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Procedamos a un análisis de algunas de la cualidades
más destacadas de la madurez humana. Es decir, nos ponemos
con los ojos bien abiertos ante el cuadro de la
persona madura tratando de identificar lo que en ella se
destaca.
En primer lugar, una persona madura se nos presenta como
alguien que ha adquirido la capacidad habitual de obrar libremente.
Es decir, una persona que hace opciones conscientes y responsables,
con estabilidad, sin tener que pasarse la vida replanteándose sus
decisiones, sin adquirir una seguridad y una certeza sobre ellas.
Entendámonos
bien, no se trata de no cometer nunca errores o
de no cambiar nunca de opinión, sino de tener claros
algunos principios fundamentales en la vida. Un ejemplo común de
lo contrario a la madurez son las personas que han
dicho sí a Dios, y después replantean mil veces su
decisión. Hay personas casadas o consagradas que cada vez que
surge una dificultad en su vida, sea en la castidad,
en la obediencia, en la vida familiar o profesional, se
replantean la vocación como si no hubiera habido libertad cuando
optaron por Dios.
Esto no quiere decir que no haya momentos
de dificultad o que las dificultades no cuesten; al contrario,
cuesta ser fiel. Pero las dificultades no significan un error
en la opción.
Una segunda cualidad de la persona madura es
la adquisición de un dócil y habitual autocontrol emotivo con
la integración de las fuerzas emotivas bajo el dominio de
la razón. Esto quiere decir que la persona madura está
lejos de vivir de sentimentalismo, de impulsos, de tendencias. Como
vimos en el ejemplo de Cristo, la persona madura vive
de principios, de dominio personal, de convicciones aunque a veces
los sentimientos quieran dominarla. En cambio, no es raro encontrarse
con muchas personas que viven aferradas a los sentimientos, a
las pasiones del momento, olvidando principios, su orientación y estado
de vida.
¡Cuántas personas se encuentran con buenas intenciones que nunca
pueden realizar porque viven encerradas en el sentimentalismo! Por ejemplo,
hay personas que pierden de vista todos sus principios por
una razón tan banal como es perder un partido de
fútbol u otra competición deportiva, o por una pequeña discordia
familiar. Es un espectáculo triste el hombre que no ha
formado la madurez para ejercer un control sobre sus fuerzas
emotivas, y que vive como una marioneta de sus pasiones.
Lo que se requiere es el control emotivo que vemos
en Cristo en aquel momento difícil de su vida en
Getsemaní. Sí, Cristo estaba triste y nos lo dijo, pero
tenía muy claro lo que era la voluntad del Padre
y se agarró con todas sus fuerzas a ella:
«Mi alma
está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y
velad conmigo. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra,
y suplicaba así: Padre mío, si es posible, que pase
de mí esta cáliz, pero no sea como yo quiero,
sino como quieras» (Mt 26, 38-39).
Si la madurez exige autocontrol
emotivo, también implica una estabilidad en los proyectos de vida
personales en un clima de aceptación y serenidad. La capacidad
de aceptar el propio estado de vida y llevarlo adelante
con responsabilidad. Lo contrario de esto es el capricho. El
que quiere todo y nada sigue, compromete todo y deja
todo, el que está siempre abierto a la moda, a
lo nuevo, sea o no compatible con su estado de
vida. El inmaduro es el hombre casado que quisiera ser
religioso o el religioso que quisiera estar casado. Este escollo
es un infantilismo que no permite ninguna continuidad en la
vida.
El hombre maduro es más, es el que se comporta
según la autonomía de la propia conciencia personal, es decir,
según los dictámenes de una conciencia rectamente formada a la
luz de la ley natural y de la fe en
Dios. El hombre maduro es capaz de sacar de su
interior juicios rectos sobre los acontecimientos y los hombres. Es
el que no depende de los criterios de moda o
las ideas llamativas que pululan a su alrede-dor. Esto no
se refiere solamente a los grandes acontecimientos políticos o económicos.
