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| Modelar nuestro estilo sentimental |
Sólo un poquito más
Muchas personas, por ejemplo, sucumben con facilidad
al deseo de descansar sólo un poquito más. Les cuesta
una enormidad levantarse de la cama o de su sillón,
dejar de ver la televisión para ponerse a estudiar, comenzar
una conversación o terminarla, o lo que sea: todo les
resulta costoso, sufren una barbaridad ante cualquier detalle que exija
un vencimiento, aunque sea pequeño.
Se podrían poner otros muchos
ejemplos, como el del tímido que va dejando pasar ocasiones
de hablar, pese a darse cuenta de que debería hacerlo;
o el que mantiene actitudes individualistas o insolidarias pese a
advertir que sus pequeñas ventajas egoístas le amargan y le
aíslan de los demás; etc.
Es preciso hablarse a uno mismo
con sinceridad. Si es frecuente que ante esos pequeños vencimientos
personales se desate en nuestro interior una larga y tormentosa
batalla, quizá la autocompasión ocupa demasiado espacio en nuestra vida,
y somos poco dueños de nosotros mismos.
—No lo dudo,
pero cambiar eso se suele ver como algo bastante ingrato
e inasequible.
Depende de cómo se enfoque. Si se consideran
las cosas con perspectiva, superar esa debilidad no será algo
ingrato, sino una gozosa liberación. Es deshacerse de un yugo
que nos esclaviza, acceder a una existencia mucho más apacible,
serena y satisfactoria. Será, en definitiva, como un gran descubrimiento
en el que se comprueba, con asombro, que las viejas
satisfacciones de la pereza no son más que seducciones que
casi nada satisfacen.
Y que, por el contrario, la verdadera satisfacción es
inseparable de ser personas diligentes.
Ante cualquier punto de mejora personal, es
preciso adoptar una actitud positiva. Si una persona logra formarse
una idea atractiva de las virtudes que desea adquirir, y
procura tener bien presentes esas ideas, es mucho más fácil
que llegue a poseer esas virtudes. Logrará, además, que ese
camino sea menos penoso y más satisfactorio. Por el contrario,
si piensa constantemente en el atractivo de los vicios que
desea evitar (un atractivo pobre y rastrero, pero que siempre
existe, y cuya fuerza no debe menospreciarse), lo más probable
es que el innegable encanto que siempre tienen esos errores
le haga más difícil despegarse de ellos.
Por eso, profundizar
en el atractivo del bien, representarlo en nuestro interior como
algo atractivo, alegre y motivador, es más importante de lo
que parece. Muchas veces, los procesos de mejora se malogran
simplemente porque la imagen de lo que uno se ha
propuesto llegar no es lo bastante sugestiva o deseable.
Quizá podemos,
por ejemplo, contemplar la vida de quien ha logrado el
temple necesario para levantarse de la cama sin dramas cada
mañana; y, por contraste, la vida de aquel otro a
quien espera una terrible lucha contra las sábanas cada mañana,
día tras día, semana tras semana, año tras año, hasta
el final de su vida: realmente, el sumatorio de sufrimientos
matutinos que le esperan es un panorama de futuro nada
envidiable.
La espiral de la autocompasión conduce a un auténtico agujero
negro de amargas seducciones.
Modelar nuestro estilo sentimental
El ser humano ha
buscado siempre actuar sobre su estado de ánimo. Desde niños
hemos observado que unos sentimientos nos sumergen en la desdicha
y nos gustaría librarnos de ellos, y para eso hemos
ido ensayando unas técnicas sencillas, válidas para los casos más
simples. Si estoy irritado por culpa del cansancio, me basta
con descansar para ver las cosas ya de otro modo.
Si estoy aburrido, busco compañía y entretenimiento. Si siento miedo,
pruebo a considerar la poca gravedad de su causa, o
a reírme de ella, o a distraerme con otra cosa
para ver si el miedo se desvanece.
