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Autor: P. Tony Anatrella | Fuente: vatican.va La vida afectiva de los jóvenes
Las personalidades actuales reivindican la autonomía, mas no saben separarse de los objetos infantiles
La vida afectiva de los jóvenes
Estado general de la afectividad
Las psicologías contemporáneas están influidas
por representaciones sociales centradas en una vida afectiva y sexual
fragmentada. La expresión afectiva debe ser inmediata, como una llamada
telefónica o una conexión por Internet, sin respetar los términos
y el sentido de la construcción de una relación. También
las imágenes de los medios de comunicación y de las
películas se caracterizan actualmente por una expresión sexual fácil, de
fusión y del momento.
Algunos jóvenes también están condicionados por la
separación y el divorcio de sus padres, que en lo
profundo de su vida psíquica han imprimido la desilusión y
la falta de confianza en el otro y a veces
en el futuro. Las personalidades actuales reivindican la autonomía, mas
no saben separarse de los objetos infantiles. El problema es
trasladado a las personas, de las cuales se separan cuando
apenas surge un problema. Paradójicamente, los jóvenes manifiestan también el
miedo de ser rechazados, unido a la necesidad de ser
tranquilizado por la imagen que les es remitida por los
demás. Esta actitud es el resultado del tipo de vida
familiar fragmentada que se está difundiendo en el occidente.
Finalmente, son bastante influidos por el exhibicionismo sexual que se
ensaña por medio de la pornografía y la banalización de
una sexualidad impulsiva y anti-relacional. Estudios recientes han mostrado que
el 75% de las películas que se ven en la
televisión por cable son pornográficas, con escenas cada vez más
violentas y agresivas, porcentaje que aumenta hasta un 92% entre
los clientes de los hoteles. La proliferación de imágenes sexuales
demuestra que vivimos en una sociedad erótica, que permanentemente excita
a los individuos desde el punto de vista sexual, condicionando
fuertemente la elaboración de la sexualidad juvenil. Muchos jóvenes, de
hecho, visitan las páginas web pornográficas, y algunos de ellos,
así alimentados, se encierran en una sexualidad imaginaria y violenta,
en la que domina una masturbación vivida como fracaso de
llegar al otro y que por lo tanto puede complicar
la elaboración del impulso sexual. La masturbación, si dura en
el tiempo, es siempre síntoma de un problema afectivo y
de una falta de madurez sexual: la posterior vida de
pareja, en su expresión sexual, puede resentirse de esta dependencia
de una sexualidad narcisista.
La mayor parte de los jóvenes aún
es sensible a un discurso que revele el sentido del
amor humano, de pareja y de la familia, hecho que
manifiesta la necesidad de aprender a amar y de ser
creadores de relaciones y de vida.
De la coeducación a la
relación unisexuada
Los jóvenes están acostumbrados a una forma de coeducación
de ambos sexos que no contribuye, como se había esperado,
al desarrollo de una relación igualitaria y de mejor cualidad
entre el hombre y la mujer, por el contrario, ha
favorecido la confusión de la identidad sexual y de la
vacilación en las relaciones. Recojamos aquí los frutos ideológicos del
feminismo que confunde la igualdad de sexos, que no existe,
con la de las personas. El feminismo norteamericano y conductual
ha empujado al odio hacia el hombre y al rechazo
de la procreación, animando al puritanismo y a nuevas inhibiciones,
interpretando el mínimo gesto, palabra o mirada como un intento
de agresión, de acoso sexual o incluso de estupro. Además
de estas aberraciones, que se incluyen cada vez más en
las leyes europeas, se ha presentado la procreación como una
limitación para la mujer y como una dimensión que no
debe entrar en la definición de la femineidad. La coeducación
ha sido condicionada por este feminismo, que no ha preparado
a los jóvenes para que aprendieran a vivir una relación
de pareja formada por un hombre y una mujer, y
por ello es una coeducación que oscila entre la unisexualidad
(confusión sexual) y el alejamiento de los individuos (celibato y
aislamiento).
La mayor parte de los post-adolescentes ha pasado
la infancia en el universo de la coeducación. Era fácil
de prever[9] que la coeducación, que nunca se había pensado
en términos de psicología diferencial y de pedagogía, diera origen
a nuevas inhibiciones entre chicos y chicas y a la
alteración de los vínculos sociales. Hoy apenas se comienza a
prestar atención a los interrogativos que suscita y a salir
del moralismo que la ha provocado. Hay edades en las
que la coeducación es más indicada que otro tipo de
educación. La experiencia demuestra una vez más que durante la
adolescencia ésta es un freno y que impide el desarrollo
de la inteligencia, de la afectividad y de la sexualidad.
A menudo termina por ser vivida por medio de la
seducción y agresión sexual o, por el contrario, algunos jóvenes
se apartan de ahí para volverse a encontrar con
los del propio sexo; este pasatiempo corresponde con la necesidad
de asegurar y sostener la propia identidad, mientras que la
coeducación desemboca en la confusión de los sexos. La coeducación
ha favorecido la indecisión en la relación entre el hombre
y la mujer durante la post-adolescencia, incluso el celibato y
una forma de homosexualidad reactiva para diferenciarse, paradójicamente, del otro
sexo y confirmarse en la propia identidad sexual. Los niños
y los adolescentes necesitan elaborar su tendencia de fusión, mientras
que la coeducación termina por encerrarlos en ésta, impidiéndoles adquirir
el sentido de la diferencia sexual y de la relación
entre un sujeto y otro.
Así algunos han podido vivir durante
la adolescencia uniones sentimentales y relaciones de pareja provisionales, o
incluso experiencias sexuales. Su despertar afectivo-sexual comienza por lo tanto
por medio de elecciones sentimentales, pero que por lo general
no perdurarán o que se mantendrán como relaciones fraternales sin
expresión sexual. Después, en el momento de la post-adolescencia, cuando
podrían comprometerse en una relación afectivo-sexual, sucede todo lo contrario.
De hecho a menudo experimentan la necesidad de encontrarse entre
"solteros" y con compañeros sociales del mismo sexo para compartir
juntos diversas actividades y momentos de diversión. Después de haber
hecho la experiencia de uniones sentimentales sin llegar a un
compromiso y finalizados a manera de Edipo, en la post-adolescencia
quieren vivir su vida afectiva a nivel social y de
mantener las distancias en relación al sexo opuesto, cosa que
no han podido hacer durante la adolescencia.
Algunos jóvenes adultos, pero
también los menos jóvenes, están descubriendo la necesaria separación de
los sexos. Por ejemplo, hay mujeres que tienen la necesidad
de estar entre ellas para discutir sus cosas, salir o
compartir actividades sólo "entre mujeres", sin sus compañeros. Los hombres
a su vez hacen exactamente lo mismo, frecuentando lugares y
manteniendo actividades sólo para ellos. Volvemos a encontrar este fenómeno
en la nueva situación de co-inquilinos en la que los
jóvenes entre 25 y 35 años, con una actividad profesional,
alquilan juntos un apartamento que comparten con jóvenes del mismo
sexo, pero raramente con jóvenes de ambos sexos.
Es importante que
los hombres y las mujeres se puedan estructurar en su
propia y respectiva identidad, y la educación debe preocuparse de
esto desde la infancia.
El miedo a comprometerse
Es típico que la
pareja formada por jóvenes sea incierta y temporal, cuando está
fundada únicamente en la necesidad de ser protegidos y estar
cobijados, y también en la inestabilidad de los sentimientos, sin
que éstos estén integrados en un proyecto de vida y
en el sentido del amor.
La mentalidad reinante, a
su vez, tampoco simplifica la tarea de los jóvenes, porque
presenta la separación y el divorcio como norma para tratar
los problemas afectivos y relacionales en el ámbito de la
pareja. En Francia, la ley del 1974 sobre el divorcio
consensual no ha hecho más que extender y normalizar el
divorcio, que sigue siendo un flagelo social. Una sociedad que
pierde el sentido del compromiso y la elaboración de los
conflictos y de las fases del desarrollo es una sociedad
priva del sentido del futuro y de la continuidad. El
divorcio se ha convertido en una de las causas de
la inseguridad afectiva de los individuos que repercute en los
vínculos sociales y en la visión del sentido del compromiso
en todos los campos de la vida, visión esta que
se transmite a los jóvenes. Queriendo facilitar cada vez más
el divorcio, el poder público pierde el tiempo con el
síntoma, sin ver las causas sobre las que habría que
actuar, y mucho menos las consecuencias de las leyes que
están minando la cohesión social.
El temor a comprometerse afectivamente domina
la psicología juvenil, que es vacilante, incierta y escéptica en
el sentido de una relación duradera. Los jóvenes piensan que
permanecen libres al no comprometerse, y mientras actúan así terminan
por rechazar la libertad, porque al comprometerse se descubren libres
y se hace uso de la propia libertad. El celibato
prolongado los habitúa a vivir y a organizarse por su
cuenta. A algunos les cuesta aceptar la presencia continua de
otro en su vida cotidiana; esto les angustia, dándoles la
sensación de perder la propia libertad. Por lo tanto alternan
momentos en los que viven con otros y momentos en
los que viven solos. A los 35 años piensan todavía
que son inmaduros y que no están preparados para comprometerse,
y que aún necesitan tiempo. Pero cuánto más pasa el
tiempo, menos se desarrolla su mentalidad para hacerlos capaces de
relacionarse con el otro que, por otro lado, quieren amar.