Se refiere también a la manera de juzgar y ver
las cosas normales y cotidianas. Es signo de inmadurez cuando
una persona, habiendo elegido libremente un compromiso, pasa parte de
su tiempo viviendo fuera de los parámetros que se asumen
al contraer este compromiso. Por ejemplo, ir a la Universidad
y, en vez de acudir a clases, quedarse charlando en
la cafetería o, ir a misa y salirse del templo
durante la homilía para fumarse un cigarillo.
Por último, y no
por ello menos importante, el hombre maduro vive en actitud
de donación y de apertura, de servicio, de entrega a
los demás. Rechaza todo tipo de egoísmo, de encerramiento en
sí mismo, de particularismo y de individualismo. Todas estas cualidades
manifiestan la actitud de una persona que ha hecho una
opción delante de Dios y vive de cara a él.
Para este cristiano maduro, el único fin en la vida
es Dios, las demás cosas son sólo medios para alcanzar
su fin. Por eso no puede quedarse solamente en las
creaturas como si fuesen todo. Es una persona que se
entrega no porque los hombres le ven y le aprecian,
sino porque su amor a Dios le impulsa a ello.
Éstas son las personas que se dedican al servicio de
los demás, muchas veces con mucho sacrificio, pero nunca se
quejan o llaman la atención sobre sí mismas. Viven contentos
porque tienen bases profundas.
Sin embargo, es muy común en nuestra
época, encontrar personas que llevan una vida aparentemente noble pero
viven solamente para sí mismas, como si todo el mundo
gravitara alrededor de ellas. De hecho, hace algunos años, en
un sondeo que se realizó en Nueva York descubrieron que
la palabra más utilizada en el teléfono es "I" (yo).
Hay personas que trabajan en un puesto gozosa y desinteresadamente
mientras se sienten realizadas, pero cuando se les pide un
cambio en su trabajo, para el bien común, reaccionan con
rebeldía y acusan a todos de falta de comprensión. Ésta
es la persona inmadura. No sabe colocar cada cosa en
su lugar, por eso corre el riesgo de absolutizar lo
relativo y relativizar lo absoluto. Tendrá que redefinir bien sus
opciones; la opción fundamental primero y después la propia realización,
que es fruto de la coherencia con ésta.
Vistos ya algunos
de los rasgos más destacados de lo que hemos llamado
la personalidad madura, podemos decir en resumen que la persona
madura es la que ha aceptado su vida, ha hecho
una opción fundamental correcta y es fiel a la misma.
Aquella que ha adquirido un control emotivo y no es
esclava de sus sentimientos y pasiones, que vive en una
actitud de apertura a los demás y sobre todo en
una entrega desinteresada y servicial al prójimo. Esta persona vive
en paz y serenidad, firme en sus opciones, coherente con
sus determinaciones.
Todo este catálogo de cualidades y virtudes no se
presuponen. Para adquirirlas el hombre tiene que convencerse de la
necesidad fundamental de trabajar. Pero trabajar de una manera eficaz,
es decir, colaborando activamente con la gracia de Dios. Así
se puede lograr y encarnar esta personalidad madura en la
vida como podemos constatar en las vidas de los santos,
que son, por ende, grandes hombres.
Esfuércense por alcanzar en su
vida el espíritu de convicción, de sinceridad y autenticidad y
aborrezcan especialmente la hipocresía, asesina de toda verdad y rectitud
de vida, que hace al hombre odioso ante Dios y
causa la repugnancia de los hombres, pues ella es madre
del fingimiento, de la insinceridad, de la doblez y de
la mezquindad interior, y tiene por padre al diablo, señor
de la mentira. Su presencia en el hombre produce insatisfacciones
personales, la carencia de identidad humana y lo priva de
la posibilidad de un diálogo espontáneo y sencillo con su
Creador y de una relación cordial y recta con los
hombres, matando, además, toda posible fuente de amor a Dios
y al prójimo. |