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Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: www.interrogantes.net Conocerse a uno mismo
Si quieres conocerte,
observa la conducta de los demás;
si quieres conocer a los demás,
mira en tu propio corazón.
Friedrich Schiller
Conocerse a uno mismo
Conócete a ti mismo
Hace ya más de veinticinco siglos, Tales
de Mileto afirmaba que la cosa más difícil del mundo
es conocerse a uno mismo. Y en el templo de
Delfos podía leerse aquella famosa inscripción socrática –gnosei seauton: conócete
a ti mismo–, que recuerda una idea parecida.
Conocerse bien
a uno mismo representa un primer e importante paso para
lograr ser artífice de la propia vida, y quizá por
eso se ha planteado como un gran reto para el
hombre a lo largo de los siglos.
La observación de
uno mismo permite separarse un poco de nuestra subjetividad, para
así vernos con un poco de distancia, como hace el
pintor de vez en cuando para observar cómo va quedando
su obra.
Observarse a sí mismo es como asomar la
cabeza un poco por encima de lo que nos está
ocurriendo, y así tener una mejor conciencia de cómo somos
y qué nos pasa. Por ejemplo, es diferente estar fuertemente
enfadado, sin más, a estarlo pero dándose uno cuenta de
que lo está, es decir, teniendo una conciencia autorreflexiva que
nos dice: «Ojo con lo que haces, que estás muy
enfadado».
Advertir cómo estamos emocionalmente es el primer paso hacia el
gobierno de nuestros propios sentimientos.
Comprender bien lo que nos pasa
tiene un poderoso efecto sobre los sentimientos perturbadores que puedan
invadirnos, y nos brinda la oportunidad de poner esfuerzo por
sobreponernos y así no quedar abandonados a su merced.
—Pero hay
muchas personas que son conscientes de pasar por un estado
emocional negativo, y sin embargo no logran salir de él.
Las hay, sin duda. Son personas que suelen sentirse desbordadas
por sus propios sentimientos, y se dan cuenta de que
están pesimistas, malhumoradas, susceptibles o abatidas, pero se consideran incapaces
de salir de ese estado. Son conscientes de su situación,
pero de un modo vago, y precisamente su falta de
perspectiva sobre esos sentimientos es lo que les hace sentirse
abrumadas y perdidas. Piensan que no pueden gobernar su vida
emocional y por eso no hacen casi nada eficaz por
salir del agujero en que se encuentran.
Hay otras personas
que son algo más conscientes de lo que les sucede,
pero su problema es que tienden a aceptar pasivamente esos
sentimientos. Son proclives a estados de ánimo negativos, y se
limitan a aceptarlos resignadamente, con una actitud rendida, de dejarse
llevar por ellos, y no se esfuerzan por cambiarlos a
pesar de lo molesto que les resulta sobrellevarlos.
—¿Y piensas
entonces que en realidad no son tan conscientes de lo
que les sucede?
Exacto. Las personas que perciben con verdadera claridad
sus sentimientos suelen alcanzar una vida emocional más desarrollada. Son
personas más autónomas, más seguras, más positivas; y cuando caen
en un estado de ánimo negativo no le dan vueltas
obsesivamente, ni lo aceptan de modo pasivo, sino que saben
cómo afrontarlo y gracias a eso no tardan en salir
de él. Su ecuanimidad en el conocimiento propio les ayuda
mucho a abordar con acierto los problemas y gobernar con
eficacia su vida afectiva.
Observar el comportamiento propio y ajeno
El
conocimiento propio constituye un punto clave para la formación y
educación del carácter y de los sentimientos de cualquier persona.
Además, ese saber lo que realmente nos pasa y por
qué nos pasa está muy relacionado con nuestra capacidad de
comprender bien a los demás. En este sentido, es muy
útil desarrollar la capacidad de observación del comportamiento propio y
ajeno: la literatura o el cine, por ejemplo, pueden enseñar
mucho también a conocerse a uno mismo y a los
demás cuando los autores son buenos conocedores del espíritu humano
y saben reflejar bien lo que sucede en el interior
de las personas.
—Pero fomentar tanto interés por el conocimiento
propio, ¿no lleva al individualismo o la introversión?
