La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Thomas Williams | Fuente: Catholic.net Armonía de la persona humana
La afirmación de que libertad no sólo no existe sin la responsabilidad sino que depende de ella
Armonía de la persona humana
Quien sigue su conciencia ha encontrado la puerta que
conduce hacia una vida auténtica. Como dice William Kilpatrick, «La
moralidad no consiste simplemente en aprender las reglas de lo
bueno y lo malo; es una rectificación total de nosotros
mismos». El hombre es como un cubo de Rubik, ese
«cubo mágico» que estuvo de moda hace algunos años: ningún
cuadro puede estar fuera de lugar. Todas las partes del
hombre se encuentran interrelacionadas; se requiere la armonía entre ellas
para que el hombre realice su potencial. Esta auto-rectificación suele
llamarse comúnmente «madurez». A diferencia de los demás valores, que
perfeccionan y complementan a la persona, la madurez sintetiza e
integra los valores humanos en un todo orgánico.
A todos
nos gusta que nos consideren maduros. Uno de los insultos
más humillantes para un muchacho de quince años es que
se le tache de «inmaduro». Los adolescentes ambicionan con todas
sus fuerzas, además de ser aceptados por sus compañeros, que
se les considere maduros. Cada año, muchos jóvenes estudiantes, recién
salidos del bachillerato, se trasladan a otras ciudades para continuar
sus estudios y, de paso, para paladear el sabor de
la independencia (toda una oportunidad para determinar su porvenir y
llegar a ser adultos).
La madurez es un valor universal,
algo que todos desean por la imagen que expresa: «Soy
maduro, soy independiente, sé pensar por mí mismo». Sin embargo,
una cosa es que a uno lo consideren maduro y
otra muy distinta es que en verdad lo sea. Damos
así una vez más con la afirmación de que libertad
no sólo no existe sin la responsabilidad sino que depende
de ella.
Por lo general, la gente asocia la madurez
con la edad (a mayor edad, mayor madurez). La edad,
es cierto, tiene algo que ver con la madurez (nuestro
desarrollo psicológico, intelectual, físico y espiritual se va verificando con
el pasar del tiempo). Sin embargo, la edad no es
el factor determinante. Hay octogenarios irresponsables, como hay muchachos maduros
de catorce años. Basta un simple vistazo a los problemas
que afligen a la sociedad en nuestros días para percatarnos
de que no todos los mayores de 25 años son
verdaderamente maduros.
Todos conocemos casos que ilustran este hecho lamentable.
Un ejemplo típico es el hombre de mediana edad que
abandona a su esposa y a sus hijos por una
mujer más joven. Nuestra reacción inmediata puede ser de incredulidad,
lástima y coraje: «¡Qué tontería! ¡Pobre mujer y pobres hijos!
¡Qué canalla!» Cabe notar, aparte de las obvias implicaciones morales,
una absoluta carencia de madurez humana. En lugar de un
hombre, tenemos un adolescente con toda la apariencia exterior de
un adulto.
Mitos de la madurez
La cultura popular suele
atribuir a la madurez elementos que no corresponden a su
verdadera naturaleza. Hay tres mitos, en especial, entrelazados con las
nociones modernas de madurez: 1) invulnerabilidad, 2) infalibilidad, 3) inflexibilidad.
En primer lugar, la madurez no es invulnerabilidad. Nuestra sociedad
presenta a veces la madurez como si fuese una cierta
inmunidad de toda tentación o maldad, como si lo bueno
y lo malo fuesen cosas de niños. Los adultos suelen
creer que ya están «más allá del bien y del
mal» (para usar una expresión de Nietzsche). Basta pensar en
los carteles colocados en las salas de cine o en
los periódicos que anuncian películas pornográficas: «Sólo para personas maduras»
(como si la preocupación por la moral fuese sólo un
asunto de niños). La verdad, por supuesto, es todo lo
contrario. Un adulto es maduro precisamente porque no necesita que
nadie le diga que debe obrar el bien y evitar
el mal. Actúa según sus convicciones personales y su recta
conciencia.
Una persona madura reconoce sus debilidades. Evita las ocasiones
que pueden conducirlo al mal y busca las oportunidades para
hacer el bien. Como diría Alexander Pope: «Los necios corren
allí donde los ángeles no se atreven ni a pisar».
Pensar que la madurez es invulnerabilidad equivale a decir que
una persona no puede hacerse daño con una sierra eléctrica
simplemente porque es madura. El adulto es capaz de usar
herramientas peligrosas de alto poder precisamente porque está alerta ante
el peligro y toma las precauciones necesarias para evitar cualquier
accidente.
El segundo error es el de concebir la madurez
como infalibilidad. Madurez no significa posesión de todas las respuestas.
Nada más lejos de la realidad. Sócrates afirmó que el
hombre sabio es aquél que reconoce su propia ignorancia. Mientras
más madura es una persona, reconoce con mayor humildad sus
límites. «La humildad, como decía santa Teresa de Ávila, es
la verdad». Ni más ni menos. Y la verdad es
que todos podemos equivocarnos. La persona madura reconoce sus debilidades
y no se precipita en sus juicios. Pondera, estudia, consulta
y decide con prudencia.
El tercer error consiste en asociar
la madurez con la inflexibilidad. Algunos, equivocadamente, creen que la
madurez consiste en una seriedad impasible y en una perpetua
rigidez, como si el reír, el gozar de las cosas
sencillas y el saber relativizar los problemas fuesen signos de
inmadurez. Lo hermoso de la madurez es su armonía. Reír,
conversar, apreciar a los demás, admirar las maravillas de la
naturaleza..., son cualidades humanas bellísimas y forman parte de la
madurez.
La persona verdaderamente madura sabe cuándo es tiempo de
ponerse serio y cuándo de tomar las cosas con tranquilidad;
no lleva su vida con superficialidad sino guiada por principios
claros. El capítulo tercero del Eclesiastés nos ofrece una excelente
sinopsis del equilibrio que es fruto de la madurez:
Todo
tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el
cielo: Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir...
su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar... su
tiempo el llorar, y su tiempo el reír... su tiempo
el lamentarse, y su tiempo el danzar... su tiempo el
callar, y su tiempo el hablar...
Madurez significa tener la
capacidad para discernir entre un tiempo y otro, y para
saber lo que conviene en cada ocasión.
En busca de
una definición
Tras examinar lo que no es la madurez,
volvamos ahora a lo que sí es. La palabra tiene
distintas acepciones, según el contexto. Un programa de televisión sobre
la vida en el reino animal puede informarnos que un
oso pardo macho «maduro» puede pesar más de 700 kilos.
En otro momento, tal vez una amiga nos dirá que
ha conocido a un hombre extraordinario y «muy maduro». El
concepto «maduro» tiene, pues, diversos matices de significado. Por este
motivo, es mejor ofrecer tres definiciones, en lugar de una.
Perfección de nuestra naturaleza
En el sentido más amplio, «madurez»
significa cumplimiento o perfección de nuestra naturaleza, el punto más
alto de un proceso de crecimiento y desarrollo. Se trata
de un proceso unidireccional, progresivo, no de un simple «cambio».
El proceso de maduración es un recorrido que culmina en
la adquisición de todo aquello que una planta, un animal
o un hombre debería ser. Un perro es «más perro»
cuando llega a la cumbre de su desarrollo, a su
«madurez». Hasta entonces había sido un «cachorro», más tarde será
un «perro viejo», de esos que ya no aprenden nuevos
trucos. Una manzana es «más manzana» cuando está madura. En
algunos idiomas se usa la misma palabra para designar la
madurez de una planta que la madurez de un ser
humano. Así, por ejemplo, en alemán una manzana madura es
ein reifer Apfel y un hombre maduro es ein reifer
Mensch. También en francés una granada madura es une grenade
mûre y una mujer madura es une femme mûre.
En
este sentido la madurez se puede aplicar a las plantas,
a los animales, a las personas, incluso a los vinos,
a todo lo que se somete a un desarrollo orgánico.
Esta definición vale también para la naturaleza física del hombre.
Un niño crece hasta que alcanza la madurez; después el
cuerpo empieza a deteriorarse. De aquí la expresión «en la
plenitud de la vida»; la plenitud es el punto culmen
del desarrollo físico de una persona.
Pero a diferencia de
las manzanas y de los osos pardos, el hombre tiene
también una naturaleza espiritual, y aquí adquiere la madurez su
dimensión propiamente humana, del todo única. En las cosas meramente
materiales, la madurez es un fenómeno estrictamente físico; la madurez
humana, en cambio, es física, emocional, psicológica y espiritual.
Interiorización
de los principios
Según una definición más restringida, se entiende
por madurez la transformación de las normas y reglas externas
en convicciones y principios internos. Este proceso de asimilación se
irá dando de forma consciente y libre en la medida
en que la persona aprenda gradualmente a reconocer y apreciar
ciertos valores.
Los niños necesitan que se les vigile, incluso
a veces que se les obligue de alguna manera, para
que hagan la tarea o vayan a misa los domingos.
Los papás tienen que poner un límite al tiempo que
dedican los niños a ver televisión, ya que ellos no
tienen la madurez suficiente para exigirse a sí mismos lo
que conviene. Si un niño pudiera planear su propia dieta,
seguramente pondría como plato fuerte de la cena una buena
tajada de pastel de chocolate en lugar de una porción
de guisantes. Al niño hay que imponerle las normas desde
fuera, porque de otro modo se dejaría llevar por inclinaciones
espontáneas e impresiones del momento. Aún no es capaz de
comprender el porqué de muchas cosas ni ve la necesidad
de sacrificar un placer inmediato en vistas de un mejor
futuro. Éstas son cualidades propias de un adulto.
De modo
semejante, un adolescente que se fuga del colegio y desperdicia
su tiempo, que no sigue un programa de estudios, olvida
la moral y se deja llevar por sus pasiones y
tendencias «naturales», no puede considerarse maduro.
Para el que es
maduro no importa quién le esté mirando, ni qué están
haciendo o dejando de hacer sus amigos, ni qué dirán
los demás. Él lleva las riendas de su vida, siguiendo
los principios y las convicciones que él mismo, libremente, ha
hecho suyos.
Armonía de la persona humana
La madurez humana,
en su sentido pleno, consiste en la armonía de la
persona. Más que una cualidad aislada, es un estado que
consiste en la integración de muchas y muy diversas cualidades;
es un compendio de valores más que un solo valor.
Podemos comparar la madurez con una obra de arte, con
un cuadro de Rembrandt o de Velázquez. Los colores se
combinan perfectamente. Todo está en su punto, las líneas, las
figuras y las formas, la proporción y la perspectiva. Cada
pincelada tiene su valor y cada color resulta indispensable para
completar y perfeccionar la obra.
Lo mismo sucede con la
madurez. Es armonía y proporción, es combinación e integración de
cualidades humanas muy diversas en un conjunto orgánico: voluntad, intelecto,
emociones, memoria e imaginación; todas las facultades de una persona
humana. Pero no basta que estén presentes todos estos elementos;
tiene que haber un orden y una armonía entre ellos.
Sobre la paleta del artista descansan todos los colores, pero
no por eso forman una obra de arte.
