En los años recientes se ha prestado mucha
atención, no sin motivo, al tema de los valores, particularmente
en los foros públicos. La palabra misma y sus derivados,
como valioso, sugieren algo sumamente importante e interesante. Estas expresiones
nos atraen casi por instinto: parecen comunicar algo fundamental, algo
que yace en la raíz de nuestra experiencia.
Pero, a
pesar del atractivo de la palabra, es difícil explicar exactamente
qué entendemos por «valores». Aunque a primera vista el concepto
parece el mismo en los ámbitos de la economía y
el de la experiencia humana, un análisis más atento revela
diferencias sustanciales, que son decisivas para comprender los valores en
la esfera humana.
Precio y valor
En
términos económicos, «valor» es un concepto fácil de entender. Está
estrechamente ligado al «precio» y tenemos la suerte de contar
con un medio de intercambio, el dinero, que permite colocar
toda propiedad o servicio en una escala universal de valor:
basta comparar el precio de dos artículos para determinar cuál
es más «valioso».
Esto es comprensible en un sistema económico.
Pero, ¿se puede aplicar sin más al campo de los
valores humanos? La vida nos ofrece muchos valores a los
que no podemos pegar una etiqueta con el precio. ¿Cuánto
pagaríamos por una familia sólida y unida? ¿cuánto podría costar
un amigo leal, un socio honesto...? «No puedo comprar amor
con dinero», cantaban los Beatles. Todos estos valores: humanos, religiosos,
morales..., ¿pueden basarse en el mismo principio subjetivo del deseo
personal?
Muchos dirán que sí. De hecho, el modelo económico
es el que prevalece cuando se habla de valores en
la sociedad moderna. Se consideran como un asunto personal, un
producto de los deseos y de las preferencias individuales o
colectivas. De este modo los valores se reducen a una
expresión de sentimientos personales, como la preferencia de un color
en vez de otro o de un deporte en vez
de otro. Otros consideran, en cambio, que los valores tienen
un elemento de estabilidad y objetividad. Esto permite calificarlos como
buenos o malos, profundos o superficiales, superiores o inferiores.
En
definitiva, el problema es saber si hay en la vida
algunas cosas que realmente son mejores que otras y si
vale la pena luchar por algunas cosas y por otras
no. Si todo es arbitrario, si dan lo mismo la
honestidad y la deshonestidad, la guerra y la paz, la
educación y la ignorancia, entonces no tiene sentido hablar de
valores desde un punto de vista objetivo.
La aplicación del
modelo económico a los valores humanos en general tiene dos
inconvenientes. El primero es la subjetividad, que separa los valores
de la realidad de la existencia humana. En las cosas
de poca monta, los valores pueden variar. En cambio, cuando
hablamos de valores humanos, es decir, ligados a nuestra naturaleza
humana, hay necesariamente una mayor estabilidad. Salir a correr por
las tardes o hacer dieta puede ser cuestión de moda;
la salud es siempre un valor de la persona humana.
La segunda dificultad estriba en colocar todos los valores en
el mismo nivel como si fueran conmensurables: pasarlos por el
mismo rasero. En economía esto funciona bien: todos los productos
de consumo están en una escala común porque se miden
por su valor monetario. Los valores humanos no pueden someterse
al mismo mecanismo. La sinceridad, por ejemplo, no puede compararse
con un buen almuerzo. La sinceridad y la comida son
valores, pero en niveles esencialmente diferentes.
Lo que
cuenta de verdad
Los genuinos valores se basan
no sólo en el factor subjetivo del deseo, sino también
en el elemento objetivo de su mérito intrínseco. Podríamos decir,
como definición metodológica, que un valor es un bien
que es reconocido y apreciado como bien, o, más brevemente,
es un bien para mí.
Se pueden distinguir claramente dos
dimensiones: (1) un valor debe ser algo bueno (dimensión objetiva), y
(2) yo debo reconocer su bondad para mí (dimensión subjetiva).
Las dos son esenciales.
