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Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: interrogantes.net Creer en los demás
La imagen que cada uno tiene de sí mismo es en gran parte reflejo de lo que los demás piensan sobre nosotros
Creer en los demás
Cuenta Anthony Robbins cómo en la escuela tuvo un profesor
de oratoria que, un buen día, le dijo que quería
verle después de la clase. El chico se preguntaba si
habría hecho algo malo.
Sin embargo, cuando hablaron, el profesor le dijo:
"Señor Robbins, creo que usted tiene condiciones para ser un
buen orador, y quiero invitarle a un certamen de oratoria
con otras escuelas".
Robbins no pensaba que poseyera ninguna capacidad especial como conferenciante,
pero su profesor lo decía con tal seguridad que no
dudó en creerle y aceptó. Aquella sencilla intervención de aquel
profesor cambió la vida de ese chico, que en pocos
años llegó a ser uno de los más valorados talentos
de la comunicación, con un gran prestigio internacional. Aquel profesor
hizo una cosa pequeña, pero logró cambiar la percepción que
ese chico tenía de sí mismo.
La imagen que cada
uno tiene de sí mismo es en gran parte reflejo
de lo que los demás piensan sobre nosotros. O, mejor
dicho, la imagen que cada uno tiene de sí mismo
es en gran parte reflejo de lo que creemos que
los demás piensan sobre nosotros.
No puede olvidarse que esa imagen es una
componente real de la propia personalidad, que regula en buena
parte el acceso a la propia energía interior, o incluso
crea esa energía. Es un fenómeno que puede observarse con
claridad, por ejemplo, en los deportes. Los entrenadores saben bien
que en determinadas situaciones anímicas, sus atletas rinden menos. Cuando
una persona sufre un fracaso, o se encuentra ante un
ambiente hostil, es fácil que se encuentre desanimado, desvitalizado, falto
de energía. En cambio, cuando un equipo juega ante su
afición, y ésta le anima con calor, los jugadores se
crecen de una forma sorprendente. También lo experimentan los corredores
de fondo, o los ciclistas: pueden estar al límite de
su resistencia por el cansancio de una carrera muy larga,
pero una aclamación del público al doblar una curva parece
ponerles alas en los pies.
Nuestra energía interior no es
un valor constante, sino que depende mucho de lo que
pensemos sobre nosotros mismos. Si no me considero capaz de
hacer algo, me resultará extraordinariamente costoso hacerlo, si es que
llego a hacerlo. Hay que pensar que la opción del
desánimo tiene también su poder de seducción, y que el
derrotismo y el victimismo se presentan para muchas personas como
algo realmente sugestivo y tentador.
Y en esto también se puede adquirir hábito.
El tono vital optimista o pesimista, el sesgo favorable o
desfavorable con el que vemos nuestra realidad personal, también es
algo que en gran parte se aprende, algo en lo
que cualquier persona puede adquirir un hábito positivo o negativo.
¿Y no es un poco narcisista esto de pensar tanto
en la propia imagen? Podría serlo si no se plantean
bien las cosas, pero no tiene por qué ser así.
El narcisista sufre porque en realidad no se ama a
sí mismo, sino sobre todo a su imagen, de la
que acaba siendo un auténtico esclavo. En el momento de
elegir entre él mismo y su imagen, acaba en la
práctica prefiriendo a su imagen, y ésa es la causa
de sus angustias: una atención exagerada a su figura y,
como consecuencia, una falta de identificación y afianzamiento en sí
mismo. Desarrollar la autoestima, es decir, una equilibrada estimación de
uno mismo, es algo muy necesario, para lo que es
preciso tener una buena percepción de uno mismo. Si uno
confunde eso con dejarse esclavizar por su imagen, equivoca el
camino; pero si logra crear una imagen positiva de sus
propias capacidades, sin duda éstas rendirán mucho más.
Por
eso, creer en los demás tiene efectos que muchas veces
son sorprendentemente positivos. Todos respondemos conforme a las sinceras expectativas
que otros tienen de nosotros. Si probamos durante un tiempo
a tratar a alguien con mayor consideración y afecto, a
creerle capaz de mejorar su carácter o su rendimiento; si
nos esforzamos, en definitiva, por verle con mejores ojos –quizá
más inteligente y más capaz de lo que ahora lo
vemos–, es bien probable que esa persona acabe siendo mucho
mejor de lo que ahora es.
Todos hemos pasado alguna vez por pequeñas
crisis, por momentos en los que nos faltaba un poco
de fe en nosotros mismos, y quizá entonces encontramos a
alguien que creyó en nosotros, que apostó por nosotros, y
eso nos hizo crecernos y superar aquella situación. Goethe escribió:
trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo
lo que es; trátalo como puede y debe ser, y
se convertirá en lo que puede y debe ser.
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