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Autor: P. Tony Anatrella | Fuente: vatican.va Un contexto social que favorece la dependencia psicológica
El tiempo de la juventud siempre se ha caracterizado por una cierta inmadurez: ciertamente esto no es ninguna novedad
Un contexto social que favorece la dependencia psicológica
Nos encontramos en una atmósfera verdaderamente paradójica que afecta casi
todas las áreas culturales: por un lado se les quiere
hacer autónomos a los niños cuanto antes, ya desde la
cuna y la guardería, y por el otro lado se
ven adolescentes, y sobre todo post-adolescentes, que se esfuerzan por
llevar a cabo las operaciones psíquicas de la separación, aunque
desean hacerlo con palabras. Para liberarse de esta dificultad, buscan
apoyos psicológicos, sociales y espirituales en los cuales apoyarse.
Una sociedad
que favorece el infantilismo
La educación contemporánea produce sujetos demasiado
apegados a las personas y a las cosas, por lo
tanto, aunque lo niegue produce seres dependientes. Durante la infancia
sus deseos y expectativas han sido de tal manera estimulados
a costa de la realidad externa y de las exigencias
objetivas, que terminan por creer que todo es maleable sólo
en función de los propios intereses subjetivos. Después, al inicio
de la adolescencia, a falta de recursos suficientes y de
un puntal interior, intentan desarrollar lazos de dependencia en la
relación con el grupo o la pareja. Si he inventado
la expresión de "pareja- bebé"[3], lo he hecho precisamente para
designar su economía afectiva, que no siempre se distingue entre
sexualidad infantil y sexualidad relativa al objeto. De hecho pasan
del apego a los padres al apego sentimental, quedándose siempre
en la misma economía afectiva.
Preocupándose justamente de la calidad de
la relación con el niño, la educación se ha centrado
demasiado en el bienestar afectivo, a veces a costa de
la realidad, del saber, de los códices culturales y de
los valores morales, sin ayudar a los jóvenes a edificarse
interiormente. Por consiguiente, tienden más a una expansión narcisista que
a un verdadero y auténtico desarrollo personal, que a menudo
crea personalidades ciertamente moldeables y simpáticas, pero a menudo también
superficiales e incluso insignificantes, que no siempre tienen el sentido
del límite y de la realidad. Pueden ser descarados, a
veces demasiado familiares, confundiendo el códice personal con el social,
olvidándose del sentido de la jerarquía, de la autoridad, de
lo sacro y de las formas y las reglas del
"cómo se debe hablar". Algunos ni han aprendido las
reglas de la convivencia social, comenzando por aquéllas del código
vial y terminando con los ritos de la vida familiar
y social.
Los adultos que han hecho de todo para que
no les faltase nada, inducen a los jóvenes a que
crean que tienen que satisfacer cada uno de sus deseos,
confundiéndolos con la necesidad; los deseos, en cambio, no son
destinados para ser realizados, pues son únicamente fuente de inspiración.
Al no haber hecho la experiencia de la falta, de
la cual se elaboran los deseos, los jóvenes son indecisos
e inciertos y por ello les cuesta diferenciarse y destacarse
de los objetos primarios para vivir la propia vida. Crecer
implica separarse psicológicamente, abandonar la infancia y la adolescencia; pero
para muchos tal separación es difícil porque los espacios
psíquicos entre padres e hijos se confunden.
Significativa es la experiencia
de Laurent, 28 años, casado y padre de un niño:
"Me
clasifican de adulto, pero no me reconozco como tal, y
el mundo de los adultos no me interesa. Tengo dificultad
en hacer mía esta dimensión. Para mí, los adultos son
mis padres. Estoy en contradicción conmigo mismo: interiormente me veo
como un niño o un adolescente, con angustias terribles, pero
hacia afuera ya soy un adulto y en el trabajo
me consideran como tal. En la sociedad nada nos ayuda
a hacernos adultos."
También es verdad que, al magnificar la infancia
y la adolescencia, la sociedad deja entender que no quiere
crecer y existir como adulto, de modo que es difícil
liberarse de los modos de gratificación de la infancia para
acceder a satisfacciones superiores.
Una esperanza de vida más larga
El
alargamiento de la vida deja suponer que el individuo tenga
todo el tiempo para prepararse a vivir una vida comprometida.
