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¡Ya somos novios!... ¡Hay que ver con qué calor sale de sus labios una expresión semejante!
Cuando hablamos de la familia tantas veces y se
nos dan tantas conferencias sobre la vida matrimonial, nunca falta
ni puede faltar una charla sobre el noviazgo, sobre ese
tiempo idílico que precede a la celebración de la boda.
No creemos que haya momento más feliz en la vida
de dos jóvenes que aquel en que él y ella,
los dos juntos, pueden decir y se dicen: ¡Ya somos
novios!... ¡Hay que ver con qué calor sale de sus
labios una expresión semejante! ¡Hay que ver con qué cariño
lo miramos todos nosotros! Nuestros corazones saben acompañar a esos
dos corazones felices, y lo más importante es que el
mismo Jesucristo se pone en medio de ellos para santificar
desde el principio un amor tan bello, en espera de
verlos a los dos delante de su Altar...
Pero tanto idilio
corre el peligro serio de tomar el noviazgo como un
entretenimiento o poco menos, sin dedicarle lo principal de todo
y lo que es el fin del noviazgo, o sea,
la preparación para el matrimonio. Sin esta preparación, el noviazgo
está de más. Porque si la preparación no fuese necesaria,
bastaría ir directamente al altar y ser esposos apenas conocido
y declarado el amor.
El matrimonio, que compromete para toda
la vida, exige la preparación de todo asunto importante, y,
en este caso, la preparación debe ser mayor, desde el
momento que el matrimonio es el asunto más importante de
la vida. Si el equivocarse resultaría fatal, el acertar es
la suerte más grande.
Esa preparación para el matrimonio tiene
una doble dimensión: humana, cara la vida; y es-piritual, cara
a Dios.
Porque el matrimonio entraña dos cosas: es la
solución normal de la vida del hombre y de la
mujer, y Dios ha querido además que sea un Sacramento,
un medio poderoso de santificación.
Por eso decimos que nos
preparamos a él como hombres y como cristianos. De aquí,
que quienes están más interesados en formar a los novios
son los padres y la Iglesia. A los novios se
les pide que correspondan vivamente a la solicitud de la
familia y de la comunidad eclesial.
- Mamá, ¿y tú,
qué preparación recibiste para casarte?
Esto le preguntó a su madre
la hija atrevida y rebelde para reírse un poco de
ella. En aquellos tiempos de la mamá iban al matrimonio
sin preparación alguna, cuando no se impartían cursos ni se
daban conferencias ni nadie hablaba a nadie sobre el asunto.
Pero la hija se llevó una buena lección, cuando oyó
la contestación de la madre: - ¿Qué preparación? Por desgracia, ninguna.
Entonces no se nos decía nada. Tú no sabes la
suerte que tenéis ahora. Si no aprovechas la gracia de
Dios, es cosa tuya...
A esta solicitud que hoy se tiene
con ellos, corresponden los novios informándose sobre el matrimonio en
todos sus aspectos. Piensan muchos que se trata solamente de
saber las intimidades de la vida sexual. Y eso no
es verdad. Eso pudo tener mucha importancia en aquellos tiempos
ya idos cuando los niños venían de París o los
traían las cigüeñas...
Hoy la información sexual está casi de
más. Aunque no negamos que los novios están muy interesados
en informarse sobre cuestiones morales de la vida sexual, ya
que oyen opiniones tan divergentes sobre asuntos delicados.
Mucho más importante
que la información sobre la sexualidad, es la formación en
la vida afectiva.
Porque el amor tiene fases muy
diferentes a lo largo de los años, y es aquí
donde fallan tantos matrimonios, que empezaron muy bien y acabaron
en tragedia.
Esta información y formación no la ofrecen las
fatales revistas del corazón ni la enseñan las telenovelas, porque
esas películas y esas revistas no suministran sino la desinformación
y la deformación más lamentables.
Hay que recurrir a libros
buenos y autorizados, igual que a conferencias especializadas, como se
ofrecen muchas veces en las parroquias. Y no digamos ya
del curso de preparación matrimonial que brinda la Iglesia a
los novios.
Esos libros buenos y esos cursos impartidos por
la Iglesia, aunque muchos los miran con recelo, son la
fuente donde el cántaro se llena de agua fresca y
pura, que se bebe sin recelo alguno.
Naturalmente,
que esa formación espiritual impartida para el matrimonio es una
ocasión magnífica para renovar los conocimientos de vida religiosa que
tal vez van quedando ya un poco lejos, desde que
se asistió de niños al Catecismo, o de adolescentes al
curso de la Confirmación.
Esta formación e información para el
matrimonio son como el bagaje y provisión para un viaje
largo y complicado tal vez. Toda la prudencia es poca.
Bien formados de novios, los que serán pronto nuevos esposos
mirarán con optimismo el porvenir. Las dificultades se vencerán con
más facilidad y no se perderán esas ilusiones que ahora
expresan con esas palabras encantadoras: ¡Ya somos novios!...
Un día
las cambiarán por estas otras, que ojalá se las repitan
muchas veces por muchos años: - ¡Ya somos esposos desde
hace un año..., desde hace diez..., desde hace veinticinco...,
desde hace cincuenta!... ¡Qué bendición de Dios!
Si
tienes alguna consulta utiliza este enlace para escribirle a P. Omar Oswaldo Guillén Mendoza, Sacerdote salesiano de Don Bosco,
de la diócesis de Curacao. Especialista en la orientación de
jóvenes
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