Esta armonía
se traduce en la correspondencia perfecta entre lo que uno
es y lo que uno profesa ser, y su expresión
más convincente es la fidelidad a los propios compromisos. En
una persona madura no hay lugar ni para la hipocresía
ni para la insinceridad.
Así como una manzana madura es
«más manzana», así una persona es más humana cuando alcanza
la madurez. Pero a diferencia de lo que ocurre con
las manzanas y las demás creaturas, el hombre es capaz
de reflexionar sobre su naturaleza y de escoger libremente entre
vivir o no de acuerdo con lo que debería ser
como persona humana. De este modo, la madurez consiste en
la conformidad entre el modo como vivimos y nuestra verdadera
naturaleza.
Entre otras cosas, esto implica aceptar el propio estado
de vida y actuar con coherencia. Una persona casada madura
vive de acuerdo con la naturaleza del estado matrimonial; no
se comporta como si fuera soltera -llevando una vida social
más activa, quedándose en el trabajo hasta altas horas de
la noche, viajando cuando se le ocurre...-. A partir de
la boda, sus costumbres y pasatiempos, sus relaciones con los
demás y el uso de su tiempo libre tendrán que
regirse por el compromiso que libremente ha asumido ante Dios,
ante los demás y ante sí mismo. Lo contrario sería
vivir en la mentira: decir que se es casado pero
comportarse como un soltero.
Madurez significa aceptar las alegrías y
las dificultades que conllevan las propias decisiones, como hacen los
esposos el día de su boda: «En la prosperidad y
en la adversidad, en la riqueza y en la pobreza,
en la salud y en la enfermedad, hasta que la
muerte nos separe». Las personas maduras son capaces de comprometerse
sin temor, porque son dueñas de sí mismas y no
esclavas de las mudables circunstancias.
Una generación "light"
El famoso
psiquiatra y escritor español Enrique Rojas publicó en 1992 un
libro titulado El hombre light, en el que compara la
oleada de productos «light» que invadió el mercado en la
década de los años 80 -Coca Cola sin cafeína, cerveza
sin alcohol, margarina sin grasa, y edulcorantes sin azúcar- con
un nuevo tipo de persona que carece de substancia, que
es sólo apariencia, máscara, sin nada por dentro. Lo «light»
está de moda, y con ello toda una forma nueva
de ver la vida: todo light, flojo, reducido, aguado, vacío
de contenido.
Rojas asevera que en este nuevo clima psicológico
está surgiendo un nuevo modelo de persona: el «hombre light».
Puede describírsele de la siguiente forma: un hombre indiferente a
los valores trascendentes, que hace del dinero, del poder, del
éxito, del sexo, del narcicismo y del pasarlo bien, la
totalidad y el contenido de su vida. Carece de creencias
firmes y no acepta que haya una verdad absoluta -aunque
tiene un deseo insaciable de información-. Quiere saberlo todo, no
para cambiar o mejorar sino, simplemente, para conocer lo que
está pasando.
El «hombre light» se parece al que C.
S. Lewis llama «hombre sin pecho». El pecho, según la
terminología de Lewis, es el lugar donde residen el temperamento,
los principios y la magnanimidad. El pecho tiene el cometido
de conjugar la dimensión «cerebral» y «visceral» del hombre. Quien
no posee principios, deja de lado lo más humano que
hay en él. La superabundancia de datos y estadísticas no
suple en modo alguno la falta de principios y de
carácter. El racionalista no es el hombre más inteligente. «Su
cabeza, como observa Lewis, no es más grande que lo
ordinario. Lo que ocurre es que tiene el pecho atrofiado
y por eso podría parecer que su cabeza es más
grande».
El «hombre light» posee cuatro atributos característicos: hedonismo, consumismo,
permisivismo y relativismo. Padece de un exceso de «cosas» y
de una correspondiente carencia de valores. Harto y aburrido de
la vida, busca una felicidad «a la carta». Su pensamiento
es débil e inconsistente; sus convicciones, tambaleantes. En conjunto, el
«hombre light» es una persona que no tiene puntos de
referencia; no posee una meta en la vida ni un
ideal que dé sentido a sus empresas.
En contraste con
este tipo de hombre frágil, Rojas presenta otro modelo: el
«hombre sólido». Mientras el «hombre ligth» avanza en todo, menos
en lo más importante, el «hombre sólido» se compromete, se
esfuerza; es consistente, profundo y moralmente auténtico; se sobrepone al
escepticismo cínico reinante y es capaz de subir al plano
espiritual para descubrir cuanto tiene de bello, noble y grande
la existencia.
El «hombre sólido» es una persona madura. Su
vida tiene una dirección y sus acciones encajan perfectamente dentro
del significado de toda su existencia. La madurez es solidez.
La madurez desemboca en ideales y genera la firmeza para
mantenerse fiel a ellos. En términos parecidos, el padre Marcial
Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, describe la diferencia
básica entre el hombre maduro y el inmaduro: «La historia
y la mentalidad modernas nos han acostumbrado a clasificar a
los hombres en buenos y malvados, listos y tontos, ricos
y pobres; pero tengo para mí que hay una distinción
más básica y más en consonancia con lo que es
el hombre; yo los separaría en generosos y egoístas, batalladores
y sensuales. El egoísmo y la magnanimidad, la sensualidad y
la lucha han partido al mundo en dos bandos penetrando
todas las razas, las culturas, las edades y las estructuras
sociales. Al fin y al cabo se puede ser materialmente
el más pobre del mundo y el más tonto, pero
si hay generosidad y espíritu de trabajo y conquista, ahí
está un hombre que tiene su centro más arriba de
sí mismo, un hombre que se ha tomado la vida
en serio y ha puesto su ideal a rendir, un
hombre abierto. Si a este ser humano le infundimos el
amor a Cristo, si le ofrecemos un ideal trascendente, si
le invitamos a cultivar la vida de gracia, tenemos ya
al santo».
