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Autor: Tomás Melendo Granados | Fuente: Catholic.net ¿Antropología de la boda?: ¡no se ponga usted tan serio!
La culminación y mayor expresión de todo amor es la entrega
¿Antropología de la boda?: ¡no se ponga usted tan serio!
1. Casarse ¿es obligarse?
a) Fascinado
Recuerdo la fascinación que
experimenté al oír explicar por vez primera que la grandeza
del amor que se pone en juego en el momento
de la boda deriva de su condición especialísima, realmente grandiosa,
porque lleva consigo la osadía de los novios de decidir
amarse mientras vivan y de hacer obligatorio el amor futuro.
Y sentenciaban: si antes de la boda los novios se
amaban de forma radicalmente gratuita, sin compromiso alguno, y podían
romper en cualquier instante, en el preciso momento del sí
se aman tanto, con tal pasión y frenesí (esto suena
a novela rosa: ¡que viejo soy!)… que son capaces de
comprometerse a amarse de por vida.
¡Qué cosa tan seria!,
pensaba.
Hoy, no es que esta afirmación me deje frío,
porque sigo estimándola cierta y relevante, pero considero que se
puede ir más allá… y divertirse un poco.
Pues, siendo
verdad cuanto antecede, no lo es menos algo que con
frecuencia ni tan siquiera se nombra… aunque yo me haya
referido a ello ya más de una vez en este
escrito.
A saber: que el sí matrimonial es capaz de
originar la obligación gozosa de amarse para siempre, en las
duras y en las maduras, porque simultáneamente hace posible esa
entrega incondicionada e incondicionable: en las duras, en las másduras…
y en los gozos inefables de la vida conyugal y
familiar.
Lo cual, si no me equivoco, transforma al matrimonio
en una chifladura algo menos excéntrica y mucho más atractiva
—«la más genial chifladura», la llamaba en el título— que
cuando hablamos de la «grandeza de obligarse a amar»: incluso
a sabiendas (lo sabemos muy pocos, no nos engañemos) de
que ese «obligarse» es una magnífica manifestación de libertad, origen
de nuevas libertades.
b) Una locura mesurada
La reflexión sobre
los excesivos fracasos matrimoniales que observamos en la actualidad, y
más todavía la mayor frecuencia con que rompen los lazos
quienes se han unido en convivencia cuasimatrimonial pero sin casarse,
me ha llevado a advertir que: la pretensión de obligarse
a amar de por vida a otra persona, con total
independencia de las circunstancias por las que una y otra
atraviesen, si no fuera acompañada de un robustecimiento de la
recíproca capacidad de amar, resultaría, en el fondo, una sublime
ingenuidad, casi una demencia.
En parte para atraer la atención
de quienes me escuchan, y sobre todo porque estimo que
el ejemplo es correcto, aunque atrevido, suelo ilustrar ese deber-capacitación
con el mandamiento máximo y máximamente nuevo que Jesucristo impuso
a sus discípulos en la Última Cena.
Y añado, con
todo el respeto posible, que semejante pretensión sería una auténtica
chifladura si el Señor, en el momento de establecer el
precepto, no incrementara de manera casi infinita la capacidad de
amar del cristiano… o previera los medios para fortificarla y
hacerla crecer.
¿Cómo, si no, pedir a unos simples hombres
—a usted y a mí— que quieran a los demás
como el mismísimo Dios los ama: «Como Yo os he
amado»?
Pues algo análogo —no idéntico, queda claro— sucede en
la boda, también la que se sitúa en el ámbito
natural.
Según anticipé:
En el mismo momento en que pronuncian
el sí, y por pronunciarlo de manera libre y voluntaria,
los nuevos cónyuges no solo se obligan, sino que sobre
todo se tornan mutuamente capaces de (comenzar a) quererse con
un amor situado a años luz por encima del que
podían ofrecerse antes de esa donación total.
Por el contrario,
sin ese «hacerse aptos», la pretensión de obligarse resultaría casi
absurda.
Aunque no expone sus causas más profundas y lo
sitúa en un horizonte más dilatado, Alberoni recoge en estas
magníficas expresiones las dos caras de la cuestión: «El enamoramiento
produce una transfiguración del mundo, una experiencia de lo sublime.
