Pocos valores tienen un atractivo tan universal como
la libertad. Esta palabra ha sido tan traída y llevada
como el birdie en un juego de bádminton. El ideal
de la libertad parece que jamás estará fuera de moda.
Es difícil encontrar una campaña revolucionaria o una constitución nacional
que no proponga la libertad como uno de sus máximos
logros.
Hoy día, con la caída del comunismo, la expansión
de la democracia, el fácil acceso a la información y
el progreso tecnológico el género humano está desarrollando un agudo
sentido de la libertad. La cultura occidental rinde homenaje a
la libertad en todos los sectores de la civilización. Existen
estatuas y naves espaciales que llevan su nombre, monedas acuñadas
en su honor, champús y dentífricos que prometen más libertad
a quien los compra.
La palabra libertad casi tiene un
talismán adherido. Hay ciertas palabras que poseen una especie de
carga positiva o negativa, como los iones. Términos como «opción»,
«creatividad», «nuevo», «original» y «libertad» llevan una carga positiva: de
antemano estamos predispuestos favorablemente a ellos, aunque no sepamos a
qué se refieren. Otras palabras nos provocan aversión, y desde
fuera tiñen negativamente nuestra actitud ante alguna frase. Si hemos
de ser objetivos, debemos superar el impacto emocional para considerar
el verdadero valor que puede haber detrás de una expresión.
Las diversas caras de la libertad
Este mismo principio se aplica al concepto de libertad. Es
un término análogo, que tiene muchas aplicaciones. En algunos casos,
la libertad se refiere simplemente a la ausencia de elementos
perniciosos, como en el caso de los alimentos dietéticos que
son libres de azúcar. Aquí la libertad no tiene un
valor propio. Aunque conserva su atractivo, su valor depende directamente
de la repulsividad que produce el elemento ausente. Que el
café no tenga cafeína es un atributo positivo siempre y
cuando se considere la cafeína un ingrediente nocivo. ¿Iríamos, en
cambio, a un parque de atracciones libre de diversión? ¿Intentaríamos
nadar en una piscina libre de agua?
Cuando el Papa
Juan Pablo II habla de la libertad como raíz de
la dignidad humana, se está refiriendo a una realidad que
va mucho más allá de la mera libertad de movimiento
o de la ausencia de constricción externa. La libertad específicamente
humana es un ingrediente esencial de la naturaleza del hombre
que lo distingue radicalmente del resto de la creación. Los
seres humanos son esencialmente libres aunque estén en un calabozo
o haciendo trabajos forzados en un campo de concentración; un
animal no es verdaderamente libre, aunque esté surcando plácidamente el
aire o rumiando a sus anchas en las llanuras del
Serengeti. La naturaleza, en cuanto tal, no es libre, pues
obedece a una serie de leyes fijas. El agua correrá
siempre hacia abajo. El fuego no puede encenderse en el
vacío. La combinación de sodio y cloro producirá sal, pero
jamás nos dará pimienta.
La libertad humana no se identifica
con la libertad de pensamiento o con la libertad física,
sino con la libertad de la voluntad -o libre voluntad-
por la que gobernamos nuestras propias acciones. Un acto humano
es un acto libre.
Estrictamente hablando, los «actos del hombre»
difieren de los «actos humanos». Acto humano significa un acto
realizado con conocimiento y libertad, es decir, un acto específicamente
humano. Algunas veces nuestras acciones son deliberadas y plenamente conscientes;
otras veces actuamos inadvertidamente o incluso hacemos cosas de forma
involuntaria. Cuando la cajera de la farmacia te devuelve accidentalmente
el doble del cambio que te debía dar, no ha
realizado una acto humano, porque no fue intencional. Pero si,
al llegar a tu coche, te das cuenta del error
y regresas para devolver lo que en realidad no es
tuyo, tu acto es humano porque lleva impreso el sello
de tu conciencia y libertad.
La libertad humana incluye la
libertad moral. En virtud de ella existen el bien y
el mal, la virtud y el vicio. Un gesto de
bondad para con tu hermano pequeño tiene valor y mérito
porque es un acto libre. La libertad no es como
un examen de matemáticas, donde se trata de «escoger» la
respuesta correcta -una computadora lo haría tal vez igual o
mejor que tú-. Tampoco se identifica con una pura espontaneidad
para escoger entre diversas posibilidades sin valor moral, como hace
un gorrión cuando «escoge» en qué árbol y en qué
rama construir su nido. La libertad humana encuentra su máxima
expresión cuando tiene que elegir entre varias cosas buenas y,
especialmente, entre el bien y el mal.