Un hombre así fue santo Tomás Moro. En
1960, el dramaturgo británico Robert Bolt escribió el estupendo drama
Un hombre para todas las estaciones, del que luego se
sacó una película que ganó el Oscar para la mejor
película en 1966. Bolt, un no-cristiano, quedó tan impresionado por
la firmeza de carácter de santo Tomás Moro, que se
dedicó a estudiar e investigar sobre su vida.
Bolt, al
igual que Rojas y Lewis, percibió también el fenómeno moderno
del «hombre light». «Nos ocurre algo parecido a lo que
pasa en las ciudades -comenta Bolt en el prefacio de
su obra-, cuando termina el horario de trabajo se inicia
una carrera a toda prisa hacia la periferia, dejando un
centro completamente vacío...». Le cautivó la solidez de Tomás Moro
por su contraste con la sociedad que le circundaba, cargada
de ligereza. «Lo primero que me atrajo -escribe- fue una
persona que no podía ser acusada en absoluto de incapacidad
para vivir; una persona que valoraba la vida de múltiples
formas; una persona que, sin embargo, encontró en sí misma
algo sin lo cual la vida perdía todo su valor
y que, al negársele eso, aceptó morir».
Ésta es, pues,
una línea divisoria fundamental de la humanidad. Un hombre o
es sólido o es «light», o es maduro o es
inmaduro, o es egoísta o es abierto a los demás.
Más adelante tendremos que analizar de cerca las características de
estos dos tipos de personas.
Cuando yo era niño
Visitando
el museo del Louvre en París, el Palacio de los
Uffizi en Florencia o una de las numerosas iglesias de
Roma, es fácil encontrar alguna pintura al óleo de Caravaggio.
Sus obras maestras, cuyo efecto más característico es el claroscuro,
son un testimonio de la fuerza que hay en el
contraste. La luz y la oscuridad nunca resaltan tanto como
cuando están una junto a otra. De modo semejante, los
conceptos suelen verse con mayor claridad cuando se comparan con
sus contrarios. Para aclarar lo que hemos dicho hasta aquí
sobre la madurez, podemos presentar ahora un cuadro más o
menos detallado del concepto opuesto: la «puerilidad» (del latín puer,
que significa niño). El proceso de maduración humana, lo sabemos,
no es otra cosa que el paso de la niñez
a la edad adulta.
Al escribir a los corintios, san
Pablo reflexionó sobre este proceso en su propia vida: «Cuando
yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba
como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de
niño» (1 Co. 13, 11). Y luego añade una distinción:
«Hermanos, no seáis niños al juzgar. Sed niños en lo
que se refiere al mal, pero como hombres maduros en
vuestra manera de pensar» (1 Co. 14, 20).
Ser como
un niño no es del todo malo. En numerosas ocasiones,
Cristo exhortó a sus discípulos a ser «como niños», al
grado de poner esto como condición para entrar en el
cielo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis
como los niños, no entraréis en el Reino de los
Cielos» (Mt. 18, 3). La palabra «niño» tiene dos connotaciones
radicalmente distintas. Ser «como niño» significa ser sencillo, confiado, inocente
y espontáneo (todas las notas positivas de la niñez). En
este sentido, hemos de empeñarnos en ser como niños. Ser
«pueril», en cambio, significa ser caprichoso, egoísta e ingenuo (en
una palabra, inmaduro).
Tal vez si comparamos diez pares de
características contrastantes, podemos precisar mejor el significado de la madurez.
El primer término de cada par se asocia a la
puerilidad y el segundo a la madurez. El siguiente cuadro
presenta una síntesis de estas cualidades:
Superficialidad significa fijarse en lo
externo sin penetrar en la esencia de las cosas. Una
persona superficial se interesa más por las apariencias que por
la realidad.
Los niños tienden a ser superficiales. Un niño
vive de cada instante; su vida es un sucederse de
experiencias y descubrimientos, uno tras otro. Cuando termina una aventura
ya está empezando una nueva. No alcanza a ver bajo
la superficie el hilo conductor de los acontecimientos o el
significado más profundo de sus experiencias. Se contenta con tomar
las cosas como vienen. Esta superficialidad en su mirada es
el origen de ese candor inocente que lo caracteriza, pero
también es la causa de su modo de juzgar basado
en apariencias y primeras impresiones. Los niños son excelentes observadores,
pero no suelen ser tan buenos para interpretar las palabras
y las acciones de los demás.
La superficialidad no es
exclusiva de los niños. Un amigo mío, al volver de
visitar a su familia, a la que no había visto
en varios años, me comentaba que su hermano menor, ahora
de veintinueve años, se entretiene todo el día conduciendo a
toda velocidad por las calles de la ciudad en un
coche deportivo. Más tarde espera vender ese coche y comprar
una motocicleta. Su hermana se pasa cerca de tres meses
al año viajando por Europa con un grupo de ciclistas
que se alegran cuando la gente les sale al encuentro.
Mi amigo quedó algo apenado al ver que «sus vidas
no tienen ningún otro sentido que el de pasarlo bien
mientras puedan».
Una persona madura se caracteriza por su profundidad.
Busca el significado detrás de la información; busca la realidad
detrás de las apariencias. Este interés por llegar al fondo
de las cosas le permite juzgar correctamente sobre las personas,
los acontecimientos y las ideas. Para ser profundo hay que
tener una mirada realista, libre de prejuicios y de críticas
superficiales. Una persona madura sabe afrontar la realidad y manejarla
tal como se presenta.
