadenarse.
Un estudiante de último mes recibe la sorpresa de unas
notas que no le dejarán entrar en aquella carrera por
la que tanto había luchado.
Algunos sucumben ante tanta incertidumbre y
tanta prueba. O prefieren cerrar los ojos y subir el
volumen de la música favorita. Otros se encierran en una
computadora y buscan, con los chats, nuevas emociones. No falta
quien se abandona a la desesperanza: ya no encuentra ningún
sentido a su corta vida.
No todos pasan por tragos tan
amargos. Hay quienes han acogido el cariño y los consejos
de padres prudentes y cercanos, sin ser opresivos, y con
ellos afrontan cada nueva situación. Otros han abierto a tiempo
un Evangelio y se han dado cuenta de que el
camino de la perdición es fácil, mientras el camino de
la vida, del amor, de la única victoria (que Dios
da a quien la pide), pasa por el sacrificio, por
el decir que no a ese cigarrillo o a un
paseo a solas con quien amo que puede terminar donde
al inicio no queríamos.
Es un camino difícil, pero con premios
inmensos, maravillosos, como lo son las palabras de Cristo, que
es (Él mismo nos lo dijo) “camino, verdad y vida”.
Es un camino ofrecido a todos. La semilla cae en
muchos campos. Algunos, con buena tierra y corazón atento, pasan
a través de las tormentas de la vida y construyen
alianzas llenas de esperanza. Otros viven entre zarzas, pero no
por ello han sido excluidos de la siembra. Quizá lleguen
más tarde, quizá tengan que pasar por muchas pruebas, quizá
sólo tras un accidente pensarán que la vida no es
un juego, que hay valores más importantes que la risa
fácil de diversiones buscadas en exceso.
Tras las heridas se ofrece
el amor que perdona y que sana. Desesperar no es
posible en quien conoce a Cristo, en quien ha visto
lo mucho que nos ama. Hoy se acerca, con respeto,
a millones de seres humanos, jóvenes, adultos o ya ancianos.
Muchos, sin ruido, sin fotos ni reporteros, empiezan a dar
un paso decisivo hacia el encuentro con la Vida.
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