La esperanza de vida crea por lo tanto hoy más
que en el pasado las condiciones objetivas para poder permanecer
joven, entendiendo la juventud como el período de la indecisión,
si no de la indistinción, entre uno mismo, los demás
y la realidad, o aún de la indiferenciación sexual ,
con la ilusión de que la mayor parte de las
posibilidades se quedarán siempre abiertas. Esta vaga concepción de la
existencia, propia de la adolescencia, es muy preocupante cuando continúa
en los post-adolescentes, tan inciertos en sus motivaciones al no
tener fe en sí mismos. Algunos sufren de este estado
de cosas, temiendo incluso una cierta despersonalización en el trato
con los demás. Muchos postergan los plazos y viven de
modo provisional, sin saber si podrán continuar con lo que
han empezado en los diversos ámbitos de la existencia. Otros
aún viven la época de la juventud como finalidad en
sí y como un estado duradero.
En efecto, hoy hay jóvenes
metidos en procesos de maduración que requieren mucho tiempo y
se caracterizan por una condición de moratoria, es decir, por
una suspensión de los plazos y de las obligaciones ligadas
al paso hacia la vida adulta. Aquéllos, a los que
no les interesa particularmente hacerse adultos[4], no viven su juventud
como una fase propedéutica para el ingreso de la vida
adulta, sino como un tiempo que tiene validez en sí.
En el pasado, en cambio, el período de la juventud
se vivía en función de la vida sucesiva y de
una existencia autónoma: la juventud era, por lo tanto, una
etapa preparatoria. En nuestros días, una juventud así prolongada provoca
una cierta indeterminación en la elección del tipo de vida.
Algunos prefieren postergar los plazos definitivos y atrasar así el
ingreso en la vida adulta o la asunción de compromisos
definitivos. Al no preguntarse sobre sus problemas de autonomía, no
se sienten obligados a hacer elecciones fundamentales. Por otro lado,
en diversos sectores de la vida se nota una fuerte
tendencia a la experimentación: así los jóvenes pueden dejar la
familia, pero vuelven a ella después de un fracaso o
una dificultad. La diferencia principal respecto a la mayor parte
de las generaciones precedentes (que hacían una elección precisa con
una prioridad precisa) consiste en la propensión de vivir contemporáneamente
diversos aspectos de la vida, aspectos a veces contradictorios, sin
jerarquizar las propias necesidades y valores. Algunos jóvenes son hoy
muy dependientes de la necesidad de hacer experiencias porque, por
la falta de transmisión de valores, piensan que no se
sabe nada de esta vida y que todo aún se
debe descubrir e "inventar". Por eso, a menudo presentan una
identidad vaga y flexible frente a la multiplicidad de las
solicitudes contemporáneas, sean éstas regresivas o, por el contrario, enriquecedoras.
Una
infancia acortada por una adolescencia más larga
¡Una de las mayores
paradojas de nuestra sociedad occidental consiste en hacer crecer a
los niños demasiado rápido, animándolos al mismo tiempo a permanecer
adolescentes el mayor tiempo posible![5]
Se incita a los niños a
tener comportamientos de adolescentes cuando aún no tienen las competencias
psicológicas para asumirlos. De ese modo, desarrollan una precocidad que
no es fuente de madurez, saltándose las tareas psicológicas propias
de la infancia, lo que les puede perjudicar en su
futura autonomía, como lo demuestra la multiplicación de los estados
depresivos de muchos jóvenes.
Los mismos post-adolescentes se lamentan de
una falta de puntales interiores y sociales, en particular aquéllos
que, después de largos estudios, se embarcan en empresas con
su diploma recién sacado y deben de repente asumir responsabilidades.
En algunos jóvenes, entre los 26 y 35 años, se
detecta una serie de depresiones existenciales, porque no tienen imágenes-guía
de la vida adulta que les ayuden a poner su
existencia en armonía con la realidad.
El tiempo de la juventud
siempre se ha caracterizado por una cierta inmadurez: ciertamente esto
no es ninguna novedad. En cierta época esta inmadurez era
compensada por la sociedad que se ponía más de lado
de los adultos, incitándolos por lo tanto a crecer y
a alcanzar la realidad de la vida. Hoy, por el
contrario, la sociedad no sólo ofrece menos apoyo dejando que
cada uno se las arregle por sí mismo, sino que
les hace incluso creer que se puede permanecer en los
primeros estadios de la vida sin tener que elaborarlos ni
tener que vivir demasiado pronto un cierto número de experiencias.
Hay que decir a un adolescente, que asume conductas precoces,
que no tiene la edad para hacerlo, situándolo así en
una óptica histórica de evolución y maduración. Es de este
modo que se adquiere la madurez temporal.
Roma, 10-13 de abril
2003
P. Tony Anatrella Psicoanalista, Especialista en Psiquiatría Social
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Notas: [3] Anatrella, Tony, Interminabiles adolescences, le 12/30 ans,
Paris, Cerf Cujas.
[4]Idem.
[5] Idem.
Imagen: www.aciprensa.com
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