La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Voluntades secuestradas
Una palabra capaz de iniciar un cambio radical en una vida hasta ahora monótona y encadenada: “¡quiero!”...
Voluntades secuestradas
Según nos dice la filosofía, cada ser humano
puede sentir, puede pensar, puede decidir, puede amar. Tiene sentimientos,
inteligencia y voluntad.
Tiene voluntad... y a veces no la usa.
O la deja congelada, o permite que se encuentre secuestrada.
Como le ocurrió al rey Théoden, uno de los personajes
de la obra más famosa de Tolkien, “El señor de
los anillos”.
Théoden vive en su palacio. Tiene el poder. Es
el rey: puede mandar, goza del afecto de su gente.
Pero un mago consejero, “Lengua de serpiente”, lo tiene encantado.
Le ha guardado la espada, le sugiere ideas que lo
dejan indeciso, confuso, sin capacidad de reacción. Théoden envejece poco
a poco en su tristeza, se hunde encadenado en su
trono, mientras la gente espera, anhela, sueña ver otra vez
al rey, escuchar su voz, recibir sus órdenes.
Muchas vidas dejan
que su voluntad quede secuestrada. A veces por la eterna
enfermedad de la duda. Cada paso es pensado, medido, en
sus mil posibilidades, en los riesgos que se esconden detrás
de cada esquina. Después de dar vueltas y revueltas a
lo que hay que decidir, la decisión no llega: la
duda ha paralizado una vida, la voluntad se siente prisionera,
inmóvil, incapaz de optar una decisión, de caminar hacia una
meta.
Dicen que un prisionero de la duda no será nunca
un Hitler. Quizá sea verdad. Pero también es verdad que
nunca será una Madre Teresa, un Francisco de Asís o
un voluntario entre pobres, enfermos y heridos. La duda necesita
ser superada con una buena dosis de optimismo, con consejeros
sabios (como el Gandalf de Tolkien), con una oración que
pida ayuda y luz al Dios del cielo.
Otras voluntades están
dispuestas a la lucha. Han visto claro lo que es
justo, quieren tomar una opción en favor de una causa
(esperamos que sea una buena causa). Sin embargo, los sentimientos,
los miedos, el respeto humano, ponen una frontera infranqueable, paralizan
ojos, lengua y manos.
¿Qué ha ocurrido? Simplemente, que esa voluntad
ha permitido que mil telarañas la aprisionen y la asfixien.
Son vidas de esposos que se sientan en su sofá,
ante la televisión, todo el día, mientras la mano se
mueve entre la botella y el telecomando. Son vidas de
padres que tienen miedo a dar un consejo al hijo
que empieza a desviarse del buen camino. Son vidas de
hijos que se pierden en el anonimato de la pandilla,
incapaces de decir “no” a las primeras pruebas de un
porro emocionante, aunque saben lo peligrosa que es la droga.
O de jóvenes que saben lo importante que es el
estudio para lograr un buen puesto en la vida, pero
les puede más la computadora o el juego electrónico de
moda en el mercado.
Una vida con una voluntad débil, envuelta
en dudas, o secuestrada por los sentimientos, no puede brillar
sin un esfuerzo por liberarse, por romper cadenas. La voluntad
no ha muerto: sobrevive mientras haya un mínimo de salud
mental, de conciencia. Estará llena de polvo, estará dormida, estará
casi por estrenar, pero está allí, medio escondida. A veces
basta un accidente, un imprevisto, una enfermedad, un reproche que
nos sacuda, para que esa voluntad, como león dormido, despierte.
Pero
no siempre llega esa ocasión, o quizá no la vemos.
Gandalf vale para las aventuras de “El señor de los
anillos”, pero no suele aparecer en la vida real. Ahora
nos toca sentir la llamada a abrir los ojos, a
levantarnos de la silla para apagar esa televisión o esa
computadora que nos esclaviza, para decir no a ese capricho
que nos obsesiona.
Podemos coger no una espada, como el rey
Théoden, sino la propia vida. Podemos sentir que somos capaces
de mucho más de lo que habíamos imaginado o de
lo que otros piensan. Aunque quizá ya casi nadie crea
en nosotros. Aunque quizá ni siquiera yo mismo piense que
puedo hacer tantas cosas simplemente con decir una palabra fuerte,
enérgica, luminosa. Una palabra capaz de iniciar un cambio radical,
profundo, decisivo, en una vida hasta ahora monótona y encadenada:
“¡quiero!”...
Si tienes alguna duda,
conoces algún caso que quieras compartir, o quieres darnos tu
opinión, te esperamos en los FOROS DE CATHOLIC.NET donde
siempre encontrarás a alguien al otro lado de la pantalla,
que agradecerá tus comentarios y los enriquecerá con su propia
experiencia.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR