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Hitler dijo que era un invento de los judíos. Sigmund Freud la redujo al «super-ego» inconsciente, y los seguidores del análisis transaccional la explican como una interiorización de la figura del padre en la persona
Hitler dijo que era un invento de los judíos. Sigmund
Freud la redujo al «super-ego» inconsciente, y los seguidores del
análisis transaccional la explican como una interiorización de la figura
del padre en la persona. Para ser algo que supuestamente
no existe, la conciencia atrae ciertamente más atención de la
que merecería. La mayor parte de nosotros cree que la
existencia de la conciencia es un hecho inequívoco. Su evidencia
crece día a día por nuestra experiencia personal, y es
una realidad tan obvia como nuestra mente, nuestro corazón, nuestros
dientes y nuestras uñas.
La lucha contra la propia conciencia
-precisamente porque es inseparable de la experiencia humana- es uno
de los temas perennemente favoritos de la literatura. Obras como
Telltale Heart, de Poe; Scarlet Letter, de Hawthorne; Macbeth de
Shakespeare; y Crimen y Castigo, de Dostoievski apuntan al corazón
de nuestra existencia y dramatizan experiencias morales que todos hemos
vivido de primera mano.
Dentro de la serie innumerable de
opciones que tomamos en la vida, nuestras decisiones morales son,
seguramente, las más sobresalientes. Nuestras decisiones de conciencia constituyen los
momentos de mayor grandeza en nuestra vida. Quizá a esto
se debe la inmortalidad de las obras literarias que he
citado, las cuales siguen despertando una fascinación particular en las
nuevas generaciones.
A pesar de nuestra familiaridad con la conciencia,
sigue siendo una noción confusa que nos cuesta indicar con
el dedo. ¿En qué pensamos cuando escuchamos la palabra «conciencia»?
Quizá la imaginación se adelanta y pone frente a nuestros
ojos dos figuritas, prendidas de cada uno de nuestros hombros;
una toda vestida de satín blanco, con alas doradas y
una aureola resplandeciente; la otra armada con tridente, cuernos, vestida
de rojo y con una malévola expresión en el rostro.
O, tal vez, la palabra «conciencia» trae a la memoria
la imagen de Pepe Grillito, el amigo de Pinocho, exhortando
a la traviesa marioneta a «dejarse guiar por su conciencia».
En cierta ocasión pregunté a una clase de niños de
educación básica, qué es la conciencia. Uno me contestó: «es
una campanita que empieza a tocar cuando hacemos algo que
no debemos».
Estos ejemplos nos dicen algo acerca de la
conciencia, pero no nos dan una imagen completa.
El Bien
y el Mal Antes de analizar la conciencia, tenemos que
echar un vistazo al bien y al mal. En 1980,
cuando estudiaba en la Universidad de Michigan, a uno de
mis compañeros en el curso de psicología le costaba mucho
aceptar un modo particular de conducta defendido por el profesor.
Levantó la mano y preguntó: «Pero ¿es correcto?» Después de
un momento de silencio el profesor respondió: «Prefiero no emplear
los términos ´correcto´ y ´equivocado´; para mí, todo se describe
mejor utilizando los términos ´práctico´ o ´impráctico´». Mi compañero aceptó
la respuesta, aunque se veía en su cara un notable
desconcierto por la idea de reducir toda la moralidad a
un asunto de mero pragmatismo.
Nuestra experiencia de la obligación
moral es completamente única, substancialmente diferente de cualquier otra experiencia
humana. La encontramos en la esencia de nuestra identidad como
personas humanas libres y responsables. En su libro El problema
del dolor, C.S. Lewis expresa estupendamente la singularidad de este
fenómeno: «Todas los seres humanos que la historia conozca han
admitido algún tipo de moralidad; es decir, han experimentado ante
determinadas acciones esa "sensación" que puede expresarse con las palabras
"debo" y "no debo". Estas experiencias... no se pueden deducir
lógicamente del entorno ni de la experiencia física del hombre
que las vive. Se podrán barajar todo lo que se
quiera frases como "yo quiero", "me veo forzado", "convendría estar
bien asesorado", y "no me atrevo", pero jamás se extraerán
de ellas ni una pizca de un "debo" y un
"no debo". Los intentos por reducir la experiencia moral a
cualquier otra cosa nunca dejan de presuponer precisamente lo que
intentan probar».
Es importante reconocer la existencia del bien y
del mal objetivos para apreciar el valor de la conciencia.