Tres
niveles de libertad
Dado que la palabra libertad
tiene varios significados, es necesario distinguir y aclarar cuáles son
las diversas dimensiones de la libertad.
Libertad
de constricción
La libertad se aplica en este
caso al hecho de estar libre de impedimentos o de
interferencias externas para hacer algo. Es la acepción de libertad
que más se emplea. Es la autonomía, en contraposición con
el control externo. Un adolescente ansía que sus padres le
dejen un amplio espacio de libertad. Las industrias tratan de
librarse de las restricciones del gobierno. El preso de la
cárcel sueña en el día en que por fin podrá
saborear una vez más la libertad. La libertad, aunque es
un bien en sí misma, puede ser mal empleada. Cuando
una persona pretende liberarse de toda responsabilidad y compromiso, comete
un grave error, pues está tratando de evitar un ingrediente
necesario para su realización como ser humano.
Otro peligro de
este aspecto de la libertad es la posibilidad de ser
manipulados: pensando que somos nosotros los que decidimos, en realidad
es otro el que decide en lugar nuestro. Podríamos preguntar
si la gente de hoy goza de mayor libertad que
la del pasado. Es cierto que hoy tiene más capacidad
para moverse; cuenta con modernos medios de comunicación instantánea y
de procesamiento de información. Posee, además, un dominio más amplio
sobre el medio ambiente y es capaz de ejecutar tareas
que las personas de unas décadas atrás ni siquiera hubieran
imaginado.
Sin embargo, en su vida personal, mucha gente se
encuentra hoy confundida, insegura, incapaz de pensar por sí misma
y de escapar del ruido, del bombardeo de imágenes y
de sutiles mensajes generados por la sociedad y, especialmente, por
los mass-media. Sus principios se ven atacados y encuentran poco
apoyo cuando tratan de vivir coherentemente como seres humanos. En
consecuencia, muchas de sus acciones, opciones y preferencias son determinadas
por la moda, la opinión pública y las tendencias políticas.
Esta manipulación se lleva a cabo con frecuencia impactando directamente
nuestras emociones y evadiendo el proceso ordinario de una elección
racional.Para asegurar nuestra libertad, debemos defender nuestra independencia de estas
presiones externas.
Libertad de elección
Tú eres el autor de tus acciones. Cuando vas al
supermercado o hablas con tu vecino o visitas a un
amigo en el hospital, estás ejercitando tu libertad en una
serie de actos conscientes. Ahora mismo tú y yo estamos
escribiendo nuestra propia historia. Esta dimensión de la libertad es
la posibilidad, que se opone a la necesidad. La necesidad
es aquello que no podría ser de otro modo. Los
actos humanos jamás están sujetos a la necesidad, porque cada
acto verdaderamente humano es libre. Las personas son libres. Las
cosas son necesarias. Bajo esta luz, la libertad consiste en
el dominio que ejerce una persona sobre sus acciones.
Nuestra
libertad abarca también la realización de un proyecto vital. Cada
uno elige libremente lo que quiere ser en la vida.
Una persona honesta es honesta por elección, no por obligación.
Nos estamos refiriendo aquí a la auto-determinación, que es contraria
al determinismo. Hoy día, como en el pasado, algunos sostienen
que el ser humano se encuentra inexorablemente determinado por factores
externos a su voluntad. Los que profesan el determinismo biológico
señalan que nuestras decisiones están inscritas anticipadamente en nuestro código
genético. Otros hablan de condicionamientos culturales y sociales, que determinan
nuestra forma de pensar y de escoger.
Hay que reconocer
que estas posiciones tienen una pequeña dosis de verdad. Hay
factores biológicos y sociales que influyen hasta cierto punto en
nosotros. Pero esto no quiere decir que supriman nuestra libertad;
aunque haya influencias externas, nuestras decisiones son nuestras. Resulta más
cómodo culpar a otro de nuestras caídas, pero en el
fondo sabemos que la responsabilidad es nuestra. Por esta misma
razón, nuestras buenas acciones merecen recompensa, pues las realizamos libremente,
aunque tengamos posibilidad de obrar diversamente.
La libertad es algo
más que un deseo. Es la capacidad para realizar ese
deseo. Podrías querer, tal vez, no morir jamás, o tener
dos metros de estatura, pero no podrás optar por esto
porque no tienes el poder para realizarlo. Sólo podemos escoger
aquellas cosas cuya realización está dentro de nuestras posibilidades.
Libertad para actuar
La verdadera liberación
consiste en algo más que quitar los escombros de nuestra
pista vital o romper las cadenas que nos mantienen cautivos.
