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Autor: Liliana Esmenjaud | Fuente: Mujer Nueva Dime a quién admiras y te diré quién eres
Todos conocemos a personas que aparentemente lo han tenido todo y no se consideran felices
Dime a quién admiras y te diré quién eres
La gran incógnita de la adolescencia
es descubrir quién se es. Cuando a un niño se
le pregunta sobre su propia identidad, tranquilamente se define como
el hijo del Sr. y la Sra. X, y elenca
una serie de características que ha escuchado a sus padres
o a sus maestros decir sobre él. Esta pregunta no
le causa mayor inquietud. Pero cuando se formula a un
adolescente o a un joven, el asunto es distinto.
Este interrogante no
sólo inquieta al propio adolescente, sino también al adulto. ¡Cuántos
padres de familia ya no reconocen el carácter dulce de
su hijita en las respuestas de la quinceañera que tienen
en casa! ¡Cuántos profesores con gran sabiduría en sus propias
áreas de conocimiento no logran descubrir el verdadero “yo” que
se encuentra escondido tras la mirada esquiva del joven de
cabello largo, o de la alumna que se le enfrenta
en un continuo reto!
El joven construye al adulto
Y esto
es muy normal debido a que a esa edad se
está construyendo la propia personalidad. Un adulto llega a ser
lo que ha formado a lo largo de su vida.
No existe un código oculto que lo defina como lo
que es. El adolescente puede tener un carácter más o
menos alegre, pero dependerá de él cómo lo emplea: alguno
lo aprovechará para hacer pasar un rato agradable a los
demás, y esto le ayudará a tener amigos; otro por
el contrario, lo podrá emplear en burlarse, creando conflictos con
los demás. Alguno hará amigos gracias a su paciencia, otro,
a su compañerismo, mientras que otros, con estos mismos atributos
se granjearán enemistades.
Nadie tiene condicionada o predeterminada su manera de ser. Cada
uno va desarrollando ciertas características de su personalidad que puede
usar en distintas direcciones según vaya siendo valioso para él.
¡Esta es la maravilla del ser humano! Gracias a su
inteligencia, voluntad y libertad puede vencer cualquier tipo de condicionamiento
que se le presente, con tal de que se lo
proponga y ponga los medios y el esfuerzo para hacerlo.
El ideal y la libertad
Así tenemos a Hellen Keller, nacida en
Alabama, Estados Unidos en 1880, quien al año y medio
de edad quedó ciega y sorda, y aprendió a comunicarse
llegando a escribir libros en distintos idiomas; o a Karol
Wojtyla, que no se amargó a pesar de ser huérfano
de madre, sin hermanos, y de que le clausuraran su
universidad viéndose forzado a trabajar como obrero para librarse de
los campos de concentración; a Víctor Frankl que dentro de
Auschwitz encontró un sentido a su vida, estudiando los efectos
de esas condiciones infrahumanas en sí mismo y en sus
compañeros; y a tanta gente que vive en el anonimato
de una vida alegre y sencilla a pesar de cualquier
tipo de dificultades económicas, sociales, familiares o físicas a que
se encuentran sometidos. Y por el contrario, también hemos sido
testigos de tantas personas que aparentemente lo han tenido todo
o por lo menos no han sufrido tantas carencias y,
sin embargo, no se consideran felices. Todos conocemos a personas
así.
¿Dónde ha
estado la diferencia? ¿En las cualidades con las que han
nacido? ¿En las circunstancias que les ha tocado vivir? No,
la gran diferencia radica en que unos han tenido un
ideal que los ha llevado a tomar las riendas de
sus vidas en sus manos, forjándose a sí mismos para
alcanzarlo; mientras que los otros se han dejado llevar por
las circunstancias, ya sean internas o externas.
Los primeros
no se dejan atrapar por ningún tipo de dificultad. Aún
cuando caigan varias veces, afrontan la vida como una aventura
en la que ellos quieren ser los vencedores, porque tienen
un ideal, que se convierte en fuente de esperanza y
de motivación. Los segundos, por carecer de ese ideal, no
encuentran la fuerza ni la motivación para construirse a sí
mismos.
Con maestro y coherente
Los primeros han tenido a alguien que
les ha guiado y les ha servido de ejemplo y
de apoyo: Hellen Keller no hubiera hecho nada sin Anne
Sullivan; Karol Wojtyla tampoco sin su padre o sin Jan
Tyranowski, un sastre que hizo las veces de su director
espiritual cuando perdió a su padre. Estos adultos han jugado
un papel muy importante en la vida de estos jóvenes:
les han mostrado un ideal hacia el cual proyectar su
vida y les han ayudado a desarrollar las facultades necesarias
para luchar por él. Ellos han desaparecido (el padre de
Karol murió cuando éste tenía 20 años), pero el ideal
se ha mantenido y han podido salir adelante por sí
mismos.
Ni Hellen
Keller ni Karol Wojtyla nacieron siendo esas personas que llegaron
a ser. Los dos tenían cualidades y muchas más dificultades.
Ninguno de los dos nació mucho más dotado que la
mayoría de nosotros. Sin embargo llegaron a ser lo que
fueron porque supieron ser consecuentes con su ideal tomando a
cada paso de su vida la decisión que más los
acercaba al mismo.
Este es el gran reto que se nos
presenta a los adultos de hoy: aprender a presentar ideales
atractivos a los jóvenes para se entusiasmen y puedan proyectar
el tipo de personas que quieren ser, y les sirvan
de guía y motivación a lo largo de su vida.
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