La conciencia dirige nuestras acciones hacia el bien, hacia algo
que existe realmente y nos atrae. Nuestra alma posee una
tendencia espontánea que le urge, con la fuerza de un
mandato, a hacer el bien y evitar el mal. Esta
tendencia, como la llama Newman, es «la voz de Dios
en el alma». Esta inclinación interior tan irresistible no nos
la enseñó nadie, ni la asimilamos de nuestra cultura, ni
es una decisión que tomamos por cuenta nuestra. Es una
característica común de todos los seres humanos.
«El bien» no
se identifica simplemente con lo que me atrae o que
me resulta agradable o útil. Algo es bueno cuando es
lo que debería ser, y algo es ´bueno para mí´
cuando me ayuda a ser lo que debo ser. La
«bondad» es la perfección de la naturaleza y la plenitud
de la existencia. Una «buena comida» es una comida que
cumple lo que debe cumplir: deleitar el paladar y alimentar.
Una comida a base de pastelillos y batido de fresa
no es una buena comida, aunque pueda agradar a algunos
paladares, porque le falta una cualidad esencial: la de alimentar.
Un partido de fútbol es bueno cuando reúne todos los
elementos que debe reunir: competitividad, destreza atlética, jugadas limpias y
emoción.
Y ¿qué podemos decir de una persona buena? Si
alguien nos dice que Martha es una buena persona, todavía
no podemos deducir si se trata de una extraordinaria gimnasta,
de una chica inteligente o alucinantemente hermosa. Lo único que
sabemos es que ha de ser una persona desinteresada, honesta,
leal, generosa y amable. En otras palabras, sabemos que es
una persona moralmente buena, según unos parámetros objetivos de bondad.
Sin importar la abundancia (o escasez) de otras cualidades y
talentos, la bondad moral es siempre el peso que se
pone en la balanza cuando se trata de calificar a
una persona como buena o mala. Por ejemplo ¿cuál podría
ser «la libreta de calificaciones» de Adolfo Hitler en valores
humanos? Tal vez sería algo así:
HITLER, Adolf Valentía 9.5
Astucia 9.8 Inteligencia 9.9 Fuerza de voluntad 10.0 Valor moral
0.0 Valor como persona 0.0
A pesar de las elevadas
notas de Hitler en algunos sectores, su calificación final como
persona refleja su vida moral. El valor moral se sobrepone
a los demás valores. Cuando actuamos bien ratificamos la verdad
de nuestro ser, pues somos imagen y semejanza de Dios,
la Bondad por excelencia. Por otro lado, cuando obramos mal,
negamos esta verdad, incurrimos en una falsedad moral. La conciencia
es la voz de la verdad, y hace cuanto de
ella depende para preservarnos de vivir en la mentira. El
remordimiento de conciencia funciona a modo de alarma que se
activa cuando algún acto cometido no ha sido coherente con
la verdad de nuestro ser.
El verdadero tú
La persona
humana posee diversas facultades corporales y espirituales. Así, por ejemplo,
gracias a su inteligencia puede distinguir entre lo verdadero y
lo falso. También es capaz de percibir y discernir sensaciones,
sonidos, visiones y olores -caliente o frío, grito o murmullo,
claro u oscuro, dulce o salado- gracias a sus sentidos
externos. La conciencia es la facultad que le permite distinguir
entre el bien y el mal.
Santo Tomás de Aquino
definió la conciencia como «el juicio práctico de nuestra razón
que decide sobre la bondad o la maldad de nuestros
actos humanos». Es como un «vigía siempre en vela» para
detectar la verdad moral; es la facultad que nos dice
lo que debe hacerse y lo que debe evitarse en
un momento u otro; es como una voz interior que
nos dice: «¡Haz esto...! ¡No hagas aquello...!».
Las nociones populares
sobre la conciencia nos dicen algo acerca de su naturaleza,
pero casi todas ellas tienen un defecto común, que es
el de situarla fuera de nosotros mismos, como una especie
de policía que está sentado esperando la ocasión para acusarnos
cuando violamos la ley moral. En realidad, la conciencia no
es una ley fría, arbitraria y externa, sino una ley
razonable, que está escrita en nuestros corazones; de hecho, es
nuestra propia razón, pero en su papel de juzgar el
valor de nuestras acciones.
Tú eres tu propia conciencia. Tu
«verdadero yo», tu «yo profundo, espiritual y trascendente», él es
tu conciencia. Todos experimentamos en nuestro interior tendencias opuestas, dada
nuestra naturaleza caída. Nuestro espíritu quiere volar alto, mientras que
nuestras pasiones e instintos (lo que algunos llaman «la carne»)
quieren arrastrarnos hacia abajo. San Pablo describió esta lucha interior
entre la carne y el espíritu en su carta a
los romanos: «Realmente mi proceder no lo comprendo; pues no
hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco.
Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo
con la Ley en que es buena; en realidad, ya
no soy yo quien obra, sino el pecado que habita
en mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita
en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer
el bien lo tengo a mi alcance, mas no el
realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino
que obro el mal que no quiero. Y, si hago
lo que no quiero, no soy yo quien lo obra,
sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta
ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el
que se me presenta. Pues me complazco en la ley
de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley
en mis miembros que lucha contra la ley de mi
razón y me esclaviza a la ley del pecado que
está en mis miembros» (Rm. 7, 15-23).
Es claro que
Pablo se identifica con su ser espiritual interior; ése es
el verdadero Pablo. Es la misma expresión que utiliza el
salmista cuando dice: « Bendigo a Yahveh que me aconseja;
aun de noche mi ser interior me instruye» (Sal. 16:7).
La imagen que tenemos de la conciencia depende de la
imagen que tenemos de nosotros mismos. Si reconocemos en nosotros
dos tendencias opuestas, no nos queda más remedio que tomar
partido. Tenemos que decidir cuál de las dos será nuestro
«verdadero yo».
Si me identifico con mis pasiones y tendencias
instintivas, si las considero mi verdadero yo, entonces me parecerá
que la conciencia y la razón son una camisa de
fuerza de la que debo librarme. Éste es el punto
de vista freudiano, perpetuado en el psicoanálisis clásico y en
los movimientos que glorifican lo primitivo y lo instintivo. La
teoría de la educación de Jean Jacques Rousseau se basa
también en esta visión del hombre. Para Rousseau, cuanto más
primario e instintivo, tanto mejor. Deshagámonos de la razón y
dejemos que broten los sentimientos más silvestres. Bajo esta perspectiva,
la conciencia se convierte en un tabú, un «super-ego», una
personificación de normas sociales que hemos de vencer.
Si, por
otro lado, me identifico con mi espíritu, que anhela la
verdad y el bien, entonces encauzaré y aprovecharé la fuerza
de mis pasiones en lugar de someterme servilmente a su
tiranía. Ningún caballo se siente cómodo con un freno en
el hocico, como tampoco nuestra carne se siente a gusto
cuando la sujetamos a nuestra voluntad. Todo depende, por tanto,
de que decidamos ser caballo o jinete.
El cristianismo nos
llama a convertirnos en hombres «nuevos», a identificarnos con el
espíritu y las obras del espíritu. «El espíritu es el
que da vida; la carne para nada aprovecha» (Jn. 6,
63). Cuando obedecemos a la carne y actuamos contra nuestra
conciencia, actuamos contra nosotros mismos. Cuando obedecemos a nuestra conciencia,
respondemos a nuestras aspiraciones más profundas, las cuales nos llevan
a la satisfacción y a la felicidad.
Enfoque moral
Aunque
la conciencia forme parte de nuestro verdadero ser interior, esto
no quiere decir que sea puramente subjetiva. Ella juzga de
acuerdo con una determinada norma o principio, y esta norma
es la verdad moral 0objetiva. La conciencia es personal, pero
objetiva. Es tan personal como la vista de cada uno.
Todos podemos ver una misma cosa, pero cada uno lo
hace con su propia vista. Diez personas con buena vista
reconocerán que la bandera de México es tricolor (verde, blanca
y roja), y que tiene como escudo en el centro
un águila devorando una serpiente. Si una de ellas dijese
que la bandera de México es azul con estampados amarillos
en forma de triángulo, podríamos deducir inmediatamente que le haría
bien una visita al oculista. Algo parecido ocurre con la
verdad moral: podemos verla gracias a nuestra «vista moral», que
llamamos conciencia.
Para que la conciencia emita juicios certeros, es
indispensable que se encuentre sana; de otro modo percibirá la
realidad deformada y pronunciará sentencias equivocadas. Cristo lo dejó muy
claro cuando comparó la conciencia con los ojos: «La lámpara
de tu cuerpo es tu ojo. Si tu ojo está
sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si está enfermo,
también tu cuerpo estará a oscuras» (Lc. 11, 34).
Si
alguien tiene la córnea de sus ojos deformada, verá las
cosas más grandes y delgadas de lo que son. Si
no lo operan o le colocan unos lentes, jamás podrá
apreciar correctamente la distancia, la profundidad ni la forma de
las cosas. Algunos expertos creen, por ejemplo, que las figuras
alargadas de los cuadros de El Greco se deben más
a una disfunción visual que a una técnica revolucionaria. Lo
mismo puede pasar con nuestra conciencia. Si se deforma, juzgará
nuestras acciones de forma distorsionada: lo que está mal le
parecerá o «sentirá» que está bien, y verá maldades donde
no hay más que bondad.
