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Autor: Caesar Atuire | Fuente: Toma la vida en tus manos La conciencia recta
Una conciencia recta puede mermar como puede progresar y perfeccionarse
La conciencia recta
La conciencia moral a la cual nos referimos aquí
es la capacidad de percibir el bien y el mal
y de inclinar nuestra voluntad a hacer el bien y
a evitar el mal. La conciencia moral se expresa a
través del juicio "bonum facendum, malum vitandum". El hombre no
sólo tiene el derecho, sino el deber de seguir el
dictamen de su conciencia. Una persona es madu- ra cuando
se comporta según el juicio de la recta conciencia. La
conciencia se dice recta si el juicio que formula es
conforme con la ley o moral objetiva. Es decir, cuando
la conciencia sabe distinguir el bien del mal.
La ley con
la que la recta conciencia tiene que conformarse es la
ley objetiva natural y la ley sobrenatural. La ley natural
es aquella que todo hombre encuentra escrita en su corazón.
Por ejemplo, el precepto que dice: "Hay que decir siempre
la verdad". Por otra parte, existe una ley revelada y
sobrenatural como: "Bienaventurados los pobres y humildes de corazón, porque
de ellos es el reino de los cielos" (Mt 5,
1-8). Si tomamos el ejemplo de un católico que se
pregunta si está bien trabajar los domingos como en cualquier
otro día, estamos ante una aplicación concreta de la ley
cristiana. En cambio, si tomamos el ejemplo de un estudiante
que se pregunta si está bien copiar el trabajo del
otro en un examen, estamos ante una aplicación real de
la ley natural. El hombre restaurado por Cristo tiene una
oportunidad grande para integrar y armonizar la ley natural y
la ley revelada en su vida.
Entonces, cuando decimos recta conciencia
nos referimos a la conciencia que emite juicios que están
de acuerdo con la ley. Por eso, en la formación
de la conciencia lo que se busca es la conformidad
con la ley, de forma que lo que la conciencia
personal juzgue como bueno o malo, sea lo mismo que
dice la ley, como dos relojes sincronizados. Cuando existe desacuerdo
entre los juicios de la conciencia y la verdad objetiva
se origina una deformación de la conciencia. El cristianismo, vivido como
una relación amorosa con la persona de Jesucristo, lleva a
la interiorización de la ley. Esto ocurre de tal manera
que ya no se trata de una norma extrínseca sino
de algo connatural, como instintivo. Entonces la persona puede llegar
a decir "mi alimento es hacer la voluntad del que
me envió" (Jn 4, 34).
Se trata de la armonía perfecta
entre ley y conciencia. Ya no se trata de dos
relojes sincronizados sino de uno solo. Dios mismo habita en
la persona y actúa como causa y fin de sus
acciones. Aquí la conciencia ya no es una voz que
coarta a la per- sona, sino una fuente de fuego
y dinamismo que lleva a vivir unido a Dios y
cumplir sus mandamientos con perfección.
Pero una vez adquirida la recta
conciencia es necesario afinarla, como las cuerdas de un violín,
para que no se afloje. Se le ha de sacar
brillo, siempre con el ejercicio continuo, para que el tiempo
no la cubra de polvo.
Una conciencia recta puede mermar
como puede progresar y perfeccionarse. En ese sentido el estado
de la conciencia en un momento dado puede ser una
muestra de la madurez moral y la coherencia de vida
de la persona. Por eso, resulta importante saber cuáles son
las principales desviaciones de la conciencia y los medios prácticos
para llevar a cabo un trabajo de superación.
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