La «realidad» es un horizonte mucho
más amplio que el de las cosas visibles o, más
genéricamente, perceptibles para nuestros sentidos. No hay ninguna razón para
suponer que lo invisible es necesariamente menos real que lo
visible. El amor no es menos real que los trastos
de la cocina. Dios no es menos real que sus
criaturas. De hecho, es infinitamente más real. Todas las criaturas
tienen un principio y un fin de su existencia. Dios,
en cambio, no tiene principio ni fin.
2. Impulsividad vs.
reflexión
Un efecto de la superficialidad es la impetuosidad. Dado
que una persona superficial percibe sólo las apariencias inmediatas, no
es capaz de ver a distancia las consecuencias de sus
acciones. Actúa sin pensarlo. Recuerdo cómo se accidentó un muchacho
que vivía cerca de mi casa cuando yo era niño.
Puso un petardo dentro de una botella y, cuando miró
dentro para saber por qué no pasaba nada, el petardo
estalló. Aunque los médicos le salvaron el ojo, su vista
quedó dañada permanentemente. Es un ejemplo típico de imprudencia que
deriva de la falta de reflexión.
A la impulsividad se
opone la virtud de la prudencia: el hábito de reflexionar
las cosas antes de actuar. La persona madura no suele
lamentarse de sus decisiones, pues suele pensar y medir las
consecuencias de sus acciones. Y esto vale para todo, desde
si conviene o no hacer una inversión en tal negocio
hasta qué cursos opcionales escoger en la universidad; desde el
discernimiento vocacional hasta la elección de la pareja para el
matrimonio.
Ahora bien, reflexión no significa indecisión. Nunca podremos tener
una seguridad total ni tampoco es posible tomar en consideración
todos los factores y posibles consecuencias de nuestros actos. La
prudencia es equilibrio.
La reflexión entra en juego tanto al
hablar como al actuar. ¡Cuánto lastiman las palabras duras y
los comentarios desconsiderados! Como decía el apóstol Santiago, «El que
no peca con la lengua es un hombre perfecto» (Sant.
3, 2). La reflexión puede librarnos de muchos remordimientos.
3.
Inestabilidad vs. constancia
Los sentimientos son volubles. Si dejamos que ellos
tomen las riendas de nuestras decisiones, terminaremos siendo inconstantes. Es
una de las características más típicas de los niños: no
pueden entretenerse por mucho tiempo en una cosa. El niño
empieza a armar un rompecabezas, y a los cinco minutos
ya está harto; va entonces a jugar con el cochecito...,
hasta que encuentra el monedero de mamá, tan atractivo para
su espíritu explorador. No hay ningún principio que dé continuidad
a lo que hace.
Los adultos inmaduros suelen ofrecer un
cuadro parecido. Les falta constancia y tenacidad para realizar sus
proyectos hasta concluirlos del todo. La persona que no ha
alcanzado la madurez es irresponsable y difícilmente conserva un trabajo;
desmerece toda confianza, ya que no se sabe si hará
o no lo que se le encarga. Necesita que alguien
esté detrás para supervisar su trabajo y evitar que se
meta en problemas, pues sus antojos pasajeros fácilmente lo sacan
de ruta.
Sólo una persona verdaderamente libre es capaz de
comprometerse y de ser fiel a la palabra dada. Y
sólo una persona madura es verdaderamente libre. Si uno es
maduro, puede tomar decisiones responsables sin tener que arrepentirse. La
responsabilidad, además, da estabilidad a la propia vida.
Cuando una
persona madura toma una decisión importante en la vida, no
se pasa años enteros replanteando su decisión: «¿Me habré equivocado?
Tal vez no sabía lo que estaba haciendo; era tan
joven. Creo que he cambiado de opinión...». La actitud de
un individuo maduro es muy diferente: «Yo sabía que no
todo iba a ser fácil; sabía que vendrían dificultades y
sacrificios, y aun así determiné que valía la pena. Ahora
lo que cuenta es la fidelidad». Viendo así las cosas,
el hombre se libera de los altibajos del buen o
mal humor y del vaivén de las circunstancias.
Algunas veces
se subestima la tenacidad. En un número de 1993 de
la revista US News and World Report, John Leo deploraba
una campaña que pretendía eliminar las competencias deportivas en las
escuelas para evitar traumas a los alumnos. El éxito de
esta campaña, señalaba Leo, podía ser un desastre para el
país.
El deporte enseña la virtud de la determinación, de
la perseverancia y de la tenacidad, del trabajo en equipo,
del valor. Saber ganar y perder, saber levantarse cuando se
ha caído, saber retomar los aparejos y volver a empezar...
ésta es la virtud que ha hecho posible los más
grandes logros de la humanidad, tanto a nivel personal como
colectivo. El duque de Wellington solía decir: «la batalla de
Waterloo se ganó en los campos de juego de Eton».
Hay ciertos ideales por los que vale la pena luchar
a toda costa. Ni siquiera quienes se esfuerzan por quitar
las competiciones en las escuelas pueden soñar en tener éxito
si no demuestran resolución, perseverancia y tenacidad.
La constancia implica
autodisciplina. Cualquier trabajo u ocupación, por interesante que parezca, produce
inevitablemente cierto tedio y hastío; de ahí la facilidad con
que muchos se dejan llevar por las distracciones o dejan
el trabajo a medias. Una persona madura, en cambio, jamás
deja algo sin acabar, salvo en casos de verdadera necesidad;
«obra comenzada, obra terminada». Comenzar un proyecto con entusiasmo es
relativamente fácil; llevarlo a término no es así de fácil.
La célebre fábula de Esopo de la tortuga y la
liebre, tan válida hoy como cuando se escribió, es un
testimonio del valor de la perseverancia. Más vale despacio, pero
seguro...