En la actualidad se glorifica,
a menudo, la conciencia como si fuera una guía de
conducta infalible, único e indiscutible punto de referencia para el
bien y el mal. «Es un asunto personal entre mi
conciencia y yo». «Usted siga su conciencia; yo seguiré la
mía». «Si su conciencia está de acuerdo, entonces está bien».
Esta actitud brota del subjetivismo moral, el cual sostiene que
todo depende del punto de vista de cada uno, y
que no hay una moral absoluta. Lo que está bien
para una persona no tiene nada que ver con lo
que está bien o mal para otra. Apoyándonos en este
subjetivismo, podemos sentir la inclinación a justificar moralmente todo lo
que nos plazca, siempre y cuando se acomode a nuestra
conciencia subjetiva.
Este subjetivismo conduce a una especie de «moral
de cafetería», donde cada uno escoge las doctrinas, los dogmas,
las normas y las enseñanzas que le gustan o que
coinciden con su estilo de vida. Pero ya san Pablo,
que se esforzó con todas sus fuerzas por obrar el
bien, señaló que la conciencia no es el juez supremo,
pues también ella se puede equivocar: «Cierto que mi conciencia
nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi
juez es el Señor» (1 Co. 4, 4).
Ninguno de
nosotros tiene la última palabra sobre el valor moral. Si
nuestra conciencia puede discernir entre el bien y el mal
es porque ha sido «calibrada» de antemano según el orden
objetivo de la verdad moral. Cuando un hombre inventa algo,
él pone las reglas. El bien y el mal, en
cambio, no son fabricación humana. Asesinar voluntaria e injustamente a
una persona es siempre moralmente malo; aquí no cabe más
que sujetarse a esta norma, y no querer sujetar la
norma a las propias opiniones.
Si somos honestos, hemos de
reconocer que en el fondo de nuestra conciencia existe una
ley que no ha sido escrita por nosotros, y a
la cual nos sentimos obligados a obedecer. Podemos obrar el
bien o el mal, pero no podemos decidir por nosotros
mismos que algo sea bueno o malo. Podemos «decidir», por
ejemplo, no respirar más oxígeno, pero al cabo de un
minuto, más o menos, nuestro cuerpo nos recordará que no
le hemos consultado antes de tomar esta decisión. Podemos «decidir»
que el cianuro sea saludable pero si ingerimos una pequeña
cantidad estamos comprando un boleto «sólo de ida» al cementerio.
Algunas cosas son como son a pesar de nuestras opiniones
o de nuestros deseos personales.
Al mismo tiempo, el bien
y el mal no son arbitrarios, sino razonables. No son
simplemente los antojos de algún legislador caprichoso. La justicia, por
ejemplo, es buena -realmente buena. No es una noción inspirada
en la fantasía de Dios cuando se sentó en cierta
ocasión a escribir los Diez Mandamientos. Es buena porque es
buena. Dios no exige la honradez, la justicia, la templanza
y la religión porque siente que son buenas, sino porque
son realmente «buenas» para nosotros. Lo moralmente bueno es precisamente
tal en virtud de que es «bueno para nosotros». En
efecto, cuanto más examinamos la bondad, más atractiva y prometedora
la encontramos en todos sentidos.
Volviendo al ejemplo de nuestro
barco, nuestra conciencia nos guía de forma muy parecida a
como hace la brújula que mantiene el barco en la
ruta. La brújula señala hacia el norte. Gracias a ella
podemos saber qué dirección lleva el barco y rectificar el
curso de la nave de acuerdo con la ruta que
nos habíamos fijado. Si la brújula es veraz, todo lo
que tiene que hacer el timonel es seguir la aguja
que apunta hacia el norte, con la seguridad de que
el barco va hacia el norte. Pero la brújula puede
fallar e indicar un norte falso, que bien puede ser
el sudeste. Así, en lugar de llegar a Groenlandia, tal
vez el barco atraque en Cuba. Esto quiere decir que
el piloto estaba «subjetivamente» en lo correcto, pues no hizo
más que obedecer a la brújula; sin embargo, «objetivamente» estaba
equivocado, pues la brújula le sacó de la ruta que
él quería seguir.
Más que un sentimiento
El juicio de
la conciencia es una actividad intelectual. Es un acto de
la razón, no un sentimiento. Solemos sentir satisfacción cuando hemos
actuado bien; y experimentar remordimiento cuando hemos obrado mal, pero
la conciencia en sí no es un sentimiento. Muchas actividades
producen sentimientos, pero las actividades de por sí no son
sentimientos. Podemos «sentirnos bien» jugando béisbol o yendo a una
fiesta de cumpleaños, pero ni el béisbol ni las fiestas
son sentimientos. No nos sentimos muy bien en el sillón
del dentista, pero tampoco el sillón del dentista es un
sentimiento. Un sentimiento es el resultado de otra cosa, un
efecto. Los sentimientos frecuentemente acompañan la actividad de la conciencia,
pero la conciencia no es un sentimiento.
