Las elecciones forman el tejido de la vida
humana. Desde la aurora hasta el ocaso, nuestra vida discurre
en una cadena ininterrumpida de decisiones, una tras otra. Cuando
te levantas por la mañana y te pones unos calcetines
grises, en lugar de tus calcetas blancas de deporte, estás
tomando una decisión. Cuando te vas a la cama por
la noche, puedes elegir entre leer unos minutos, o ver
la televisión o, después de rezar un poco, partir directamente
hacia el «otro mundo». A lo largo del día tomamos
continuamente decisiones sobre qué hacer, cómo hacerlo y por cuánto
tiempo.
Hay dos formas de enfocar esta serie de decisiones,
así como hay dos formas de enfocar la vida: podemos
imaginar que es una sucesión de experiencias inconexas, o podemos
contemplar la vida como un conjunto lleno de significado, como
una historia o un viaje. Para el primer enfoque, la
vida se parece a uno de esos canales de televisión
que transmiten una serie ininterrumpida de videos musicales. Este enfoque
invita a saborear el néctar de la vida, a paladearlo
y beberlo sin dejar una gota; su consigna es: ¡vivir
el momento! La vida, en su conjunto, no tiene significado.
Nuestras decisiones son totalmente independientes unas de otras y carecen
de consecuencias. Lo importante es vivir «según los propios sentimientos».
El segundo enfoque, en cambio, considera la vida como un
viaje en el que cada uno es capitán de su
propio barco. Tus elecciones son maniobras que realizas con el
timón, y tienen un efecto real en tu trayecto. Otro
modo de considerar la vida desde esta perspectiva es asemejarla
a una novela histórica en la que cada uno es
co-autor y personaje principal. El drama de tu vida es
una aventura cuyo argumento, fascinante e intrincado, se va desenvolviendo
ante los tus ojos a medida que lo vives. Tu
pasado, tu presente y tu futuro forman parte de un
todo continuo, ininterrumpido y lleno de significado.
Nuestras decisiones reflejan
nuestros valores; así también, nuestros valores son como el telón
de fondo de nuestras decisiones. Esto quiere decir que nuestros
valores constituyen una fuerza orientadora que está detrás de nuestras
decisiones. Si aprecias el valor del orden, lo reflejarás con
tu decisión de doblar bien la ropa, ordenar las cosas
del escritorio antes de empezar a trabajar, etc. Las elecciones
y los valores son compañeros inseparables. Nuestras decisiones son la
manifestación concreta de nuestros valores.
¿Qué hay de por medio
en una elección? No todas las decisiones producen el mismo
impacto en nuestra vida. Algunas, como el matrimonio, marcan un
comienzo, un cambio importante en nuestro estilo de vida. Otras,
como elegir la corbata por la mañana, repercuten poco en
nuestra vida. Sin embargo, todas las elecciones, grandes y pequeñas,
constan de algunos elementos que podemos resumir en cinco puntos:
1) libertad de elección, 2) múltiples posibilidades, 3) deliberación, 4)
renuncia, y 5) acto de elegir. Cada ingrediente es necesario
y, cuando falta alguno, no hay elección.
Libertad de elección
La elección se basa en una premisa básica: la libertad.
Sencillamente, donde no hay libertad no puede haber elección. Si
bien hay quien niega el libre albedrío, es decir, que
tengamos una voluntad realmente libre, nuestra experiencia personal y el
sentido común nos confirman su existencia. Tú y yo somos
libres de actuar como queramos.
La libertad de elección depende
de la conciencia, de la reflexión y de la fuerza
de voluntad. Una elección no es una respuesta ciega a
un estímulo, parecida al instinto de un animal. Es, más
bien, la capacidad de tomar una decisión después de haber
reflexionado sobre distintas posibilidades.
Incluso la pasividad es una forma
de elección: la abstención del ejercicio de nuestra libertad. Equivale
a consentir que otras personas o que los acontecimientos decidan
por nosotros. La pasividad equivale a abordar un tren cualquiera
sin importarnos su destino; o flotar en medio de un
río dejando que la corriente nos lleve adonde quiera. La
pasividad, en definitiva, es abdicar voluntariamente el derecho y el
deber de protagonizar nuestro propio destino. Es un modo de
abusar de nuestra libertad.
Así pues, nos vemos obligados a
elegir. La vida se entreteje a base de decisiones constantes,
una detrás de otra, y debido a nuestra naturaleza de
seres libres no podemos esquivar el tener que elegir. La
pasividad dice: «No quiero elegir». Pero en realidad, aun cuando
decidamos no elegir, estamos realizando una elección. Si todos los
días Guillermo pregunta a Susana si se quiere casar con
él, y cada día ella responde: «No lo sé, pregúntamelo
mañana», al final de su vida, Susana se habrá quedado
soltera, habiendo elegido, de hecho, esta opción.