Si descombramos la pista es para iniciar el despegue. Si
desencadenamos a alguien es para que pueda vivir su vida
y realizar sus sueños. Lo que pretendemos al librarnos de
las constricciones es gozar de la libertad para actuar. La
libertad invita a la actividad, a la consecución de una
meta. Si tengo libre el viernes por la noche... implica
que tengo libertad para hacer algo -se sobreentiende que queremos
hacer algo-.
La libertad exige compromiso, realización. Si tengo un
par de horas libres el viernes por la noche pero
no hago nada, me parezco a esas gallinas acurrucadas en
el gallinero, esperando algo que empollar. Queriendo aprovechar el tiempo,
más bien pensaría: Por fin tengo un par de horas
libres, así es que puedo... seguir armando aquel modelo de
aeroplano, terminar de leer «El Quijote de la Mancha», escribir
a la tía Sara. El dinamismo de la libertad se
concreta en una decisión y en una actividad, las cuales
se contraponen a la indecisión y a la pasividad. La
libertad es libertad sólo cuando se aprovecha para hacer algo,
cuando se ejercita.
En este nivel, lo contrario de la
libertad es la pasividad y la falta de compromiso. En
nuestros días se ha difundido el miedo al compromiso. Muchos
deciden «no decidir», porque tienen miedo de optar equivocadamente. Esas
personas se aprisionan voluntariamente en la cárcel de su propia
inseguridad y temor al futuro. Por querer dejar abiertas todas
las opciones, ellas mismas cierran las puertas de su plena
realización como personas. Pretenden comer el pastel y conservarlo a
toda costa, sin sacrificar ninguna de estas dos opciones. Podría
formularse en estos términos el silogismo que respalda la moderna
postura del no-compromiso:
1. Lo más importante es ser libre.
2. Si ejercito mi libertad (y me comprometo), limito mis
opciones y disminuye mi libertad. 3. Por tanto, no me
comprometeré.
La libertad humana no consiste en la ausencia de
compromisos, sino en la capacidad para comprometerse y perseverar en
ese compromiso. Nos realizamos cuando nos comprometemos libremente como personas
y vivimos coherentemente los compromisos que hemos asumido. ¿Acaso una
mujer ha perdido su libertad porque ahora tiene cuatro hijos?
¿Acaso ha encontrado un hombre la llave de la libertad
perpetua porque a los 43 años sigue sin graduarse del
bachillerato y sin buscar trabajo? Obviamente no. Como veremos, el
hecho de desconectarnos de los demás, de evitar las ataduras
del amor, de las amistades y de la responsabilidad, no
es el camino para lograr nuestra realización personal. Es precisamente
en la donación de nosotros mismos donde se realiza y
completa nuestro potencial como seres humanos.
El
valor de la libertad
A menudo se entiende
hoy la libertad en términos de total autonomía. Se la
ve como la base única e indiscutible de nuestras opciones
personales y como autoafirmación a cualquier precio. Algunos, como Jean
Paul Sartre, creen que nuestra libertad crea los valores, y
que la libertad misma es el valor supremo. Esta teoría
tiene dos contradicciones implícitas. En primer lugar, Sartre dice que
la libertad en un valor absoluto, mientras sostiene que todos
los valores son relativos. En segundo lugar, considera que el
individuo es el creador de todos los valores y, al
mismo tiempo, que la libertad debe ser el valor más
alto para todos. Si alguno no está de acuerdo con
esto, obviamente está equivocado. Como siempre, el relativismo degenera infaliblemente
y se convierte en dogmatismo.
Cabe una distinción más. No
es lo mismo ser libre que usar correctamente la libertad.
Apreciamos, con razón, la libertad en sí misma y reconocemos
que es bueno ser libres. La libertad nos ennoblece como
seres humanos y nos permite participar en cierto modo de
la libertad de Dios. Sin embargo, podemos también abusar de
la libertad. Si existen leyes, policías y prisiones es porque
existe la posibilidad real de que usemos mal nuestra libertad.
En cierto momento, estas instituciones se colocan delante de uno
y le dicen: «Lo siento, amigo, has ido demasiado lejos.
Te has pasado de los límites».
Resulta extraño ver cómo
muchos traen a cuento el mismo concepto como fuente e
inspiración de actividades muy dispares. Los pecadores pecan en nombre
de la libertad, mientras que los santos ejercitan su santidad
precisamente bajo esta misma bandera. Charles Manson fue capaz de
asesinar un buen número de personas inocentes porque era libre.
