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Autor: Juan Antonio Ruíz | Fuente: Catholic.net Tres griegos y cuatro ingleses
La clase de amor que verdaderamente necesitamos es la de personas que se dan totalmente
Tres griegos y cuatro ingleses
Victoria estaba acostada en su cama, agotada después de un
día intenso en la universidad. Apoyada boca abajo sobre sus
brazos, recordaba todo el transcurso del día, mientras un mechón
rizado de su pelo le caía por la cara, ocultando
uno de sus claros y grandes ojos verdes. Las clases
de matemáticas la habían desgastado más de lo normal. Pero
la arquitectura le gustaba mucho y no podía echarse para
atrás. ¡Gajes del oficio!
Para distraerse un poco, antes de
empezar el estudio, sacó de su bolsa la cajita en
donde guardaba sus cosas más personales e íntimas. Miró a
uno y otro lado, como no queriendo que nadie la
descubriese, y extrajo tres fotografías, en donde aparecía ella con
un chico distinto en cada una.
Se puso sus audífonos
y encendió su Ipod. Mientras, repasaba su mirada de uno
a otro de los tres pretendientes. Victoria sonrió. Todos eran
guapos y se divertía muchísimo con los tres; además, bailaban
de maravilla, eran muy tiernos con ella y compartían carrera.
Nunca había querido comprometerse con ninguno… por lo menos por
el momento.
Metida en estos pensamientos, en su Ipod comenzó
a sonar “All you need is love”, de los Beatles.
¡Cómo le gustaba esa canción! Reflejaba, según ella, lo que
en realidad necesitamos todos: amar y ser amados. Y, de
pronto, volvió la mirada a las tres fotografías y echó
a andar la imaginación, tratando de proyectarse en un futuro
con cada uno de ellos. All you need is…
Pedro era
un chico simpático y amante de las fiestas. Estar a
su lado era diversión asegurada. Victoria disfrutaba mucho su compañía.
Su sonrisa amplia y su amabilidad – siempre la llamaba
“mi reina” – lo hacían una persona sumamente atractiva. No
podías no verlo y no ir a saludarle.
No
obstante, a Victoria no le gustaban muchas cosas de Pedro.
Sus bromas de mal gusto sobre las niñas; su superficialidad
en afrontar las cosas, que hacía imposible poder mantener una
conversación seria con él; sus continuos suspensos en la universidad;
su tarjeta American Express Gold, que le permitía comprarse todo
tipo de lujos, y que no tenía ninguna medida ni
control de sí mismo; su fama de “Don Juan”, que,
según las malas lenguas, se lo tenía ganado a pulso.
“Ay, no sé”- se dijo Victoria – “para pasar
el rato, está bien, pero no puedo construir mi futuro
con él. Definitivamente”.
Pasó la mirada a la siguiente foto. ¡Qué
distinto era Óscar de Pedro! Casi todo lo contrario. Si
Pedro era un superficial, con Óscar se podía mantener una
buena charla, pero también cargada de una buena dosis de
humor. Era muy sobrio en sus gastos – aunque también
se las daba de despilfarrador a veces –; no aparentaba
con su dinero. Era un chico aplicado. Que ella supiese,
sólo había tenido alguna aventurilla con una niña, sin pasar
a mayores; se sabía mantener a raya. Podía calificársele, en
fin, como un chico digno de tenerlo en cuenta. Pero…
¡Ay, ese “pero” que todas las niñas suelen poner! Sí,
había uno con Óscar: la órbita del sistema solar de
su vida giraba en torno a sí mismo. Todas sus
aspiraciones, todo su futuro tenían razón de ser únicamente cuando
él se sentía bien y cuando él podía sacar partido
de ello. ¿Un matrimonio así…?
“Es un buen amigo” –
pensó Victoria – “y nada más. No podría pasar el
resto de mis días con él; sería un continuo luchar”.