Las elecciones no
están desconectadas entre sí. Dado que la vida discurre en
una trama, tus decisiones más importantes repercuten profundamente sobre las
elecciones cotidianas menos significativas que sueles afrontar. En efecto, esas
elecciones menores a menudo provienen directamente de tus decisiones básicas,
como ramas que brotan de un tronco, o calles que
se originan de una misma avenida. Cada elección es una
bifurcación en el camino.
Si manejas por carretera y decides
tomar cierta autopista, las nuevas alternativas que se te presenten
estarán determinadas por esta elección. Nunca hallarías las siguientes salidas
si no hubieras tomado esa autopista. Del mismo modo, hay
muchas posibilidades que ni siquiera consideras, porque no elegiste la
ruta que conduce a ellas.
En el poema El camino
no tomado, Robert Frost representa estupendamente esta imagen y expone
la importancia y la trascendencia de las decisiones de la
vida:
Dos caminos se bifurcan en un bosque dorado,
y
no poder elegir los dos es mi lamento,
pues soy
un único viajero;
y me detengo largo tiempo...
Nuestras elecciones
presentes determinan nuestras opciones futuras. Una vez emprendido un determinado
sendero, daremos sólo con las encrucijadas que se hallan en
ese camino.
Piensa en el cuento de Peter Pan. El
inmortal enemigo del Capitán Hook se enamora de la pequeña
Wendy, que era una persona normal. Se le ofrece la
oportunidad de elegir entre seguir siendo como es, sin ella,
o volverse una persona normal con ella. Esta fue la
encrucijada de su camino. Como Chesterton expresó con tanta perspicacia:
«Ni siquiera en el mundo de las hadas podrás recorrer
dos caminos a la vez». Solamente se puede escoger una
opción.
Si bien tus elecciones presentes repercuten en las futuras,
no por eso dañan o disminuyen tu libertad. Por ejemplo,
si permaneces fiel a tus deberes y mantienes tu palabra,
no se debe a que tu libertad está condicionada por
la decisión que tomaste, sino que ratificas y confirmas libremente
hoy lo que ayer elegiste.
Múltiples posibilidades Un día, a
las dos o tres de la tarde, el estómago te
avisa que ya es hora de comer. Vas al refrigerador,
pero lo encuentras vacío. Abres la despensa y encuentras tan
sólo una lata de sopa de cebolla, que no hay
más que calentar... En este caso sólo existe una opción:
la sopa de cebolla (claro que morir de hambre también
podría ser una opción, pero no la vamos a considerar).
Sólo podemos elegir cuando se presenta, al menos, una alternativa.
Si envías tu solicitud de ingreso a dieciséis universidades y
sólo te aceptan en una, no necesitas decidir, pues no
tienes alternativa.
Ahora bien, para que se dé una elección
no basta con que haya por lo menos otra opción,
sino que debes darte cuenta de que existe esa alternativa.
En el ejemplo anterior, de nada te serviría descubrir a
la mañana siguiente una alacena repleta justamente al lado de
la despensa donde encontraste la lata de sopa. Estaba allí,
pero no lo sabías; así es que, por lo que
ve a tu elección, es como si nunca hubiera existido.
Si tu hermanito menor hubiera abierto las cartas de aceptación
que te enviaron las dieciséis universidades, te habría perjudicado mucho,
pues no hubieras podido elegir lo que no conocías.
Deliberación
El aspecto intelectual de una elección se llama deliberación. Consiste
en ponderar atentamente las posibilidades según sus aspectos positivos y
negativos. «Este coche tiene una línea más elegante y viene
con aire acondicionado. Este otro, en cambio, es más barato
y gasta menos gasolina...». Deben observarse muchos factores antes de
adoptar una decisión.
No todas las elecciones requieren el mismo
esfuerzo de deliberación. A menudo aplicamos ese piloto automático, tan
especial y conveniente, que se llama «hábito». Hay varios tipos
de nudos que podrían servir para atarse los zapatos, pero
es raro que nos apartemos del tradicional nudo de florecitas
que aprendimos cuando niños. Lo hacemos en un instante, sin
pensarlo. ¡Imagínate si tuvieras que estar ponderando cada movimiento de
los dedos cuanto te atas los zapatos!
Anudarse los cordones
es sólo un ejemplo. Quien está aprendiendo a jugar golf
tiene la cabeza llena de mil consejos cuando se acerca
a la pelota colocada en el césped: las piernas separadas,
la cabeza hacia abajo, tirar de los hombros, balancear el
peso, girar sobre uno mismo, soltar las muñecas... -con tantos
consejos en la cabeza tendrá mucha suerte si acierta a
darle a la pelota-. Pero después de horas de práctica,
la mayoría de estos consejos resultan superfluos. Jugar golf se
vuelve algo natural.