Y por esta misma razón, Juana de Arco dio su
vida en lugar de renunciar a la misión que Dios
le había encomendado. De hecho, no puede haber pecado, ni
crimen, ni violencia si no hay libertad, como tampoco puede
haber santidad, ni virtud, ni bondad, ni amor.
Sin embargo,
la libertad no es, en realidad, la inspiración de horribles
crímenes, ni tampoco de heroicos gestos de virtud. Sólo es
la condición necesaria que permite que estos actos se realicen.
Cuando se ve la libertad como un absoluto, desligada de
todo principio, puede llevar a los más graves abusos. Como
dijo Juan Pablo II en un discurso en Polonia en
enero de 1993: «La libertad entendida como algo arbitrario, separada
de la verdad y de la bondad, la libertad separada
de los mandamientos de Dios, se vuelve una amenaza para
el hombre, y conduce a la esclavitud; se vuelve contra
el individuo y contra la sociedad».
La libertad necesita de
los valores. Ella sola me ofrece únicamente la posibilidad de
actuar, mientras que los valores me dan la razón o
el motivo para actuar. Si soy totalmente libre, pero carezco
de valores, ¿qué haré? Mi libertad no me lo dirá.
Simplemente me responderá: «Puedes hacer cualquier cosa». Mis valores son
los que me moverán, los que me dirán: «Haz esto.
Esto es bueno; es correcto; es importante». Los valores son
los que atraen mi voluntad; la libertad permite que mi
voluntad se mueva hacia esos valores. Mi voluntad desea y,
porque es libre, es capaz de ir en busca de
sus deseos.
También es útil distinguir entre libertad y derechos.
La libertad no es una especie de calcomanía cósmica que
certifica que todas mis acciones son buenas y lícitas en
la medida en que son libres. La libertad no es
lo mismo que el derecho de hacer algo, aunque los
dos se confunden con frecuencia. «¡Puedo hacer lo que me
plazca! ¡Este es un país libre y soberano!». El hecho
de que sea libre para hacer algo (sin constricción) no
me da derecho para hacerlo. Soy libre para matar a
una persona -tal vez nadie me lo podrá impedir físicamente-,
pero no tengo derecho de matar.
La libertad, en sí
misma no justifica nada. Si Antonio dice a su hermano:
«Francisco, no debes cometer adulterio. Debes ser fiel a tu
esposa»; y Francisco le contesta: «¡Puedo hacer lo que yo
quiera! ¡Para eso soy libre!», esta respuesta está fuera de
lugar, y tiene muy poco que ver con el consejo
de su hermano. Nadie está poniendo en duda la capacidad
de Francisco para hacer esto o aquello. Todos somos capaces
de obrar como bestias, pero no debemos actuar como bestias,
ni tenemos derecho de hacerlo.
¿Compañeros irreconciliables?
Libertad y responsabilidad
La libertad lleva consigo algunos
corolarios un tanto olvidados. Para empezar, consideremos el dúo formado
por la libertad y la responsabilidad. Para la mente actual,
parecen contradictorios; y, sin embargo, están íntimamente unidos. No son
dos realidades separadas, sino dos aspectos de la mismísima realidad.
Como una madre y su bebé, no se encuentran nunca
separados. Nadie puede decir: «Me gustaría ser madre, ¡pero sin
niños!». Es una imposibilidad lógica. Algo parecido ocurre aquí: no
puede haber libertad sin responsabilidad -ni responsabilidad sin libertad. Viktor
Frankl remarcó una vez que la excelente obra iniciada con
la Estatua de la Libertad en Nueva York debía ser
completada con la Estatua de la Responsabilidad en Los Ángeles.
Una acción libre equivale a una acción responsable. El mérito
o la culpa, fruto de nuestras acciones, recae directamente sobre
nuestros hombros. De modo semejante, no hay responsabilidad allí donde
no hay libertad. No se nos ocurre castigar un árbol
porque no se quitó del camino cuando nos fuimos a
estrellar contra él. Reconocemos que el árbol no tiene ninguna
responsabilidad, porque no es libre. La responsabilidad presupone el poder
para hacer algo. Sólo podré ser responsable de una acción
cuando ésta sea verdaderamente mía.
Ser responsable significa «responder», «rendir
cuenta» de nuestras acciones a alguien con quien estamos comprometidos,
al menos implícitamente (Dios, otras personas, nuestra propia conciencia). Responsabilidad
significa también asumir las consecuencias de nuestras acciones. A veces
nos gustaría poder separar los dos elementos: disfrutar los beneficios
de la libertad sin tener que cargar con las consecuencias
de la responsabilidad. Esta es una de las razones por
las que mucha gente se rebela contra la autoridad, por
las que los adolescentes se quieren independizar de sus padres,
por las que algunos psicólogos inventan métodos para tratar de
acallar la persistente voz de la conciencia. Sin embargo, el
divorcio entre la libertad y la responsabilidad destruye la libertad
misma. La libertad sin responsabilidad no es libertad sino licencia.
