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No basta el deseo de ser un cristiano maduro.
Para que la opción sea verdadera, se requiere un esfuerzo
real para vivir conforme a lo que se ha determinado.
Los dibujos del arquitecto nunca serán un edificio hasta que
alguien se ponga a trabajar para construirlo.
Vivir según la
voluntad de Dios implica la decisión de formarse de acuerdo
«al estado de hombre perfecto, a la madurez de la
plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), es decir, «revestirse del
Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad
verdaderas» (Ef 4, 24).
Esta decisión de formarse es imprescindible. Cimentado
sobre ella el hombre puede ordenar cada hora y cada
minuto de su vida hacia su fin último. No tomar
esta decisión es servir a dos señores y formarse en
un personalidad dividida y doble, en cuanto que se ha
hecho una opción por Dios, pero no se busca concretarla
con hechos. Cuanto más sólida es la opción fundamental, más
sólida es la decisión de formarse bien. Formarse no sólo
en algunos aspectos, sino en una formación integral que abarque
todo el hombre en todos los momentos de su vida.
En
dicha formación es sumamente importante la armonización e integración de
los diversos aspectos de la personalidad. Desarrollar algunas partes de
la persona y despreciar otras puede dar como resultado una
personalidad excéntrica, encerrada dentro de una órbita pequeña de la
cual es difícil o imposible salir, si no peligroso. De
hecho, es fácil encontrarse tales personas en la vida: podemos
pensar en aquellos que se han dedicado tanto al trabajo
intelectual que se les hace imposible tener relaciones normales con
los demás seres humanos o en los que se dedican
tanto al culto del cuerpo que acaban convirtiendo la presen-cia
física en el único criterio que guía su existencia. Para
evitar estos escollos, nuestro ideal es el desarrollo íntegro, armónico
y jerárquico de todas las facultades.
Aunque ya queda dicho, es
importante repetir que el motivo de este esfuerzo es el
amor a Cristo. No hay otro motivo. Dios nos amó
y sigue amándonos en todos los momentos de nuestra vida;
por nuestra parte, respondamos a este amor con lo mejor
de nosotros mismos, tratando de realizar con plenitud el plan
del amado sobre nuestras propias vidas; no podemos escatimar ningún
sacrificio con tal de corresponder a su amor infinito.
Muy
bien, hay que formarse, ¿pero a dónde acudir para empezar
a formar una personalidad madura? No hay una respuesta válida
para todos ya que cada uno se encuentra en una
situación particular. Lo que vale para un estudiante universitario no
siempre valdrá para un político casado. Pero hay unos principios
fundamentales en este trabajo de formación que tienen aplicación universal.
Partimos de ellos. Podemos decir que el primer paso en
la tarea de la formación de una personalidad madura se
encuentra en aquella triada, «conócete, acéptate, supérate». Es lo mismo
que preguntarse, en cualquier proyecto de formación, después de conocer
la meta: ¿Con qué medios cuento para llegar a mi
meta? (en el caso que nos ocupa el medio no
es otro que nosotros mismos). Luego, con tranquilidad y serenidad,
hay que aceptar los que se tengan, siempre con la
intención de sacar lo mejor de ellos para superarse a
sí mismo.
Conócete
El que quiere formarse bien según un ideal elegido
tiene que prestar una atención cuidadosa y tenaz para conocerse
a sí mismo a fondo. La adquisición de la fisonomía
de Cristo es la meta. El punto de partida o
la base de construcción es la propia personalidad sobre la
cual el Espíritu Santo edificará el hombre maduro. Esto requiere
una labor seria de examen para conocer las cualidades y
defectos de esta personalidad. Conocerse significa tener una visión integral
de sí mismo que abarca todas las facultades enfatizando sobre
todo el conocimiento del propio temperamento, la emotividad, el grado
de actividad, la resonancia y capacidad de reflexión.
¿Soy muy
emotivo? ¿Me alegro o me pongo triste fácilmente? ¿Me gusta
la actividad, hacer cosas, o soy más bien el que
siempre dice, «tranquilo, hay tiempo»? ¿Suelo reflexionar o muchas veces
por falta de reflexión digo cosas que no quería decir?
Éstas son preguntas que pueden ayudar a conocerse mejor. Conocerse
significa también adquirir un conocimiento de la propia sensibilidad humana
y espiritual, de la capacidad intelectual, las virtudes y vicios
morales, la rectitud de la conciencia y la reciedumbre de
la voluntad.