Como es natural,
no estamos hablando de desarrollar un afán de malsana introspección
psicológica, sino de procurar conocerse para no vivir con uno
mismo como con un desconocido.
Conocerse bien no lleva a encerrarse
en la propia subjetividad, sino a verse a uno mismo con toda
la objetividad posible.
Y eso ayuda, entre otras cosas, a
combatir la inestabilidad de ánimo que se produce cuando una
persona se deja arrastrar por su imaginación: unas veces divagando
en ensoñaciones y fantasías, otras tendiendo a sobrevalorar las propias
posibilidades, y otras quedándose a merced del pesimismo o la
indecisión, subestimando sus capacidades cuando las circunstancias son adversas.
La
conciencia emocional es muy intensa en unas personas, mientras que
en otras es mucho más moderada. Hay personas, por ejemplo,
que ante una situación de peligro reaccionan con asombrosa serenidad.
Otras, en cambio, pueden quedarse muy afectadas durante varios días
simplemente porque se les ha extraviado un bolígrafo o porque
su equipo favorito ha perdido un partido en la liga
de fútbol.
—Lo dices como si experimentar sentimientos intensos fuera
algo negativo.
No tiene por qué serlo. El exceso de sensibilidad
emocional puede llevarnos a auténticas tormentas afectivas (positivas o negativas,
de exaltación o de abatimiento), y eso tiene muchos riesgos.
Pero tampoco puede ponerse como ideal la frialdad y el
desapego.
Para facilitar el propio conocimiento, resulta útil analizar los múltiples
elementos que interaccionan en nuestra vida, pues es lógico que,
a lo largo de los años, algunas de esas facetas
puedan pasar por momentos de conflicto más o menos importantes.
Son situaciones dolorosas que pueden tener su origen en cuestiones
profesionales (dificultades para obtener o mantener determinado nivel profesional, problemas
de entendimiento con los jefes o compañeros, fracasos debidos a
los propios fallos o a la superioridad de los competidores,
situaciones de paro o de insatisfacción laboral, etc.); o dificultades
de salud, que limitan de modo transitorio o permanente la
propia capacidad, y que pueden ir acompañados de un serio
sufrimiento físico o psíquico; problemas afectivos que plantea la convivencia
ordinaria (diferencias de criterio entre los cónyuges, o entre padres
e hijos, etc.); o toda la problemática específica que puede
plantear la vida escolar, abrirse camino en la vida profesional,
el declive de la salud o la llegada de la
ancianidad; etc.
Y de la misma forma que, por ejemplo,
una falta concreta de salud, por muy localizada que esté
en un punto determinado del cuerpo, acaba produciendo de ordinario
una sensación generalizada de malestar en toda la persona, también
un problema grave en cualquiera de las otras facetas de
la vida –por ejemplo, en la vida profesional, o en
la familia– puede producir un efecto que trascienda esa faceta
y provoque otros problemas en cadena: trastornos de carácter, retraimiento
o agresividad en la relación con los demás, o incluso
–cuando los problemas son importantes– propensión a determinadas enfermedades.
Esto
hace que, si falta la necesaria madurez y conocimiento propio,
algunos problemas de una faceta de la vida se acaben
achacando a otra que en realidad no tiene la culpa,
o al menos tiene muy poca. Así, una persona puede
culpar a su cónyuge o a sus hijos o a
sus padres de la frustración que siente, cuando en realidad
ese sentimiento se debe sobre todo a una causa de
tipo profesional, o a una simple inmadurez afectiva; o puede
considerar que su situación profesional es el motivo por el
que se siente insatisfecho, cuando en el fondo se debe
a que no acepta la natural pérdida de capacidad o
de salud que sobreviene con motivo de la edad o
de los ciclos naturales de ánimo que la vida imprime;
o puede achacar a determinados defectos de las personas con
que convive lo que en realidad se debe a un
enrarecimiento del propio carácter; etc.
Las personas tendemos –al menos
la mayoría– a proyectar fuera de nosotros la solución de
los problemas que experimentamos. Solemos echar a otros la culpa
de casi todo lo malo que nos sucede. Parte importante
del conocimiento propio es advertir la presencia de ese sutil
engaño. Es cierto que las circunstancias ajenas siempre pueden ayudarnos
a resolver y superar nuestros problemas, pero no debemos dimitir
–ni total ni parcialmente– del amplísimo margen de responsabilidad que
tenemos sobre la mayoría de las cosas que nos suceden
en la vida.
