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Autor: Adolfo Güémez | Fuente: www.buenas-noticias.org Valores a prueba de todo
En todos estos valores se expresan realidades que no pueden depender de la decisión de la mayoría
Valores a prueba de todo
Año 1985. Uno de los terremotos más trágicos de la
historia del México golpeaba la capital y varias ciudades aledañas.
Parecía el fin del mundo.
En medio del desastre, un
edificio de 182 metros de altura seguía en pie. Se
trata de la Torre Latinoamericana. Aunque ella también bailó al
ritmo de los 8.1 grados en escala de Richter, se
mantuvo firme gracias a sus extraordinarios fundamentos: más de 360
pilotes enterrados hasta 33 metros. Precisamente así funciona el mundo:
las cosas con buenos cimientos, duran; las que carecen de
ellos, se desvanecen.
Tal vez por ello nuestra época se
caracteriza por una búsqueda frenética de los fundamentos de la
sociedad. Todos tenemos claro que el desarrollo de nuestros países,
ciudades y familias ha de descansar sobre algunos principios que
les den estabilidad.
Pero, ¿cuáles son?
Una sociedad que no
quiera ser efímera, ha de levantarse sobre valores objetivos, no
sobre opciones que dependen de la mejor mercadotecnia o de
la imposición de la mayoría. Un cimiento, es un cimiento.
Esto no se puede poner a votación. Construir nuestra cultura
sobre “principios” que dependen del número de votos sería tan
inútil como rellenar de algodón las basas de un complejo
departamental, simplemente porque los vecinos así lo han votado.
Los
valores y la libertad
Los valores -dice Llano Cifuentes- son todo
aquello que contribuya al desarrollo o perfeccionamiento del hombre. Por
tanto, para saber discernir lo que es un valor, hay
que primero saber lo que es un hombre.
El hombre
es un ser racional. El único ser racional que vive
sobre esta tierra. Esto quiere decir que, aunque posee instintos
y pasiones como los animales, su razón y su voluntad
le dan el poder de autodominarse. De esta capacidad nace
la libertad. Dicha libertad no es para hacer lo que
quiera, sino para elegir todo aquello que le ayude a
ser más hombre.
La libertad hace al hombre digno. Gracias
a ella podemos optar por los valores que llevamos inscritos
en nuestra naturaleza, desarrollarlos sin cesar, y realizarlos en nuestra
vida para lograr un progreso cada vez mayor.
Los valores
y la verdad
En nuestros juicios sobre los valores no podemos
proceder según nuestro libre albedrío. Existe un orden objetivo que
debemos seguir.
No importa si vivimos en la era prehistórica
o en un mundo donde todo es posible a nivel
técnico; dentro de cada persona permanece latente la exigencia de
actuar de acuerdo a la verdad. Intuimos que esta verdad
no es monopolio de unos pocos, sino patrimonio común a
todos los hombres , y que nuestra libertad no puede
transgredirla sin verse ella misma perjudicada. Se trata de una
ley que descubrimos en lo más profundo de nuestra conciencia,
y en cuya obediencia consiste la dignidad humana : tienes
que hacer el bien y evitar el mal.
No podemos
someter esta verdad a un consenso por voto, pues sería
como someter a la decisión de la mayoría algo tan
obvio como que el pasto es verde, que el agua
moja o que el monóxido de carbono contamina. De hecho,
todas las tradiciones religiosas y civilizaciones que han buscado con
sinceridad la verdad, reconocen esta ley.
Los valores y la
sociedad
De esta sencilla regla -tienes que hacer el bien y
evitar el mal- se desprenden otros principios éticos que nos
ayudan a descubrir los auténticos valores, como aquellos que Benedicto
XVI presentó en su discurso del 12 de febrero pasado:
el respeto a la vida humana desde su concepción hasta
su término natural; el deber de buscar la verdad; el
respeto por la libertad personal, que es siempre una libertad
compartida con los demás; la solidaridad con los que me
rodean, etc.
En todos estos valores se expresan realidades que
no pueden depender de la decisión de la mayoría. Se
trata de normas anteriores a cualquier ley humana, normas que
cada uno lleva grabadas con punta de diamante en el
propio corazón, y como tal, no pueden ser borradas ni
derogadas por nadie.
Si en verdad queremos que nuestra sociedad
sea una sociedad constructiva; si deseamos dejar en las manos
de nuestros hijos una humanidad más humana; si anhelamos hacer
cosas que permanezcan; si aspiramos a crear un sistema más
justo y equitativo; entonces no nos podemos olvidar de los
fundamentos. Sólo así, lo que construyamos permanecerá. Sólo con cimientos
sólidos y perennes se alzará el imponente edificio de un
mundo más solidario y justo.
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