Nada podrá atraerme o motivarme para
actuar si yo no reconozco o aprecio en ello un
bien para mí. Por tanto, no será un valor para
mí. Nicolás Maquiavelo, gran escritor y político del Renacimiento y
autor de «El Príncipe», no apreciaba la honradez porque la
veía como obstáculo para un gobierno eficiente. Así, la honestidad
-algo de por sí bueno- no constituyó un valor para
su vida, porque no fue capaz de reconocer su bondad.
Por otra parte, un verdadero valor debe ser objetivamente bueno.
Podemos sentirnos atraídos por algo que parece un bien, pero
que en realidad no lo es. Aunque algunos drogadictos deseen
la heroína apasionadamente, ésta no podrá ser un verdadero valor
porque los daña como personas.
Así pues, los valores no
son puramente objetivos, independientes de la persona; pero tampoco son
puramente subjetivos, mero fruto de los propios deseos. Se requieren
los dos factores. Recordemos la sentencia de Shakespeare: «No todo
lo que brilla es oro». No todo lo que parece
bueno es bueno.
La crisis de la modernidad
La idea de que los valores son una
creación individual se remonta a las teorías de varios filósofos
existencialistas como Nietzsche, Heidegger, Sartre, de Beauvoir y Polin. También
está presente en diversas escuelas psicológicas, especialmente en Carl Rogers
y Abraham Maslow. De los años sesenta a los ochenta,
esta corriente ideológica se infiltró en el sistema educativo americano
hasta llegar a ser el modelo más popular.
En las
escuelas, más que enseñarse a los alumnos a reconocer los
verdaderos valores y a ponerlos en práctica, se les instaba
a «esclarecer» sus propios valores sin hacer mucho caso de
la realidad objetiva. Se exigía a los profesores, además, que
propiciaran una mentalidad abierta en los alumnos, dejando de lado
los prejuicios y las imposiciones cuando se trataba de valores.
Se aplicó esta técnica por igual al hablar de la
ética sexual, del respeto a los propios padres y a
la autoridad, del uso de drogas, del aborto, de la
eutanasia y de otras cuestiones de la vida humana. Los
efectos han sido tan vastos y asoladores que muchos ya
no logran distinguir sencillamente entre lo bueno y lo malo,
entre lo justo y lo injusto. Como ha dicho recientemente
el escritor francés André Frossard: «La primera premisa de la
modernidad es que no hay valores, ningún valor en absoluto;
sólo hay opciones y opiniones». Esto equivale a decir que
se ha perdido el sentido de la objetividad de los
valores, para fijarse sólo en los valores que cada uno
se cocina por su cuenta.
Aunque la sociedad moderna quiere
proclamarse totalmente imparcial ante los valores, existen, con todo, al
menos dos valores que suelen presentarse como absolutos: el valor
de la tolerancia y el valor del pluralismo.
¿Tolerancia auténtica, o un sucedáneo barato?
La tolerancia,
es decir, el respeto incondicional a los demás y a
sus ideas, se promueve como el bien supremo e inequívoco.
La tolerancia es, sin duda, un gran bien, pero no
es el único bien. La tragedia empieza cuando se llama
tolerancia a lo que en realidad no lo es. Muchos
consideran tolerancia lo que no es más que indiferencia o
escepticismo.
La indiferencia consiste en no preocuparse, ni siquiera interesarse,
por los demás. «Cada uno puede pensar lo que quiera,
con tal que no perjudique a nadie» -especialmente a mí-.
Voltaire identificó la tolerancia con lo que, en lenguaje actual,
se dice: «no te metas en lo que no te
importa». Santo Tomás de Aquino era para él un intolerante
porque se atrevió a desear en sus escritos que todo
el mundo fuese cristiano. Pero para santo Tomás aquello era
lo mismo que desear que todo el mundo fuese feliz.
¿Alguno consideraría intolerancia desear que todo el mundo goce de
buena salud o sea bien educado -aunque esto implique «intolerancia»
contra la enfermedad y la mala educación-? La verdadera tolerancia
de ninguna manera implica indiferencia en relación con nuestro prójimo.
El escepticismo, por otra parte, consiste en dudar de la
existencia de la verdad o, al menos, de nuestra capacidad
para encontrarla. Relega los valores personales al ámbito de la
«opinión», que se contrapone al de los «hechos». Los hechos
se pueden mostrar; las opiniones son una cuestión personal y
es mejor reservarlas para uno mismo.
