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Autor: Enrique Monasterio | Fuente: interrogantes.net Traumas, agobios y otros síndromes
No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación
Traumas, agobios y otros síndromes
Hace meses, en esta misma página, escribí sobre los agobios.
Los definía entonces como el síndrome que padecen ciertos estudiantes
en vísperas de exámenes. Lamentablemente no fui capaz de agotar
el tema: la palabra agobio me persigue; la oigo a
todas horas y cada día en contextos más variados y
dispares.
Me dice Doña Eulalia que su hijo Alberto tiene
un agobio superespantoso porque le han suspendido en 7 asignaturas.
-Pero,
¿estudia?
-Pues…, no mucho. Estudiar también le agobia.
-Vaya por Dios…
Me cuenta
Rafa, que “rezar le agobia”, porque piensa que Dios puede
pedirle algo que él no quiere dar, y, claro, más
vale no escucharle.
Se agobia Pepe por su novia.
-¿Qué le
ocurre?
-Que es agobiante.
Se agobia María Luisa porque come y engorda.
Por culpa de Hacienda se agobia Blas. Y se agobia
Patricia, una morena que galopaba ayer en mi cole detrás
de Rodolfo, que es un guaperas rubio y perdonavidas.
-No corras
tanto —le decía—, que me agobias.
Patricia tiene tres años; Rodolfo,
cuatro.
Como se ve, la epidemia de agobios es extensa, multiforme
y poliédrica. De ahí que sea necesario dedicar a este
vocablo al menos veinte líneas más.
El agobio, tal como se
concibe entre los chavales con los que trato (quizá entre
los adultos el fenómeno sea diferente), es una especie de
tumor maligno, acaso letal, que conviene evitar a toda costa.
Según opinión común, sentirse agobiado o presentir la cercanía de
un agobio es razón más que suficiente para esquivar cualquier
compromiso adquirido, para mirar a otro lado, para huir de
la quema o para no pegar golpe, según los casos.
El
fenómeno no es nuevo. Es verdad que el reblandecimiento neuronal
de este fin de milenio ha contribuido a extender la
pandemia agobiosa por amplios estratos de la sociedad civil; pero
también en los felices 60 vivimos una plaga semejante. Sólo
que, por aquella época, más que de agobios se hablaba
de traumas.
-Manolo, han cateado al niño y está con un
trauma horrible.
-Para trauma el que le voy a hacer yo
en el ojo.
Más adelante se pusieron de moda los síndromes,
que tanto contribuyeron a dar trabajo a psicólogos en paro.
Se habló, por ejemplo, del síndrome depresivo postvacacional (pereza a
la vuelta de la playa), del síndrome de la madrugada
del lunes (os aseguro que lo he leído) y así
sucesivamente.
En resumen, y con toda franqueza: estoy de agobios, de
síndromes y de traumas hasta la mismísima coronilla, y creo
necesario recordar a los afectados por tan penosos males que
la vida es esto, que es imposible fortalecer la musculatura
de la inteligencia, de la voluntad y del carácter sin
plantar cara a los mil obstáculos con que uno se
tropieza.
"Vivir —escribió San Josemaría— es enfrentarse con dificultades, sentir
en el corazón alegrías y sinsabores; y en esta fragua
el hombre puede adquirir fortaleza, paciencia, magnanimidad, serenidad. Es fuerte
el que persevera en el cumplimiento de lo que entiende
que debe hacer, según su conciencia; el que no mide
el valor de una tarea exclusivamente por los beneficios que
recibe, sino por el servicio que presta a los demás.
El fuerte, a veces, sufre, pero resiste; llora quizá, pero
se bebe sus lágrimas".
En otra ocasión escribí que el hedonismo
—en eso estamos— concibe la felicidad como una forma de
analgesia. Para él lo importante es sentirse bien, no sufrir
por nadie ni por nada, vivir amodorrados, aletargados, es decir,
no vivir. Para esta mentalidad, no habría diferencia substancial entre
la beatitud de un hombre y la de la ameba,
pongamos por caso.
¿Tienes un agobio? Estupendo: da gracias a Dios
por no ser una garza imperial, sino una persona humana
con capacidad para tener problemas y con suficiente energía como
para resolverlos y gozarse en la victoria.
No vuelvas la espalda.
Afronta el agobio, rómpele el saque, destrózale sus defensas, golpéale
donde le duela… Y paciencia, que también mañana habrá que
luchar… No os preocupéis por el mañana —dice el Señor—,
porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día
le basta su agobio.
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