El que es libre es verdaderamente dueño de sus acciones;
y el que es dueño de sus acciones es verdaderamente
responsable.
Libertad y límite
A
pesar de nuestra grandeza por llevar el sello de la
imagen y semejanza de Dios, somos limitados. Desentrañamos progresivamente los
secretos de la naturaleza y aprendemos cómo sacar provecho de
las fuerzas del cosmos, y, sin embargo, ¡cuánto queda aún
fuera de nuestro control! La libertad humana no es infinita
o absoluta. Tenemos que trabajar juntamente con nuestra naturaleza. Esta
limitación fundamental de la existencia humana se manifiesta en cuatro
dimensiones:
-Limitaciones lógicas: Hay ciertas cosas que no podemos hacer
simplemente porque no se pueden hacer. Esto no se debe
a la flaqueza del hombre, sino a la realidad misma
de las cosas. No puedes construir, diseñar, ni siquiera concebir,
un círculo cuadrado; es una imposibilidad lógica. Tampoco puedes componer
un soneto clásico en cinco líneas. Estas limitaciones se dan,
pues, en toda situación que es intrínsecamente contradictoria.
-Limitaciones físicas:
Podemos hacer muchas cosas, pero siempre dentro de las posibilidades
de nuestra naturaleza. Ella no consiente que tú y yo
salgamos volando por la ventana sin necesidad de instrumento alguno,
ni tampoco que alcancemos una edad de 529 años, o
que aumentemos nuestra estatura unos 10 centímetros después de los
20 años. Las leyes físicas y biológicas no dependen de
nuestra voluntad, y nos señalan con claridad un límite real.
-Limitaciones intelectuales: Ninguna persona humana es omnisciente. Por cada segmento
de información que logramos asimilar, hay una cantidad infinita de
datos que se nos escapan. Como dijo un filósofo: «Cuanto
más sé, más me doy cuenta de lo poco que
sé». Nuestro conocimiento de las cosas jamás es completo.
-Limitaciones
morales: En sentido propio, esta limitación se refiere a nuestra
incapacidad para escoger siempre el bien, si no es con
la ayuda de una gracia sobrenatural. En un sentido secundario,
quiere decir que estamos sujetos a la ley moral, y
no por encima de ella. Somos libres para optar por
el bien o por el mal, pero no podemos dictaminar
según nuestro capricho que algo sea bueno o malo. Somos
libres para robar, pero no podemos convertir el robo en
un acto de virtud por pura fuerza de voluntad. Seguirá
siendo un acto malo, sea que lo reconozcamos o no.
El bien y el mal no son invención del hombre.
La moralidad corresponde al bien y al mal objetivos. De
nosotros depende solamente el adherirnos a uno o a otro.
La presencia de restricciones es una condición indispensable para el
ejercicio de la libertad. Soy libre para jugar béisbol en
la medida en que existen unos límites que constriñen mi
libertad, es decir, unas reglas que debo seguir. Si pudiera
poner un número variable de jugadores en el campo, por
ejemplo, 34, en lugar de nueve, se arruinaría el juego;
ya no sería libre para jugar béisbol. Sería, además, ridículo
ir cambiando las reglas a lo largo del partido.
La
libertad sin restricciones es como un cuerpo sin esqueleto o
como una compañía que no acaba de decidir si su
objetivo es hacer dinero o perderlo. Todo carece de sentido
cuando no hay una estructura, unos objetivos claros o una
dirección. La libertad necesita unos límites, como todo río necesita
sus riberas, o todo rifle su cañón.
Libertad y autocontrol
La libertad no consiste en
seguir ciegamente nuestros impulsos, sino en el autodominio. Podríamos pensar
que somos libres cuando en realidad seríamos esclavos de las
cosas: de nuestros apetitos, de nuestras pasiones, de la opinión
pública, de las modas, del qué dirán. San Pedro, cuando
escribía a los primeros cristianos, acusó la contradicción de algunos
que proclamaban ser libres porque se abandonaban a los deseos
carnales: «Ellos pueden prometer libertad, pero no son más que
esclavos de la corrupción; porque si alguno se deja dominar
por algo, se hace esclavo de ello» (2 Pe. 2,
19). La esclavitud de la carne es sólo un tipo
de servilismo; la esclavitud de la voluntad es todavía peor.