Por
fin, tomó entre sus manos la última foto. Lanzó, sin
querer, una carcajada. Ahí, mirándole a los ojos, estaba un
Ignacio sonriendo y con el merengue de un pastel cubriéndole
la cara. ¡Qué fiesta de cumpleaños aquella!
¿Quién era Ignacio?
Victoria no podía negarlo: era el chico ideal para casarse.
Alegre, pero serio cuando tenía que serlo. Centrado en sus
obligaciones, pero cariñoso y cercano. No era muy deportista –
por lo que su fama de popularidad entre las niñas
decaía notablemente – pero tampoco huía del ejercicio ni de
los momentos de esparcimiento. ¿Sus estudios? Salía adelante: no era
el notable de la clase, pero sí se encontraba entre
los diez primeros, y todo a base de luchas y
muchas horas delante de los libros. Había tenido una novia,
que él cortó por ser demasiado “ligth” y haberse tomado
a la ligera su relación… Esto fue lo que él
dijo, pero todo el mundo sabía que la muy desgraciada
(con perdón) se había ido por ahí con otro.
Pero lo
que más le impactaba a Victoria de Ignacio era su
incondicional entrega a los demás. No había favor que le
pidieras sin que te atendiera inmediatamente. Se desvivía por los
demás, especialmente por sus amigos más cercanos y… por su
familia.
Los ojos de Victoria se iluminaron: “¿Qué estás
esperando, boba? Ya Ignacio te propuso salir a tomar un
helado un día y tú le estás dando largas. No
seas tonta… Éste es el chico; no hay otro. Puedes
asegurar que te amará incondicionalmente y que se ocupará mejor
que nadie por ti y tus hijos ¿Recuerdas cómo te
miraba cuando estaban los dos en la preparatoria durante las
clases de matemáticas, de geografía, de cultura griega?”.
Y de pronto,
se acordó vagamente de algo que les explicó una vez
el profesor sobre la palabra amor en griego: para medir
la intensidad del amor, los griegos utilizaban una palabra distinta.
“¡Pero claro!” – se dijo enseguida Victoria. Incorporándose un poco
en la cama, tomó las tres fotos y las fue
catalogando según sus conocimientos humanistas:
- Pedro es eros, pues sólo
está interesado en buscar su placer y la diversión, y
nunca se responsabiliza por nada. Es el amor fácil, que
huye de lo serio y del compromiso. Es el amor
de los anticonceptivos, del “sexo seguro”, del besito va, besito
viene… Es el naufragio del amor.
- Óscar es filia. Sí,
es más responsable, pero aún busca una retribución al amor
dado y, a fin de cuentas, sigue siendo egoísta. Te
doy para que tú me des a cambio… Es incapaz
de regalar algo desinteresadamente. Es la sobrevivencia, a duras penas,
del amor.
- Ignacio, sin embargo, se identifica clarísimamente con ágape.
Se da totalmente, buscando exclusivamente el interés del otro… recibiendo,
de esta manera, también su retribución. Su sonrisa no es
para destellarla en un espejo, sino para alegrar los ojos
de los necesitados de ella. Su entrega es total, pero
madura. Sabe los lugares y las circunstancias, no exento de
sacrificios cuando se necesitan. Es la plenitud del amor.
Tres
griegos. Tres chicos… y cuatro ingleses. Victoria estaba volviendo a
escuchar All you need is love de los Beatles. Sí,
efectivamente tienen razón. Pero la clase de amor que verdaderamente
necesitamos es la de tipos como Ignacio, que construyen sobre
roca y dándose totalmente. Una realidad hoy muy olvidada, ¿verdad,
mi querido Lennon?
Guardó las tres fotografías en su cajita
top secret, y sacó el celular. Con ilusión marcó un
número telefónico, esperando la respuesta del otro lado.
- ¿Hola? ¡Ignacio!
¿Cómo estás? Yo muy bien, gracias a Dios. Oye, quería
preguntarte… ¿en qué quedó tu promesa de invitarme a tomar
un helado? ¿Te parece bien hoy por la tarde?
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