Somos seres rutinarios, y quizá esto nos
libre de volvernos locos. Si tuviésemos que pensar en todos
los pequeñas pasos que realizamos cuando conducimos, hablamos, caminamos, comemos
y nos vestimos, nos quedaríamos mentalmente secos a media mañana.
La formación de los hábitos libera la mente y le
permite realizar elecciones más importantes. En vez de pensar con
qué dedo formar el lazo del nudo del zapato, podrás
reflexionar en un nuevo contrato o en la presentación que
harás por la tarde. En lugar de concentrarte en mantener
recto tu brazo izquierdo, calcularás exactamente en qué parte del
green deseas que caiga la pelota. En lugar de poner
conscientemente un pie delante del otro, pensarás más bien a
dónde quieres ir.
Renuncia El cuarto elemento de cada elección
es la renuncia. Quizá te sorprenda, porque no estamos acostumbrados
a enfocar la elección como la negación de algo, sino,
por el contrario, como libertad de hacer algo. Pero ésta
no es más que una cara de la moneda. La
palabra decisión deriva del latín de-cidere, que quiere decir "separar
cortando". Seleccionar una parte implica siempre dejar el resto.
¿Recuerdas
cuando tu mamá te llevaba de niño a la heladería?
Te preguntaba: «¿Qué sabor quieres?», y tras unos momentos de
angustiosa indecisión, probablemente mencionabas, al mismo tiempo, dos o tres:
«¡Chocolate, ...y vainilla, ...y fresa!». ¿Por qué te costaba tanto
decidir? ¿Por qué en ciertos momentos las elecciones resultan tan
difíciles? Porque al optar por el de chocolate, eliminabas el
de pistache, el napolitano, el de coco, y las demás
posibilidades que tanto prometían a tu paladar. Debido a nuestra
capacidad limitada, cada elección supone una renuncia. Nos gustaría elegirlo
todo... ¡todos los helados parecen tan sabrosos!
Del mismo modo,
sólo tenemos una vida para vivirla y nuestras elecciones adquieren
un peso especial debido a esa limitación. Tendremos que realizar
nuestras elecciones con realismo y reflexión, considerando lo que implican.
Si tuviésemos a disposición muchas vidas podríamos ensayar cualquier cosa.
Al fin y al cabo tendríamos por delante nuevas posibilidades.
Pero, como ya hemos dicho, sólo tenemos un cartucho en
la vida, y más vale que lo aprovechemos bien a
la primera.
El acto de elegir Pero los cuatro elementos
mencionados hasta ahora no son suficientes. Nos llevan solamente al
borde de la decisión. El escenario está listo, cada cosa
está en su lugar, pero falta un ingrediente indispensable: la
elección en sí, el acto de elegir. Podría parecer evidente,
pero aquí es donde está la esencia de la elección,
cuando lo que podría ser se transforma en lo que
es. Los otros cuatro componentes constituyen sólo las condiciones necesarias
para que la elección sea posible.
Hay dos tipos de
elección: elecciones intelectuales y elecciones vitales. No es lo mismo
decidir una cosa que realizarla. Una cosa es el plan
y otra es la ejecución, aunque ambas sean formas de
elección. Como Shakespeare nos recuerda: «Si hacer fuera tan fácil
como saber qué sería bueno hacer, las capillas serían catedrales,
y las chozas de los pobres, palacios de príncipes». En
otras palabras, la elección no es solamente un acto de
la inteligencia, sino también un acto de la voluntad.
Basta
ver a un niño de seis años en la piscina:
decide que ha llegado el momento de tirarse del trampolín
de tres metros, como hacen los chicos más grandes. Sube
la escalerilla del trampolín tomando bocanadas de aire llenas de
resolución; se acerca lentamente hasta la punta, echa un vistazo
hacia abajo y le parece que el agua ¡está tan
lejos...! que termina por bajar por la escalerilla con igual
resolución. Otro ejemplo bien conocido es el de las dietas.
Muchos se imponen un régimen estricto; calculan escrupulosamente el número
de calorías de cada alimento y confeccionan un menú que
compite en frugalidad con el de un asceta... pero sucumben
miserablemente ante el primer ofrecimiento de chocolates envinados o de
un trozo de pastel de queso con fresas. Nuestras decisiones
manifiestan mejor su radicalidad en las situaciones difíciles.
En la
actualidad se ha difundido el temor a elegir, la actitud
del «no-comprometerse». Muchos carecen de la madurez básica necesaria para
comprometerse en un proyecto, en un ideal, o con una
persona, en especial cuando el compromiso es para toda la
vida. ¿De dónde proviene esa actitud? De la visión del
compromiso, es decir, del ejercicio de la libertad, como una
limitación de la libertad personal: «En cuanto me comprometo, quedo
obligado; elimino las demás posibilidades y me ato a las
consecuencias de mi elección».