Ser libre es como estar en buena forma. Cualquier persona
tiene libertad para escalar el monte Everest, pero muchos son
incapaces de hacerlo porque están fuera de forma. No hay
ninguna restricción externa en este caso, pero hay una interna.
Como hemos dicho, la libertad es algo más que el
simple deseo; es la fuerza para realizar lo que deseamos.
Si quiero dejar de fumar, pero no puedo porque me
falta fuerza de voluntad, no soy libre. Mi voluntad está
fuera de forma.
La libertad humana es libertad de toda
la persona, no de alguna de sus partes. Para que
un esposo posea la libertad de ser fiel, debe poder
controlar sus pasiones. Sin este autocontrol no hay libertad. Imagínate
el caso de un piloto de Fórmula 1. Es libre
de manejar sólo si tiene un dominio completo sobre su
vehículo. Debe ser capaz de frenar, de acelerar, de girar
en un momento dado. Todas estas maniobras exigen un estricto
control sobre el volante, el acelerador, la caja de velocidades,
el freno, etc., y son necesarias para conducir con libertad
un Fórmula 1.
Si voy a esquiar, afilo las orillas
de mis esquís. Ya no serán libres de ir hacia
adelante y hacia atrás, pero yo lo seré para girar
y para detenerme. Controlar y dirigir las partes en una
dirección es necesario para que el todo sea libre.
No
somos libres porque no hay quien nos detenga sino porque,
con la gracia de Dios, somos capaces de alcanzar nuestro
verdadero fin y destino como hijos de Dios. Si la
libertad consistiese en dar rienda suelta a nuestras pasiones más
bajas y a nuestros instintos, los animales serían más libres
que los hombres. Ellos no se sienten inhibidos por la
razón o por la conciencia. Su ley es el instinto
y los reflejos.
La verdadera libertad es la capacidad para
dirigir nuestros sentimientos, pasiones, tendencias, emociones, deseos y temores bajo
el gobierno de nuestra razón y voluntad. Así entendida, la
libertad requiere que cada uno sea de verdad señor de
sí mismo, decidido a luchar y vencer las diferentes formas
de egoísmo e individualismo que amenazan su madurez como persona.
Las personas verdaderamente libres son abiertas, generosas en su dedicación
y servicio a los demás.
La verdad os
hará libres
Jesucristo, cuando era procesado por blasfemia
y oposición a que se pagase el tributo al César,
fue obligado a comparecer ante el procurador romano, Poncio Pilato.
Pilato preguntó a Jesús acerca de sus enseñanzas y Jesús
le replicó: «Yo he venido para dar testimonio de la
verdad. Todo el que es de la verdad oye mi
voz». Y el procurador, que bien podría ser el vocero
de nuestro mundo moderno, se burló y replicando: «¿La verdad?
¿Qué es la verdad?».
Muchas personas no tienen hoy, desafortunadamente,
ningún interés por la verdad, aunque la traen a flor
de labios. Para la mayoría, lo importante es la simpatía
que uno siente hacia una determinada idea, y el modo
como a uno le afecta, y no tanto si corresponde
o no con la verdad objetiva. Esto es muy cómodo,
desde luego. ¡Tú cree lo que quieras creer; yo creeré
lo que yo quiera, y todos estaremos juntos y felices!
Esto es pluralismo, ¿no es así? Esto es «respeto mutuo».
Cada uno tiene sus propias ideas -sobre religión y política;
acerca del aborto y del matrimonio-, y basta.
Tomemos un
ejemplo. A Juan le encantan las zanahorias. Para Martha, en
cambio, las zanahorias no son nada del otro mundo; pero
le fascina el tomate. Ahora bien, ¿por qué Martha habrá
de consumir sus energías predicando las glorias y los beneficios
del tomate si Juan está feliz con sus zanahorias? En
pocas palabras, ¿qué derecho tiene uno de imponer su manera
de pensar a otro?
Cuando se trata de preferencias culinarias,
este razonamiento es correcto. No tengo por qué imponer mis
puntos de vista, simplemente porque son mis puntos de vista,
mis preferencias, mis gustos. Pero la verdad no es como
las verduras. La verdad es algo más que mi modo
de ver las cosas; la verdad es la realidad de
las cosas en sí mismas. Y esto vale no sólo
para lo que es posible demostrar con pruebas matemáticas, sino
para todo lo que es. La verdad se impone por
sí misma y exige ser escuchada.
