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Se está organizando un congreso titulado “Sé tú mismo”. Seguramente
los ponentes y conferencistas hablarán muy elocuentemente sobre la autenticidad
y sobre lo mucho que a los jóvenes nos hace
falta la vivencia de esta virtud. Pero… ¿qué significa realmente
ser uno mismo?
Me suena como frase de película, aunque
de alguna no muy buena. Esta máxima suena muy manoseada.
Podría pegar con una nueva publicidad para vender un refresco,
algo como “sé tu mismo, bebe X-cola”. Pero ese be
yourself tan desprestigiado tiene un significado más profundo de lo
que imaginamos.
No es el que algunas almas mediocres podrían
manejar como narcótico de su conciencia. Ser uno mismo no
significa hacer lo que me venga en gana. “Yo no
trabajo porque así soy yo”. O cambia “trabajo” por estudio,
cumplir mis deberes, rezar, superarte. Ser auténtico significa luchar por
el fin que quiero alcanzar, no conformarme con las cortedades
que ya tengo.
¡Pero cuidado! También está la estafa de
la moda. Todas las marcas nos dicen que usemos su
ropa para ser nosotros mismos. Pero, ¿quién se hubiera atrevido
a salir a la calle con los calzones por fuera
antes de que se pusiera de moda? O ¿qué chica
pasada en kilos hubiera enseñado las llantitas antes de que
“todas lo hicieran”? Si alguien te tiene que marcar el
paso de cómo te tienes que vestir, qué debes pensar
o cómo debes hablar para estar in, no serás muy
auténtico que digamos.
No tenemos que inventar grandes cosas para
ser originales, basta con que saquemos lo que llevamos dentro,
porque ¿cuándo has visto a dos personas que sean exactamente
iguales? Hasta los gemelos monocigóticos suelen ser totalmente diferentes el
uno del otro. Ser tú mismo significa no dejarte arrastrar.
Ser tú mismo significa decir la verdad – aunque a
veces duela –; Significa defender tus derechos y no tener
miedo a pasar vergüenzas. ¡Eso es ser tú mismo! Y
no las monadas que nos venden en la tele.
Hace
unos cuantos siglos mataron a un hombre porque fue él
mismo. El rey le pedía que firmara un documento que
iba en contra de sus principios. No hubo remedio: le
cortaron la cabeza. Y no se amilanó ni siquiera cuando
su misma hija le rogó – con lágrimas en los
ojos – que desistiera de su intransigencia. Si ese hombre
hubiera cedido ante la peer pressure de la sociedad, si
hubiera dejado de ser él y sus principios para consentir
lo que todos pensaban, hoy no conoceríamos su nombre. Sin
embargo el correr de los años no ha borrado aún
el nombre de Sir Thomas More, mejor conocido como Tomás
Moro.
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