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Autor: Caesar Atuire | Fuente: Toma la vida en tus manos La autenticidad
Autenticidad del pensamiento, de la voluntad y del sentimiento
La autenticidad es el fruto en la vida de un
cristiano convencido y maduro. Donde hay un cristiano maduro, hay
un hombre auténtico. La autenticidad se hace urgente cuando tomamos
en cuenta el ambiente de la sociedad de hoy donde
abundan muchas falsificaciones y se han refinado de sobremanera las
técnicas de manipulación de la sociedad y de los individuos.
Muchos jóvenes que se preparan para afrontar la vida se
encuentran con imágenes que son poco reales, personajes de películas,
estrellas de la música, placeres seductores, todo cuidadosamente fabricado para
presentar una figura atractiva de la felicidad pero esencialmente ilusoria,
irreal e incoherente. Tristemente muchos optan o se dejan llevar
por estas simulaciones sólo para fracasar tarde o temprano cuando
descubren que hay una gran diferencia entre la realidad y
el mundo de sus sueños. Otros, aunque muchas veces inconscientemente,
tratan de mantenerse y vivir en este mundo ilusorio creando
un ambiente artificial sea por medio del dinero, del sexo,
del alcohol o de la droga.
La situación es preocupante, de
ahí la importancia primordial de un conocimiento sólido del hombre,
del cual hemos tratado en los capítulos anteriores, y una
autenticidad de vida. Antes de adentrarnos en el tema, es
preciso preguntarnos ¿quién es el hombre auténtico?
En el contexto de
nuestro estudio basta decir que el hombre auténtico es aquel
en el que la expresión de sus sentimientos, tendencias y
pensamientos está en conformidad con su identidad íntima y esencial.
Aquí hay que enfatizar el término "expresión", es decir, la
manifestación del interior del hombre. Ser auténtico no es lo
mismo que seguir la moda, ni es lo mismo que
actuar porque todos lo hacen así; es más bien una
actitud interior que se evidencia en el pensar y obrar
cotidiano.
Dentro de esta concepción de la autenticidad como expresión de
lo interior existen los que dicen que un acto auténtico
es aquel que brota espontáneamente del mundo interior, sin ninguna
represión. Según éstos, no importa mucho si el acto está
o no de acuerdo con lo que se pretende en
la vida. Para ellos, cualquier esfuerzo por controlar, guiar o
medir la expresión es considerado una inhibición en la realización
del hombre. Hay que dar curso libre a los impulsos
e instintos para "liberar" a la persona y que sea
ella misma.
Nosotros, en cambio, entendemos la autenticidad respecto a la
esencia espiritual de la persona humana. Para nosotros, el hombre
auténtico es el que busca vivir de acuerdo con un
ideal libremente escogido. Por lo tanto, la autenticidad no puede
ser simplemente la expresión desordenada del contenido interior sino una
ordenación jerarquizada de toda la expresión del hombre según su
opción fundamental.
La autenticidad del pensamiento
Aquí se trata de estar realmente
convencido de las opciones y principios fundamentales en la vida.
El pensamiento auténtico consiste en meditar e interiorizar antes de
expresarlo con palabras. El pensamiento inauténtico, en cambio, no puede
sino convertir sus palabras en charlatanería, ya que habla de
lo que no piensa. Para una persona que ama e
imita a Cristo, la necesidad de estar convencido no se
puede suplir o paliar con otra cosa, pues no existe
una alternativa posible.
No es fácil lograr una convicción profunda del
pensamiento. Requiere una vida que busque ir más allá de
la impresiones ligeras, requiere superar la tendencia hacia la conveniencia
del momento y la irresponsabilidad. La autenticidad del pensamiento, como
todo hábito, se forma por el ejercicio, tomando decisiones conscientes
y profundas que surgen y están en sintonía con la
orientación fundamental de la vida, en todas las circunstancias. Es,
como dijimos, hablando de la madurez en general, la capacidad
de pensar como una persona libre y responsable.