Los juicios de
la conciencia no son destellos aislados de una reflexión moral,
sino conclusiones razonadas. Cuando te sientes mal después de haber
mentido para salir de una situación difícil, es porque tu
conciencia está juzgando tu acción y, a la luz de
los principios objetivos, te dice que has obrado mal: «Debes
decir siempre la verdad. Mentir es malo. Has actuado mal».
En realidad este proceso es casi siempre instantáneo y los
juicios morales se vuelven un hábito, pero siguen siendo juicios
racionales. No es que sólo sientas que has obrado mal,
sino que lo sabes.
Esta importante distinción puede salvarnos de
caer en algunos errores comunes ligados a los sentimientos y
a la moralidad. Algunas veces podríamos pensar que, puesto que
no nos sentimos mal después de determinadas acciones, éstas no
son malas, aunque sepamos que violan principios básicos de una
conducta recta.
Esto es particularmente común cuando hemos formado el
hábito de obrar mal. Después de repetir una mala acción
varias veces, terminamos por no sentir que es algo malo;
la conciencia ya no nos reprende por nuestra conducta. Podemos,
incluso, experimentar un sentimiento de poder y de satisfacción, por
ejemplo, después de vengarnos de un enemigo. Pero esto no
disminuye nuestra responsabilidad, ni cambia la cualidad moral de nuestras
acciones. Más bien indica que nuestra conciencia se ha deformado.
Algunas veces pasa lo contrario y nos sentimos culpables aunque
no hayamos hecho nada malo (es el caso de la
conciencia escrupulosa). Pero éste también es un error.
El papel
de la conciencia
Pero, ¿acaso se reduce la conciencia a
avisarnos que hemos obrado mal? En realidad, esa es sólo
una parte de la actividad de nuestra conciencia. De hecho,
ella actúa en tres momentos distintos: 1) antes de decidirnos
a actuar, 2) mientras actuamos, y 3) después de haber
actuado. Antes de decidirnos a actuar, la conciencia nos ilumina
y aconseja. Nos revela la cualidad moral de la acción
que estamos pensando realizar y, en consecuencia, ordena, prohíbe o
permite, según sea la acción buena o mala. Mientras actuamos,
nuestra conciencia atestigua que la acción es moral o inmoral,
buena o mala. Finalmente, después de haber actuado, la conciencia
juzga lo que hemos hecho y emite un juicio de
alabanza o de condena por el acto cometido.
Se podría
comparar la conciencia con el dolor físico. A nadie le
gusta sentir dolor y, sin embargo, tiene una función muy
importante. El dolor nos anuncia que algo no anda bien
en nuestro organismo. Supón que te has fracturado una pierna,
pero no sientes ningún dolor. Tal vez seguirías trabajando o
jugando, aunque la lesión se hiciese más grave; tal vez
el hueso soldaría por sí solo, pero en una posición
incorrecta. Del mismo modo, la conciencia nos indica que se
ha producido un daño en nuestra vida de forma que
podamos repararlo.
El papel de la conciencia, sin embargo, no
se limita a descubrir lo malo, sino que nos alienta,
y esto es más importante, a obrar el bien, a
buscar la perfección en todo lo que hacemos. Cuando se
presenta la oportunidad de ayudar a una persona mayor a
llevar la bolsa de compras a su coche, o de
lavar los platos en la cocina, nuestra conciencia nos estimula
a actuar de forma positiva.
Calibrando con precisión
Cuando la
conciencia es sana no anda con ambages: «al pan, pan
y al vino, vino»; reconoce y llama bien al bien
y mal al mal, sin confundirlos. Pero, por diversos motivos,
nuestra conciencia puede desajustarse, como ocurre con las básculas que
no señalan el peso correcto. Tal vez la mayor parte
de nosotros no se inquietaría demasiado al subir a un
báscula que marca menos de lo que debería. Más aún,
quizá nos halagaría descubrir que la aguja se detiene en
los 70 kg., en lugar de ir hasta los 85
kg. que pesamos en realidad. Sin embargo, quien desea conocer
la verdad sabe que no puede engañarse utilizando básculas defectuosas.
Para ayudarnos a distinguir entre una conciencia bien calibrada y
una que está desajustada, podemos emplear tres adjetivos que describen
los grados de sensibilidad de la conciencia: escrupulosa, laxa y
bien formada.