Es locura, pero también descubrimiento de la propia verdad y
del propio destino. Es hambre y anhelo pero, al mismo
tiempo, impulso, heroísmo y olvido de sí mismo. “Te amo”,
para nosotros, para nuestra tradición, no quiere decir solo “me
gustas”, “te quiero”, "te deseo”, “te tengo cariño” o “siento
afecto”, sino “tú eres para mí el único rostro entre
los infinitos rostros del mundo, el único soñado, el único
deseado, el único al que aspiro por encima de cualquier
otra cosa y para siempre”. Como dice El cantar de
los cantares: “Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas y
muchísimas las doncellas, pero mi palomita virginal es una sola”».
c)
Lo importante
Como ya dije, cuando mis amigos y mis
«enemigos» afirman, con más o menos agresividad, que lo importante
para llevar a buen puerto un matrimonio es el amor,
les respondo sin titubear que por supuesto.
(Es más, considero
sin el menor género de dudas que el haber centrado
la clave de la vida conyugal en el amor mutuo,
dejando de lado otras razones menos fundamentales, es una de
las ganancias o conquistas teóricas más relevantes de los últimos
tiempos respecto al matrimonio… por otra parte tan maltratado). Pero
inmediatamente añado lo que antes exponía: que, para poder amarse
con un amor auténtico y del calibre que exige la
vida en común día a día, es absolutamente imprescindible haberse
habilitado para ello; que semejante capacitación es del todo imposible
al margen de la entrega radical que se realiza al
casarse… y que pone el cimiento imprescindible para empezar a
construir amor conyugal (a «hacer el amor», en el sentido
más noble y certero de esta —hoy— un poco desgraciada
expresión).
Con otras palabras: lo importante, desde el punto de
vista antropológico, no son ni «los papeles» ni «la bendición
del cura».
(Personalmente, considero una inaceptable usurpación y, por eso,
me niego en rotundo a que me case ningún funcionario
del Estado ni sacerdote alguno: me caso yo —y mi
mujer— y justo y solo porque quiero y quiere ella;
ningún otro está capacitado para hacerlo por mí; solo el
libre consentimiento de los cónyuges realiza esa unión, con todos
los efectos antropológicos que lleva aparejados.
Confirmo y completo esta
convicción con una nueva cita de Carreras: «Los “matrimonios-luto” son
todas aquellas uniones que no pue¬den ser celebradas por la
sociedad, o porque constituyen fraudes legales o porque no pueden
ser festejadas, en cuanto ilícitas e imposibles.
Tener en cuenta
la dimensión festiva es un buen modo de acceder a
la realidad matrimonial, superando los espejismos del matrimonio legal. La
unión matrimonial la produce el consentimiento por el que el
hombre y la mujer se dan y aceptan mutuamente en
alianza irrevocable. Donde falte este consentimiento no puede haber matrimonio
y, por tanto, la celebración festiva resulta un sinsentido. Por
otra parte, los impedimentos de voto, de orden, de consanguinidad,
de rapto, de crimen, etc. impiden el matrimonio porque la
vida conyugal en esas circunstancias no es conveniente; y porque
no es conveniente no puede celebrarse festivamente. La fiesta nupcial
resulta así un signo elocuente de la realidad conyugal»). Sin embargo,
repito que: para que lo importante —el amor— sea efectivamente
viable, resulta del todo nece-saria la acción de libre entrega
por la que los cónyuges se dan el uno al
otro en exclusiva y para siempre.
Estamos, lo digo especialmente
para los conocedores de la filosofía, aunque todos podamos entenderlo,
ante un caso muy particular del nacimiento de un hábito
bueno o virtud.
2. Más bien es capacitarse… y crecer
a) Virtud… ¡qué aburrimiento!
No quiero insistir en que el
hábito tiene mucha menos relación con la repetición de actos
—que a menudo conduce a la rutina o incluso a
la manía— que con la potenciación o habilitación de la
facultad o facultades que vigoriza.
Es decir, el hábito y
la virtud, con independencia absoluta de su origen, nos tornan
mejores y, de forma muy directa, nos modifican más o
menos profundamente, y nos permiten obrar a un nivel muy
superior que antes de poseerlos.
La cuestión resulta bastante fácil
de ver en las habilidades de tipo intelectual, técnico o
artístico (llamadas en filosofía hábitos dianoéticos —lo siento mucho, de
veras—): sólo quien ha aprendido durante años a dibujar, a
proyectar edificios y jardines o a interpretar correctamente al piano
—y el resultado de esos aprendizajes son distintos hábitos o
capacitaciones o armonizaciones de un conjunto de facultades)—, es capaz
de realizar tales actividades de la forma correcta y adecuada,
con facilidad y gozo, y sin peligro próximo de equivocarse…
a no ser que le dé la gana hacerlo mal
(cosa no tan infrecuente y, en ocasiones, bastante divertida).