Cada elección es total, en el
sentido de que el pasado es irrevocable: nunca podré volver
atrás y repetir lo que hice o no hice. Con
todo, encuentro mi felicidad y mi realización personal precisamente aquí:
en ejercer responsablemente mi libertad, y no en llenar un
gran depósito de libertad potencial que nunca usaré.
Un hombre
rico que no gasta nunca su dinero por miedo a
quedarse pobre, termina por vivir como un mendigo (que era
precisamente lo que quería evitar). La mentalidad de no-comprometerse encierra
una paradoja similar. La persona que teme comprometer su vida
en una causa noble, en un ideal, con una persona,
vive en realidad como quien no tiene libertad; por temor
al compromiso, termina por perder su libertad.
En cada elección,
especialmente en las más fundamentales, se acepta siempre un cierto
riesgo. ¿Cómo te sentirás dentro de cinco años? ¿Cómo sabes
que esto y aquello no cambiará? ¿Cómo puedes estar seguro
de haber encontrado tu vocación? Este riesgo no hace más
que ennoblecer y embellecer una promesa, pues supone un compromiso
maduro y personal, que no depende de las circunstancias actuales
o futuras. La fidelidad irá aquilatándose con el paso del
tiempo, más aún si viene con dificultades.
Las cuatro grandes
Después de repasar los elementos de toda elección, podemos ahora
considerar los tipos de decisiones que existen. Se pueden clasificar
según su grado de «trascendencia». Trascender significa ir más allá
del momento. Las elecciones trascendentes son las que afectan más
profundamente nuestras vidas y las de los demás. Algunas influyen
poco; otras lo hacen de modo radical y condicionan nuestras
decisiones futuras.
El histórico día en que Julio César decidió
cruzar el río Rubicón, tomó otras muchas decisiones que pronto
fueron olvidadas. Cada día realizamos numerosas elecciones: algunas insignificantes y
algunas que estremecen todos los rincones de nuestra existencia.
La
trascendencia de una elección depende de su profundidad y permanencia.
La profundidad se refiere al grado de implicación de una
persona en su elección. La elección de mudarme a otro
estado del país me afectará mucho más, sin duda, que
la de pedir unas enchiladas suizas en lugar de unos
huevos rancheros en un restaurante. En el primer caso mi
vida y mi persona se verán más comprometidos.
La permanencia
es el factor temporal de nuestras decisiones. Una elección cuyos
efectos se pueden percibir por un tiempo prolongado es trascendente;
otras, en cambio, son como estrellas fugaces, pues rápido se
desvanecen. Tatuarse es una decisión más trascendente que maquillarse: el
tatuaje quedará por muchos años; para eliminar el maquillaje bastará
lavarse.
A decir verdad, muy pocas decisiones en la vida
sacuden profundamente nuestra existencia. Vivimos la mayor parte de nuestros
días sobre las consecuencias de las elecciones que hemos hecho.
Además, no siempre reconocemos la trascendencia de nuestras decisiones al
momento de tomarlas.
En cierto sentido, la decisión de la
señora Jordan de regalar a su hijo Michael -el jugador
estrella de los Bulls de Chicago- una pelota de baloncesto,
en lugar de un charango o una subscripción al semanario
sobre aves Bird Watchers´ Weekly, fue un momento histórico. El
día en que Johann y María Beethoven decidieron inscribir a
su hijo Ludwig en clases de piano, en lugar de
enviarlo a aprender natación o estudiar arquitectura, fue un gran
momento, tanto para Beethoven como para la música. A veces
las consecuencias de nuestras decisiones emergen sólo con el tiempo.
Mientras que algunas decisiones adquieren un notable significado gracias al
desarrollo de los acontecimientos, otras son importantes por su misma
naturaleza. Éstas requieren mayor reflexión y ponderación. Valdrá la pena
detenernos a considerar un momento las cuatro decisiones más importantes
que la gente suele afrontar en su vida.
La elección
de una carrera.
Muchas personas afrontan esta decisión. Ciertamente, entre
las cuatro que vamos a examinar, ésta es la de
menor trascendencia, y varía de individuo a individuo. Para algunos
la carrera no es más que la forma más conveniente
de poner pan sobre la mesa cada día y de
mantener lleno el tanque de la gasolina. Un número cada
vez mayor de personas cambia de profesión varias veces durante
su vida, según las oportunidades que se vayan presentando.
Para
otros, en especial para aquellos que han pasado años estudiando
y preparándose, la decisión adquiere mayor significado. Un doctor, por
ejemplo, invierte muchos años en prepararse. El motivo de dicha
elección depende, a menudo, del deseo de realizar algo en
la vida y contribuir de ese modo al bien de
la sociedad.
