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Formación de la madurez | tema
Autor: Caesar Atuire | Fuente: Toma la vida en tus manos
Algunas cualidades de la madurez humana
Para adquirirlas el hombre tiene que convencerse de la necesidad fundamental de trabajar
 
Procedamos a un análisis de algunas de la cualidades más destacadas de la madurez humana. Es decir, nos ponemos con los ojos bien abiertos ante el cuadro de la persona madura tratando de identificar lo que en ella se destaca.

En primer lugar, una persona madura se nos presenta como alguien que ha adquirido la capacidad habitual de obrar libremente. Es decir, una persona que hace opciones conscientes y responsables, con estabilidad, sin tener que pasarse la vida replanteándose sus decisiones, sin adquirir una seguridad y una certeza sobre ellas.

Entendámonos bien, no se trata de no cometer nunca errores o de no cambiar nunca de opinión, sino de tener claros algunos principios fundamentales en la vida. Un ejemplo común de lo contrario a la madurez son las personas que han dicho sí a Dios, y después replantean mil veces su decisión. Hay personas casadas o consagradas que cada vez que surge una dificultad en su vida, sea en la castidad, en la obediencia, en la vida familiar o profesional, se replantean la vocación como si no hubiera habido libertad cuando optaron por Dios.

Esto no quiere decir que no haya momentos de dificultad o que las dificultades no cuesten; al contrario, cuesta ser fiel. Pero las dificultades no significan un error en la opción.

Una segunda cualidad de la persona madura es la adquisición de un dócil y habitual autocontrol emotivo con la integración de las fuerzas emotivas bajo el dominio de la razón. Esto quiere decir que la persona madura está lejos de vivir de sentimentalismo, de impulsos, de tendencias. Como vimos en el ejemplo de Cristo, la persona madura vive de principios, de dominio personal, de convicciones aunque a veces los sentimientos quieran dominarla. En cambio, no es raro encontrarse con muchas personas que viven aferradas a los sentimientos, a las pasiones del momento, olvidando principios, su orientación y estado de vida.

¡Cuántas personas se encuentran con buenas intenciones que nunca pueden realizar porque viven encerradas en el sentimentalismo! Por ejemplo, hay personas que pierden de vista todos sus principios por una razón tan banal como es perder un partido de fútbol u otra competición deportiva, o por una pequeña discordia familiar. Es un espectáculo triste el hombre que no ha formado la madurez para ejercer un control sobre sus fuerzas emotivas, y que vive como una marioneta de sus pasiones. Lo que se requiere es el control emotivo que vemos en Cristo en aquel momento difícil de su vida en Getsemaní. Sí, Cristo estaba triste y nos lo dijo, pero tenía muy claro lo que era la voluntad del Padre y se agarró con todas sus fuerzas a ella:

«Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras» (Mt 26, 38-39).

Si la madurez exige autocontrol emotivo, también implica una estabilidad en los proyectos de vida personales en un clima de aceptación y serenidad. La capacidad de aceptar el propio estado de vida y llevarlo adelante con responsabilidad. Lo contrario de esto es el capricho. El que quiere todo y nada sigue, compromete todo y deja todo, el que está siempre abierto a la moda, a lo nuevo, sea o no compatible con su estado de vida. El inmaduro es el hombre casado que quisiera ser religioso o el religioso que quisiera estar casado. Este escollo es un infantilismo que no permite ninguna continuidad en la vida.

El hombre maduro es más, es el que se comporta según la autonomía de la propia conciencia personal, es decir, según los dictámenes de una conciencia rectamente formada a la luz de la ley natural y de la fe en Dios. El hombre maduro es capaz de sacar de su interior juicios rectos sobre los acontecimientos y los hombres. Es el que no depende de los criterios de moda o las ideas llamativas que pululan a su alrede-dor. Esto no se refiere solamente a los grandes acontecimientos políticos o económicos. Se refiere también a la manera de juzgar y ver las cosas normales y cotidianas. Es signo de inmadurez cuando una persona, habiendo elegido libremente un compromiso, pasa parte de su tiempo viviendo fuera de los parámetros que se asumen al contraer este compromiso. Por ejemplo, ir a la Universidad y, en vez de acudir a clases, quedarse charlando en la cafetería o, ir a misa y salirse del templo durante la homilía para fumarse un cigarillo.

Por último, y no por ello menos importante, el hombre maduro vive en actitud de donación y de apertura, de servicio, de entrega a los demás. Rechaza todo tipo de egoísmo, de encerramiento en sí mismo, de particularismo y de individualismo. Todas estas cualidades manifiestan la actitud de una persona que ha hecho una opción delante de Dios y vive de cara a él. Para este cristiano maduro, el único fin en la vida es Dios, las demás cosas son sólo medios para alcanzar su fin. Por eso no puede quedarse solamente en las creaturas como si fuesen todo. Es una persona que se entrega no porque los hombres le ven y le aprecian, sino porque su amor a Dios le impulsa a ello. Éstas son las personas que se dedican al servicio de los demás, muchas veces con mucho sacrificio, pero nunca se quejan o llaman la atención sobre sí mismas. Viven contentos porque tienen bases profundas.

Sin embargo, es muy común en nuestra época, encontrar personas que llevan una vida aparentemente noble pero viven solamente para sí mismas, como si todo el mundo gravitara alrededor de ellas. De hecho, hace algunos años, en un sondeo que se realizó en Nueva York descubrieron que la palabra más utilizada en el teléfono es "I" (yo). Hay personas que trabajan en un puesto gozosa y desinteresadamente mientras se sienten realizadas, pero cuando se les pide un cambio en su trabajo, para el bien común, reaccionan con rebeldía y acusan a todos de falta de comprensión. Ésta es la persona inmadura. No sabe colocar cada cosa en su lugar, por eso corre el riesgo de absolutizar lo relativo y relativizar lo absoluto. Tendrá que redefinir bien sus opciones; la opción fundamental primero y después la propia realización, que es fruto de la coherencia con ésta.

Vistos ya algunos de los rasgos más destacados de lo que hemos llamado la personalidad madura, podemos decir en resumen que la persona madura es la que ha aceptado su vida, ha hecho una opción fundamental correcta y es fiel a la misma. Aquella que ha adquirido un control emotivo y no es esclava de sus sentimientos y pasiones, que vive en una actitud de apertura a los demás y sobre todo en una entrega desinteresada y servicial al prójimo. Esta persona vive en paz y serenidad, firme en sus opciones, coherente con sus determinaciones.

Todo este catálogo de cualidades y virtudes no se presuponen. Para adquirirlas el hombre tiene que convencerse de la necesidad fundamental de trabajar. Pero trabajar de una manera eficaz, es decir, colaborando activamente con la gracia de Dios. Así se puede lograr y encarnar esta personalidad madura en la vida como podemos constatar en las vidas de los santos, que son, por ende, grandes hombres.

Esfuércense por alcanzar en su vida el espíritu de convicción, de sinceridad y autenticidad y aborrezcan especialmente la hipocresía, asesina de toda verdad y rectitud de vida, que hace al hombre odioso ante Dios y causa la repugnancia de los hombres, pues ella es madre del fingimiento, de la insinceridad, de la doblez y de la mezquindad interior, y tiene por padre al diablo, señor de la mentira. Su presencia en el hombre produce insatisfacciones personales, la carencia de identidad humana y lo priva de la posibilidad de un diálogo espontáneo y sencillo con su Creador y de una relación cordial y recta con los hombres, matando, además, toda posible fuente de amor a Dios y al prójimo.
 
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