Algo
similar sucede con las virtudes en sentido más estricto, que
son las de orden ético:
Quien ha adquirido la virtud
de la generosidad, pongo por caso, no solo se desprende
fácilmente de aquello con lo que puede hacer más feliz
a otro, sino que se siente inclinado a realizar ese
tipo de acciones y, para más inri, disfruta como un
enano al realizarlo.
Con ese inclinado del párrafo precedente se
señala una de las diferencias más importantes entre las habilidades
a que antes me refería —coser, bordar, construir aviones, montar
en bici, etc.— y las virtudes en sentido estricto: las
morales o éticas.
Quien dibuja a la perfección es también
capaz de hacerlo del modo más horrible posible, simplemente porque
le apetece o porque quiere gastar una broma…
Por el
contrario, el poseedor de una virtud-virtud no puede libremente obrar
contra ella haciendo uso de esa misma virtud; sino que,
como decía, la virtud le impulsa a ac-tuar de acuerdo
con la perfección que implica y disfrutar a lo grande
al hacerlo. Por consiguiente, la persona comedida (con-medida) a quien
una tarde se le va la mano con el vino
o las chuletas o el jamón de pata negra, no
lo hace propiamente porque quiere, sino más bien porque su
templanza no es lo bastante fuerte para permitirle actuar como
en realidad querría. Y de ahí que, antes o después,
experimente el re-mordimiento de haberse dejado llevar… por la falta
de virtud: no lo pasa bien, sino todo lo contrario. Mucho
mejor lo pasaría si poseyera una virtud más fuerte y
arraigada. Por lo que cabe resumir que:
La vida éticamente
bien vivida no es una especie de carrera de obstáculos
tediosa y sin norte, un «más difícil todavía» carente de
término; sino —justo gracias a las virtudes— una senda de
disfrute crecientemente progresivo, en el que incluso el dolor y
el sacrificio se tornan gozosos.
Y, en consecuencia, corrigiendo el
título del epígrafe: «la virtud, ¡qué maravilla tan divertida!».
b)
La génesis de las virtudes
Otra de las diferencias que
se han señalado tradicionalmente entre hábitos dianoéticos (técnicas, artes, etc.)
y éticos (o virtudes), es que algunos de los primeros
pueden lograrse con un solo acto, al paso que las
virtudes propiamente dichas requieren de una repetición de actos realizados
cada vez con mayor amor.
[De nuevo un ejemplo, relativamente
fácil.
A quienes «se les dan bien» las matemáticas o
a quienes gozan de una especial capacidad de interpretación musical,
les basta con frecuencia entender a fondo un teorema o
escuchar con atención una pieza… para aprendérselos para siempre, en
el primer supuesto, o ser capaces de interpretarla de inmediato,
en el segundo.
En términos técnico-cursis se diría que, por
ser hábitos dianoéticos, pueden obte-nerse con un solo acto.
Sin
embargo, es bastante difícil que la persona desordenada (¡desordenada, eh!)
consiga en un solo día, o una semana, un año
¡o una vida!… adquirir la virtud del or-den. Igual que
el perezoso no vence su inclinación a la vagancia por
esforzarse un par de tardes antes de un examen… y
cada cual que añada lo que le parezca.
En tales
circunstancias sí que es necesaria la famosa repetición de actos…
realizados cada vez con más amor, como siempre añado.] Con todo,
sin entrar ahora en discusiones excesivamente hondas, me atrevo a
proponer una leve corrección a esta doctrina: lo hago, fundamentalmente,
apoyado en la experiencia vivida… y en algunos textos importantes
de relevantes filósofos que apenas se tienen en cuenta.
Todos
hemos observado en alguna ocasión que una persona adquiere el
valor (o pierde el miedo) como resultado de una única
acción, más o menos arriesgada: por ejemplo, lanzarse a la
piscina después de meses de dudarlo o saltar en paracaídas
por vez primera… y experimentar la emoción que inclina —ya
sin miedo: con agrado— a volver y volver a saltar,
incluso en caída libre.
Pues me parece que el acto
de entrega matrimonial consciente y decidida tiene un efecto muy
parecido: otorga a quienes se casan el vigor y la
capacidad para poder comenzar a amarse de por vida a
una altura y con una calidad… imposibles sin esa donación
absoluta.