Elegir una vocación
Otra decisión importante consiste en
elegir una vocación. En este caso no nos estamos refiriendo
al curso introductorio que se suele ofrecer a los aprendices
en algunos trabajos, ni tampoco al curso de orientación para
ingresar en una universidad. Por eso la vocación no forma
parte del mismo apartado dedicado a la carrera, pues tiene
sus características propias. Una vocación (del latín vocare, llamar) es
una llamada, un sendero particular de servicio a Dios y
a nuestro prójimo. La vocación marca el estilo de vida
que Dios ha señalado para cada persona, la misión para
la cual Él creó a cada uno. Los cristianos distinguen,
tradicionalmente, tres tipos de vocación: 1) matrimonio, 2) celibato, 3)
vida consagrada (dedicada exclusivamente a Dios), que incluye el sacerdocio,
la vida religiosa y la consagración seglar.
Desafortunadamente, el término
vocación ha sufrido muchas distorsiones en los últimos treinta años,
y en la actualidad muchos jóvenes no piensan ni siquiera
en preguntarse qué les pide Dios en sus vidas. Sin
embargo, no puede minusvalorarse un tema tan serio. Si Dios
me creó, Él sabe para qué me creó. Es verdad
que me creó para que fuera feliz, pero, ¿quién conoce
mejor lo que me hará feliz a la larga? ¿Él
o yo? No es difícil perder de vista la verdad
más elemental de nuestra vida: de dónde vengo, a dónde
voy y cómo puedo llegar ahí.
Para un joven resulta
importante considerar esta pregunta con objetividad y generosidad, ayudándose de
la oración. ¿Me está llamando Dios a ser sacerdote, religioso,
cónyuge o laico consagrado? No debería darse esto por supuesto
con demasiada facilidad. Con frecuencia se responde a esta pregunta:
«Sólo quiero ser normal, y hacer lo que la mayor
parte de la gente hace». Pero quien piensa así olvida
que no estamos hechos «en serie», como los automóviles o
las computadoras. Dios me creó personalmente, me ama personalmente y
espera que yo, personalmente, cumpla una misión. No me dio
la vida sólo para que fuese «normal», o «uno del
montón».
Elegir cónyuge
La mayor parte de las personas, al
llegar a la madurez juvenil, afrontan la delicada elección de
su pareja. No debe subestimarse la profundidad, la hermosura y
la importancia de este paso en la vida, especialmente en
una era en la que esta institución humana fundamental sufre
violencia y distorsión.
Desconcierta la superficialidad con que muchas personas
se acercan al matrimonio, si se tiene en cuenta la
seriedad con que afrontan otras decisiones menos importantes. Piensa, por
ejemplo, en la elección de un coche. Hay quienes pasan
meses buscando marcas y modelos diferentes, consultando a expertos o
propietarios de coches. Antes de cerrar el trato quieren estar
seguros del consumo de gasolina, de las garantías, del sistema
eléctrico, de la durabilidad de los neumáticos: todo ha de
funcionar a la perfección. Un coche es una inversión y
tiene que compensar el gasto.
La elección del cónyuge sobrepasa
infinitamente cualquier compra. Se trata de encontrar un compañero para
toda la vida, alguien con quien compartir las alegrías y
tristezas, un amigo del todo especial. Los esposos se embarcan
en una de las aventuras más grandes que ofrece la
vida: formar una familia, célula de la sociedad.
Desafortunadamente, muchos
se dejan guiar por criterios periféricos para decidir con quién
casarse, reflejo de la concepción tan superficial que tienen del
matrimonio. Pasan por alto las cuestiones más profundas y prestan
más atención a aspectos frívolos y secundarios. El elemento más
importante de compatibilidad entre un hombre y una mujer no
está en que les guste jugar juntos a los naipes,
o en que tengan alguna otra afición o pasatiempo en
común; ni siquiera en el mutuo atractivo.
Aunque estos aspectos
también tienen su lugar, el ingrediente primordial debe ser el
coincidir en su visión de la vida, de la fe,
de los ideales y objetivos para su futuro hogar. Cuando
hay unidad en lo que es fundamental y esencial, podrán
solucionarse con el diálogo otros aspectos menos importantes en los
que no concuerdan. Pero si los ideales, las creencias y
las aspiraciones no coinciden, no será de extrañar que surjan
graves dificultades cuando la luna de miel ceda el paso
a la realidad de vivir juntos.
La elección de vivir
como cristianos
La cuarta elección vital que deben afrontar los
creyentes es la decisión de ser o no ser cristianos.
Hay que advertir que no se trata simplemente de llevar
el título de «cristianos», como quien tiene un certificado colgado
en la pared; ni siquiera de llevar el sello del
bautismo en el alma (que es la puerta de entrada
para formar parte de la Iglesia y el punto de
partida de la vida cristiana): una carrera olímpica es mucho
más que el disparo de salida. Se requiere un proceso,
un ponerse en camino.