La confusión se origina
en gran parte por no distinguir entre el respeto a
alguien y el respeto a las ideas de alguien. No
son lo mismo. Las ideas tienen que ganarse el respeto;
las personas ya se lo merecen, por su dignidad de
hijos de Dios. No necesitas probarme tu valía para merecer
mi amor. El solo hecho de que seas persona humana,
creada por el amor de Dios a su imagen y
semejanza, me basta.
Pero, ¿y las ideas? Las hay de
todos tamaños, colores y sabores: verdaderas y falsas; ridículas y
serias, brillantes y aburridas, diabólicas y divinas. Te respeto y
defiendo tu derecho a seguir tu conciencia porque Dios te
ha hecho libre y digno de respeto. Pero no dudaré
en sopesar tus ideas para escudriñar su propio valor. Algunas
serán aceptables; otras quizá tendrán que ser rechazadas.
La auténtica
tolerancia no exige que abandonemos nuestras convicciones, sino que respetemos
la inviolabilidad de la conciencia ajena y su derecho a
seguir sus creencias. Implica también reconocer como intrínsecamente malo el
uso de la fuerza para cambiar el modo de pensar
de alguno, aunque estemos ciertos de que está equivocado.
Ahora
bien, no es correcto decir que las teorías verdaderas son
«toleradas»; se aceptan, más bien, porque son razonables, por su
propio peso. Los errores, en cambio, algunas veces son tolerados
en vista de un bien mayor: por ejemplo, el respeto
hacia una persona. Esta es la esencia de la genuina
tolerancia. Con respeto, pero con decisión, debemos esforzarnos por guiar
a los demás hacia una existencia cada vez más plena,
mostrándoles el camino que lleva a los valores superiores.
El
considerar la tolerancia como valor absoluto conlleva finalmente un serio
problema: no se puede tolerar cualquier cosa. No toleramos la
viruela, ni el abuso de menores, ni la contaminación de
aceite en los mares, ni otros muchos males que aquejan
a la sociedad. George Bernard Shaw escribió: «Podemos hablar de
tolerancia como queramos, pero la sociedad siempre tendrá que trazar
en alguna parte una línea divisoria entre la conducta aceptable
y la locura o el crimen».
¿Pluralidad o
pluralismo?
Juntamente con la tolerancia, la sociedad contemporánea
promueve el valor del pluralismo. El pluralismo se puede entender
de dos maneras. Uno es el reconocimiento objetivo de que
existe la diversidad. El otro considera que se ha de
buscar como ideal una creciente diversidad.
De acuerdo con el
primer significado, el pluralismo es un simple reconocimiento de que
la pluralidad existe y que, por tanto, se han de
tomar en cuenta los diversos modos de pensar y de
comportarse. Las personas que son diferentes tienen necesidades diferentes; hemos
de tomar en consideración las necesidades particulares de todos y
no sólo las de aquéllos que son como nosotros.
La
otra forma de pluralismo parece más bien una ideología. Esta
ideología sostiene que para que haya una sociedad perfecta o
ideal es necesario construirla sobre la variedad más amplia posible
de valores. La variedad es buena. La uniformidad es mala.
A primera vista esta postura parece plausible y los argumentos
de sus expositores convincentes. Después de todo, ¿no le da
la variedad «sabor» a la vida? Sin embargo, al pretender
aplicar este principio a los valores nos topamos con dos
dificultades. Ante todo, ¿la variedad es un bien absoluto? Parecería,
más bien, que es buena en la medida en que
complementa y perfecciona el todo.
En el caso de un
jardín, es verdad que el añadir diversas especies de flores
aumenta la belleza y la armonía del conjunto, pero sólo
porque cada una de ellas es bella en sí misma.
¿Qué pasaría si dispersásemos latas de cerveza, bolsas de plástico
y cáscaras de naranja en medio de las flores? La
variedad aumentaría, pero se destruiría la belleza. De modo similar,
un valor humano completa y perfecciona nuestra naturaleza y contribuye
a la armonía de la persona. La variedad es buena
solamente cuando los elementos individuales que la componen son buenos.