Los
sondeos aún demuestran que la mayoría de los jóvenes quiere
casarse y fundar una familia, aunque los jóvenes no siempre
sepan cómo se constituye una relación en el tiempo. Quisieran
estabilizar la relación ya desde el inicio y resolver todos
los problemas respecto al presente y al futuro. Sin duda
los jóvenes tienen la necesidad de aprender a hacer la
experiencia de la fidelidad en la vida cotidiana: es un
valor que recoge el consenso unánime de los jóvenes, pero
que no es valorizado por los medios contemporáneos. En el
mensaje de la sociedad predominan el miedo al matrimonio y
a tener hijos, hecho que no ayuda a tener fe
en sí mismo y aún menos en la vida,
que según ellos debería limitarse y agotarse con su
historia personal.
De hecho, tanto la sociedad como sus leyes (ver
en Francia el "pacs", pacto civil de solidaridad, que da
un estatuto jurídico a una relación antinómica y a menudo
provisional) no favorecen el sentido de la duración y del
compromiso, mientras cultivan la precariedad afectiva y la fragilidad del
vínculo social en vez de privilegiar el matrimonio. Sin embargo
muchos jóvenes sienten la necesidad de saber perseverar frente a
una concepción de tiempo breve y dividido.
Vivimos en una sociedad
que siembra la duda respecto a la idea de comprometerse
en el nombre del amor. Los jóvenes desean hacerlo y
por ello se les debe acompañar para que puedan descubrir
que es posible la fidelidad como también los caminos que
conducen a ella.
La bisexualidad psíquica
El post-adolescente también debe afrontar la
bisexualidad psíquica, resultado de sus identificaciones con ambos sexos y
no debido al hecho de ser a la vez hombre
y mujer, para así poder interiorizar la propia identidad sexual
y encaminarse hacia la heterosexualidad. La bisexualidad psíquica es la
capacidad de relacionarse con el otro sexo, en coherencia con
la propia identidad sexual tanto en la vida afectiva como
en la social. Ya lo hemos dicho, durante la post-adolescencia
la vida psíquica comienza a interactuar con la realidad externa.
Pero la sociedad actual mantiene una cierta confusión acerca de
las dos únicas identidades sexuales existentes, aquélla del hombre y
la de la mujer, mediante tendencias sexuales multíplices y prácticas
sexuales relativas a la separación de las pulsiones. No hay
que confundir la identidad con las orientaciones sexuales, y menos
aún cuando éstas están en contradicción con la identidad sexual.
En tal contexto no es fácil encontrar la propia identidad
y la coherencia a nivel sexual, sobre todo cuando la
homosexualidad es valorizada y presentada como una alternativa a la
heterosexualidad. La elaboración de la bisexualidad psíquica corre el riesgo
de comprometerse y, como las relaciones entre hombres y mujeres
se complican hasta el punto de animar al celibato del
´cada uno en su casa´, el modelo social de la
homosexualidad es banalizado.
Muchos adolescentes y post-adolescentes son inquietos e inestables
cuando se encuentran con que tienen que afrontar la bisexualidad
psíquica. Algunos a veces interpretan como homosexualidad constitutiva y permanente
su ambivalencia pasajera, frecuente en la adolescencia. Piensan que son
homosexuales sin desearlo ni quererlo, pero a veces viven de
pasada como tales para experimentar la homosexualidad, hecho que los
irá minando psicológicamente. Cierto que todos los individuos han sido
llevados a vivir identificaciones homosexuales para confrontar la propia identidad
sexual, comenzando por el padre o la madre del mismo
sexo, pero cuando estas identificaciones sufren un fracaso, corren el
riesgo de ser erotizadas y desembocan en la homosexualidad. Hay
que recordar que la elección del objeto homosexual, inherente a
la vida psíquica, no se confunde con la homosexualidad en
la cual un sujeto puede eventualmente orientarse.
La homosexualidad no es
una "variante" de la sexualidad humana comparable con la heterosexualidad,
pero es la expresión de una tensión conflictiva no resuelta
en el ámbito de una tendencia que se aparta de
la identidad sexual.
La educación al sentido del otro y al
sentido de la diferencia entre el hombre y la mujer
es el punto cardinal del descubrimiento del verdadero sentido de
la alteridad.
Roma, 10-13 de abril 2003
P. Tony Anatrella Psicoanalista, Especialista en
Psiquiatría Social
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Notas: [10] Ver Juan
Pablo II, Veritatis Splendor (1993) y Evangelium Vitae (1995).
Imagen:
www.aciprensa.com
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