Un «resultado tan grandioso» no es difícil de comprender
si recordamos que el fin de cualquier vida humana es
el amor entregado de nuestra persona íntegra, (cuerpo y alma,
materia y espíritu, con todo cuanto los acompaña), y que
la ofrenda que se realiza en el matrimonio (igual que
la que se hace a Dios de forma definitiva), encarna
de manera privilegiada esa tendencia al amor… que no puede
sino fortalecer la capacidad de amar, hasta el punto de
situarla a una distancia casi infinita de la que los
novios tenían antes de casarse.
¿Motivos más concretos?
i) Por
un lado, en el momento de la boda, al entregarme
por completo, doy todo lo que soy, lo que seré
y, de una forma ciertamente distinta, pero no menos real,
lo que he sido.
A lo que suelo añadir que
al acoger a la persona íntegra del cónyuge y, con
ella, su pasado, el sí recíproco posee una maravillosa capacidad:
la de perdonarlo, en la acepción más fuerte de este
término.
Es decir, la de eliminar cuanto de negativo el
otro hubiera podido realizar en el pretérito… que ya conocemos,
puesto que nos lo ha contado, y que de ningún
modo se opone a la aceptación sin reservas por nuestra
parte de la totalidad de su ser… también con esos
déficits.
En un contexto más amplio, Alberoni apunta a ambos
extremos: donación del pasado y perdón. «Todos los viejos traumas,
los viejos dolores, los viejos amores son suprimidos, desvalorizados. Emergemos
de ella [podríamos ahora decir: “de la boda”] nuevos, sin
rencores ni ataduras. Este proceso los enamorados lo realizan juntos,
contándose su vida. Se confían sus flaquezas y errores. Descubren
también las huellas, los presagios del amor que hoy los
une. A través del relato del amado, cada uno ve
el mundo como él lo ha visto. De este modo
ellos funden juntos no solo sus vidas presentes, sino también
sus vidas pasadas. Las integran, las armonizan, hasta construir una
historia común, tener una común identidad en el tiempo». ii) Por
otra parte, las consecuencias del sí matrimonial son enormes porque
lo que en fin de cuentas damos en ese instante
es lo más íntimo de nosotros mismos y lo que
más radicalmente nos constituye como personas: nuestra capacidad de amar
(correlativa al acto personal de ser, como alguna vez he
explicado).
Al casarnos nos comprometemos justamente a amar de por
vida al otro cónyuge, con independencia de las circunstancias en
que ambos nos encontremos. Y como ese amor implica o
envuelve cuanto somos, podemos, tenemos, anhelamos…, el alcance de la
entrega y la intensidad del amor que la sustenta son
difícilmente igualables por ningún otro acto amoroso que pueda realizarse
en esta vida.
Por tanto, como apuntaba, también lo serán
sus efectos y, en concreto, la intensificación de nuestra capacidad
de querer.
En conclusión: la boda constituye la condición de
posibilidad, el requisito ineludible, para que dos personas puedan (empezar
a) quererse con la fuerza y la constancia que exige
un amor como el matrimonial.
No se trata de una
cuestión psicológica, como algunos me han preguntado, aunque también pueda
reflejarse en esos dominios; sino de algo infinitamente más serio:
de un cambio abismal, comparable por ejemplo a lo que
en filosofía denominamos el primum cognitum, aquel hábito que permite
—en un momento difícil de precisar pero sin duda existente:
lo que llamamos «el uso de razón»—, conocer la realidad
tal como es, con independencia de sus beneficios o desventajas
para mí, y no sólo, como los animales y los
niños de muy poca edad, en lo que cada una
supone para mi propia satisfacción o malestar.
De esta suerte,
de manera análoga (¡no idéntica!) a como puede hablarse de
un hábito primero en los dominios del conocimiento, que eleva
la inteligencia y la lleva a conocer de un modo
radicalmente superior al que se tiene antes de su formación
(es lo que llamo primum cognitum o habitus entitatis), es
legítimo referirse a un primum (relativo: no el primum absoluto)
de la voluntad, que hace posible no tanto amar, sino
llevarlo a cabo de una forma inédita y muy ennoblecida…
En el caso del matrimonio, el hábito o virtud creado
gracias al «sí», permite a cada uno de los cónyuges,
justo en el instante en que se casan y como
producto de la entrega sin reservas, fundamentalmente:
i) fijar de
manera definitiva el objeto de sus amores en aquel o
aquella a quien se ha ofrendado,
ii) hacer crecer tal
amor en la dirección emprendida, —lo que lleva consigo una
mayor capacidad de amar también en otros ámbitos—
iii) y
transformar el cuerpo sexuado en vehículo eficaz (de la culminación)
de la entrega de la propia persona…
(Todo ello, absolutamente
imposible al margen de la boda).
c) Habilitarse… más o menos
Me explico con un poco más de detalle, porque me
parece que todo lo anterior está sonando un poco a
chino.