Pero sabemos que
estas estrategias tienen serias limitaciones ante estados sentimentales más complejos,
sobre todo cuando se trata de sentimientos ya bastante incorporados
a nuestras vidas y que forman parte de nuestro estilo
sentimental.
Unas veces, la solución será actuar sobre las causas
de aquello que nos está afectando negativamente. Otras, esto no
será posible, y tendremos que esforzarnos por cambiar nuestra respuesta
sentimental ante cosas inevitables que nos suceden. Como señalaba aquella
vieja sentencia, hemos de tener valentía para cambiar lo que
se puede cambiar, serenidad para aceptar lo que no se
puede cambiar, y sabiduría para distinguir lo uno de lo
otro.
—Lo malo es que a veces hay cosas que
podrían cambiarse, pero no queremos enfrentarnos a ellas de verdad.
Son
fenómenos de escapismo en los que, de forma más o
menos consciente, eludimos o ignoramos la realidad y buscamos refugio
en otras cosas. En sus grados más elevados, es lo
que sucede con el recurso al alcohol, el juego, los
estimulantes o la droga. Son fugas que pretenden mejorar el
resultado del balance sentimental, pero sin cambiar las partidas (en
esto, actúan igual que hacen los malos contables). En vez
de asumir lo que les sucede, intentan escapar, y por
mal camino.
No son las cosas que nos pasan lo que nos
hace felices o desdichados, sino el modo en que las
asumimos.
Las estructuras sentimentales forman parte del carácter. A una persona
cobarde o pesimista suelen faltarle fuerzas para enfrentarse a las
diferentes situaciones que le depara la vida. En cambio, una
persona decidida y optimista superará con buen ánimo las dificultades
que se le presenten. Y una persona agresiva puede arruinar
su familia o el ambiente de su lugar de trabajo
con sus intemperancias.
—Pero todo el mundo prefiere tener un
carácter optimista y alegre, por ejemplo; lo que pasa es
que no es fácil lograrlo.
Efectivamente, todo el mundo prefiere la
alegría a la tristeza, la serenidad a la angustia, el
ánimo a la depresión, el amor al odio, y la
generosidad a la envidia. Lo malo es que, como dices,
al llegar a la edad adulta nos encontramos con que
no somos como nos gustaría ser, y vemos que tenemos
un estilo sentimental ya muy hecho, que es como un
núcleo duro dentro de nosotros, muy resistente al cambio. Por
eso, acometer cuanto antes la educación del carácter –y con
ella, la educación de los sentimientos–, es tan decisivo para
lograr una vida feliz.
—Eso está claro, pero ¿cómo se
pueden corregir esas diferencias en el tono afectivo personal?
Las
personas tendemos a buscar refugio en lo que nos resulta
menos costoso (eso no siempre es malo, pero bastantes veces
sí). Por eso debemos procurar no encerrarnos en esas zonas
de comodidad que todos tenemos: soledad, retraimiento, inhibición, falta de
autoridad, resistencia a expresar lo que pensamos o sentimos, etc.
Hemos de poner esfuerzo para salir de esos cálidos refugios
y así modelar poco a poco nuestro estilo sentimental. Naturalmente,
ese esfuerzo ha de mantenerse durante largos periodos de tiempo,
hasta que se asuman como rasgos ordinarios de nuestro carácter.
—¿Y piensas que puede llegarse a un estado sentimental en
el que apenas haya sentimientos desagradables?
Es una pregunta interesante. Los
sentimientos suelen revelar significados reales, y por eso resulta muy
peligroso pretender aniquilarlos sistemáticamente.
Por ejemplo, si jamás tuviéramos sentimientos
de culpa o de vergüenza, seríamos unos sinvergüenzas, o al
menos unos frescos, puesto que todos hacemos cosas mal (al
menos de vez en cuando). Si jamás tuviéramos sentimientos de
miedo, seríamos unos temerarios peligrosísimos. Y si jamás sintiéramos ira,
es posible que fuéramos unos pasotas impresentables.
O sea, hay
muchos sentimientos desagradables que son positivos y necesarios. Para modelar
el propio estilo sentimental que compone nuestro carácter, lo que
necesitamos es saber qué conviene cambiar, y cómo.
Pero no
pensemos que es cuestión simplemente de eliminar los sentimientos desagradables.
Porque eso también
conduciría a la ruina personal. Educar los sentimientos es algo
más complejo que eso.
Sentimientos que refuerzan la libertad
Desde muy
antiguo se pensó que eran malos aquellos sentimientos que disminuyeran
o anularan la libertad. Ésta fue la gran preocupación de
la época griega, del pensamiento oriental y de muchas de
las grandes religiones antiguas.
En todas las grandes tradiciones sapienciales
de la humanidad nos encontramos con una advertencia sobre la
importancia de educar la libertad del hombre ante sus deseos
y sentimientos. Parece como si todas ellas hubieran experimentado, ya
desde muy antiguo, que en el interior del hombre hay
fuerzas centrífugas y solicitaciones contrapuestas que a veces pugnan violentamente
entre sí.
Todas esas tradiciones hablan de la agitación de las
pasiones; todas desean la paz de una conducta prudente, guiada
por una razón que se impone sobre los deseos; todas
apuntan hacia una libertad interior en el hombre, una libertad
que no es un punto de partida sino una conquista
que cada hombre ha de realizar. Cada hombre debe adquirir
el dominio de sí mismo, imponiéndose la regla de la
razón, y ése es el camino de lo que Aristóteles
empezó a llamar virtud: la alegría y la felicidad vendrán
como fruto de una vida conforme a la virtud.
Aristóteles comparaba
al hombre arrastrado por la pasión con el que está
dormido, loco o embriagado: son estados que indican debilidad, no
saber controlar unas fuerzas que se apoderan del individuo y
que son extrañas a él.
Hay sentimientos que disminuyen nuestra libertad y
sentimientos que la refuerzan.
Porque, aunque es cierto que el hombre
arrastrado por la pasión puede realizar acciones excelsas, también sabemos
que puede cometer toda clase de barbaridades.
Como ha señalado José
Antonio Marina, hay valores que sentimos espontáneamente, pero hay otros
que, para reconocerlos, necesitamos pensarlos. Por ejemplo, el sediento percibe
de modo inmediato lo atractivo, lo deseable y lo valioso
del agua: es un valor sentido; sin embargo, el enfermo
renal, que también necesita ingerir grandes cantidades de agua, ha
de esforzarse por beber, y actúa pensando en un valor
cuya valía quizá no siente: se trata de un valor
pensado.
Y esto se repite de continuo en la vida
diaria. Muchas veces, las cosas que antes habíamos percibido como
valiosas se nos presentan después como una realidad fría y
poco atractiva, despojada de esa viva implicación que otorgaba el
sentimiento. Pero el valor permanece idéntico, aunque se haya oscurecido
el sentir.
Sucede entonces que nuestro deseo de buscar el
bien pone límites a los demás deseos. Y así entran
en escena toda una serie de normas éticas que deben
regular nuestros deseos.
—O sea, es como una especie de
limitación autoimpuesta, una restricción de unos deseos por otros de
orden superior.
Sí, aunque los valores éticos no han de
entenderse habitualmente como limitación; las más de las veces serán
precisamente lo contrario: un vigoroso estímulo que generará o impulsará
otros sentimientos (de generosidad, de valentía, de honradez, de perdón,
etc.), que en ese momento serán necesarios o convenientes.
La
ética no observa con recelo a los sentimientos.
Se trata de
construir sobre el fundamento firme de las exigencias de la
dignidad del hombre, del respeto a sus derechos, de la
sintonía con lo que exige su naturaleza y le es
propio. Y el mejor estilo afectivo, el mejor carácter, será
aquél que nos sitúe en una órbita más próxima a
esa singular dignidad que al ser humano corresponde. En la
medida que lo logremos, se nos hará más accesible la
felicidad.
Ser buena persona
«Ese chico –me decía un profesor refiriéndose
a un alumno de once años, de apariencia simpática y
despierta– es realmente un chico muy listo.
»Lo malo es
que no tiene buen corazón. Le gusta distraer a los
demás, meterles en líos y después zafarse y quitarse él
de en medio. Suele ir a lo suyo, aunque, como
es listo, lo sabe disimular. Pero si te fijas bien,
te das cuenta de que es egoísta hasta extremos sorprendentes.
»Saca unas notas muy buenas, y hace unas redacciones impresionantes,
y tiene grandes dotes para casi todo. Lo malo es
que parece disfrutar humillando a los que son más débiles
o menos inteligentes, y se muestra insensible ante su sufrimiento.
Y no pienses que le tengo manía.
»Es el más brillante
de la clase, pero no es una buena persona. Me
impresiona su cabeza, pero me aterra su corazón.»
Cuando observamos casos
como el de ese chico, comprendemos enseguida que la educación
debe prestar una atención muy particular a la educación moral,
y no puede quedarse sólo en cuestiones como el desarrollo
intelectual, la fuerza de voluntad o la estabilidad emocional (ninguna
de ellas faltaba a aquel chico).
Una buena educación sentimental ha de
ayudar, entre otras cosas, a aprender, en lo posible, a disfrutar haciendo
el bien y sentir disgusto haciendo el mal.
En nuestro interior hay
sentimientos que nos empujan a obrar bien, y, junto a
ellos, pululan también otros que son como insectos infecciosos que
amenazan nuestra vida moral. Por eso debemos procurar modelar nuestros
sentimientos para que nos ayuden lo más posible a sentirnos
bien con aquello que nos ayuda a construir una vida
personal armónica, plena, lograda; y a sentirnos mal en caso
contrario. Porque, como ha señalado Ricardo Yepes, podría decirse que
La ética es la ciencia que nos enseña —entre otras cosas– a
sentir óptimamente. Y, vista así, se convierte en algo quizá mucho
más interesante de lo que pensábamos.
—Pero a veces hacer
el bien no será nada atractivo...
Es cierto, y por eso
digo que hay que procurar educar los sentimientos para que
ayuden lo más posible a la vida moral, pero los
sentimientos no siempre son guía moral segura.
Si una persona,
por ejemplo, siente desagrado al mentir y satisfacción cuando es
sincero, eso sin duda le ayudará. Igual que si se
siente molesto cuando es desleal, o egoísta, o perezoso, o
injusto, porque eso le alejará de esos errores, y a
veces con bastante más fuerza que otros argumentos.
Es importante
educar sabiendo mostrar con viveza el atractivo de la virtud.
En cambio,
si una persona no lucha contra sus defectos, y se
entrega sin ofrecer resistencia a cualquier requerimiento del deseo, llegará
un momento en que se oscurecerán en él hasta los
valores y creencias más claras, y entonces quizá apenas sienta
disgusto al obrar aun las mayores barbaridades.
Los sentimientos no
son guía segura en la vida moral, pero hay que
procurar que vayan a favor de la vida moral.
—¿Entonces, con una
óptima educación de los sentimientos, apenas costaría esfuerzo llevar una
vida ejemplar?
Está claro que de modo habitual costará menos. De
todas formas, por muy buena que sea la educación de
una persona, hacer el bien le supondrá con frecuencia un
vencimiento, y a veces grande. Pero esa persona sabe bien
que siempre sale ganando con el buen obrar. En cambio,
elegir el mal supone siempre autoengañarse. Citando de nuevo a
la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro, «no se
pueden ocultar las falsedades, las mentiras; o, mejor dicho, se
pueden ocultar durante algún tiempo, pero después, cuando menos te
lo esperas, vuelven a aflorar, y ya no son tan
dóciles como en el primer momento, cuando eran aparentemente inofensivas;
y entonces ves que se han convertido en monstruos horribles,
con una avidez tremenda, y ya no es tan fácil
deshacerse de ellos.»
Los errores en la educación sentimental suelen
producir errores en la vida moral, y viceversa. Y eso
sucede aunque los errores sean sinceros.
Los errores sinceros, no por ser
sinceros dejan de ser errores, ni de dañar a quien incurre en
ellos.
El sentimiento inteligente
De la misma manera que la inteligencia humana
logra sacar del petróleo energía para que los aviones vuelen,
o consigue producir luz eléctrica a partir del agua embalsada,
también la inteligencia puede y debe actuar para obtener lo
mejor de nuestra vida sentimental.
Pensemos, por ejemplo, en un
sentimiento de miedo que nos está empujando a actuar cobardemente
y traicionar nuestros principios. Ante ese estímulo, quizá deseamos claudicar,
pero, al tiempo, queremos sobreponernos y superar el miedo. Ese
doble nivel supone una doble incitación, una doble llamada, un
doble obstáculo: de nuevo vemos que unos valores sentidos nos
llaman desde nuestro corazón, y unos valores pensados desde nuestra
cabeza.
Ante ese dilema, decidimos. Y, al hacerlo, entregamos el
control de nuestro comportamiento a una u otra instancia: a
la cabeza o al corazón. Lo propiamente humano es actuar
de acuerdo con los dictados de sus valores pensados, aunque
en algunos casos esos valores estén inevitablemente enfrentados al sentimiento.
—Hablas de dar prioridad a la cabeza sobre el corazón:
¿eso no conduce a estilos de vida fríos y cerebrales,
ajenos a los sentimientos?
No se trata de partir al
hombre en dos mitades: la cabeza y el corazón. Es
preciso integrar cabeza y corazón, y el hecho de que
la inteligencia tutele la vida sentimental no quiere decir que
deba aniquilarla. Al contrario, la inteligencia –si es verdaderamente inteligente,
y perdón por la redundancia– debe preocuparse de educar los
sentimientos; no dedicarse a apagarlos sistemáticamente, sino a estimular unos
y contener otros, según sean buenos o malos, adecuados o
inadecuados.
Por ejemplo, la indignación puede ser adecuada o inadecuada. Ante
una situación de injusticia grave que presenciamos, lo adecuado es
sentir indignación, y si no es así, será quizá porque
no percibimos esa injusticia (y esa ignorancia puede ser culpable),
o porque percibimos la injusticia pero nos deja indiferentes (quizá
por una mala insensibilidad, o por falta de compasión y
de sentido de la justicia), o porque incluso nos alegra
(en cuyo caso hay odio o envidia).
Sentir indignación ante
la injusticia es algo positivo. Lo que probablemente ya no
lo será es que esa indignación nos lleve a la
furia, la rabia o la pérdida del propio control.
—Entonces,
¿cuál es la misión de la inteligencia en la educación
de los sentimientos?
Debemos utilizar los afectos –vuelvo a glosar a
José Antonio Marina– como utilizamos, por ejemplo, las fuerzas de
la naturaleza. No podemos alterar las mareas, ni el viento,
ni el encrespamiento del oleaje, pero podemos utilizar su fuerza
para navegar.
El viento, la marea, el oleaje, las tormentas,
etc., son como las fuerzas de los sentimientos espontáneos: surgen
sin que podamos hacer nada por evitarlos, al menos en
ese momento. Gracias a la inteligencia, podemos hacer que nuestra
vida tome un determinado rumbo afectivo, con objeto de llegar
al puerto de destino que buscamos. Para lograrlo, es preciso
contar con esas fuerzas irremediables de nuestra afectividad primaria, pero
sabiendo emplearlas de modo inteligente. El manejo del timón y
nuestra habilidad con el juego de las velas es como
la guía que la inteligencia ejerce sobre los sentimientos a
través de la voluntad.
Una inteligente educación de los sentimientos
y de la voluntad hará que sepamos adónde queremos ir,
escojamos la mejor ruta, preveamos en lo posible las inclemencias
del tiempo, y manejemos con pericia nuestros propios recursos para
hacer frente a los vientos contrarios y aprovechar lo mejor
posible los favorables.
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