Ningún organismo puede constituirse de pura diversidad.
La segunda falacia
de esta línea de argumentación es la suposición de que
toda uniformidad es mala. Yo diría, más bien, que el
conformismo y el inconformismo son siempre parámetros insuficientes para actuar,
mientras que la uniformidad puede ser buena o mala dependiendo
de otros factores.
El conformista y el que se opone
obstinadamente a todo no son contrarios, aunque lo parezcan. En
realidad sólo cantan dos versiones de la misma pieza. Su
mayor defecto es que asumen la conducta de los demás
como criterio para sus acciones, en lugar de apelar a
sus propios principios. El conformista es un imitador de la
conducta ajena. El opositor obstinado observa el proceder de los
demás y actúa, como por reflejo, de modo diverso. En
realidad, estos dos comportamientos demuestran inseguridad y excesiva dependencia de
los demás. El conformista y el opositor dejan su libertad
personal en manos de la moda, de la opinión pública,
de lo que es socialmente aceptable, en lugar de tomar
decisiones basadas en sus propias convicciones.
La uniformidad, en cambio,
resulta natural y buena si lo que todos escogen es
un valor en sí mismo. Si todos fuésemos leales, rectos
y trabajadores, tendríamos más uniformidad, y no por eso la
sociedad se tornaría insípida o aburrida. La uniformidad o la
«mismidad» es secundaria. Yo hago lo que creo que es
bueno, independientemente de lo que hagan los demás. Si ellos
hacen lo mismo que yo, bien. Si no, ¿tendré por
ello que comportarme de otro modo?
¿Libertad o
anarquía?
Surge incluso un problema aún mayor y
de más graves consecuencias cuando se cree que los valores
son puramente subjetivos. Si afirmamos que no existe ningún bien
para el hombre fuera de sus deseos personales e individuales,
estamos preparando el pedestal para la anarquía. La sociedad propondrá
la tolerancia como principio, pero siempre habrá quién verá las
cosas de otro modo.
Puesto que los valores no se
pueden «imponer», el intolerante tendrá el mismo derecho a su
postura como el tolerante. Y lo mismo cabe decir del
antisemita, del distribuidor de droga y del asesino. Si no
existen valores objetivos y absolutos que sirvan de referencia, cada
uno jugará con sus propias reglas.
Alguno traerá a flor
de labios la respuesta: «Sí, es verdad, pero allí es
donde interviene la ley. La ley nos protege del fanatismo,
preserva el bien común y mantiene el orden social». Es
cierto, pero esto no resuelve el problema. Las leyes son
útiles, incluso necesarias, pero ellas mismas deben apelar a valores
universales como la justicia, la imparcialidad, el orden social, el
bien común. La ley no es una mera convención; se
apoya en valores objetivos y en los derechos humanos universales.
Podemos mover este argumento al campo lógico. Dejemos que un
antilegalista pregunte a un subjetivista: «¿No tiene igual peso mi
opinión que la de los demás? Tú aprecias la justicia,
pero yo la aborrezco. Podrás impedirme, por la fuerza, hacer
lo que yo quiera, pero no digas que lo haces
en nombre de la rectitud».
Si no hay valores absolutos,
la ley pierde todo su fundamento; no hay parámetros para
evaluar los actos de los políticos, de los criminales, de
los dictadores; ni siquiera para evaluar las mismas leyes particulares.
La ley no será más que un valor arbitrario más,
respaldado por la fuerza. Siempre ha sido verdad que quien
está en el poder puede realizar su voluntad y dominar
a quien no esté de acuerdo con él. Pero éste
es el código de los salvajes. Pensemos en las atrocidades
cometidas en Francia después de la Revolución, bajo el reinado
del terror. Robespierre presumía de encarnar la volonté générale («voluntad
general») y amparado en este título no vaciló en masacrar
a sus opositores.
Un grupo de personas o una ley
pueden estar equivocados lo mismo que un individuo. Una determinada
sociedad puede votar a favor de la esclavitud o del
aborto o del exterminio de una parte de su población
-Hitler fue elegido democráticamente-, pero la legalidad no garantiza la
legitimidad moral o el valor de estas acciones. Cuando se
cree que el derecho no es más que el capricho
de cada hombre, es lógico que impere la ley del
más fuerte. Por eso, para que la ley pueda de
verdad promover el bien común, tiene que apoyarse sobre el
fundamento sólido de valores objetivos.