4 Sentimentalismo vs. carácter
El carácter es como un
buen bistec: sólido y sustancial. Los sentimientos son sólo un
aderezo. Es preciso mantenerlos en su lugar. Los sentimientos dependen
de los estados anímicos, de las impresiones y de las
sensaciones; el carácter, en cambio, se basa en principios y
en una voluntad firme.
Los niños suelen dejarse llevar por
sus sentimientos y deseos del momento. No necesitan que nadie
les diga: «Si te gusta, hazlo», pues les brota espontáneo.
El sentimiento y la espontaneidad llevan la voz de mando.
Una persona inmadura es como una hoja seca llevada por
el viento, o una veleta que gira constantemente, sin una
orientación fija. ¿Alguna vez has visto una hoja seca llevada
por el viento? En un instante el viento la levanta
y la lleva hasta una colina radiante de sol; pero
un minuto más tarde, el viento la arranca de ahí
y la deposita en un charco de aguas negras. La
persona inmadura corre una suerte parecida, pues está a merced
de sus impredecibles caprichos.
En una persona madura, la razón
y la voluntad gobiernan sobre los sentimientos y los estados
de ánimo. Por eso es capaz de actuar en un
determinado modo aunque los sentimientos sean contrarios. Esto no significa
que el hombre deba rechazar las emociones o reprimir ciegamente
los sentimientos. No se trata, pues, de elegir entre razón
o sentimiento, sino de determinar quién ha de gobernar. No
debemos ofuscar la razón, pero tampoco reprimir los sentimientos; hay
que armonizarlos. Los principios han de situarse por encima de
los sentimientos. Quien forma el hábito de dirigir sus emociones
a la luz de la razón y de la voluntad,
se libera de esa terrible esclavitud que consiste en vivir
de impulsos, sentimientos o impresiones.
Quizá esto pueda parecer una
agresión contra la «espontaneidad». Nuestra generación suele valorar mucho la
capacidad de adaptarse y de saber improvisar. «Hay que tomar
las cosas como vienen, con flexibilidad...», se dice.
Sin embargo,
la espontaneidad no siempre es ventajosa. En una charla informal
o en un momento de descanso, algo de espontaneidad no
viene mal. Pero nadie recomendaría al cirujano que le va
a operar que proceda con absoluta espontaneidad. Un cirujano que
se deja llevar de ocurrencias y experimentos improvisados en medio
de una operación a corazón abierto no inspira mucha confianza.
En éste y en otros muchos campos, preferimos la seriedad
y la profesionalidad, en lugar de la «creatividad» o la
espontaneidad. La clave es saber cómo actuar en cada circunstancia,
y esto exige dominio personal.
Una persona madura es auténtica,
es decir, lleva las riendas de su vida. Hay dos
modos de entender la «autenticidad». Algunos la consideran como la
expresión desinhibida de los propios impulsos instintivos, al margen de
toda restricción. Esta visión vitalista de la autenticidad se queda
muy corta y no hace justicia al hombre, pues lo
reduce a la condición de un animal.
El otro modo
de entender la autenticidad tiene en cuenta la naturaleza espiritual
del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Según
esta visión integral del hombre, la conciencia interviene para examinar
las tendencias, los impulsos instintivos y las aspiraciones, aprobándolos o
desaprobándolos. La autenticidad así considerada no es la expresión espontánea
de nuestros impulsos, sino un ideal por conquistar. Es un
esfuerzo por vivir de acuerdo con la verdad de nuestro
ser y con el significado auténtico de la vida humana.
5 Satisfacción inmediata vs. capacidad de sacrificio
El mundo del
niño es el presente; de ahí su natural impaciencia. No
sólo quiere una galleta, sino que la quiere ahora. Decir
a un niño que deberá esperar antes de salir a
jugar es como decirle que no podrá jugar nunca más.
Puesto que vive de sensaciones, un niño no tiene perspectiva
de futuro, ni es capaz de planear el porvenir. Por
eso es tan saludable enseñarle a meter su dinero en
una alcancía. Así se va preparando para su vida adulta.
El hombre maduro actúa según su deber, por encima de
los gustos a antojos del momento. Para los padres de
familia no siempre resulta agradable cuidar a sus hijos, lavarlos,
proporcionarles todo lo que necesitan... Afortunadamente para los niños, hay
muchos padres generosos.
El sacrificio nunca ha sido popular. Cuando
Jesús anunció a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en
pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz
cada día, y sígame», seguramente los discípulos no pudieron evitar
retorcerse un poco bajo la túnica. Ningún sacrificio es agradable.
No sólo eso, sino que tampoco tiene ningún valor en
sí o por sí mismo. El sacrificio sólo tiene valor
en tres casos. Las personas maduras saben reconocerlos.
Como medio
para alcanzar un objetivo. Toda elección conlleva una renuncia. Dejamos
de lado un bien determinado, pero sólo porque así podemos
obtener uno mejor. Un estudiante, por ejemplo, invierte varios años
de su vida en prepararse profesionalmente, renunciando con frecuencia a
muchas satisfacciones inmediatas, pero porque así podrá cosechar los beneficios
después.
Como ejercicio para formar la voluntad. Algunas cualidades sólo
se pueden adquirir con la práctica. La fuerza de voluntad
es una de ellas. Un libro puede enseñarte las principales
técnicas que se requieren para ser un buen jugador de
fútbol, pero después habrá que practicar en el campo durante
largas horas de entrenamiento. La abnegación es un entrenamiento indispensable
para la voluntad.
Como acto de amor. Cuando uno se
sacrifica por otro, es como si le dijera: «Mira, te
quiero más que a mí mismo. Te prefiero a ti
antes que a mí mismo». Todo regalo es un tipo
de sacrificio, algo de nosotros mismos que ofrecemos a los
demás.