A veces entendemos la responsabilidad como la cuenta que
habremos de dar —¡si nos pillan!— por lo que hemos
hecho mal o —nos encargamos nosotros de dejarlo claro— por
lo bueno que hay en nuestra vida.
De nuevo es
una visión correcta, pero muy pobretona, de andar por casa.
Ante cualquier acción que realizamos, nuestra persona responde de inmediato
mejorando o empeorando, haciéndonos más capaces de obrar de nuevo,
mejor y con más facilidad, en el mismo sentido… bueno
o malo: quien se acostumbra a robar se va haciendo
un ladrón; el que miente, un mentiroso; el que emprende
grandes empresas en bien de los demás, una persona magnánima;
quien se entre-na siete horas en el gimnasio —si no
perece en el intento— un auténtico «cachas», etc.
Esa respuesta,
que nos marca queramos o no, es la verdadera responsabilidad:
el modo como nuestro ser responde y se modifica en
función de nuestras actuaciones.
Pongámonos en el supuesto de acciones
buenas, que me parece que es donde hay que situar
el matrimonio (corríjanme, a solas, quienes no estén de acuerdo).
Cada una de ellas nos mejora y nos hace más
capaces de realizar fácilmente, sin apenas necesidad de deliberar, con
gusto y sin equivocarnos el mismo tipo de operaciones.
Pero
no todas nos capacitan con la misma intensidad.
Quien presta
sus apuntes a un compañero, se hace un poco más
generoso; quien dedica toda una tarde a explicarle lo que
no comprende, bastante más; quien, sin que se note, está
constantemente pendiente de que sus amigos —aunque a él le
cueste sangre— hagan lo que deben, con gracia y sin
hacérselo pesar… ¡es un tío grande, maestro en generosidad y
en muchas otras virtudes (no digo «tía grande», no por
pusilánime, sino porque ellas se llaman a sí mismas «tío»:
viva la juventud y la no-juventud que quiere parecer joven)! Pero
todos estos ejemplos cuadrarían mejor con el incremento paulatino de
la capacidad de amar que, cuando queremos bien, vamos generando
en nosotros… poco a poco. Aquí si tiene vigencia lo
de la necesaria repetición de actos.
Mas, como antes apunté,
hay otros casos que se sitúan más cerca del que
estamos considerando (aun sabiendo que un ejemplo es solo eso:
algo que —si está bien escogido— ayuda a entender la
realidad que pretendemos ilustrar, pero que no se identifica con
ella).
Me refiero, por concretar, a la firme decisión que
lleva, después de un tiempo de aprendizaje, a lanzarse por
primera vez en caída libre desde un avión, gracias a
un acto de valor que vence el miedo connatural a
realizar ese salto; o, en una línea no muy lejana,
a dar el paso definitivo para entrar a ejercer una
profesión de alto riesgo en beneficio de los demás (pienso,
entre otros, en los bomberos o los equipos de salvamento),
pasando por encima del temor que suscita el poner la
propia vida en peligro con relativa frecuencia.
En estas circunstancias
y en otras similares, ese notable acto de virtud, al
multiplicar el vigor de las facultades respectivas, coloca a quien
lo realiza en un nivel superior que antes de llevarlo
a cabo, y lo faculta para irse superando en el
ejercicio cada vez más perfecto de las actividades… que ahora
ya son posibles.
d) La mayor aventura
Y casi en
el término de esa línea ascendente, y en lo que
atañe al amor, se sitúa el «sí» de la boda.
Como apuntaba, varón y mujer son seres-para-el-amor; y la culminación
y mayor expresión de todo amor es la entrega.
Cuando
esa entrega es sincera, profunda, total y de por vida,
¿cómo no va a responder nuestra persona —¡a ese solo
acto!— incrementando de una forma im-pensable su capacidad de querer?
¡Ahí se encuentra la razón antropológica más de fondo de
la necesidad —qué mal suena— de casarse! El motivo más
entusiasmante para decir un sí que nos permita iniciar la
gran aventura del matrimonio: el camino que nos llevará hasta
nuestra plenitud personal y nuestra felicidad… siempre que, día a
día, minuto a minuto, sigamos alimentando ese modo superior de
querer al otro.