Como observa Juan Pablo II
con perspicacia en su encíclica Veritatis splendor:«Si no hay una
verdad fundamental que guíe y dirija la actividad política, las
ideas y las convicciones podrán ser manipuladas por razones de
poder. Como lo demuestra la historia, una democracia sin valores
se convierte fácilmente en un totalitarismo, declarado o encubierto».
Valores Humanos
Dejando claro que los valores
son esencialmente objetivos y subjetivos, podemos ahora enfocar nuestra atención
en los valores humanos y, más adelante, en los diferentes
tipos y niveles de valores. ¿Qué es un valor
humano? Los valores humanos son aquellos bienes universales que pertenecen
a nuestra naturaleza como personas y que, en cierto sentido,
nos «humanizan» porque mejoran nuestra condición de personas y perfeccionan
nuestra naturaleza humana.
La libertad nos capacita para ennoblecer nuestra
existencia, pero también nos pone en peligro de empobrecerla. Las
demás creaturas no acceden a este disyuntiva. Un gato callejero
no podrá ser algo más que un gato común y
corriente; siempre se comportará de modo felino y no será
culpado o alabado por ello. Nosotros, en cambio, si prestamos
oídos a nuestros instintos e inclinaciones más bajas, podemos actuar
como bestias. De este modo nos deshumanizamos. Si no descubrimos
lo que somos, tampoco descubriremos los valores que nos convienen.
Cuanto mejor percibamos nuestra naturaleza, tanto más fácilmente percibiremos los
valores que le pertenecen.
Alimentación y naturaleza
Hay una diferencia entre los valores humanos en general
y nuestros propios valores personales. El concepto de valores humanos
abarca todas aquellas cosas que son buenas para nosotros como
seres humanos y que nos mejoran como tales. Los valores
personales son aquellos que hemos asimilado en nuestra vida y
que nos motivan en nuestras decisiones cotidianas.
Podríamos comparar la
diferencia entre los valores humanos en general y los valores
personales con la diferencia que hay entre ciertas comidas y
su respectivo valor nutricional para el cuerpo humano. La nutrición
es para el cuerpo lo que los valores son para
la persona humana.
El cuerpo humano tiene sus requerimientos: algunos
alimentos son muy nutritivos; otros complementan la alimentación; otros son
al menos tolerables en pequeñas cantidades. Todos necesitamos una alimentación
balanceada en vitaminas, fibra, minerales y proteínas para mantener una
buena salud. Algo parecido sucede con los valores humanos: nos
nutren, nos benefician como seres humanos en diversa medida. Así
tenemos toda una gama de valores culturales, intelectuales y estéticos
que promueven nuestro desarrollo humano y enriquecen nuestra personalidad.
Cuando
se habla de la nutrición corporal hay espacio para las
preferencias personales. Cada uno puede escoger a su gusto; el
número de calorías apenas varía. Nuestro organismo asimilará estos alimentos
y se nutrirá más o menos igual. Se insiste, más
bien, en que la dieta sea balanceada.
En la esfera
de los valores humanos se requiere también un equilibrio y
que cada uno de los valores, tomado individualmente, sea «saludable».
Así como ciertos alimentos son esenciales y otros sólo sirven
para adornar algún platillo, así también los valores tienen una
jerarquía, según favorezcan más o menos nuestro desarrollo humano; también
pueden ordenarse y clasificarse de acuerdo con los beneficios que
nos proporcionan. Algunos son esenciales; otros son más periféricos.
Una jerarquía de valores
Entre los valores objetivos
existe una jerarquía, una escala. No todos son iguales. Algunos
son más importantes que otros porque son más trascendentes, porque
nos elevan más como personas y corresponden a nuestras facultades
superiores. Podemos clasificar los valores humanos en cuatro categorías: (1)
valores religiosos, (2) valores morales, (3), valores humanos inframorales, y
(4) valores biológicos.
Niveles de valores Valores religiosos
Fe, esperanza,carida caridad, humildad, etc.