En cierto sentido se
podría decir que el conocimiento nos hace menos libres. Una
vez que descubro que la luna es un pequeño astro
en el que no hay vida, ya no tengo libertad
para considerarla un disco de plata, o una tajada circular
de queso Roquefort. Mientras más sé, menos libre soy de
pensar lo que quiera. Si te cuesta aceptar esto, intenta
creer que 2+2 es igual a 256. Por mucho que
te fuercen, tu mente no podrá convencerse de que 2+2
es igual a otra cosa que no sea 4. Esto
se debe a que nuestra inteligencia no es una facultad
libre. Busca siempre la verdad.
Normalmente este tipo de conocimiento
no nos causa gran problema, porque no repercute en nuestro
estilo de vida. Pero si una determinada verdad va a
cambiar mi vida en la práctica, encontraré seguramente más dificultad
para aceptarla, por miedo a que me corte las alas.
Esta es la razón por la que se discute tan
poco entre los cristianos el misterio de la Santísima Trinidad,
mientras que las enseñanzas de la Iglesia sobre el aborto
y los anticonceptivos es un perpetuo campo de batalla. Y
esto no porque el misterio de la Santísima Trinidad sea
más fácil de entender que la ética sexual; al contrario,
es más difícil. Simplemente, cuando nuestra forma de vivir se
ve amenazada, la búsqueda desinteresada de la verdad requiere una
elevada dosis de honestidad personal.
El notable escritor italiano Alessandro
Manzoni escribió en una ocasión que si el aceptar algunas
verdades matemáticas tuviese consecuencias más prácticas en nuestra vida, veríamos
muchos debates sobre la validez del teorema de Pitágoras. Por
eso Cristo dijo: «Todo el que es de la verdad,
escucha mi voz».
Y sin embargo, en un sentido más
real y de mayor importancia, el conocimiento -es decir, la
verdad- nos libera. Cuando conozco me libero de la duda,
de la ignorancia y del error, y adquiero una mayor
capacidad para tomar mejores decisiones. Para ser verdaderamente libres hemos
de cultivar la adhesión incondicional a la verdad.
Libertad y cristianismo
A menudo se acusa al
cristianismo de recortar nuestra libertad. Cristo, por el contrario, dijo
que Él era la Verdad, y que la Verdad nos
haría libres. La oposición se puede cifrar en estos términos:
El cristianismo, ¿defiende u oprime la libertad humana?
Quien quiera
actuar éticamente ha de poder percibir la frontera entre lo
bueno y lo malo. Es una primera condición para ser
libres. En segundo lugar, no sólo debemos ser capaces de
distinguir lo que es correcto, sino que debemos contar con
la fuerza necesaria para realizarlo. El cristianismo nos promete precisamente
estos dos elementos: (1) la luz para distinguir lo bueno
de lo malo y (2) la gracia de Dios, que
es la fuerza para realizar el bien.
El cristianismo nos
revela a Dios en la persona de Jesucristo. Cristo nos
enseñó y nos mostró con su ejemplo la diferencia entre
lo que es correcto y lo que es incorrecto, entre
el bien y el mal, entre lo que agrada a
Dios y lo que le desagrada. La Iglesia tiene por
tarea dar continuidad a la misión de Cristo desde el
momento en que Él le mandó: «Id, pues, y enseñad
a todas las naciones...».
Tal vez muchas personas insistirán hoy
que la Iglesia coarta nuestra libertad al enseñarnos a discernir
entre el bien y el mal. En realidad es justamente
al contrario. Cuando nos enseña a discernir entre el bien
y el mal, la Iglesia está esclareciendo nuestras alternativas de
manera que podamos tomar una decisión mejor informada. ¿Cómo podría
escoger lo que ni siquiera conozco? La Iglesia, que es
maestra, nos ilumina y nos permite decidir con claridad entre
el bien el mal. La ignorancia moral nos confunde y
dificulta nuestra decisión; por lo mismo, limita nuestra libertad.
Jesús
declaró que Él es la luz del mundo. La luz
nos permite ver, conocer la verdad de nuestro derredor, caminar
con confianza y saber a dónde vamos. La oscuridad no
es libertad. Quienes acusan al cristianismo de limitar nuestra libertad
prefieren la oscuridad; prefieren la esclavitud de la ignorancia a
la libertad de la verdad.
Un cristiano es verdadera y
genuinamente libre, especialmente por tres razones, dos de las cuales
ya hemos visto: por el conocimiento de la voluntad de
Dios, por la fuerza de la gracia de Dios, y
por el regalo inmerecido de la salvación. Por eso san
Pablo identifica el cristianismo con la libertad. En Cristo encontramos
la realización completa de la humanidad, el paradigma y el
modelo de lo que significa ser plenamente hombre. En Él
experimentamos la verdad de nuestra existencia y de nuestro destino
y, sobre todo, recibimos la fuerza para vivir de acuerdo
con esa verdad.