Un medio práctico
es el cultivo de la concentración. Esto requiere un esfuerzo
por estar atentos en el momento presente. Por eso implica
la formación de la imaginación y de la memoria para
que éstas se dirijan hacia la obra que se tiene
entre manos y no a la dispersión. De hecho, no
se trata sino de la vivencia práctica de la máxima
"age quod agis" "haz lo que estás haciendo". Concentra tu
pensamiento en lo que tienes entre manos. Busca que tu
pensamiento y tu obrar se armonicen en todo momento.
La autenticidad
de la voluntad
Si la autenticidad del pensamiento es el estar
convencido, la autenticidad de la voluntad es la identificación real
con el fin. La voluntad es la facultad que permite
al hombre realizar sus fines, ejecutar lo que le viene
presentado por la razón. Cuando la voluntad es auténtica, la
persona decide y se pone a trabajar con todo su
ser para lograr sus metas. Donde hay autenticidad de la
voluntad uno se aferra a la decisión tomada, especialmente en
aquellos momentos en que peligra el ideal fijado. Aumenta la
intensidad del querer: se quiere entonces con todos los recursos
a disposición. El hombre con una voluntad auténtica es el
que se engrandece ante las dificultades como un Hércules cuya
fuerza aumenta con los obstáculos.
El caso de inautenticidad o mentira
de la voluntad se da cuando ella ejecuta externamente aquello
con lo que su interior no se identifica. La hipocresía
es precisamente esto, actuar independientemente de una identidad interior, únicamente
pendiente de si otros le ven o no. Esto es
todavía peor cuando lleva al hombre a exigir de los
demás comportamientos de los que él mismo se dispensa por
no estar plenamente identificado con ellos. El ejemplo clásico son
los fariseos a los que Cristo se dirigía cuando dijo:
«Vosotros, fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato,
mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. ¡Insensatos!
el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior?
Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así
todas las cosas serán puras para vosotros. Pero, ¡ay de
vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de
la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un
lado la justicia y el amor a Dios! Esto es
lo que había que practicar aunque sin omitir aquello. ¡Ay
de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en
las sinagogas y que se os salude en las plazas!
¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no
se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!
Uno de los doctores de la ley le respondió: "Maestro,
diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!". Pero él
dijo: ¡Ay también de vosotros, los doctores de la ley,
que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no
las tocáis ni con uno de vuestros dedos!». (Lc 11,
40-46).
Quien quiera ser idéntico con su ideal, tiene que conocerlo
y ponerse a trabajar de una manera práctica y real
para identificarse con él.
La autenticidad del sentimiento
La estabilidad del
espíritu, señalada por el Concilio Vaticano II como primera manifestación
de la madurez, está muy ligada al mundo de los
sentimientos. Éstos, bien formados, enriquecen notablemente al hombre haciéndole capaz
de experiencias profundas, de un acercamiento a Dios y a
los demás. Basta ir a la sala de espera o
a los puntos de encuentro de un aeropuerto para comprobar
este hecho. Formar una autenticidad del sentimiento implica conocer los
diversos tipos de sentimientos, porque el secreto está precisamente en
saberlos ordenar y jerarquizar de forma compatible y constante con
las propias opciones en la vida.
Se suele llamar sentimientos al
conjunto de fenómenos psíquicos de carácter subjetivo producidos por diversas
causas que impresionan favorable o desfavorablemente a la persona, excitando
diversos instintos y tendencias. Las causas pueden ser estados de
ánimo vitales o pasajeros, reacciones inconscientes ante el medio ambiente,
estado físico, acontecimientos, situaciones, etc. Aunque los sentimientos son un
hecho universal, hay algunas personas que por su temperamento sienten
sus efectos más que otras.
Los sentimientos y los estados de
ánimo están muy ligados, pero son distintos. El estado de
ánimo es un estado de "humor" persistente; es como la
"música de fondo" de nuestra vida afectiva. Los sentimientos son
emociones menos prolongadas. Dedicaremos un capítulo a los estados de
ánimo más tarde.