1. Escrupulosa: Una conciencia escrupulosa es una conciencia
enferma. Es como una báscula que marca más de lo
debido: todo le parece peor de lo que es. Descubre
pecados donde no los hay y ve pecados graves donde
hay sólo alguna imperfección. La persona escrupulosa es tímida y
aprensiva; cree que «sentir» equivale a «consentir» y, por lo
mismo, confunde la tentación con el pecado. Vivir con una
conciencia escrupulosa es como conducir un auto con el freno
de mano puesto: en continuo estado de fricción, tensión y
estrés.
La conciencia escrupulosa es un síntoma de la falta
de confianza en la bondad y en el amor de
Dios. El mejor tratamiento para esta enfermedad moral es formar
nuestra conciencia correctamente, de acuerdo con las normas objetivas, y
hacerse aconsejar por alguien de probada rectitud de juicio.
2.
Laxa: Si la conciencia escrupulosa peca por exceso, la conciencia
laxa peca por defecto. Se asemeja a una báscula que
marca menos de lo debido. La persona con conciencia laxa
decide, sin fundamentos suficientes, que una acción es lícita, o
que una falta grave no es tan seria. Ve virtudes
donde hay pecados y acepta como bueno lo que es
una clara desviación de la ley moral.
La persona laxa
tiene como lema: «Errar es humano»; vive convencida de que
es demasiado débil para resistirse al pecado, y tiende a
quitarle toda importancia. No se preocupa ni hace esfuerzo alguno
por investigar si lo que va a hacer es malo;
se excusa en un «todo mundo lo hace, por lo
que no debe de ser tan malo». Este tipo de
persona tiende también a infravalorar la responsabilidad de sus acciones.
Una conciencia laxa es como un resorte vencido. A fuerza
de repetir actos contrarios a lo que exige su conciencia,
la persona laxa pierde toda tensión espiritual; su conciencia ya
no le reclama. Normalmente empieza por cosas pequeñas, pues cree
que «carecen de importancia»; no advierte que ese camino desemboca
en el abismo. Como señaló Chesterton: «Un hombre que jamás
ha tenido un cargo de conciencia está en serio peligro
de no tener una conciencia que cargar».
3. Bien formada:
La conciencia bien formada se localiza entre estos dos extremos.
Una conciencia bien formada es delicada: se fija en los
detalles, como un pintor de pincel fino que no se
contenta con figuras y formas más o menos burdas, sino
que insiste en la perfección, incluso en los aspectos más
pequeños.
La persona que tiene su conciencia bien formada sabe
que se encuentra delante de Dios en cada instante; no
se deja llevar por sofismas ni pretende huir de la
verdad. Aún más, la conciencia bien formada no se limita
a percibir el mal, sino que impulsa a buscar activamente
el bien y la perfección en todo.
Obligación moral
Como
hemos visto, la conciencia es mucho más que un grillito
cantor con sombrero de copa. Ella entra en acción constantemente
a medida que trazamos la ruta de nuestra vida como
seres libres. Para vivir moralmente, es necesario aceptar dos obligaciones
en relación con nuestra conciencia: formarla y obedecerla. Para ser
hombres de bien es preciso tomar una resolución firme de
actuar según las reglas objetivas que nos muestra la razón.
Sin embargo, nuestra conciencia no es infalible; requiere educación. De
ahí nuestro deber de formarla.
Obedecer a la conciencia
A
menudo es difícil obedecer a la conciencia. Thomas More, Canciller
de Inglaterra en el s. XVI, fue decapitado por su
buen amigo, el rey Enrique VIII, por haberse negado a
reconocer a Enrique como cabeza de la Iglesia de Inglaterra.
Fue un problema de conciencia. Pero ordinariamente las dificultades surgen
de nuestro interior: las pasiones, la soberbia y el egoísmo
tiran de nosotros en dirección opuesta a la que debemos
seguir.
Un obstáculo particular de nuestra época es la tendencia
al racionalismo. Cuando no alcanzamos a comprender el por qué
de una norma u obligación, rehusamos obedecerla. Esto contrasta curiosamente
con la experiencia diaria de la vida, en la que
aceptamos sin mayor dificultad un sinnúmero de leyes y fenómenos
que no comprendemos plenamente. Pocas personas podrían dar una explicación
científica seria del magnetismo, de la electricidad o de la
gravitación de los cuerpos; los demás nos conformamos con admitir
que son una realidad y que «funcionan». Cada vez que
enciendo la luz de mi habitación, entro en contacto con
un fenómeno «misterioso», del cual ignoro más de lo que
sé. Tal vez deberíamos ser más consecuentes en el campo
moral y admitir que, aunque las proposiciones éticas son de
suyo razonables, no siempre seré capaz de descubrir sus «porqués»
con mi entendimiento, especialmente si no soy perito en la
materia. Esto no elimina mi responsabilidad, la cual brota de
un principio general que comprendo en sí o de la
libre aceptación de una autoridad que me comprometo a obedecer.