Valores morales Sinceridad, justicia,
fidelidad, bondad, honradez, benevolencia, etc.
Valores humanos inframorales Prosperidad,
logros intelectuales, valores sociales, valores estéticos, éxito, serenidad, etc.
Valores biológicos Salud, belleza, placer, fuerza física, etc.
La
línea más baja representa el nivel biológico o sensitivo.
Los valores de este nivel no son específicamente humanos, pues
los comparten con nosotros otros seres vivos. Dentro de esta
categoría quedan comprendidos la salud, el placer, la belleza física
y las cualidades atléticas.
Desafortunadamente, hay muchas personas que ponen
demasiado énfasis en este nivel. No es raro escuchar frases
como ésta: «Mientras tenga salud, todo lo demás no importa».
Según esto, uno lo pasaría mejor siendo un saludable jefe
de la mafia que un enfermizo hombre de bien. Ya
lo decía Tomás de Kempis hace unos cinco siglos: «Muchos
se preocupan por vivir una vida larga, pero pocos por
vivirla rectamente».
No eres más persona porque seas sano o
bien parecido. Eso no te dignifica ni aumenta tu valor.
Recuerda que estamos hablando del nivel más bajo, que compartimos
con los animales.
Algunas personas invierten buena parte de su
tiempo en buscar comidas saludables, planear bien su dieta y
practicar ejercicio. Todo esto tiene su lugar en la vida,
pero un lugar limitado; más o menos como el saque
inicial en un partido de fútbol. No tenemos por qué
«vivir para comer» sólo por el hecho de que tenemos
que comer para vivir.
Los valores del segundo nivel, valores humanos inframorales son específicamente humanos. Tienen que ver con
el desarrollo de nuestra naturaleza, de nuestros talentos y cualidades.
Pero todavía no son tan importantes como los valores morales.
Entre los valores de este segundo nivel están los intereses
intelectuales, musicales, artísticos, sociales y estéticos. Estos valores nos ennoblecen
y desarrollan nuestro potencial humano.
El tercer nivel comprende valores
que son también exclusivos del ser humano. Se suelen llamar
valores morales o éticos. Este nivel es esencialmente superior
a los ya mencionados. Esto se debe al hecho de
que los valores morales tienen que ver con el uso
de nuestra libertad, ese don inapreciable y sublime que nos
hace semejantes a Dios y nos permite ser los constructores
de nuestro propio destino. Estos son los valores humanos por
excelencia, pues determinan nuestro valor como personas. Los valores morales
incluyen, entre otros, la honestidad, la bondad, la justicia, la
autenticidad, la solidaridad, la sinceridad y la misericordia.
Mientras que
en los niveles inferiores los valores a veces se excluyen
mutuamente -no es fácil pintar con acuarelas mientras se está
tocando el saxofón-, los valores morales jamás entran en conflicto
entre sí. Forman un todo orgánico. Podemos, y debemos, ser
sinceros, justos, honestos y rectos al mismo tiempo. Cada valor
apoya y sostiene los demás; juntos forman esa sólida estructura
que constituye la personalidad de un hombre maduro.
Los valores
morales son incondicionales y siempre prevalecen sobre los valores inferiores.
No puedo sacrificar la justicia para gozar de una mayor
prosperidad o traicionar a un amigo por el qué dirán.
Esto no ocurre con los otros dos niveles inferiores. Aunque
la música es un valor superior a la comida, tendré
que dejar de practicar el saxofón para ir a comer
alguna cosa.
Hay todavía un cuarto nivel de valores, el
más elevado, que corona y completa los valores del tercer
nivel, y que nos permite incluso ir más allá de
nuestra naturaleza. Son los valores religiosos. Éstos tienen que
ver con nuestra relación personal con Dios.
El mundo de
hoy con frecuencia pasa por alto un hecho muy sencillo:
la persona humana es religiosa. Aunque seguramente será difícil encontrar
esta afirmación en un texto de sociología -el fundador de
la sociología, Augusto Comte, fue visceralmente antirreligioso y creía que
la religión habría de ser reemplazada por la ciencia-, no
ha habido en la historia una sola sociedad que no
haya sido religiosa. Buscamos instintivamente a Dios porque fuimos hechos
para Él. Necesitamos a Dios, aunque no siempre caigamos en
la cuenta de ello.