Tampoco debe olvidarse que la pereza –con
todo el lastre interior que puede llegar a tener en
nuestra vida–, trata de llevarnos hacia la ley del mínimo
esfuerzo. Por eso, cuando sentimos desgana para afrontar una tarea
que nos resulta costosa, es preciso identificar claramente su origen
y reconocerlo como lo que es: cansancio razonable que exige
descanso, o pereza que hemos de superar; pero no interpretar
equivocadamente la desgana como carencia de aptitudes, ni las dificultades
ordinarias como acumulación de infortunios o de malévolas confabulaciones contra
nosotros, pues sería una triste forma de autoengaño.
—Pero a
veces se presentan problemas que no tienen fácil solución.
Es preciso
entonces buscar posibles modos razonables de resolver esos problemas, al
menos hasta donde nos sea posible. Habrá ocasiones, efectivamente, en
que sólo podremos disminuir sus consecuencias negativas y aprender a
sobrellevarlos: por ejemplo, en el caso de enfermedades crónicas, fuertes
reveses económicos o profesionales cuya solución queda fuera de nuestro
alcance, problemas serios de relación con personas que tenemos necesidad
de tratar, etc.
—¿Y cómo distinguir lo que debe sobrellevarse
de lo que debemos intentar cambiar?
Un profundo y certero conocimiento
de uno mismo, contrastado por la observación atenta del propio
comportamiento externo y de las reacciones interiores, enriquecido por el
consejo de quienes nos conocen y aprecian, nos permitirá identificar
el verdadero origen de las perturbaciones que inevitablemente experimentaremos siempre
a lo largo de nuestra vida.
Así avanzaremos a buen
paso hacia la madurez emocional, tan lejana de esas altivas
afirmaciones de algunos («yo sigo pensando exactamente lo mismo que
he pensado siempre», como si la mejor prueba de lucidez
fuera no cambiar jamás en nada de forma de pensar),
e igualmente lejos de esa variabilidad de quienes cambian constantemente
de ideales y olvidan sus convicciones como si fueran una
ligera gripe que ya pasaron, o como si el transcurso
de los años no les reportara ninguna enseñanza estable.
Discernir
los propios sentimientos
El propio conocimiento es un proceso abierto, que
no termina nunca, pues la vida es como una sinfonía
siempre incompleta, que se está haciendo continuamente, que siempre es
superable y exige por tanto una atención constante.
El conocimiento
propio es puerta de la verdad.
Cuando falta, no se puede ser
sincero con uno mismo, por mucho que se quiera. Querer
ver qué es lo que nos sucede –y quererlo de
verdad, con sinceridad plena– es el punto decisivo. Si eso
falla, podemos vivir como envueltos por una niebla con la
que quizá nuestra propia imaginación enmascara las realidades que nos
molestan.
Porque encontrar escapatorias cuando no se quiere mirar dentro
de uno mismo es la cosa más fácil del mundo.
Siempre existen causas exteriores a las que culpar, y por
eso hace falta cierta valentía para aceptar que la culpa,
o la responsabilidad, es quizá nuestra, o al menos una
buena parte de ella. Esa valentía personal es imprescindible para
avanzar con acierto en el camino de la verdad, aunque
a veces se trate de un recorrido que puede hacerse
muy cuesta arriba.
No percibir con ecuanimidad los propios sentimientos supone fácilmente quedar
a su merced.
Hay sentimientos que fluyen de forma casi inconsciente,
pero que no por eso dejan de ser importantes. Por
ejemplo, una persona que ha tenido un encuentro desagradable puede
luego permanecer irritable durante horas, sintiéndose molesto por el menor
motivo y respondiendo de mala manera a la menor insinuación.
Esa persona puede ser muy poco consciente de su susceptibilidad,
e incluso sorprenderse –y molestarse de nuevo– si alguien se
lo hace notar, aunque a los demás resulta bien patente
que se debe a esos sentimientos que bullen en su
interior como consecuencia de aquel encuentro desagradable anterior.
Una buena
parte de nuestra vida emocional tarda en aflorar a la
superficie.
Hay sentimientos que no siempre llegan a cruzar el umbral
de la conciencia. Por eso reconocerlos nos permite desplazar la
frontera y ampliar el campo de los sentimientos plenamente conscientes,
y eso siempre supone un poderoso medio para mejorar.
Una vez
que tomamos conciencia de cuáles son los verdaderos sentimientos que
pugnan por salir a la superficie de nuestra conciencia, podemos
evaluarlos con mayor acierto, decidir dejar a un lado unos
y alentar otros, y así actuar sobre nuestra visión de
las cosas y nuestro estado de ánimo. En esto se
manifiesta, entre otras cosas, que somos seres inteligentes.
Quien se
conoce bien, puede apoyarse en sus puntos fuertes para actuar sobre sus
puntos débiles, y así corregirlos y mejorarlos.
Es como una intensa luz
que ilumina sus vidas y les permite desenvolverse con acierto
a la hora de tomar decisiones, tanto las más sencillas
de la vida diaria como las verdaderamente importantes.
—¿Y en qué
sentido hablabas antes de no querer ver?
Hay muchas formas de
eludir la realidad, y casi siempre se producen de modo
semiinconsciente para su protagonista.
Algunas personas, por ejemplo, se hacen
a sí mismas razonamientos del estilo de «déjame disfrutar de
eso, que luego ya veré lo que hago» (donde eso
puede ser cualquier muestra de egoísmo, pereza o escape de
la realidad). No parecen advertir hasta qué punto ese error
va ganando terreno en sus vidas y oscureciendo el escaso
alivio que eso les produce.
Hay otros que se engañan
con razonamientos como los del niño mimado que prefiere quedarse
encerrado en su habitación, aburrido y solo, rumiando sus agravios
y las razones de su enfado, aun sabiendo que lo
mejor sería superar su orgullo y salir. Prefieren permanecer tristes
en su desgracia, con tal de no enfrentarse a su
propia obstinación.
Otros son como aquél que persigue ansiosamente el placer,
y va viendo cómo éste se hace cada día más
pequeño, y sabe que por ese camino no obtendrá un
grado de satisfacción alto, pero prefiere seguir tras ese pobre
halago insaciable, porque le asusta verse privado de él.
«Nuestro
corazón –ha escrito Susanna Tamaro– es como la tierra, que
tiene una parte en luz y otra en sombras. Descender
para conocerlo bien es muy difícil, muy doloroso, pues siempre
es arduo aceptar que una parte de nosotros está en
la sombra. Además, contra ese doloroso descubrimiento se oponen en
nuestro interior muchas defensas: el orgullo, la presunción de ser
amos inapelables de nuestra vida, la convicción de que basta
con la razón para arreglarlo todo. El orgullo es quizá
el obstáculo más grande: por eso es preciso valentía y
humildad para examinarse con hondura.»
Saber expresar lo que sentimos
«Las lágrimas
se me amontonaban en los ojos –pensaba Ida, la protagonista
de aquella novela de Mercedes Salisachs– y era difícil evitarlas.
»Me
reproché entonces mi falta de visión, aquel maldito silencio que
siempre dominaba nuestras sobremesas, aquella obsesión de guardar siempre para
nosotros nuestros pensamientos y preocupaciones.
»Si al menos mi hija
hubiera dejado entrever algo de lo que le ocurría... Si
hubiese recurrido a mí para que yo la ayudase... Pero
no. Callar, eso era lo que hacíamos todos. Cubrir con
piel sana los furúnculos más purulentos. Es horrible, ahora comprendo
que no conocía a mi hija.»
Algunas personas han sido educadas
de manera que suelen esconder habitualmente sus sentimientos. Sienten un
excesivo pudor para expresar lo que realmente piensan o les
preocupa, y se muestran reacias a manifestar emoción o afecto.
Quizá desean hablar pero les frena una barrera de timidez,
de envaramiento, de falso respeto, de orgullo. Es cierto que
determinados sentimientos sólo se exteriorizan dentro de un cierto grado
de intimidad, y requieren cierta reserva, pero silenciarlos siempre, o
cubrirlos de aparente indiferencia, entorpece el desarrollo afectivo y conduce,
entre otras cosas, a una importante merma de la capacidad
de reconocer y expresar los propios sentimientos.
Muchos desequilibrios emocionales
tienen su origen en que esas personas no saben manifestar
sus propios sentimientos, y eso les ha llevado a educarlos
de manera deficiente. Cuando hablan de sí mismas, difícilmente logran
decir algo distinto de si se sienten bien, mal o
muy mal. Les resulta difícil hablar de esas cuestiones, y
manejan un vocabulario emocional sumamente reducido. No es que no
sientan, es que no logran discernir bien lo que bulle
en su interior, ni saben cómo traducirlo en palabras. Ignoran
el motivo de fondo de sus problemas. Perciben sus sentimientos
como un desconcertante manojo de tensiones que les hace sentirse
bien o mal, pero no logran explicar qué tipo de
bien o de mal es el que sienten.
Esa confusión
emocional nos hace vislumbrar un poco la grandeza del poder
del lenguaje, y comprender que cuando logramos expresar en palabras
lo que sentimos, damos un gran paso hacia el gobierno
de nuestros sentimientos.
Reflexionar sobre los sentimientos
Siempre se ha dicho que
si no comprendes bien una cosa, lo mejor que puedes
hacer es intentar empezar a explicarla. Por ejemplo, un profesor
experimenta muchas veces la dificultad de hacer comprender a sus
alumnos los puntos más complejos de la asignatura. Sin embargo,
a medida que avanza el desarrollo de la clase, y
se abordan una y otra vez esos conceptos desde perspectivas
diferentes, las ideas se van precisando, surgen pequeñas o grandes
iluminaciones, tanto para los alumnos como para el propio profesor.
Por eso, una buena forma de avanzar en la educación
de los sentimientos es pensar, leer y hablar sobre los
sentimientos. Al hacerlo, nuestras ideas se van destilando, y serán
cada vez más precisas y certeras. Y sabremos cada vez
mejor qué sucede en nuestro interior, para después intentar explicarlo,
buscar sus causas, sus leyes, sus regularidades, e intentar finalmente
sacar alguna idea en limpio para mejorar en nuestra educación
afectiva.
Los temas pueden ser muy variados. Antes hemos hablado,
por ejemplo, de cómo las personas tendemos a echar a
otros la culpa de todo lo malo que nos sucede,
y de esa otra tendencia a proyectar en los demás
nuestros propios defectos.
En ambos casos, se trata de fenómenos
que, como suele suceder con todo lo relativo al conocimiento
de las personas, se advierten con más facilidad en otros
que en uno mismo. No es difícil, por ejemplo, ver
a una persona muy egoísta que se lamenta del egoísmo
de los demás y dice que nadie le ayuda; o
a uno que siempre se está quejando, pero siempre protesta
de que otros se quejen; o a un charlatán agotador
que acusa a otro de que habla demasiado; o a
un hombre irascible que denuncia el mal genio de los
demás.
Con sólo prevenirnos contra estos dos errores –en el fondo
muy parecidos–, podemos avanzar mucho en esa importante tarea que
es el propio conocimiento. Se trata de procurar ver las
cosas buenas de los demás, que siempre las hay, y
aprender de ellas. Y cuando veamos sus defectos (o algo
que nos parece a nosotros que lo son), pensar si
no hay esos mismos defectos también en nuestra vida.
Mejoraremos
procurando conocer cuáles son nuestros defectos dominantes.
Para concretar un poco, podemos considerar
algunos defectos relacionados con la educación de los sentimientos:
timidez,
temor a las relaciones sociales, apocamiento;
irascibilidad, susceptibilidad, tendencia exagerada a
sentirse ofendido;
tendencia a rumiar en exceso las preocupaciones, refugiarse en
la soledad o en una excesiva reserva;
perfeccionismo, rigidez, insatisfacción;
falta de
capacidad de dar y recibir afecto;
nerviosismo, impulsividad, desconfianza;
pesimismo, tristeza, mal
humor;
recurso a la simulación, la mentira o el engaño;
gusto por
incordiar, fastidiar o llevar la contraria; tozudez;
exceso de autoindulgencia ante
nuestros errores; dificultad para controlarse en la comida, bebida, tabaco,
etc;
tendencia a refugiarse en la ensoñación o la fantasía; dificultad
para fijar la atención o concentrarse;
excesiva tendencia a requerir la
atención de los demás; dependencia emocional;
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