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Autor: P. Tony Anatrella | Fuente: vatican.va Las tareas psíquicas a desarrollar
Nos encontramos cada vez más ante personalidades impulsivas, muy ocupadas en hacer cosas
Las tareas psíquicas a desarrollar
Desde hace algunos años observamos atrasos en la formación
de la personalidad juvenil. La mayor parte de los adolescentes[6]
vive bastante bien el proceso de la pubertad y de
la adolescencia propiamente dicha, sin tener verdaderas dificultades, salvo alguna
rara excepción. Por el contrario, la situación de los post-adolescentes
entre los 22 y 30 años, es a menudo más
delicada, subjetivamente conflictiva y atormentada por luchas psíquicas que antes
aparecían y se trataban en la adolescencia (18-22 años). A
la confrontación entre la representación de sí mismo y la
vida se suma ahora un conflicto interno.
La fe en sí
mismo
La necesidad de conocerse y de tener confianza en sí
mismo es una aspiración propia de esta fase de la
vida. Pero bajo el peso de los interrogativos no resueltos
y de los fracasos, el sentido de sí mismo se
puede volver a poner en discusión. De repente el sujeto
se siente más frágil porque ya no es capaz de
asegurar, como en el pasado, la propia continuidad. Por ello
intenta ser él mismo y se hace muy sensible a
todo aquello que no es auténtico en él. El
desarrollo psicológico de la post-adolescencia se efectúa esencialmente en la
articulación de la vida psíquica con el ambiente circundante, que
puede suscitar y reactivar angustias e inhibiciones ligadas, por ejemplo,
a un sentido de impotencia que se traduce en el
temor de no poder acceder a la realidad y por
ello en la autoagresión o en la agresión de las
figuras parentales extendidas al mundo de los adultos. Esto incluso
puede favorecer una actitud anti-institucional o anti-social, pero también puede
hacer surgir el problema de la capacidad de valorarse (ligada
a la estima o al desprecio de sí mismo) y
la necesidad de ser reconocido por los padres, sobre todo
por el padre. El sujeto puede estar aún más centrado
en sí mismo evitando la realidad externa, que a veces
está poco o mal interiorizada: la prueba de la realidad
da miedo. Pero cuando choca con los límites de lo
real, arriesga de perder el propio equilibrio y de ceder
a pensamientos depresivos, sin poderse identificar con objetos que despierten
su interés o su amor. Uno de estos límites es
el del tiempo.
La catequesis puede ayudar a los jóvenes a
aprender y a amar la vida, a imagen de Cristo,
que se ha encarnado en el mundo revelándonos que somos
llamados por Dios a la vida y al amor.
La relación
con el tiempo
El post-adolescente a menudo está empeñado en una
tarea psíquica que le permitirá acceder a la madurez temporal,
la que no obstante entre los 24 y 30 años
presentará también una dificultad. A veces, en vez de conjugar
su existencia asociando el pasado, presente y futuro, algunos jóvenes
la viven en un hoy ilimitado, yendo de un instante
al otro, de un acontecimiento al otro, de situaciones y
decisiones tomadas en el último minuto hasta el momento en
que se interrogan sobre la coherencia entre todas las cosas
que viven, a menos que no inventen otras divisiones que
no les ayudarán a hacer la síntesis en ellos mismos.
La
inmadurez temporal no siempre permite proyectarse en el futuro, futuro
que puede angustiar a los post-adolescentes no a causa de
una incerteza social y económica, sino porque, psicológicamente hablando, no
saben anticipar ni valorar los proyectos ni las consecuencias de
la circunstancias y de sus acciones, porque viven únicamente en
el presente. Cuando aún no han llegado a la madurez
temporal, a algunos post-adolescentes les cuesta desarrollar una conciencia histórica.
No saben inserir su existencia en el tiempo - o
temen de hacerlo - y por ello son incapaces de
tener el sentido del compromiso en muchísimos campos. Viven con
mayor facilidad en la contingencia y en la intensidad de
una situación particular que en la constancia y continuidad de
una vida que se elabora en el tiempo. Lo cotidiano
aparece como la espera de un momento excepcional, en vez
de ser el espacio en el que se teje el
compromiso existencial.
El aprendizaje del sentido del compromiso inicia con el
desarrollo de una solidaridad y de proyectos en el ámbito
de la comunidad cristiana al servicio de los demás. Tal
aprendizaje del compromiso, entendido como entrada en la historia, puede
ser estimulado por el descubrimiento y la reflexión en torno
a la historia de la salvación en Jesucristo.
Ocupar el propio
espacio interior
A muchos jóvenes les cuesta llenar su vida psicológica
y espacio interior. Incluso se pueden sentir incómodos al probar
dentro de sí diversas sensaciones que no saben identificar o,
por el contrario, al buscarlas fuera de las relaciones y
de las actividades humanas.