El mayor triunfo
La libertad es la raíz de nuestra dignidad como seres
humanos. Esto quiere decir que nuestra dignidad empieza con nuestra
libertad, pero no termina allí. La raíz no es todo
el árbol, ni tampoco la libertad es la última meta
de nuestra existencia humana. La libertad nos ofrece la posibilidad
de obtener el mayor triunfo como creaturas hechas a imagen
de Dios: el amor, el «derramamiento» de todo mi ser
hacia alguien. El amor es imposible sin libertad. De hecho,
muchos seres humanos -esencialmente libres-, no son capaces todavía de
amar, porque el amor requiere un nivel más elevado de
libertad: la capacidad de olvidarse de uno mismo, de anteponer
al otro. Muchos no están preparados para esto. Los mayores
heroísmos exigen el mayor grado de libertad. La libertad humana,
en su sentido más pleno y más profundo, nos impulsa
a la donación responsable de nosotros mismos en favor de
los demás. Éste es el modo más genuino de usar
la libertad y su expresión más profunda. La donación sincera
de sí mismo es la senda privilegiada que conduce a
la auténtica realización personal.
El amor es la cúspide de
la libertad. «Ama, y haz lo que quieras», es la
sorprendente máxima de san Agustín. El amor asume todo lo
que es bueno. El amor busca el bien del otro
pero termina por brindar el mayor bien posible al que
lo ejercita. En realidad esto no debería ser ninguna sorpresa,
pues ya san Juan nos recordaba que «Dios es amor,
y el que vive en el amor, vive en Dios»
(1 Jn. 4, 16).
Cultivando mi libertad personal
A lo largo de este capítulo se han
ofrecido algunas ideas y recomendaciones para ayudarnos a vivir en
la verdadera libertad. Resumamos todo esto en cuatro principios básicos:
1. Las personas libres son dueñas de sí mismas. Los
que se dejan dominar por cualquier cosa, se hacen esclavos
de ella. La libertad no consiste en permitir que nuestros
impulsos nos arrastren, sino en el auto-dominio. Y esto, desde
luego, significa auto-disciplina. Es cierto que esta recomendación no suele
ser muy grata o bien recibida, pero si somos sinceros
con nosotros mismos, hemos de reconocer su valor. Cualquier atleta
aprecia el valor y la necesidad del sacrificio. Si queremos
de verdad ser libres, hemos de aceptar el sacrificio con
coraje y confianza. 2. Las personas libres son leales a
la verdad. La verdad es liberación de la ignorancia y
de la duda. Para vivir como personas auténticas, debemos buscar,
venerar, vivir de acuerdo con la verdad: del sentido de
la vida, de la finalidad de las cosas que nos
rodean, de la verdad de nuestro ser. 3. Las personas
libres ejercitan su libertad. Crecemos en libertad cuando la ejercitamos
consciente, decidida y deliberadamente. La rutina, si se cuela e
nuestra vida, nos asemeja a un vagón de ferrocarril sobre
la vía férrea: empujado por detrás, tirado por delante, metido
en una trayectoria fija por dos rieles metálicos. Es mejor
determinar por nosotros mismos a dónde vamos, por qué vamos,
y cómo llegaremos hasta allí. Sólo así podremos poner todo
lo que somos en nuestras decisiones y vivir con coherencia
nuestros compromisos. 4. Las personas libres piensan por sí mismas.
No nos dejemos gobernar por la opinión pública, por lo
que están haciendo los demás, por las ideas y las
modas que hoy son y mañana desaparecen. Adhirámonos, en cambio,
a lo que sabemos que es correcto, sin tener miedo
de llamar a las cosas por su nombre, aunque corramos
el riesgo de perder popularidad o de parecer retrógrados. Como
hemos visto, la libertad es mucho más que un eslogan
pegadizo que se trae a cuento para justificar nuestras acciones.
Es un don que requiere ser administrado cuidadosamente, si hemos
de usarlo bien. En "Los valores en acción"
examinaremos el modo práctico de usar nuestra libertad al tomar
decisiones. Allí es donde nuestros valores tienen un impacto en
el curso de nuestra vida. Este artículo es un extracto
del capítulo del mismo nombre. Puedes leerlo completo en el
libro "Costruyendo sobre roca firme"
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a Marielos, Psicóloga. Un servicio de consejería en línea
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