Está claro que los temperamentos son diversos, por eso
cada uno lleva su bagaje de cualidades o defectos y
de valores por descubrir. Hay que conocerlos, no sólo a
través de una reflexión serena, sino también con la ayuda
de los demás, escuchando con objetividad lo que dicen. Ciertamente
este conocimiento no se logra en un día ni en
un año. Es preciso formar, entonces, el hábito del autoanálisis
y la apertura a las sugerencias y ayudas de los
demás, aunque a veces no sean muy agradables.
Acéptate
Para algunos el
trabajo de introspección tiene el peligro de conducirles a un
encerramiento en sí mismos y al desánimo. Naturalmente, hay que
evitar esto. Siempre la reflexión y la introspección revelan defectos
hasta entonces desconocidos, pero también descubren cualidades y posibilidades de
superación. La actitud que se debe adoptar no puede ser
sino la de serena aceptación. Es importante recordar lo que
dijimos en el primer capítulo, nuestro ser no es una
carga pesada o un castigo sino un fruto del amor
infinito y bondadoso de Dios. El temperamento que una persona
posee es un don de Dios, que bien encauzado será
una fuente de riqueza. Aun cuando este temperamento tenga muchos
defectos, se debe recordar que la redención obtenida por Cristo,
la vida de gracia y la presencia del Espíritu Santo
en el alma son todos medios que Dios nos concede
para nuestra superación. A nosotros nos toca saber aprovecharlos.
Supérate
La aceptación
de sí mismo, que no es resignación derrotista ni conformismo
egoísta, debe llevar al hombre a la decisión profunda y
permanente de superarse. Esto se hace tomando una actitud responsable
y conquistadora ante la vida; una disposi- ción positiva que
lleva a la persona a vivir, no según los sentimientos
y las circunstancias pasajeras, ni mucho menos según la opinión
de los demás, sino de cara a Dios, tomando los
diversos momentos de la vida como lo que son: respuestas
al amor de Dios. Éste es el verdadero sentido de
la responsabilidad: querer guiar la propia vida, en todos sus
detalles, según los preceptos de aquél en quien se tiene
puesta la confianza (cf. 2Tm 1, 12). Es este tipo
de hombre al que se llama coherente, sincero, leal; en
una palabra, auténtico. La presencia de los demás, no es
el factor determinante de su obrar sino el amor a
Dios mismo. El hombre maduro integral vive todos los acontecimientos
desde el punto de vista de su fe en Dios,
por eso sabe apreciar las cosas más sencillas de su
vida.
Un punto importante es el que se refiere al espíritu
positivo, es decir, el objetivo del esfuerzo no es superar
un defecto, sino amar más y adquirir perfección en la
virtud. De esta manera, cuando surge una dificultad, como puede
ser por ejemplo, ejercitar la paciencia en una situación tensa,
la actitud no debe ser "malum vitandum" solamente, sino "bonum
facendum": se trata de hacer el bien, no de evitar
el mal solamente. Ésta es la diferencia entre un hombre
con un espíritu de conquista y un conformista. El que
ama de verdad busca ocasiones para amar. Esta actitud es
muy diferente a la del siervo que vive como prisionero
de una serie de obligaciones que no entiende ni quiere,
pero las cumple.
Hasta ahora hemos hablado de la parte humana
de este trabajo. No hemos de olvidar que el trabajo
de identificación con Cristo sobrepasa completamente nuestras posibilidades humanas. Necesitamos
la ayuda de Dios. La tenemos en el Espíritu Santo
que Cristo nos prometió en la última cena (cf. Jn
14, 26).
Él, como guía y artífice, con la acción
de la gracia nos va transformando e iluminando en nuestro
trabajo. En la medida en que nos prestemos a la
acción divina, nos acercaremos más a nuestro divino modelo, Jesucristo.
Seremos más maduros como cristianos cuanto más unamos nuestros esfuerzos
a la acción de la gracia. Puesto que la conciencia
es el centro de la persona y guía de su
obrar natural, esfuércense activamente por formarla recta y madura, temerosa
de Dios, abierta siempre al bien y a las inspiraciones
del Espíritu Santo, capaz de discernir lo bueno del mal
y de la mentira y eviten la insinceridad y la
inautenticidad, tan contrarias al espíritu de Cristo.
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