Nos encontramos cada vez más ante personalidades
impulsivas, muy ocupadas en hacer cosas, pero que difícilmente saben,
en el mejor de los casos, cómo se debe tomar
la acción y relacionarla con la reflexión. Puesto que no
disponen de recursos internos y culturales, ni saben hacer funcionar
la mente, se lamentan a menudo de la falta de
concentración y de la dificultad de un trabajo intelectual continuo
a largo plazo, demostrando así la pobreza de su interioridad
y de los cambios inter-psíquicos; la reflexión los preocupa. Tienen
la necesidad de educar la propia voluntad que amenaza con
ser inconstante y frágil.
Ponerlos frente a interrogativos o ante algunos
problemas que deben afrontar les desespera, como es el uso
de la droga con la que quieren animarse, controlarse u
obtener los mejor de sí mismos. Prefieren refugiarse en la
acción y utilizan en modo repetitivo el pasar al acto,
no para obtener un placer, sino para descargar la tensión
interior, para partir de cero, para no experimentar más tensiones
dentro de sí. De este modo no sólo descartan lo
que sucede dentro de ellos, sino también su propia actividad
interna.
En los post-adolescentes a menudo se nota la falta de
objetos de identificación fiables y válidos, que les ayude a
desarrollar un material psíquico con el que construir su interioridad.
Aquí nos encontramos con el problema de la transmisión en
el mundo contemporáneo: transmisión cultural, moral y religiosa. La carencia
de interioridad favorece psicologías ansiógenas, más prontas a responder a
los estados primarios de la pulsión que a empeñarse en
la formación interior[7]. Pero la inmensa mayoría se busca un
pretexto en la propia existencia para alimentarse intelectualmente; lo hace
más a partir de lo que percibe subjetivamente que inspirándose
en las grandes tradiciones religiosas o morales, de las que
permanece relativamente distante.
Tienen un modo de pensar narcisista, en
el que cada uno debe bastar se a sí mismo
y debe reconducir todo a uno mismo, según la moda
actual del "todo psicológico", la cual quiere hacer creer que
es posible hacerse a uno mismo, inspirándose más en las
propias emociones y sensaciones que en los principios de
la razón, en una palabra inteligible como la de la
fe cristiana y de los valores de la vida. La
mínima dificultad existencial es etiquetada con términos psicopatológicos que debería
ser tratada con la psicoterapia: es un error de la
perspectiva que se infiltra en el acompañamiento psico-espiritual o en
los ritos de curación. De hecho es aberrante querer afrontar
los dos discursos, el psicológico y el religioso, desde el
ángulo de la psicoterapia. También el tema de la "resiliencia"[8]
es la nueva ilusión de las personalidades narcisistas. Por otro
lado se trata de una noción confusa que busca tener
en cuenta el hecho de que algunos individuos se las
arreglan mejor que otros, mientras que el cristianismo, desde hace
mucho tiempo, ha demostrado que la persona no se reduce
a su propio determinismo. En un mundo privo de recursos
morales y religiosos, la "resiliencia" será pronto superada, porque, para
propagarse necesita un dinamismo interior que no se puede constituir
y nutrir si no es mediante el aporte del mundo
externo. El sujeto no puede organizar su propia vida interior
en un cara a cara consigo mismo, sino sólo en
la interacción con una dimensión objetiva.
Así la catequesis y la
educación religiosa corren el riesgo de adoptar el subjetivismo imperante,
sobre todo ahora que se afirma que no hay una
"revelación objetiva" de la palabra de Dios, sino que ésta
puede manifestarse sólo en la fe vivida subjetivamente. En este
contexto, Jesús no es otro que uno de tantos "profetas"
o "sabios", completamente apartado de su papel de mediador entre
el Padre y los hombres, en cuanto Hijo de Dios.
Influidos por una visión imanente y subjetiva de Dios, tan
vecina a la de una divinidad pagana, los jóvenes se
comprometen en las catequesis escolares y universitarias, en el diálogo
interreligioso (confundido con una especie de ecumenismo) sin estar estructuradas
en la fe cristiana; mezclan las ideas de las diferentes
confesiones, como si se tratase de la misma representación de
Dios. Al no haber interiorizado la inteligencia de la fe
en el Dios trino, construyen un discurso religioso sobre el
modelo de los mecanismos de la relación de fusión,
entregándose a la tolerancia, a la confusión de los espacios,
al igualitarismo para no diferenciarse, y también a un modo
de expresarse de manera sensorial. Pero las diferentes ideas sobre
la representación de Dios, según las diversas confesiones religiosas, no
dan el mismo sentido del hombre, de la vida social
y de la fe.
