 |
| Casarse: la más prudente chifladura |
Esta del matrimonio es, sin duda, una cuestión muy grave
y espinosa. Por eso no tengo más remedio que tomármela
un poco a chacota. ¡No sea que, en vez de
aprender y divertirnos —que fue un lema muy de moda
y relativamente sano hace algún tiempo—, consigamos amargarnos!
(Desde este
mismo instante, pido sinceramente excusas si a alguien le molesta
el tono adoptado; considero que el sentido del humor es
una de las claves para hacer la vida más llevadera
y resolver con eficacia problemas que, tomados dramáticamente, con aparente
«objetividad», se tornan insolubles).
I. ¿Por qué decimos ¡au!
(en vez de «sí»)?
1. ¿Existe diferencia entre convivir (decir ¡au!)
y casarse?
a) Como en otra galaxia
La diferencia es
abismal, como de otra galaxia. Aunque entiendo que a veces
no sea fácil advertirla porque, ¡qué le vamos a hacer!,
al matrimonio nos lo han vaciado de contenido.
¿Que quiénes?
Pues los «vaciadores» de turno. Es decir, como corresponde a
nuestra época masificada, las leyes y los usos sociales (léase
de masas).
¡No el dinero, no seamos duros ni ingenuos!
¿A quién le importa, de veras, que en muchos países
el matrimonio se encuentre fiscalmente desprotegido, y salga más barato
declarar como no-casado o no-casada (y no casarse, por tanto)?
¿Y quién protestaría porque las consecuencias económicas del divorcio resulten
más gravosas —sobre todo para la mujer— que las de
la separación tras una simple (o compleja) convivencia?
Eso son
minucias irrelevantes, a las que nadie hace el menor caso.
Aquí me refiero a cuestiones de más peso. Por ejemplo,
a que:
i) La posibilidad legal de divorciarse, amparada por
más y más Constituciones, elimina la seguridad de que se
luchará por conservar la unión, disminuye las ganas de combatir
para lograrlo… y hace que bastantes madres aconsejen a sus
hijas la separación de bienes, «no vaya a ser que,
después, tu marido…»: con lo que, queriendo con no poca
torpeza evitarlo, provocan justamente aquello que «profetizan» (los padres, si
no yerro, no suelen meterse del mismo modo en estas
cosas; pero tampoco importa mucho).
ii) La aceptación social y
jurídica de «aventuras» extramatrimoniales —que siempre las ha habido (al
menos, es lo que hay que decir, y es muy
posible que sea cierto), e incluso se han considerado como
algo «simpático»—, pero que quizá hoy resulten más visibles y
«normales»… hace menos fácil ser fieles, si es que no
lleva a los propios cónyuges —cosa cada vez más frecuente—
a considerar una «necesidad», un «derecho»… o un «deber» tener
de vez en cuando un devaneo, aun con conocimiento del
otro: una especie de pacto interno (no he dicho «infierno»,
¡eh!) que no sabría cómo calificar.
iii) Y la difusión
masiva, indiscriminada e incluso forzada de contraceptivos, unida al convencimiento
inducido de su total inocuidad —espiritual, psíquica y física—, desprovee
de relevancia y valor a los hijos, cuando no los
transforma en algo indeseable, al tiempo que hace del embarazo…
¡una enfermedad! tremendamente abultada, sobre todo en sentido metafórico: es
decir, una dolencia gravísima, que debe ser «prevenida» o «sanada»
cuanto antes.
No a la unicidad. No a la simple
lealtad. No a la fecundidad amorosa.
¿Qué queda, entonces, de
esa magnitud y belleza del matrimonio de la que algunos
locos hablaban?, ¿qué de la arriesgada aventura que dicen que
siempre ha sido?, ¿con qué objeto «pasar por la iglesia
o por el funcionario de turno»?
A la vista de
todo ello, los más sensatos —que siempre los hay— aseguran
que lo importante es «quererse». Y me parece verdad, lo
digo con el corazón en la mano. Pero precisamente aquí
es donde conviene profundizar un poco.
Porque para poderse querer
bien, a fondo, con auténticas perspectivas de éxito, hay que
estar casados.
b) Hacerse capaz de amar
Me imagino más
de una cara de asombro, pero no es algo tan
extraño. En todos los ámbitos de la vida humana hay
que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del
amor, que es a la par la más gratificante, decisiva
y difícil —¡sí, difícil!—de nuestras actividades?