Existen diversos modos de clasificar los sentimientos, uno
de los cuales puede ser según las dimensiones corporal, psíquica
y espiritual del hombre. Los sentimientos corporales serían: el hambre,
la sed, el cansancio, el sueño, etc. Los de índole
psíquica: la tristeza que oprime, la alegría que exalta, la
gratitud que conmueve, el amor que enternece, etc. Finalmente, los
sentimientos espirituales son aquellos que corresponden a una simpatía afectiva
o empatía con el bien y la virtud, suscitados en
el hombre por la presencia o ausencia del bien moral:
amistad, aprecio por la sinceridad, etc.
Ciertamente esta clasificación es sólo
artificial ya que el hombre es uno y un sentimiento
de orden corporal no deja de afectar el espíritu. Por
ejemplo, el hambre tiene sus repercusiones en la alegría. Hay
que mencionar también los así llamados sentimientos vitales. Son sentimientos
corporales que nacen del conjunto de percepciones de nuestro organismo.
Producen el sentido de bienestar o de malestar, de frescura
o de pesadez. Tienen como resonancia el humor que, por
su parte, repercute en todas las esferas de la vida.
Por ejemplo, un clima nublado con una presión baja puede
dar lugar a un sentimiento de pesadez mientras que un
buen día de primavera puede originar alegría.
Por último, cabe mencionar
los sentimientos relacionados con la propia individualidad: el sentido del
propio valor, capacidad, dignidad, cualidades, superioridad o inferioridad que se
fundan en la propia opinión o la de los demás
o en ambas. No es raro encontrarse con personas que
tienen una opinión equivocada de sí mismas, como es el
caso de los complejos de inferioridad o superioridad. Hay otros
sentimientos que surgen como una reacción al mundo externo: la
esperanza, la resignación, la desesperación, etc.; personas que viven en
un ambiente de tensión o en la miseria reaccionan diversamente
que aquellas que viven en un clima de paz y
tranquilidad.
Ahora bien, todo esto nos dice que el campo de
los sentimientos es amplio y complejo. Por lo tanto, es
importante establecer una jerarquía y una compatibilidad entre ellos para
que la vida no sea caótica. La falta de este
orden produce la anarquía en la vida personal, la hace
caprichosa, inconstante e imprevisible. Cada sentimiento se tiene que colocar
en su lugar para que pueda ayudar positivamente a la
consecución del fin pretendido.
Cuando falta este orden la persona se
desequilibra. Por ejemplo, cuando los sentimientos corporales acaparan a la
persona, el centro de su personalidad se traslada a la
piel o al estómago y no hay lugar para otros
sentimientos por nobles que sean. Lo mismo podemos decir de
los sentimientos meramente psíquicos; en cuanto que son puramente sensitivos,
carecen de razón, no buscan sino desahogo. Pero el desahogo
puede llevar al traste toda la vida de la persona.
Por
fin, los sentimientos espirituales representan el don más precioso de
la sensibilidad humana. El amor al bien, la amistad, el
aprecio por la sinceridad, son sentimientos que debemos cultivar. Todo
el desarrollo de nuestro espíritu debe colaborar al fortalecimiento de
tales sentimientos. Sin embargo, hay que advertir que la excelencia
del sentimiento espiritual no debe llevar a un maniqueísmo por
el que se desprecien los otros sentimientos. También éstos son
humanos y nobles y tienen derecho a existir cuando se
dan dentro de un determinado orden. Por eso, es necesario
conseguir un equilibrio entre ellos para que cada uno goce
de su debida autonomía dentro de dicho orden. No por
no ser espiritual se debe reprimir, por ejemplo, la alegría
de sentirse físicamente bien y en forma, o la de
sentirse bien alimentado, etc.
Ahora bien, la autenticidad del sentimiento se
halla en la coherencia entre los propios sentimientos y la
opción fundamental. Se debe buscar fundar los sentimientos en la
opción fundamental. En la práctica, hay que tener claro el
ideal para aprovechar todo aquello que nos lleva hacia él
y rechazar lo que nos aleja.
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