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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net La verdadera madurez: vivir los mandamientos
La enseñanza de Cristo nos invita a mirar hacia la meta verdadera: el cielo
La verdadera madurez: vivir los mandamientos
Sus amigos, sus padres, el párroco: todos le decían que
no se casara con aquel señor divorciado. Pero ella insistió,
cerró los oídos a todo consejo y se casó por
lo civil. A los pocos meses ya estaban separados.
Sus compañeros
de parroquia le habían avisado que con esos amigos iba
a tener problemas. Pero aquel joven no hizo caso. Quería
llevar “su” vida sin que nadie le estorbase. Acabó en
un hospital, a punto de morir, por una sobredosis de
droga.
Sus padres le habían aconsejado que no leyese aquel libro
lleno de mentiras. Pero como todos hablaban de esa obra,
aquella universitaria decidió comprarla y darle un vistazo. Perdió la
fe.
Las tres escenas anteriores, en miles de formatos que varían
de persona a persona, se repiten continuamente. Desde luego, la
historia no acaba allí: quienes han llegado a una situación
de fracaso, de derrota, de engaño, de desorientación moral, de
pérdida de fe, de pecado, pueden recuperarse, pueden convertirse, pueden
volver al buen camino.
Pero surge la pregunta: ¿es posible recorrer
el camino de la vida sin pasar por esos malos
momentos? ¿Son capaces los adolescentes, los jóvenes, los adultos, de
prevenir un mal paso para mantenerse en el camino del
bien?
Algunos consideran que es imposible evitar las caídas, los pecados,
las desgracias provocadas por uno mismo. El hombre es libre,
tiene una ambición profunda de autonomía, quiere vivir sin ataduras
ni mandamientos.
Sólo después, más tarde o más temprano, uno descubre
el engaño del pecado. Tal descubrimiento es acompañado por una
profunda pena interior. Muchas veces quedan dolorosas secuelas en uno
mismo y en los demás. El pasado no perdona: hay
heridas que duran años y años.
Existen, sin embargo, adolescentes, jóvenes
y adultos que saben evitar las ocasiones de pecado, que
vigilan y que rezan para no caer en la tentación,
que piden consejo y lo acogen seriamente, que dicen “no”
a las ocasiones de peligro.
La actitud de estas personas, según
algunos, podría originarse de un miedo infantil al fracaso. Otros
añaden que la grandeza del ser humano radica en la
libertad que sabe decir “no” a las normas externas y
que acepta el riesgo y las derrotas como parte necesaria
del camino para madurar.
Pero lo anterior es sumamente falso. Porque
no es un camino necesario para madurar el secundar los
propios caprichos, egoísmos e injusticias. Porque cada fracaso deja siempre
heridas dolorosas. Porque la verdadera madurez consiste precisamente en vivir
según los buenos principios, en percibirlos como válidos, en cerrar
las puertas al egoísmo para vivir con el deseo profundo
de amar y servir a los hermanos.
Hemos de desenmascarar la
mentira y no creer que hace falta pecar para ser
más maduros. El pecado, por sí mismo, nunca nos puede
llevar a ser buenos. Optar por el propio capricho destruye.
Buscarse a uno mismo como el centro de la propia
vida engendra la frustración y el fracaso. Vivir según las
ocasiones, con ansias por aprovechar placeres fugaces (a pesar de
que duren meses) como si fuesen nuestra meta es abrazarse
a un río que escapa y nos deja áridos y
sin amor.
Es cierto que algunos llegan a descubrir la grandeza
de la vida honesta después de pasar por el triste
llanto del fracaso y la caída. Pero otros interiorizan la
belleza de los Mandamientos y de la vida cristiana sin
haber vivido el trago de malas experiencias.
Todos podemos comprender, a
cualquier edad, que las normas éticas, los mandamientos de Dios,
la fidelidad a los buenos principios, no son una limitación,
sino una luz que indica un horizonte de bien y
de alegría, para uno mismo y para los demás.
Las familias,
los catequistas, las escuelas, tienen como parte de su misión
hacen ver esto a los hijos y a los jóvenes.
La enseñanza de la fe católica no puede limitarse a
dar prohibiciones sin mostrar, al mismo tiempo, la belleza del
cristianismo. De lo contrario, los adolescentes se cansarán y buscarán
aventuras fuera de las normas recibidas.
Pero si la enseñanza cristiana
es ofrecida en toda su riqueza, como cauce que nos
orienta al encuentro con Dios y al compromiso por la
justicia y la caridad, entonces llega a lo profundo de
los corazones y desencadena, en quienes están bien dispuestos, ese
deseo de bien que es propio de las almas grandes
y buenas.
El Papa Benedicto XVI lo explicaba así a los
jóvenes: (Los mandamientos) “conducen a la vida, lo que equivale
a decir que ellos nos garantizan autenticidad. Son los grandes
indicadores que nos señalan el camino cierto. Quien observa los
mandamientos está en el camino de Dios (...) No nos
son impuestos de fuera, ni disminuyen nuestra libertad. Por el
contrario: constituyen impulsos internos vigorosos, que nos llevan a actuar
en esta dirección. En su base está la gracia y
la naturaleza, que no nos dejan inmóviles. Necesitamos caminar. Somos
lanzados a hacer algo para realizarnos nosotros mismos. Realizarse, a
través de la acción, en verdad, es volverse real. Nosotros
somos, en gran parte, a partir de nuestra juventud, lo
que nosotros queremos ser. Somos, por así decir, obra de
nuestras manos” (a los jóvenes durante su visita a Brasil,
10 de mayo de 2007).
La enseñanza de Cristo nos invita
a mirar hacia la meta verdadera: el cielo. Y si
el cielo es amor, nos pide que vivamos cada mandamiento,
aquí en la tierra, como parte de nuestra vocación auténtica
y plena: amar sin medida.
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