La mayor parte de la sociedad
occidental no ha querido efectuar la transmisión hasta poner en
duda los fundamentos sobre los cuales ésta se ha desarrollado.
La dimensión cristiana a menudo ha sido excluida, mientras -
por el contrario - contribuye en la edificación del vínculo
social y en la constitución de la vida interior de
los individuos. La crisis de la interioridad contemporánea comienza precisamente
con carencia de iniciación para después perderse en el individualismo
y subjetivismo psicológico. La psicologización ideológica de la sociedad es
desestructurante porque los individuos no hacen otra cosa que contarse
cosas y analizarse hasta el desvanecimiento. La reflexión subjetiva, que
en ciertos casos puede ser necesaria, nunca es exclusiva: hace
falta poder construir la propia existencia teniendo en cuenta también
otra dimensión que no sea la de uno mismo, dimensión
que a su vez revela y dinamiza al individuo, dimensión
que es social, cultural, moral y religiosa. Hace falta poder
concebir la propia vida en un contexto de todas estas
realidades, sin encerrarse en las propuestas psicológicas tan de moda
hoy en día.
La catequesis, la educación para el sentido de
la oración y de la vida litúrgica y sacramental puede
hacer mucho para ayudar a los jóvenes a apropiarse de
su interioridad, de su espacio psíquico y físico. Los ritos,
las insignias y los símbolos cristianos pueden participar en esta
construcción interior y precisamente por esto son tan apreciados por
los jóvenes, para sorpresa de los adultos. La vida interior
se constituye así en relación con una realidad y una
presencia externa. La Palabra de Dios, transmitida por la Iglesia,
desempeña este papel poniendo a los jóvenes en relación con
Dios, que se puede encontrar a través de las mediaciones
humanas inauguradas por Cristo, que de este modo se han
convertido en signo de su presencia. En la oración confiada,
guiada y sostenida por la Iglesia, se establece una relación
privilegiada entre Dios y aquellos que Él llama para que
lo conozcan. La experiencia orante es el crisol de la
interioridad humana como en tantas ocasiones lo ha demostrado la
JMJ. Es por lo tanto en esta línea en la
que se debe continuar con el esfuerzo educativo.
Roma, 10-13 de
abril 2003
P. Tony Anatrella Psicoanalista, Especialista en Psiquiatría Social
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Notas:
[6] Algunos estudios muestran que, del total
de la población adolescente, el 10% des los jóvenes entre
15 y 19 años presenta dificultades psicológicas (Cfr. Comité general
de la Salud Pública francesa, La souffrance psychique des
adolescents et des jeunes adultes, ediciones ENSP, febrero 2000). El
incremento de las emisiones radio-televisivas sobre los problemas de algunos
adolescentes deja entender que la mayor parte de ellos se
encontraría en una situación complicada que no refleja la realidad.
Se tiende así a generalizar pocos casos específicos, mientras que
se incluyen sobre todo las cuestiones pedagógico-educativas de la post-adolescencia.
[7] La fragilidad de los procesos de interiorización da origen
a psicologías más superficiales, más fragmentadas, que tienen dificultad
en recurrir a la racionalidad. En cuanto al lenguaje utilizado,
su pobreza no favorece el dominio de lo real. Las
fórmulas, repetidas como eslóganes, indican el pánico y el sufrimiento
frente a la idea de reflexionar. Así la expresión: "Me
martillea la cabeza" hace entender el hecho de que pensar
podría provocar hemicránea. A los jóvenes les falta una verdadera
formación intelectual que, entre otras cosas, se adquiere poniéndose en
contacto con la literatura. No tienen una vida intelectual porque
no entienden los textos y autores, ni saben reflexionar sobre
ellos. En los programas actuales del Ministerio de Educación y
Ciencia francés, los profesores tienen que tener principalmente en cuenta
la subjetividad de los alumnos y enseñarles a ellos el
conocimiento a partir de cuanto perciben; esto hace subir el
número de cuantos se lamentan de tener dificultad en concentrarse
intelectualmente como también en controlarse. El conocimiento del sentido de
la ley comienza siempre por medio de la adquisición del
lenguaje y de las reglas de la gramática, cosa que
hoy día ya no sucede, pues los lingüistas han tomado
el puesto de los gramáticos en la elaboración de los
programas ministeriales. El método global o los métodos llamados mixtos,
que hoy están de moda en las escuelas, producen analfabetismo,
dislexia y una visión fragmentada de la realidad.
[8] La
resiliencia correspondería a la capacidad de algunos individuos a salir
reforzados o incluso completamente renovados ante las adversidades de la
vida; algunas corrientes ideológicas podrían haber ideado un camino para
alcanzar tal resiliencia (NdR).
Imagen: www.aciprensa.com
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