Jacinto Benavente afirmaba que
«el amor tiene que ir a la escuela». Y a
mí me gusta mucho repetirlo, porque es «de cajón», como
decimos en mi tierra. Para poder querer de veras, primero
hay que ejercitarse; después, ejercitarse; y, por fin, ejercitarse: hacer
actos notables de amor. Igual que, por ejemplo, es preciso
templar día a día los músculos para ser un buen
atleta, o pasar muchas horas al volante —¡cuidado con los
puntos!— para ser un mediano conductor.
Y solo la boda
habilita para (poder empezar a) amar de una manera real
y efectiva… aunque muy pocos se lo crean.
¿Por qué?
Pido excusas por mi arrogancia, pero ni hoy ni durante
muchos siglos el matrimonio ha acabado de entenderse bien. Se
solía contemplar como: una simple ceremonia (mejor cuanto más lujosa
o extravagante… en la Roma clásica, en la Edad Media
y hoy); un contrato no rescindible; un compromiso… Algo que,
sin ser falso, resulta demasiado pobre.
c) La esencia del
matrimonio
Por eso, a falta de otro más preparado a
mano, tendré que esbozar yo mismo de qué se trata.
En su esencia, la boda es, para cada uno de
los novios, un acto libérrimo de amor (y, por ende,
la confluencia de ambos y lo que de ahí se
deriva). El sí manifiesta un acto único, excepcional, notabilísimo, por
el que me entrego plena-mente a otra persona y nos
comprometemos a amarnos de por vida.
Es «amor de amores»:
amor libre y sublime que, además y más que obligar
a hacerlo, permite amar excelsamente.
Ese acto tan impresionante me
pone en condiciones de querer bien: fortalece mi voluntad y
la faculta para amar a otro nivel, me sitúa en
una esfera mucho más alta: en otra galaxia, como anticipé.
La boda capacita para comenzar a amar de una manera
superior, que luego habrá que ir mejorando día a día,
con detalles tan menudos como concretos y constantes.
Por eso,
si no me caso, si excluyo ese acto de donación
total, estaré imposibili-tado para querer de veras a mi cónyuge
(más aún, justo por negarme a esa entrega radical, por
falta de suficiente amor —que lleva al claro «desamor» de
no arriesgarme a darme por entero—, me iré progresivamente incapacitando
para amar bien).
Como quien no se entrena o no
aprende un idioma, o se niega en redondo a hacerlo,
no puede, por más que lo desee, sobresalir en un
deporte o hablar esa lengua con fluidez.
O, mejor todavía,
como quien no se decide a lanzarse desde un trampolín,
después de aprender lo necesario y venciendo el miedo que
inicialmente lo acogota, nunca estará en condiciones de saltar de
nuevo, con gusto y soltura, mejorando progresivamente la técnica y
el estilo. ¿Puedo permitirme una cita?
A su joven esposa, que
le había escrito: «¿Me olvidarás a mí, que soy una
provincianita, entre tus princesas y embajadoras?», Bismark le respondió: «¿Olvidas
que te he desposado para amarte?».
Estas palabras encierran una
intuición profunda: el «para amarte» no indica una simple decisión
de futuro, incluso inamovible, lo cual ya es mucho; equivale,
en fin de cuentas, a «para poderte amar» con un
querer auténtico, supremo, definitivo… imposible sin el mutuo entregarse del
matrimonio, sin casarse.
¡Qué grande era ese Bismark!
d) ¿Repercusiones
psíquicas?
Vamos por pasos: de lo complicado… a lo más
complicado aún.
A pesar de lo que afirmen ciertos psicólogos
y otros profesionales, la convivencia íntima sin boda tiene repercusiones
psíquicas, y muy claras.
i) Cuando me caso establezco las
condiciones adecuadas para de-dicarme de lleno y en exclusiva a
lo que mis alumnos y bastantes otros, con toda razón,
consideran lo importante: amar a mi cónyuge.
ii) Por el
contrario, si simplemente vivimos juntos, todo el esfuerzo tendré que
dirigirlo, aunque no sea consciente de ello e incluso me
empeñe en negarlo, a «defender las posiciones» alcanzadas, a no
perder lo que parece que he conseguido. El problema más
grave, y el que origina los demás inconvenientes, es entonces
la inseguridad. ¿Por qué?