Decidirte a ser cristiano significa optar
por seguir a Jesucristo, aceptar la salvación que Él te
ofrece y comprometerte a vivir según sus enseñanzas. La fe
y las obras se combinan para formar la esencia de
la vida cristiana. Nuestra elección proviene de la convicción de
que Jesucristo es el Hijo de Dios, que vino a
la tierra, vivió y murió para salvarnos, y resucitó de
entre los muertos como prueba de su victoria sobre la
muerte. Pero también implica un determinado estilo de vida. El
cristianismo no consiste sólo en una creencia intelectual separada de
la vida práctica. Más bien, se presenta como un camino
de vida según el ejemplo y las enseñanzas de Aquél
que le dio nombre: Jesucristo.
Si pudiésemos preguntar a Cristo
cuáles son las decisiones más importantes en la vida, ¿qué
nos diría?
Para Cristo la opción más fundamental se reduce,
en definitiva, a escoger entre la vida y la muerte.
Como mencionamos en el primer capítulo, las palabras de Cristo
son simples y claras: «¿De qué le sirve al hombre
ganar el mundo entero si pierde su alma? Pues ¿qué
puede dar el hombre a cambio de su alma?» (Mt.
16, 26). Esta es la opción más importante que nos
ofrece la vida: la senda que conduce a la vida
eterna o el camino que lleva a la muerte eterna.
No resulta fácil aceptar la disyuntiva, por su tono tan
drástico. Pero son palabras de Cristo mismo. Las opciones que
vamos realizando -grandes y pequeñas- forman parte de esa elección
única y radical entre la vida y la muerte.
Cristo
nos advierte que en el día del juicio final se
trazará una clara línea para separar dos grupos de hombres:
los que vivieron para los demás y los que vivieron
para sí mismos. Hace la comparación con un pastor que
separa las ovejas de los cabritos. Dice a los que
están a su derecha (las ovejas): «Venid, benditos de mi
Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde
la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis
de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era
forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo,
y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme»
(Mt. 25, 34-36). Ellos responden diciendo que nunca lo vieron
en tales condiciones, pero Él les contesta: «En verdad os
digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos
más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt. 25, 40).
El cristianismo toca el corazón de nuestra vida y repercute
en todas nuestras decisiones. El cristiano es de verdad un
hombre nuevo.
Desde luego, cuando uno decide vivir como cristiano
no pone fin a la contienda. No basta una resolución
de «una vez para siempre» para que todo quede resuelto.
Esta decisión no nos libera automáticamente de las tentaciones o
de las dificultades; más bien, nos ofrece una nueva orientación
fundamental.
Opción fundamental
De todas las elecciones que hacemos hay
una que fija los horizontes y el marco de toda
nuestra vida. Todas las demás decisiones las tomamos en referencia
a esta opción fundamental. Implícita o explícitamente, damos a nuestra
vida una dirección básica, un significado completo.
La vida del
hombre es una unidad. Un hilo conductor recorre en toda
su extensión nuestras decisiones y acciones. Para cada persona existe
un principio, una orientación profunda en la vida, un ideal
vital que la persona aspira a realizar, y al que
se subordinan todos los demás valores o proyectos. La opción
fundamental de vida no es un acto particular que precede
a otros. Es una actitud subyacente y una orientación primaria
que está presente tácitamente en todas nuestras decisiones.
Utilizo intencionalmente
la palabra opción, en lugar de elección, porque su significado
es más amplio y profundo que el de una elección.
No busca un objeto particular sino que abarca toda nuestra
existencia. Esta opción determina el significado que cada uno confiere
a su vida y la orientación que imprime a sus
acciones.
Decir que es fundamental subraya el hecho de que
afecta el núcleo y los cimientos más profundos de la
existencia humana, la relación de una persona consigo misma y
con Dios. Expresa el dilema entre dos posibilidades opuestas que,
según santo Tomás de Aquino, se resumen en una elección
a favor o en contra de Dios. Es la base
de toda elección futura.
El hombre ha sido creado para
alcanzar un fin último, y no sólo algunos «bienes» particulares.
En cada acto nos realizamos, hacemos de nosotros la persona
que somos. Elegimos nuestro fin eligiendo los medios. Si alguien
dice: «Quiero esto y esto», pero sus acciones no se
dirigen a ese fin, podemos deducir que en realidad no
lo quiere o, por lo menos, que hay otra cosa
que quiere más.
Nuestras elecciones configuran y desvelan nuestra identidad.
Cada elección nos hace y, al mismo tiempo, muestra el
tipo de personas que de verdad somos, manifiesta nuestra opción
fundamental. Babe Ruth fue un gran jugador de béisbol que
bateó muchos home-runs. O, mejor dicho, cada vez que lograba
conectar un home-run, estaba haciendo de sí mismo un gran
jugador de béisbol. Nunca lo clasificaríamos entre los grandes del
béisbol si jamás hubiera hecho un hit. Del mismo modo,
nuestras pequeñas decisiones son una expresión de la orientación de
nuestra vida y, al mismo tiempo, determinan esa orientación.