La capacidad de sobreponernos a nosotros mismos y de
llevar a cabo acciones costosas vigoriza nuestro carácter y nos
abre el camino hacia la máxima realización de nuestras potencialidades.
Toda grande obra y todo proyecto a largo plazo, incluido
el de construir una personalidad auténtica, requiere fuerza de voluntad
y capacidad de sacrificio.
6. Autoestima exagerada vs. humildad
Los
niños suelen irse a los extremos. A veces son impetuosos
y a veces excesivamente cautos. No han adquirido una perspectiva
realista de sus capacidades y de sus límites. Esto mismo
les ocurre a las personas inmaduras que nunca se ajustan
completamente a la realidad.
La humildad consiste en conocerse y
aceptarse a uno mismo, con las propias cualidades y limitaciones.
Se es humilde cuando se tiene una mirada objetiva de
uno mismo, sin creerse más ni sentirse menos de lo
que se es en realidad. Para triunfar en la vida,
es preciso conocerse con honestidad.
Quien es humilde es capaz
de reconocer el valor de los demás. Se siente lo
suficientemente seguro de sí mismo como para apreciar la riqueza
de ciertas tradiciones, y no exagera el valor de la
propia «creatividad». Richard John Neahaus escribió a este respecto: «La
creatividad requiere humildad, que equivale a hacerse aprendiz del pasado.
La creatividad del ignorante e inexperto no es sino «auto-expresión»,
que es, lamentablemente, lo que hoy muchos llaman creatividad. También
los bebés son maestros de «auto-expresión» cuando se trata de
chillar. Los adultos que solicitan la atención de los demás
suelen dar por supuesto, desde luego sin ninguna garantía, que
ellos mismos son interesantes para los demás. En realidad, las
personas interesantes son aquéllas que se reconocen al servicio de
una tradición; y las tradiciones interesantes son las que aspiran
a una verdad o a un bien que está más
allá de ellas mismas».
7. Subjetivismo vs. objetividad
Los niños
suelen tener una visión demasiado subjetiva de sí mismos. Esto
no es más que un síntoma de un subjetivismo aún
mayor. El mundo de un niño suele ser muy pequeño.
Para él no existe más realidad que su experiencia personal
y la impresión que le producen las cosas.
A medida
que crece, el niño debe ir aprendiendo a ser más
objetivo a la hora de evaluar diversas situaciones. Este hábito,
juntamente con la reflexión, le librará de la precipitación al
juzgar. Las personas maduras suelen entrar en el núcleo de
las cosas y, después de sopesar los diversos factores, son
capaces de hacer una evaluación justa y equilibrada.
Esta equidad
es particularmente necesaria cuando se trata de la relación con
los demás. Es preferible dudar antes que condenar tajantemente sus
palabras o actuaciones. Bien puede valer como lema para nuestra
relaciones con los demás: «Creer todo el bien que se
oye; y no creer sino el mal que se ve».
Otra faceta de la objetividad es la capacidad para ver
las cosas desde otra perspectiva. Es cierto que no resulta
fácil abandonar nuestros prejuicios inveterados o las opiniones que hemos
sostenido por mucho tiempo para valorar otras posiciones y puntos
de vista, pero éste es un camino que libra del
subjetivismo y nos hace más imparciales a la hora de
juzgar.
8. Extremismo vs. equilibrio
Los niños suelen ser muy
ágiles para pronunciar juicios categóricos: o es blanco, o es
negro; o es bueno o es malo. La realidad no
es así de nítida. Todos los hombres, aunque con diversos
matices, compartimos una tonalidad más bien grisácea: todos somos capaces
de acciones muy loables, incluso heroicas; pero también somos capaces
de horrendos crímenes.
Desafortunadamente, esta costumbre infantil de etiquetar a
las personas y las cosas se convierte fácilmente en vicio
para el resto de la vida. La madurez, en cambio,
nos lleva a descubrir el lado bueno de todas las
personas, a excusar sus defectos y sus faltas, a cultivar
y potenciar la propia bondad.
Puesto que la madurez es
armonía, la persona madura sabe discernir lo que es importante
y lo que puede pasar a segundo plano. Así, por
ejemplo, los padres de familia maduros detectan con facilidad aquello
que, en la educación de sus hijos, no puede venir
a menos. Muchas cosas pueden ser secundarias, pero la educación,
la fe, la moral, el sentido de justicia y de
caridad, son virtudes que no pueden dejar de fomentar y
encauzar en sus hijos, y ellos lo saben.
Aristóteles enseñaba
que la virtud está en el punto medio entre dos
extremos. Así, por ejemplo, describió la valentía como el medio
entre la cobardía y la temeridad. El cobarde huye del
peligro; el temerario se mete de cabeza en él. El
hombre valiente afronta el peligro cuando es necesario, sin cohibirse
por el miedo.
Es importante, sin embargo, no confundir este
equilibrio con la mediocridad. Buscar el justo medio no equivale
a pactar con la tibieza. El hombre que reza todos
los días y toma en cuenta el valor de la
eternidad en sus decisiones no es un fanático religioso; es
un realista. Una persona madura pone el énfasis donde corresponde:
en lo que es más importante en la vida.
9.
Egoísmo vs. apertura
Los niños pequeños creen que ellos son
el centro del universo. Todo gira alrededor de sus necesidades
y deseos, y no son capaces de anteponer los intereses
de los demás a los suyos propios.
El egoísmo es
otro rostro de la inmadurez. La persona inmadura se encuentra
tan ocupada en sí misma y en lo que le
interesa que le resulta difícil pensar en los demás, comprenderlos,
compadecerse de sus sufrimientos o compartir sus alegrías.