Porque:
i) al no existir un
libre compromiso, un «acuerdo digno» de la grandeza de lo
que está en juego, la relación puede romperse en cualquier
momento;
ii) no tengo certeza de que el otro se
va a empeñar seriamente en quererme, en acopiar las alegrías
y superar los roces y conflictos del trato cotidiano: ¿debo
ser yo «el tonto o la tonta» que luche… para
no ser correspondido?;
iii) no puedo mostrarme de verdad como
soy, «bajar la guardia»; tengo que «dar la talla» constantemente,
no sea que mi pareja advierta defectos que no le
gustan, decida que «hasta aquí llegaron las aguas», y considere
mejor no seguir adelante;
iv) ante los obstáculos y contrariedades
que por fuerza surgirán, aunque sean de poca monta, la
tentación de abandonar el empeño está muy cerca, puesto que
nada lo impide… sino más bien al contrario;
v) con
lo que —¡fíjate por dónde!— lo único importante, que es
el amor, es lo que pide a gritos que uno
se case; si no me caso, repito, no puedo dedicarme
a amar, a lo importante (¡qué bien me ha quedado
esto!). En resumen, la simple convivencia sin entrega crea una
atmósfera en la que la finalidad fundamental y entusiasmante del
matrimonio —hacer crecer y madurar el amor y, con él,
la felicidad— pasa a un segundo plano y resulta muy
comprometida.
Pienso que no es difícil de entender. El ser
humano solo es feliz cuando se empeña en algo grande,
que efectivamen-te compense el esfuerzo.
Y lo más impresionante que
un varón o una mujer pueden hacer en la tierra
es (aprender a) amar, normalmente a través del matrimonio.
Vale
la pena emplear toda la vida en amar cada vez
mejor y más intensamente… porque solo para eso hemos venido
a este mundo.
De ahí que, en realidad, sea lo
único que merece nuestra dedicación: todo lo demás, todo, debería
ser tan solo un medio para conseguirlo.
«Al atardecer de
nuestra existencia —repetía un clásico castellano— se nos examinará del
amor».
(¡Y de nada más!, añado yo: todo lo que,
en mi vida, no transforme en amor, resulta inútil, vano…
o incluso perjudicial).
e) Y una razón determinante
Por otro lado,
las estadísticas manifiestan con claridad que esa convivencia prácticamente nunca
produce efectos beneficiosos. Aporto solo un par de datos.
i)
El primero, que los divorcios son mucho más frecuentes entre
quienes han convivido «antes de» contraer matrimonio (más bien, «en
lugar de» hacerlo).
ii) Después, que el trato entre los
jóvenes, cuando empiezan a mantener relaciones, y contra lo que
ellos esperarían o incluso se resisten a admitir, se deteriora
a ojos vista: uno y otra (otra y uno: «tanto
monta, monta tanto…») se tornan más acaparadores, más agobiantes y
posesivos, más suspicaces, más irritables…
(Por eso quienes poseen un
poco de experiencia advierten de inmediato cuando un par de
chicos ha iniciado ese trato íntimo). Pero conviene ir más
al fondo:
No es serio ni honrado «probar» a las
personas, como si se tratara de perros, de motos o
de instrumentos de música; a las personas se las respeta,
se las venera, se las ama. Pero no se las
pone a prueba para ver cómo «funcionan».
Las personas son
algo tan grandioso que, en su presencia, solo cabe la
contemplación y el amor: por ellas uno arriesga la vida,
«se juega —como decía Marañón— a cara o cruz, el
porvenir del propio corazón».
Además, la desconfianza que implica el
«probarlas»:
No solo genera un permanente estado de tensión, difícil
de soportar, sino que se opone frontalmente al amor incondicionado
e «incondicionable» que está en la base de cualquier buen
matrimonio: y si no hay base o punto de apoyo
bien sólidos, el matrimonio… se cae.
A lo que cabe
añadir otro motivo, todavía más determinante: no se puede (es
materialmente imposible, aunque no lo parezca) realizar ese «experimento», porque
la boda cambia muy profundamente a los novios.