Si
optas por decir una mentira habrás optado no sólo por
ese acto aislado, sino que también habrás optado por ser
un mentiroso. No existen personas honestas que cometan actos deshonestos.
Como dijo Cristo: «¿Acaso se recogen uvas de los espinos,
o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da
frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un
árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol
malo producir frutos buenos. Así que por sus frutos los
reconoceréis» (Mt. 7, 16-20). Nuestras acciones manifiestan lo que somos.
Nuestro estilo de vida -la suma total de nuestras acciones-
es la expresión exterior más clara de nuestra opción fundamental
de vida.
Raramente se dan trasformaciones radicales de 180 grados
en la vida. Por lo general cambiamos poco a poco,
de forma imperceptible. Judas Iscariote no nació traidor, ni Teresa
de Jesús nació santa. Una persona generosa puede volverse menos
generosa gradual y sutilmente. Un individuo egoísta puede mejorar si
elige actuar cada vez con más generosidad y bondad en
las incontables oportunidades que le ofrece la vida. En cada
acto libre nuestra opción fundamental puede ser ratificada, modificada o,
incluso, invertida.
Decisiones firmes
Hemos hablado de las decisiones, de
sus componentes y de las decisiones importantes que afrontamos en
la vida. Pero aún resta el aspecto más práctico: ¿Cómo
puedo tomar buenas decisiones? ¿Cómo puedo alcanzar el nivel de
madurez en el que podré ser libre de verdad, capaz
de comprometerme sin temor y de mantener mis compromisos con
serenidad y alegría? Vamos a considerar cinco principios básicos que
nos pueden ayudar como guía para tomar decisiones maduras y
prudentes.
1. Saber qué es lo que se quiere. Si
todavía no estás seguro de lo que quieres en la
vida, si no has alcanzado aún la etapa en que
puedes decir: «Éste es el verdadero significado de la vida»,
con dificultad podrás tomar otras decisiones. No podrás saber si
una decisión concreta te lleva más cerca o más lejos
de tu meta si no has establecido primero cuál es
esa meta. Hay que empezar por lo primero. Para tomar
decisiones hace falta tener unos principios. Ya lo decía Chesterton:
«La clave para solucionar cualquier problema es tener un principio,
así como la clave para poder leer una cifra es
tener un punto. Cuando un hombre conoce sus propios principios,
entonces puede actuar».
Hay muchos que dan por sentados sus
principios y se sumergen en mil actividades sin pensar en
su significado. Corren el peligro de desperdiciar los mejores años
de la vida apoyando sus esfuerzos en ilusiones, emociones e
impresiones, en lugar de fundarlos en valores y objetivos duraderos.
Vale la pena invertir el tiempo y las energías que
sean necesarios en descubrir el significado de la vida. Es
lo más importante que hemos de averiguar.
2. Fundamentar las
decisiones en lo perdurable, y no en las impresiones o
sentimientos del momento. El doctor Spencer Johnson, en su best-seller
«"Sí" o "No": guía para mejorar las decisiones» ofrece este
simple secreto para acertar en las decisiones: «Para descubrir lo
verdaderamente necesario me pregunto: ¿Qué me gustaría haber hecho?» Se
suele decir que las cosas se ven mejor en retrospectiva,
una vez que ya ocurrieron. Cuando miramos hacia atrás, percibimos
con mayor facilidad si hemos tomado una buena decisión o
no. Podemos, entonces, aplicar el siguiente experimento a nuestra opción
fundamental: proyectarnos en el futuro hasta el final de nuestra
vida y desde allí, desde ese lugar estratégico, volver la
mirada para contemplar nuestro paso por la tierra con mayor
claridad y objetividad. ¿Qué nos muestra esta visión «retrospectiva»?
Muchas
cosas, que en su momento parecían importantes, asumirán un valor
relativo -o incluso insignificante- a la luz de la eternidad.
Otros aspectos, que hoy pueden parecernos poco interesantes, se transformarán
en elementos esenciales y de la máxima importancia para nuestra
vida. Los bienes materiales, la fama, los logros personales y
el poder sobre los demás se convertirán, sin duda, en
poca cosa. Los gestos de bondad, de generosidad y de
amor brillarán de improviso con un resplandor nuevo. Al final
de nuestra breve estancia en la tierra, cuando nos encontremos
ante el umbral de nuestro paso a la eternidad, ¿qué
nos gustaría haber hecho? Nuestra mayor consolación será «haber vivido
una vida bien vivida».
3. Reflexionar antes de elegir. La
deliberación debe ser proporcional a la trascendencia de la decisión.