La madurez,
en cambio, se caracteriza por la apertura y la sincera
preocupación por los demás; es una disposición habitual de olvido
de uno mismo para poner a los demás en el
primer lugar.
Una niña de siete años se queja amargamente
antes de recibir una inyección, y haría cualquier cosa por
evitarla. Pero años más tarde podríamos encontrarla ofreciéndose para donar
sangre en el hospital de la Cruz Roja, pues sabe
que su sacrificio puede salvar la vida de una persona.
La diferencia está en la madurez.
10. Dependencia vs. independencia
El «borreguismo» es la plaga de los adolescentes. Los niños
suelen pasar por períodos de inseguridad y necesitan que los
demás los acepten. Es natural de esa edad; pero sería
catastrófico arrastrar esta inseguridad toda la vida. La persona inmadura
se preocupa demasiado por lo que los demás puedan pensar
o decir de él; no posee la fortaleza necesaria para
mantenerse firme en sus principios. Así, termina por actuar de
modos muy diversos según se encuentre solo o con sus
amigos o con otras personas.
La persona madura, en cambio,
es consistente y actúa del mismo modo, sea que esté
sola, sea que esté con otras personas. En su interior
encuentra la dirección justa y el significado que debe dar
a sus acciones, sin tener que acudir a otros parámetros
que circulan por el mundo. La autenticidad es una tarea
fundamental de nuestra vida, y sólo se logra a través
de la coherencia entre lo que hacemos y lo que
somos.
La independencia propia de la persona madura en relación
con el ambiente tiene, además, otra dimensión: la capacidad para
cuestionar los valores que la sociedad le presenta. Es característico
de este tipo de personas el no creer todo lo
que se escucha por ahí. Desde luego, no es señal
de madurez el no creer en nada; eso es cinismo.
La persona madura toma en consideración qué es lo que
se dice, quién lo dice y por qué. Suele poner
a prueba los valores que se le ofrecen confrontándolos con
los principios ciertos y probados que posee. Como dice la
carta a los hebreos: «El alimento sólido es para hombres
maduros, que por razón de la costumbre tienen el sentido
moral desarrollado para distinguir entre el bien y el mal»
(Heb. 5, 14).
Después de repasar estos diez principios, tal
vez podemos sentir cierto agobio ante la perspectiva de poner
todo esto en práctica. Estudiar la madurez es una cosa;
vivirla es algo muy distinto. ¿Es posible vivir humanamente como
personas maduras?
Afortunadamente hay muy buenos ejemplos, incluso heroicos, de
personas maduras. Podemos trasladarnos, por ejemplo, al mes de enero
de 1993, a la ciudad de Bérgamo, en Italia. Una
joven madre de familia llamada Carla Levati moría ocho horas
después de haber dado a luz a Stefano, su segundo
hijo. Durante el embarazo, los médicos le habían diagnosticado un
tumor maligno, por lo que le recomendaban recurrir al aborto.
Ella se rehusó. A quienes trataban de persuadirla para que
se sometiese a la radioterapia, les decía: «Un día menos
para mí es un día más para mi hijo».
Su
esposo, Valerio, es un carpintero. A los reporteros que acudieron
a entrevistarlo para pedirle su punto de vista, les dijo
con toda sencillez: «Yo no sé nada de estas cosas.
En mi vida, lo único que he aprendido es a
meter clavos en la madera». Sin embargo, en un cuaderno
desvencijado, que le servía a Valerio como diario, se encuentra
la siguiente nota: «Gracias, Carla, porque me has hecho un
hombre completo. Me siento feliz de que haya nacido Stefano.
Felicidades, Carla. Gracias. Adiós». A pesar de las pésimas noticias
que nos ofrecen los periódicos todos los días, es posible
todavía encontrar héroes en el mundo.
El camino a seguir
Los cristianos no tenemos que ir muy lejos para encontrar
un modelo de madurez auténtica y un camino seguro para
avanzar firmemente hacia ella. Jesucristo, el hombre perfecto, es el
centro y el modelo de la vida cristiana. Él nos
ha dejado un ejemplo consumado de madurez y nos invita
a imitarlo.
Cuando uno piensa en la vida de Cristo,
no puede dejar de conmoverle inmediatamente su profundo sentido de
identidad personal. Él sabe quién es, y para qué está
aquí. Al venir al mundo, resume su actitud en las
palabras: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Toda su
vida es un desarrollo continuo de esa identidad, tanto que
hacía de la fidelidad a ella su alimento: «Mi alimento
es hacer la voluntad del que me envió y completar
su obra» (Jn. 4, 34).
Jesús jamás sucumbió ante la
opinión de la gente. Cuando las multitudes, admiradas por sus
enseñanzas y milagros, querían llevárselo para proclamarlo rey, él se
retiró solo, porque su hora no había llegado aún.
Y
cuando llegó finalmente esa hora, se abrazó a la voluntad
de su Padre y se entregó libremente a la muerte,
a pesar de que su naturaleza humana se resistía ante
la perspectiva de tanto sufrimiento. No podremos encontrar en ninguna
parte un ejemplo más perfecto de madurez. La vida de
Cristo es un libro abierto que nos revela la verdad
sobre nosotros mismos y nos señala el camino a seguir.
La formación de una personalidad madura, verdaderamente integrada, es un
ideal por el que vale la pena luchar. La sociedad
actual, que con frecuencia valora más el «tener» que el
«ser», necesita con urgencia nuevos testimonios de madurez. Sólo viviendo
de acuerdo con la verdad de nuestro ser, podremos descubrir
el camino que conduce a la felicidad auténtica y duradera.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR