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Ir de novios es toda una escuela, aunque empiece en la entrada de una discoteca
¡Cuánto me quiero!
La historia que voy a contar también te pudo
ocurrir a ti. Sucedió en una de tantas escaleras que
hay en los pisos de nuestras ciudades. Llegó Roberto y
llamó a la puerta de la casa de su novia.
—¿Quién
es? —preguntó una voz femenina.
—Soy yo
Pero nadie abrió a Roberto
que, un poco enfadado, volvió a insistir:
—Soy yo, Roberto. ¿Me
vas a abrir?
Tampoco se movió la puerta tras el segundo
intento. El joven soltó una patada y se fue. Al
día siguiente, más calmado, regresó a la misma escalera del
mismo piso y recibió más de lo mismo. ¿Por qué
no le abría? Repitió una y otra vez hasta que
cambió la respuesta:
—¿Quién es?
—Soy tú
Ir de novios es toda una
escuela, aunque empiece en la entrada de una discoteca. Los
protagonistas son dos: un “yo” y un “tú”. Podemos afimar
que toda relación tiene origen en un sentimiento de atracción.
Puede atraer lo físico (los ojos, el pelo, etc.) o
algo más “espiritual”, como la simpatía o algún otro valor
humano. ¿Y luego? Luego el “yo” busca ser correspondido, quiere
llamar la atención del “tú”. Hay todo un lenguaje para
eso. El otro también puede sentir una atracción hacia el
“yo” primero, ya sea porque también encuentra un atractivo o
porque le gusta que le quieran.
Me parece que podemos pasar
al siguiente capítulo, que titularemos: “Vamos a salir juntos”. A
unos les gusta hacerlo a escondidas, por lo que añade
de emoción. Otros lo publican en la prensa o en
las paredes más visibles de la ciudad. “Romina, ti amo”
dice con grandes letras una de las calles de Roma.
¿Y ahora qué? Ahora empieza la gran aventura para dos
jóvenes, la de conocerse. Al principio suele ir todo bien.
Es importante conocer bien al “tú”, en su grandeza y
en sus defectillos, que los tendrá, porque el “tú ideal”
no existe ni en los cuentos.
A continuación llega la
parte más difícil, donde se juega el futuro de esa
relación. Pasar del “yo” al “tú”, como en la historia
del principio. Se trata de dejar al margen las emociones
o sentimientos que me produce el “tú” y mirar hacia
la felicidad del otro. Decía que es lo más difícil
porque muchos van adelante por el provecho que sacan, no
por el auténtico amor hacia la otra persona. Todos esos
jóvenes están disfrazando el amor, porque en realidad tendrían que
decir: ¡Cuánto me quiero!.
Los obstáculos del amor de pareja son
muchos. Hay quienes “salen” para quedar bien ante el grupo
de amigos. A otros les mueve el placer o la
excitación que les provoca la otra persona. Son peligros reales,
que hay que afrontar.
Acabo de leer algunos hechos de personas
que son capaces de vender su soltería por cuatro caprichos.
Un anciano se casó con una joven actriz a cambio
de 50 mil pesetas, para que ella pudiera conseguir su
nacionalidad italiana. En una revista inglesa leí hace tiempo una
página de anuncios en los que jóvenes empresarios buscaban “una
esposa” (¡qué horror!) para poder ascender de cargo. A cambio,
eso sí, de un pisito y un sueldo mensual.
El amor
se compra, se vende, se disfraza, se usa, se tira,
se juguetea con él. ¿Dónde está el auténtico amor?
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