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Autor: Caesar Atuire | Fuente: Toma la vida en tus manos La inautenticidad
El respeto humano, el conformismo, la falta de identidad de vida
La inautenticidad
La inautenticidad es una nota desafinada en la sinfonía del
hombre auténtico, o como una grieta en la pared del
hombre maduro. Se da por muchas causas.
a. El "respeto humano"
La
inautenticidad causada por el "qué dirán" consiste en adecuar el
comportamiento a lo que los demás esperan de uno y
no a lo que dictan las convicciones y opciones personales.
No cabe duda de que está bien y es un
acto de caridad pensar en el efecto que el propio
obrar tiene sobre los demás. El peligro está en absorber
o incorporar comportamientos falsos, como si se tratara de ponerse
una máscara para representar un papel.
El "respeto humano" es una
de las formas más comunes de inautenticidad. Su causa se
encuentra en una falta de valor personal, por la cual
las convicciones se quebrantan ante la presencia de los demás.
Cuando esto ocurre, el comportamiento ya no sale de lo
profundo, sino del "qué dirán" de los demás. Como aquellos
cristianos que rehuyen profesar su fe en público por miedo
al "que dirán" o al simple hecho de ser ridiculizados.
La
inautenticidad es un escollo muy sutil, por eso el esfuerzo
de superación tiene que ser constante. Ésta se puede dar
en personas consagradas que hacen mucho en nombre de Dios,
pero realmente actúan movidas sólo por la estima de los
demás, para no ser menos que los demás, o para
sentirse realmente entregados o realizados en su misión, capaces, sobre
todo cuando hay alguien que les observe. La manera real
de superar este defecto es la autoconvicción arraigada en la
opción por amar a Dios sobre todas las cosas. Se
trata de un esfuerzo continuo y consciente de amar a
Dios en la vida cotidiana de tal manera que él
sea el criterio habitual del obrar.
b. El conformismo
El segundo tipo
de inautenticidad brota del conformismo: cuando el cristiano, al margen
de la propia opción por Cristo, se conforma con valores,
actitudes y comportamientos del medio ambiente y de las pasiones.
Podemos distinguir entre el conformismo de las costumbres y el
conformismo de las ideas aunque en la realidad los dos
se entremezclan. En el primer caso, tenemos las personas que
siguen la moda: vestidos, comportamientos, coches, hábitos, etc. En el
caso de un cristiano este conformismo puede darse en la
adaptación a una conducta inspirada en modelos mundanos, en su
comportamiento, en su manera de juzgar la realidad, etc.
El otro
tipo de conformismo es todavía más insidioso. Se da entre
jóvenes y adultos inmaduros. En el joven hay un afán
de autoafirmarse; querría inventar todo de nuevo; quiere ser diferente,
lo cual es muy bueno en sí. Ahora bien, el
conformismo ocurre cuando este afán viene aprovechado por intereses y
fuerzas ajenas al joven mismo. Se convierte así en un
conformista ideológico de tipo político, social o simplemente en un
rebelde.
Dicho esto, es preciso añadir que el esfuerzo por evitar
el conformismo y por actuar según principios personales e íntimos
no significa caer en una rigidez cerrada. Se trata de
tener una base de convicciones que servirán como plataforma para
relacionarme con el mundo y no para romper el contacto
con los demás.
c. La falta de identidad de vida
Hay personas
que no se entregan plenamente a lo que son y
a lo que profesan. Por eso crean en sí mismos
un vacío que tienen que llenar, puesto que carecen de
una identidad; esto les conduce a adoptar papeles falsos o
a buscar notoriedad de diversas maneras.
En el primer caso, se
encuentra el tipo literato, el tipo culto, el tipo artístico,
el tipo músico, el tipo social, el tipo filósofo, el
tipo intelectual, el tipo práctico, el tipo incomprendido, el tipo
piadoso, aun el tipo místico. Sí, claro que estos tipos
se dan o se pueden dar en personas auténticas como
una característica fundamental bien identificada con su vocación. La inautenticidad
aparece cuando se adoptan estos papeles como compensaciones inmediatas, pero
falsas, que crean la inautenticidad de vida. Sólo pueden acabar
en el fracaso ya que no llenan un vacío sino
que sólo consiguen taparlo.
El segundo tipo se da en personas
que buscan llamar la atención de los demás hasta llegar
a un comportamiento que contradice su propio credo íntimo. Es
siempre una obra del "yo" que busca afirmarse y ser
tenido en cuenta por los demás. Los caminos son innumerables:
el hábito sistemático de opinar diversamente de los demás, un
comportamiento social muy obsequioso, la ubicación dentro de un grupo
selecto de personas cerrado a los demás, la búsqueda constante
de modos de destacar dentro del grupo, etc. Una persona
que vive de una manera habitual en desacuerdo con su
opción no puede ser auténtica.
Habiendo visto ya qué es la
autenticidad y cuáles son sus principales enemigos, podemos resumir todo
lo dicho en esta frase "ser tú mismo y no
una máscara".
Ciertamente hay que precisar, porque puede interpretarse como
una invitación a dar curso libre a todo lo que
se siente, tesis que rechazamos. Se trata de conocer al
hombre, su fin, y actuar coherentemente según eso. Por supuesto,
no es una tarea que se pueda llevar a cabo
sin actitudes de sinceridad vital, de coherencia lógica en el
comportamiento, de introspección profunda, de autosuperación. Esto no se adquiere
en un día, sino a través del esfuerzo diario y
sereno. Hay que ir poco o poco conociéndose y obrando
con veracidad, sabiendo bien que "la verdad os hará libres".
El
que de veras quiere formarse percibirá la necesidad de conocerse
bien a sí mismo. No se puede comenzar a trabajar
en forma alocada y ciega. Se requiere, para conseguirlo, un
conocimiento del fin y de la base donde se parte.
El fin está marcado por la identidad del cristiano maduro.
El punto de partida y la base sobre la cual
se ha de construir la personalidad madura son propios de
cada uno y para llegar a conocerlos se requiere una
seria labor de introspección. Entran en juego aquí los elementos
de la conocida tríada: conócete, acéptate, supérate.
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