Formar una conciencia recta
Nuestra conciencia no es infalible y,
de hecho, se equivoca. Algunas veces se debe a una
formación deficiente. Es posible, por ejemplo, que un niño crezca
con un sentido equivocado de lo que significan algunos valores
de notable importancia moral, como el perdón de nuestros enemigos,
la honradez, la pureza y la obediencia a la autoridad
legítima. También ocurre que personas dotadas de valores sanos se
equivocan al afrontar circunstancias nuevas o imprevistas. La conciencia es
un juicio humano e imperfecto, que requiere educación y, a
veces, corrección.
Toda persona debería al menos conocer suficientemente las
obligaciones morales de su propio estado y profesión: un médico
debería conocer la ética médica; una pareja casada, sus deberes
mutuos y para con sus hijos; un hombre de negocios,
sus obligaciones para con sus empleados, así como los principios
de la justicia y de la caridad. ¿Cómo imaginar a
un cristiano que ignora los Diez Mandamientos y la enseñanza
moral básica de Cristo y de su Iglesia? Estas obligaciones
morales son los principios objetivos, los puntos de referencia para
nuestra conciencia.
Cuestión Perspectiva
Nuestra conciencia, lo hemos dicho, decide
el tipo de persona que somos y que seremos; ella
abre o cierra las compuertas de nuestra fecundidad y felicidad
personal. Nuestra conciencia es mucho más que un apéndice de
nuestra vida, especialmente para los cristianos. Como señala el Papa
Juan Pablo II en su encíclica El esplendor de la
verdad: «La conciencia moral no encierra al hombre en una
soledad infranqueable e impenetrable, sino que lo abre a la
llamada, a la voz de Dios. En esto y no
en otra cosa reside todo el misterio y dignidad de
la conciencia moral: en ser el lugar, el espacio santo
donde Dios habla al hombre».
Nuestra postura ante la conciencia
refleja muchas veces nuestra postura hacia la vida. Para algunos,
la conciencia es un fastidio, un yugo que hay que
sacudirse, una voz que les fastidia con sus prohibiciones y
recriminaciones: «¿Por qué no me dejará en paz? Tanta gente
lo hace, y mi conciencia no me deja...».
Es curioso
que despotriquemos contra nuestra conciencia cuando normalmente no nos quejamos
de nuestras demás facultades. Nadie se lamenta de poseer una
buena inteligencia, o buenos sentimientos, o un buen sentido del
olfato o de la vista. ¿Por qué enojarse ante una
conciencia sana? Tal vez porque no nos deja disfrutar el
mal «a gusto». Ciertamente este modo de pensar no es
muy sano que digamos. El hecho de reconocer nuestra culpa
después de haber obrado mal no es más que una
consecuencia lógica; como es lógico que caigamos enfermos después de
un atracón de veinticuatro hamburguesas. Si el mal nos inquieta,
deberíamos sentirnos agradecidos; es señal de una conciencia sana. Querer
hacer una maldad sin sentir remordimiento desentona con el verdadero
sentido de nuestra vida.
Otros, en cambio, aceptan la conciencia
como lo que es: un regalo. Quien de verdad quiere
obrar correctamente, encuentra en su conciencia una herramienta sumamente útil,
que le permite mantenerse en la senda correcta, aunque sea
estrecha. Todo depende, por tanto, de lo que uno quiera
hacer con su vida. Si un conductor, por ejemplo, en
un arrebato adolescente, prefiere salir de la carretera para dar
brincos con el coche por parajes agrestes, verá en la
barrera de protección de la carretera un estorbo que se
opone a ese capricho. Los conductores «normales» suelen agradecer que
haya carriles señalados y barreras de protección que les ayudan
a mantenerse sobre la cinta asfáltica. Quien decida vivir en
conformidad con la verdad de su propia existencia, agradecerá igualmente
el auxilio de una conciencia que le permita mantenerse dentro
del camino que le llevará al objetivo que persigue.
Más
allá del legalismo: el amor
Nuestras actitudes marcan el tono
de nuestros actos y colorean nuestras reacciones. ¿Has estado alguna
vez con una persona que ama verdaderamente el arte? Se
puede pasar una hora contemplando un Renoir o un Monet,
mientras que otro pasaría por delante sin ni siquiera darse
cuenta. Una puesta de sol o un jardín radiante de
color le provoca una necesidad irresistible de correr por una
cámara fotográfica o por un pliego de papel y una
caja de acuarelas. Su predisposición positiva le mantiene en perpetuo
estado de «observador de arte» y todo le habla de
arte.
