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Autor: Mensajes :-) | Fuente: es.catholic.net Un amor maduro
Lo mejor que puedes ofrecer a quien amas es el esfuerzo por ser mejor cada día
En el noviazgo se requiere también de un espíritu
de autosuperación. La lucha sincera contra los propios defectos y
sus manifestaciones, tratando de mejorar en cuanto sea posible. Lo
mejor que un joven puede ofrecer a quien ama es
el esfuerzo por ser mejor cada día, en todos los
sentidos.
El amor maduro, la adhesión profunda al otro como
persona querida en su integridad, produce siempre el deseo sincero
de ayudarle respetuosamente a alcanzar su verdadero bien. Hay mil
modos de ayudar al amado, manteniendo el necesario respeto de
su libertad: el ejemplo personal, una palabra de estímulo, el
diálogo franco que invita a superar los defectos y límites
superables...
Finalmente, el amor verdadero lleva al deseo sincero de
superarse como pareja, de crecer en el amor, viviendo
una relación profundamente humana y cristiana.
Ese deseo se traducirá
en un esfuerzo por elevar el mutuo amor, procurando que
sea cada vez un amor más auténtico; es decir un
amor en el que se integren realmente los tres niveles
del ser humano: el nivel físico, el psicosocial y el
espiritual.
Por tanto, superarse como pareja significa tratar de no
reducir a una relación puramente sentimental. Los sentimientos son importantes,
pero no son la esencia del amor; un noviazgo construido
sólo sobre emociones y sensaciones sentimentales llevará al fracaso, precisamente
por la inestabilidad y "ceguera" propia de los sentimientos. Vive
de sentimientos la pareja que reduce sus relaciones a un
sentirse a gusto juntos, hablar de sosas superficiales adulándose mutuamente,
sin pensar juntos con seriedad en el futuro, sin dialogar
maduramente dándose a conocer uno al otro y tratando de
amarse en profundidad, como personas, tal cual son.
Más
grave todavía es el riesgo de reducir sus relaciones a
la dimensión física, puramente sexual, o dejar que sea ella
la que predomine y constituya el interés fundamental de la
pareja. El sexo, elemento integrante del amor matrimonial, no constituye
el centro de la persona, y por lo tanto tampoco
es la esencia del amor, adhesión personal y libre al
otro en su integridad. Tanto que el sexo puede convertirse,
en vez de expresión de amor, en puro egoísmo.
En efecto,
la sexualidad humana es un fenómeno cargado de ambigüedad. Por
una parte entraña la donación en la propia intimidad al
otro, y contiene en sí el bellísimo significado de la
apertura a nuevas vidas. Dice, pues, donación, generosidad, entrega de
algo de sí al otro y a los hijos que
puedan venir a la vida por ese acto de amor.
Pero, al mismo tiempo la sexualidad se ve acompañada por
un placer intenso, absorbente, pasional, que puede ofuscar su dimensión
de donación convirtiéndose en pura búsqueda del goce personal. En
la vida sexual el ser humano siente profundamente esa tensión
entre el darse al otro y el encontrar en él
un placer personal. Los dos polos de la tensión son
el sí buenos, sagrados, en cuanto queridos por el
Creador. Pero el desorden introducido por el pecado hace que
no sea difícil que la tensión se resuelva en el
puro egoísmo, a veces brutal.
De ahí que siempre, en todas
las culturas, se vea en la sexualidad cierta problematicidad, y
hasta dramaticidad. En todas ellas el uso de la sexualidad
está rodeado de una serie variadísima de reflexiones sobre el
pecado sexual, tabúes, reglas y límites, intentos de ordenar algo
que tiene gran importancia pero que parece escaparse siempre de
las manos.
Si tienes alguna consulta utiliza
este enlace para escribirle a P. Omar Oswaldo Guillén
Mendoza, Sacerdote salesiano de Don Bosco, de la diócesis de
Curacao. Especialista en la orientación de jóvenes
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