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Autor: Mensajes :-) | Fuente: Catholic.net Psicología del amor
Niveles psicofisiológico, psicosocial y espiritual en el noviazgo
Psicología del amor
La psicología distingue claramente tres niveles diversos, pero profundamente
relacionados, en la configuración psíquica del ser humano: el nivel
psicofisiológico, el psicosocial y el espiritual.
Cada uno de ellos
tiene sus propias características y leyes de funcionamiento, pero se
encuentran unidos en el hombre, formando un todo.
1- Nivel
psicofisiológico: Comprende los fenómenos físicos de la persona en su
relación y repercusión sobre la psique. Es ahí donde se
sitúa el mundo de los instintos y las pasiones. Se
trata, efectivamente, de fenómenos ligados inmediatamente al organismo físico ,
y, por ello, de algo que es necesariamente “ciego”, determinado.
No dependen, en sí mismos, de la voluntad, ni por
lo tanto, de la libertad personal.
Consiguientemente, aunque son fenómenos
que acompañan al amor entre personas de distinto sexo, no
constituyen la esencia del amor, que es donación personal y
libre al otro. Esto se entiende fácilmente cuando se recuerda
que no son raros lo casos en que se dan
fuertes reacciones y satisfacciones instintivas sin que haya amor. ¿Cómo
serían posibles, de otro modo, los tan frecuentes casos de
violencia carnal? “Puede haber sexo sin amor”, más aún, con
odio hacia la otra persona. Por no entender todo esto,
se habla de “hacer el amor” en muchas ocasiones en
las que, en realidad, se “des-hace” el amor, porque eso
que es llamado “amor” no es sino puro egoísmo, la
negación del amor.
2- Nivel psicosocial: En él encontramos fenómenos
ricos y variados, como los sentimientos, la imaginación, la tendencia
a relacionarlos con los demás, etc. Los sentimientos son reacciones
de la psique al verse afectada por personas, cosas, acontecimientos,
etc. Si son muy intensos y breves, los llamamos emociones.
Sin duda, se trata de un ingrediente notable del fenómeno
del amor. Cuando se ama, hay una enorme gama de
sentimientos que se despiertan o refuerzan en el interior de
la persona: fascinación, admiración, compasión, respeto, tristeza por la ausencia
del amado, ternura... Tienen en sí algo de elevado y
bello: levantan a la persona por encima de la dimensión
puramente física en su relación con los demás.
Pero es
un error confundirlos con la esencia del amor. Precisamente por
ser reacciones de la psique ante factores externos, los sentimientos
no viven, por así decir, de sí mismos, sino que
son el resultado de influencias previas, ajenas a la
libertad de la persona. Por tanto, no son independientes
ni libres; son fenómenos ciegos, hasta el punto de que
muchas veces no conocemos su verdadera causa: ¿no han experimentado
ustedes nunca la extraña sensación de sentirse tristes y
decaídos, sin comprender exactamente por qué? La causa puede ser
un fracaso, una frase molesta dicha por alguien querido, una
película, la baja presión atmosférica, o hasta una mala digestión.
Y así como vino la tristeza, puede aparecer luego, sin
que sepamos tampoco por qué, la alegría, el entusiasmo, o
la ternura, etc. los sentimientos van y vienen como una
hoja seca en un día de vendaval: tan pronto está
en la cima de una colina verde como entre la
basura de un estercolero. Si vivimos a nivel de sentimientos,
seremos nosotros mismos quienes vayamos dando tumbos por la vida
sin saber por qué. Los sentimientos acompañan, pues, al amor,
no son el amor. El amor es donación personal y
libre; ellos son impersonales y ciegos, determinados.
3- Nivel espiritual. En
él está nuestro núcleo personal, nuestro auténtico "yo". Es él
lo que nos constituye como "imagen y semejanza" de Dios.
Debemos guiarnos ante todo por nuestras facultades espirituales, inteligencia y
voluntad. La inteligencia, como capacidad de captar la realidad de
las cosas, nos hace posible conocer de verdad a la
persona amada. Sin ese conocimiento no puede existir el verdadero
amor: se ama a un tú que se conoce, de
otro modo sólo podrá haber atracción física, sentimientos ciegos, o
amor a una imagen irreal de la otra persona. Pero
no basta tampoco conocer. El amor es, esencialmente, una adhesión
de la voluntad. Voluntad libre de una persona que conoce
a otra, la valora en su integridad, la acepta como
es, y establece con ella una relación especial de mutua
donación.
Naturalmente, tampoco debemos caer en el error de reducir
la persona a puro espíritu. Les decía que los tres
niveles de la psicología humana son distintos pero están íntimamente
ligados, formando la integridad de la psique humana. No se
debe, por tanto, espiritualizar tanto la relación entre dos jóvenes
de modo que se evapore el verdadero amor. El amor
que conduce al matrimonio debe integrar también la dimensión física
y la riqueza variadísima de los sentimientos. Pero es importante
integrarlos como factores que enriquecen, no que suplantan, lo que
es esencial en el amor: la donación personal al otro.
Esa donación suscitará emociones, atracción física, etc.; y, a la
vez, se verá reforzada por estos elementos. Pero en ocasiones
la profundidad de la donación amorosa al otro exigirá también
el sacrificio de las pasiones y de los sentimientos; y
esa renuncia ahondará notablemente la capacidad de entregarse al otro.
Si
no se entiende todo esto se corre el riesgo de
fundar el amor sobre la arena de los sentimientos o
en el pantano turbio de las pasiones. Cuando falten unos
o disminuyan las otras se vendrá abajo un edificio construido
sobre falsos cimientos. Si en cambio se logra entender bien,
se comprenderá que podrá haber momentos en que los sentimientos
que surgieron con potencia irresistible en un primer momento disminuyan
o cambien de color, sin que ello signifique que ha
desaparecido el amor, la esencia del amor; se gozará la
dicha profunda de amar y saberse amado, aún cuando las
emociones sentimentales disminuyan y el atractivo físico vaya desapareciendo. En
suma, se podrá confiar en un amor estable, duradero... eterno.
Pero lo que está aquí en juego no es sólo
la garantía del amor futuro, sino, ante todo, la autenticidad
del amor presente, y, con ella, la dicha que proporciona
el verdadero amor, y sólo él.
La armonía entre los
tres niveles de que les vengo hablando supone madurez humana,
y a la vez es signo de ella; no es
fácil de alcanzar; hay que buscar, educarse a ella.
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