Cada uno podría preguntarse: «¿Cuál es mi predisposición hacia
lo bueno y lo malo? ¿Me entusiasma el deseo de
vivir una vida recta?» Pienso que hay dos modos de
responder a estas preguntas fundamentales. En primer lugar, tenemos a
esas personas cuya meta en el campo moral es la
de no infringir las reglas. Se sienten satisfechas con «mantener
limpia su conciencia». Esta actitud se puede denominar legalismo moral.
Para esta clase de gente, la moralidad es un código
de leyes, un conjunto de reglas que hay que obedecer,
límites que hay que respetar. Puesto que la tendencia normal
de la gente es buscar el mínimo exigido, la moralidad
se resuelve en los términos «permitido» y «prohibido».
El primer
defecto del legalismo moral es que oculta nuestras omisiones, todo
el bien que podríamos hacer, pero que no hacemos. A
veces nos sentimos satisfechos con no cometer ningún delito, pero
olvidamos que nuestro paso por esta tierra conlleva el deber
de realizar obras de bien. También nos ocurre que pasamos
por la vida haciendo muchas cosas que en sí mismas
no son malas, pero que se centran en nuestros propios
intereses, sin ofrecer ningún beneficio a los demás.
La esencia
del cristianismo es algo más que evitar el mal: es
imitar a Cristo, que «pasó haciendo el bien» (Hch. 10,
38). Esta realidad nos recuerda la parábola de Cristo sobre
los talentos que un señor dio a tres siervos para
que los administraran. Cuando el señor volvió para ver cómo
habían aprovechado los talentos, alabó a los dos primeros siervos,
pero al tercero lo condenó porque desperdició el talento que
había recibido, escondiéndolo y perdiendo la oportunidad de lograr algún
beneficio.
San Pablo se esforzó denodadamente por dejar su mentalidad
de fariseo legalista, pues sabía que ella refleja la relación
que se da entre un esclavo y su señor, y
no la que corresponde a la verdadera libertad de los
hijos de Dios. Defendió la ley del amor contra una
legalidad fría y desencarnada. San Agustín comprendió tan bien esto
que llegó a resumir la ley moral en su célebre
frase: «¡Ama, y haz lo que quieras!». Cuando una madre
está afligida porque su hijo está enfermo, no se conforma
con cumplir su «deber» mínimo de madre; no se pregunta
por el límite inferior de su obligación. ¡No! Movida por
el amor, rebasa con mucho el mínimo exigido por «la
ley», y se desvive por aliviar a su niño. Busca
al mejor doctor, consulta a otros papás, consigue las mejores
medicinas. ¿Por qué? Porque es el amor el que la
impulsa y no la mera obligación.
Para quienes desean amar
a Dios de verdad, para quienes aspiran a realizar cabalmente
las potencialidades de su ser, la conciencia es un faro
de luz de inestimable valor; es una guía que les
permitirá recorrer el sendero del amor más elevado y de
la donación de sí. Ella les alertará ante cualquier claudicación
en la búsqueda de su ideal, y los impulsará hacia
metas cada vez más elevadas.
Pocos escritores han descrito el
poder del amor mejor que Tomás de Kempis: «Gran cosa
es el amor; bien sobre manera grande; él solo hace
ligero todo lo pesado y lleva con igualdad todo lo
desigual. Pues lleva la carga sin carga y hace dulce
y sabroso todo lo amargo... El que ama, vuela, corre
y se alegra, es libre y nada puede frenarlo. El
amor no siente la carga ni hace caso de los
trabajos; desea más de lo que puede, no se queja
que le manden lo imposible, porque cree que todo lo
puede y le conviene. Para todo, pues, sirve, y muchas
cosas cumple y pone por obra, en las cuales el
que no ama desfallece y cae. El amor siempre vela,
y durmiendo no se duerme; fatigado, no se cansa; angustiado,
no se angustia; espantado, no se espanta; sino, como viva
llama y ardiente antorcha, sube a lo alto y se
remonta con seguridad. Si alguno ama, conoce lo que significa
esta palabra».
En resumen, la conciencia orienta a quien vive
en el amor, no en el legalismo, y le ofrece
un camino seguro para emplear correctamente su libertad, dando respuesta
a esa pregunta fundamental en la vida: ¿cómo usar la
propia libertad?
Nuestra respuesta a esta pregunta (expresada con las
obras y no sólo con las palabras) marca la ruta
de nuestra vida y, a la larga, determina la clase
de persona somos.
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