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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Decisiones: algo nuevo en el mundo
Hay que pensar en serio si quiero ser un pequeño artífice de bien o un simple estorbo
Decisiones: algo nuevo en el mundo
Cada una de nuestras decisiones introduce algo nuevo en el
mundo.
A veces pensamos que ciertas elecciones son insignificantes, sin valor,
sin transcendencia. En realidad, quedarme a estudiar o ir de
excursión, ver este o aquel programa televisivo, leer un libro
de aventuras o uno de filosofía, tomar más o menos
copas de cerveza... son decisiones que “entran” en mi vida,
que llegan a ser parte de mí mismo, que me
modifican.
No sólo yo quedo “tocado” en cada decisión. También los
demás, los más íntimos, los más cercanos, sienten los efectos
de mis decisiones. Si obedezco con alegría a mis padres,
si doy largas a las peticiones de un amigo, si
olvido a aquella persona a la que prometí una llamada
por teléfono, si descuido mi atención a la hora de
apretar bien un tornillo... otros serán afectados, para bien o
para mal, de lo que inicia en el mundo a
partir de lo que yo hago o de lo que
yo deje de hacer.
Los cercanos... y los lejanos, el mundo
entero, quedan afectado por mis actos. No es indiferente si
me comprometo en serio por guardar con atención la basura
o si arrojo materiales peligrosos en el primer lugar que
se me ocurre. Mi barrio, mi ciudad, el planeta tierra,
van mejor o peor según mis costumbres, según mi preocupación
por el ambiente, según mi deseo de evitar gastos inútiles
o comportamientos que aumentan la contaminación en un mundo sumamente
frágil.
Mis decisiones afectan, por lo tanto, a millones y millones
de personas que necesitan una mano amiga. Personas que sufren
por el hambre o la injusticia, por la enfermedad o
el desprecio, por la soledad o por abusos en contratos
de trabajo inhumanos.
Cada una de mis decisiones introduce algo distinto,
nuevo, bueno o malo, justo o injusto, en este mundo
de contradicciones y de esperanzas.
Hay que reflexionar profundamente antes de
tomar una decisión, de empezar un nuevo acto. Hay que
pensar en serio si quiero ser un pequeño artífice de
bien o un simple estorbo. Hay que escuchar la voz
humilde y sencilla de Dios que me repite, con un
tono suave e íntimo, que hasta un vaso de agua
dado a un pequeñuelo no quedará sin recompensa. Porque ese
gesto de cariño habrá introducido algo bueno, algo bello, en
el mundo de los corazones sedientos de amor sincero.
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