Algunos se lanzan de forma impulsiva y toman compromisos que
más tarde querrán rechazar. Otros se dejan llevar por sus
sentimientos en lugar de razonar. Y hay también algunos indecisos
a quienes les cuesta mucho tomar incluso una pequeña decisión.
No temamos elegir, comprometernos con un ideal o con un
modo de vivir. Nunca tendremos una certeza completa. Tenemos que
aprender a ser prudentes en la decisión, pero enérgicos y
diligentes en la ejecución.
Esta reflexión a menudo supone consultar
a otros. Conviene, sobre todo, preguntar a personas prudentes, cuyas
vidas sean testimonio de la solidez de sus propios principios
y decisiones. Quien cuenta con un amigo que puede ayudarle
a discernir el sendero justo en medio de la duda
y de la indecisión posee un auténtico tesoro.
4. Renovar
cada día las «decisiones clave». Nunca permitas que tus decisiones
vitales se vuelvan una rutina ni las des por descontado.
Estas decisiones tocan lo más profundo de tu alma y
comprometen toda tu persona. A veces atropellamos con excesiva superficialidad
nuestras convicciones más profundas; otras veces las dejamos oxidar por
el «desuso». Deberíamos, en cambio, renovarlas cada día, ratificarlas con
plena libertad, devolverles su primera lozanía, especialmente cuando la fidelidad
a ellas nos exija mayores sacrificios.
Renueva tu ideal. Manténlo
siempre presente y no lo pierdas nunca de vista. Renueva
el amor a tu vocación, ese único sendero y estado
de vida que Dios eligió para ti con un amor
infinito y personal. Renueva tu amor a Dios, tu amor
a la persona de Jesucristo. Y manifiesta este amor comprometiéndote
a seguirlo «en las buenas y en las malas», en
una obediencia plena y fiel a su voluntad, a su
Iglesia, a sus mandamientos, y de modo particular al mandamiento
del amor.
Estas opciones son el verdadero cimiento de tu
vida, las que dan sentido y significado a tu trabajo,
a tus esfuerzos, a tus sudores y lágrimas.
«Renovar» no
significa «cuestionar» los compromisos que has adquirido, o «replantear» tus
decisiones una y otra vez. Renovar es hacer nueva una
cosa, revitalizarla, darle frescura e ilusión. Renovar es lo contrario
de caer en la rutina, ese cáncer del alma que
reseca la vida, dejándola marchita y seca, como una flor
sin perfume ni belleza. Renovar es la vitalidad del comenzar
de nuevo.
5.Mantener la mirada fija en la meta. Quien
compite en una carrera no se limita a correr mucho
y rápido, o a mantener un paso constante para no
agotarse; sino que se dirige hacia un destino muy preciso.
Si corres mucho y rápido, pero en la dirección equivocada,
o haciendo un rodeo por donde no debías, no sólo
no ganarás, sino que ni siquiera lograrás mantenerte dentro de
la competencia. Para tomar buenas decisiones, primero hay que saber
a dónde se quiere ir y qué es lo que
se está buscando.
Aunque sea perogrullada, hay que decirlo: si
no sabemos a dónde vamos, es seguro que no llegaremos
a ninguna parte. Cuando uno sale de viaje con toda
la familia, normalmente no llena el coche de equipaje, acomoda
a sus hijos y a su esposa, y sale a
toda velocidad por la carretera... sin haber antes decidido a
dónde va y cómo piensa llegar. Es cierto que a
veces salimos sólo a dar un paseo, sin ningún destino
preciso en la cabeza. Pero todas las carreteras llevan a
alguna parte. Eventualmente llegaremos a un lugar, y posiblemente no
sea del tipo que nos gustaría visitar. Un modo más
inteligente de actuar es fijar primero un destino y después
salir a tomar el camino que lleve hasta ahí.
Saber
a dónde voy es, ciertamente, resolver más de la mitad
del problema. Sin embargo, esto no tiene ningún valor si
no lo utilizo para llegar efectivamente a ese lugar. Saber
cómo llegar implica utilizar los medios apropiados para conseguir el
objetivo. Hay muchas autopistas muy placenteras en el mundo, pero
sólo una determinada combinación me llevará a donde quiero ir.
La costera de Manzanillo a Puerto Vallarta, en México, es
muy hermosa, pero de poco me servirá si tengo que
volver de Manzanillo a Guadalajara.
Con estos principios en mente,
podemos ahora enfocar los valores que más nos afectan como
personas. De todas las decisiones que tomamos en la vida,
las decisiones morales o éticas son las que tienen una
mayor importancia. Ellas se rigen por nuestros valores más profundos
y determinan el tipo de personas que seremos. A ellas
nos referimos en
"El valor moral" .
Este artículo
es un extracto del capítulo del mismo nombre. Puedes leerlo
completo en el libro
"Costruyendo sobre roca firme"