Buscamos de forma natural la trascendencia.
Fuimos creados para ir más allá de nosotros mismos, para
tender hacia arriba, hacia el Absoluto. San Agustín expresó esta
verdad justo al inicio de sus Confesiones, donde dice: «Nos
hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta
que descanse en ti». Nuestra trascendencia como seres humanos es
lo que da sentido y significado a nuestra vida sobre
la tierra. Si el hombre cultiva los valores religiosos con
tanta tenacidad es porque ellos corresponden a la verdad más
profunda de su ser.
Desde una perspectiva cristiana
¿Qué relación tienen los valores con el cristianismo?
Si los valores humanos dependen de lo que es bueno
para nosotros como seres humanos, ¿en qué sentido difieren nuestros
valores como cristianos de los valores de un no-cristiano? Finalmente,
¿por qué nos preocupamos de los valores humanos? ¿No bastan
los valores religiosos? Como cristianos, tenemos tres grandes razones para
estudiar los valores humanos y reflexionar sobre ellos. En primer
lugar, todo cristiano es una persona humana, un miembro de
la familia humana. Todo lo que es bueno para la
humanidad es igualmente bueno para el cristiano. El cristianismo nos
eleva, pero no cambia nuestra naturaleza. En segundo lugar, Dios
mismo se hizo uno de nosotros para revelarnos la verdad
sobre la existencia humana. Jesucristo es Dios, pero es también
un hombre. Si en Él conocemos a Dios, también en
Él conocemos al ser humano ideal, a la persona perfecta.
Los cristianos estamos profundamente interesados en la vida humana porque
Dios mismo está profundamente interesado en ella. Si queremos saber
en qué consiste, de verdad, «ser hombre» y qué cosas
son en verdad importantes en la vida, podemos descubrirlo estudiando
la vida de Cristo. Finalmente, incluso si creemos que lo
único importante como cristianos es llegar a la santidad, debemos
reconocer que la santidad no es algo abstracto y desconectado
de la vida ordinaria. La trama de nuestra relación con
Dios está tejida con nuestras acciones más ordinarias y, por
lo mismo, es preciso que la santidad se apoye en
una sólida escala de valores como infraestructura esencial. Primero el
hombre, después el santo. La gracia edifica sobre la naturaleza.
La santidad presupone una armonía interior, un carácter bien formado
y una idea clara de lo que es realmente importante
en la vida. Este énfasis sobre el relativo valor de
los bienes temporales en comparación con los eternos se repite
una y otra vez en las parábolas de Cristo. Anima
a sus seguidores a tener la mirada fija en los
cielos y a no empantanarse en los bajos placeres y
en las riquezas fugaces que este mundo ofrece. Jesús también
distingue el valor de nuestras acciones. Cuando le preguntaron cuál
de los mandamientos era el más importante, Cristo no dudó
en subrayar el amor a Dios y el amor al
prójimo como la suma y la esencia de toda la
ley, mucho más que cualquier sacrificio. El cristianismo ofrece una
visión global de la existencia humana, un modo de ver
y de evaluar todas las actividades y acontecimientos de la
vida humana. Esta visión se basa en la verdad sobre
el hombre, sobre su destino y sobre sus relaciones con
Dios y con el mundo. Los valores tratan de lo
que es bueno, y el camino más seguro para saber
lo que es bueno para el hombre es conocer quién
es el hombre. De esto hablaremos en "El
fundamento del valor".
Este artículo es un extracto del capítulo
del mismo nombre. Puedes leerlo en el libro"Costruyendo
sobre roca firme"
Si tienes alguna
consulta utiliza este enlace para escribirle a Marielos, Psicóloga.
Un servicio de consejería en línea
Si tienes alguna duda, conoces
algún caso que quieras compartir, o quieres darnos tu opinión,
te esperamos en los FOROS DE CATHOLIC NET donde
siempre encontrarás a alguien al otro lado de la pantalla,
que agradecerá tus comentarios y los enriquecerá con su propia
experiencia.
|