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Si la madurez humana se manifiesta en la capacidad para
tomar decisiones prudentes, en la rectitud en el modo de
juzgar sobre los acontecimientos y los hombres, en la estabilidad
de espíritu y en la autenticidad de vida, la luz
sobre la cual todos estos actos se proyectan es una
conciencia bien formada, pues es ella la que ilumina al
hombre sobre lo bueno y lo malo.
Hay muchas expresiones que
se han empleado para describir la conciencia que nos pueden
ayudar a entender mejor lo que es: «El núcleo más
secreto y el sagrario del hombre, en el que éste
se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en
el recinto más íntimo de aquélla» (Gaudium et spes, 16);
el patio interior en el cual el hombre capta aquello
que es bueno y aquello que es malo, la sede
de las relaciones del hombre con Dios. Para hacerlo todavía
más accesible, algunos han comparado la conciencia con los detectores
de metal en los aeropuertos. Es aquella facultad que revisa
nuestros actos conscientes y libres para dar luz verde si
son buenos o encender la roja si son malos. Ciertamente,
esto no es del todo correcto pero nos puede servir
como ilustración.
Analizando un poco la época en la que vivimos,
constatamos que son tiempos en los que es muy fácil
la desorientación de los criterios morales. Estamos asistiendo a una
desorientación gigantesca de la conciencia individual y social, hasta el
punto de que a muchos les resulta difícil distinguir los
límites de lo bueno y lo malo, lo justo y
lo injusto, lo permitido y lo prohibido, lo honesto y
lo deshonesto en la esfera individual, familiar, social, política y
religiosa.
Por ejemplo, nunca como hoy el hombre ha sido tan
sensible al valor de la libertad y nunca ha hecho
peor uso de ella; así, por un lado, escribe una
Carta de los Derechos Humanos y por otro, los suprime
de raíz con el aborto, la eutanasia, el terrorismo, la
dictadura, la manipulación de la opinión pública y las diversas
formas de violencia. Por una parte, proclama a los cuatro
vientos la propia madurez y por otra, adopta como pautas
de comportamiento normas tan volubles como la opinión pública, el
voto de la mayoría, los eslóganes de moda y los
modelos culturales y sociales del momento. A veces la norma
viene a ser: "Todos lo hacen, luego debe ser bueno",
"lo dicen los medios de comunicación, así opina la mayoría
o el partido o así piensa Fulano de tal, luego
lo acepto incondicionalmente", "está admitido en las Constituciones de muchas
naciones, luego es algo respetable", etc.
De hecho, algunos entienden la
libertad como ausencia total de cualquier tipo de normas. Ser
libre significa para muchos hombres "hago lo que me da
la gana", es decir, un simple libertinaje. En una palabra,
nunca como hoy el hombre ha sido más bárbara-mente manipulado
en el campo comercial, ideológico, político, ético y religioso.
De ahí
que hoy se haga absolutamente necesario formar una conciencia recta
y tener un cuerpo doctrinal ético sólido. Así se podrá
orientar acertadamente en medio de la confusión actual de valores
y podrá ayudar a los demás a hacer lo mismo.
Para lograr eso tenemos que conocer la naturaleza de la
conciencia, sus deformaciones y los medios para formar y mantener
una conciencia recta.
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