Una última cita de Carreras, porque viene
bastante al caso y, sobre todo, porque… me gusta: «Por
muy extendida que esté la práctica del divorcio, lo cierto
es que todavía sigue siendo lo normal que las parejas
de casados sean fieles al pacto de amor contraído y
que demuestren, de este modo, que es posible un amor
que se mantiene en pie “en las alegrías y en
las penas, en la salud y en la enfermedad”. Esta
fidelidad es justamente lo que se celebra en las nupcias,
aunque los invitados e incluso los mismos esposos no sean
plenamente conscientes de ello. Y ese sentido —la mutua entrega-aceptación
de los esposos— sigue conservándose fielmente en la ceremonia litúrgica
del sacramento del matrimonio. Eso es lo que se suele
llamar una boda solemne: una fiesta litúrgica, en la que
los adornos, las flores, los cantos e himnos nupciales, el
decoro y el arreglo de los invitados, todo, tiende a
ponerse a la altura del acto que van a realizar
los esposos: “entregarse”, con toda la fuerza de la palabra;
es decir, responder a la vocación a la que ha
sido llamado todo hombre, porque en eso consiste ser persona
humana: un ser que ha sido querido por sí mismo
por Dios y que no se encontrará plenamente a sí
mismo, sino es mediante el don sincero de sí. En
el pacto conyugal no sólo son coronados los esposos, sino
que además recibe su coronación cada uno de ellos en
cuanto persona». ¿Que todo esto resulta demasiado utópico? ¡Qué lástima!
Da la impresión de que quién así opina ha echado
a perder el espíritu aventurero: que ni siquiera sabe en
qué consiste.
Pues lo más propio de una aventura es
que: quienes la emprenden se ponen una meta alta, en
apariencia inalcanzable, pero con clara conciencia de que vale la
pena; no tienen ninguna seguridad, aunque sí plena confianza, en
que van a lograr su objetivo (de lo contrario, ¿dónde
queda la gracia de la aventura?); una vez que la
inician, no permiten que las dificultades y los contratiempos, también
los imprevistos, sofoquen la ilusión inicial ni les impidan recrearse
en lo que ya han avanzado; la mirada fija en
el fin, en el triunfo, hace que, a cada paso,
renueven las energías —¡y las agallas!— para seguir adelante… y
pongan los medios oportunos para lograrlo.
Si enfocamos de este
modo el matrimonio, contando con las fuerzas que nos proporciona
el habernos casado, sí será ciertamente un camino de rosas,
en el que la apariencia y la fragancia de las
flores logren que casi no advirtamos los pinchazos de las
espinas (¡otra cursilada, pero como no lo ha leído mi
mujer…!).
No lo será, sin embargo, si por ignorancia o
dejadez o desprecio hemos decidido que la boda constituye un
mero trámite y no nos hemos capacitado para querer con
un amor relevante, aventurado y venturoso; más todavía y según
apunté, con ese acto-omisión —contrario al que aumentaría nuestro vigor
amoroso— nos vamos incapacitando paulatinamente para amar de la forma
correcta… como a quien se deja vencer por la pereza
a la hora de levantarse —¡o de acostarse, que eso
sí que tiene mérito!— cada vez le resultará más complicado
hacerlo del modo oportuno.
Al contrario, si justo por el
hecho de contraer matrimonio, nos ponemos en condiciones de dedicarnos
a lo efectivamente importante: el amor, no cabe la menor
duda de que ¡vale la pena casarse!
Cuadran perfectamente en
este punto, y sirven de excelente conclusión, las palabras de
Alberoni que trascribo: «Puesto que nuestro viejo Yo, codicioso, inauténtico
y falso, ha muerto, queremos ser auténticos y puros. Las
personas enamoradas se dicen la verdad por necesidad interior. El
verdadero enamorado es fresco, ligero y plástico. Ya no es
codicioso, avaro y envidioso, porque solo le interesa su amor.
El sentido de esta experiencia está encerrado en la frase
religiosa: "Busca el reino de Dios y el resto te
será dado por añadidura". Precisamente porque ha entrevisto la esencia
de la vida, no teme a los obstáculos. Siente que
podrá superar todas las dificultades, todas las incomprensiones y todos
los odios. Esta sensación de invulnerabilidad no ofusca su razón.
Es más, es paciente, atento e ingenioso».
Tomás Melendo Granados Director
Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Parte I.
Casarse: la más prudente chifladura
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