No solo
desde el punto de vista psicológico, del que he expuesto
algunos extremos, sino en su mismo ser.
Los modifica muy
hondamente. En cierto modo los hace otros, distintos; los transforma
en esposos, en personas capaces de amar (sobre todo, de
amarse mutuamente) en otro plano más alto.
Como antes decía,
los convierte en extraterrestres, provenientes de otra galaxia.
Así —como
«tíos muy raros», «de otro mundo»— los consideran también los
derrotistas agoreros del matrimonio: los que estiman que «el amor
es imposible».
¡Pobrecillos!
Los invito a leer estas palabras de
Marta Brancatisano: «El amor existe, es nuestro humus y al
mismo tiempo es nuestra obra, algo que se construye con
esfuerzo y con materiales costosos. Es algo que compromete por
entero a nuestro ser: la razón más allá del sentimiento
y la voluntad más allá del instinto. Cae del cielo
por sí solo como un rayo en medio del cielo
sereno, pero no se mantiene por sí solo. Exige compromiso
y esfuerzo, y quien no sabe o no quiere comprometerse,
iza la bandera blanca y colabora así a la construcción
del falso mito según el cual el amor es una
quimera».
ii) Surge así una ruptura interior en cada uno de
los novios, manifestada psíquicamente por un obsesivo y angustioso afán
de seguridad —¡aquí está de nuevo!—, cortejado de recelos, temores,
suspicacias… que acaban por envenenar la vida en común.
iii)
Por otro lado, como consecuencia de lo anterior, uno y
otra empiezan a sentirse mal, y buscan de nuevo «estar
juntos» como medio para evitarlo; el malestar se calma momentáneamente,
mientras duran las relaciones, para luego crecer con más fuerza,
«estar otra vez más juntos», aumentar la desazón persistente, en
una especie de espiral fatídica que culmina casi siempre con
la separación… ¡y peor si no es definitiva!
De ahí
que, en contra del uso habitual, a este tipo de
relaciones prefiera llamarlas «anti- o contra-matrimoniales».
En este sentido, apunta
Bonacci: «Como ya he dicho antes, muchos piensan que la
relación sexual es algo que uno puede hacer con su
cuerpo, mientras la mente se queda en la habitación de
al lado. Y no es verdad. La actividad sexual abarca
todo nuestro ser, y tiene consecuencias muy profundas en nuestra
afectividad»… y en el resto de nuestra persona.
e) Para conocerse
de veras
Por otro lado, resulta ingenua la pretensión de
decidir la viabilidad de un matrimonio por la «capacidad sexual»
de sus componentes: ¡como si toda una vida en común
dependiera o pudiera sustentarse en unos actos que, en condiciones
normales, suman unos cuantos minutos a la semana… o al
día, o unas horas por la mañana y otras por
la tarde, ¿qué más da?!
E igualmente cándido es el
intento de «averiguar» cómo «funciona y va a funcionar sexualmente»
una persona acostándose con ella. Las relaciones íntimas ponen en
juego múltiples y delicados aspectos de nuestra personalidad: desde el
estado de salud, el sueño o el cansancio, pasando por
el buen o mal humor y los sentimientos dominantes, hasta
las ocupaciones y preocupaciones del momento, el éxito o el
fracaso en la labor profesional… y la actitud más de
fondo hacia la otra persona. Como consecuencia de tales variables,
también lo es —¡en cada caso!— la «capacidad sexual» de
un varón o de una mujer: lo que en estos
instantes es «un prodigio de potencia», tal vez dentro de
tres horas, por un simple cambio hormonal, se transforme en
una especie de mamarracho, incapaz de saciar las ansias del
varón o de la mujer menos exigentes.
Y todo ello
sin tener cuenta hasta qué punto el acoplamiento de los
esposos requiere normalmente de cierto tiempo, y es siempre fruto
del amor que lleva a estar más pendiente del otro
que de sí mismo y a intentar adaptar nuestras propias
necesidades, deseos o caprichos al bien (y al bienestar) del
otro cónyuge. Pero es que la mejor manera de conocer a
nuestro futuro cónyuge en ese ámbito consiste, como antes sugería,
en observarlo en los demás aspectos de su vida, y
tal vez principalmente en los no se relacionan directamente con
nosotros: reflexionar sobre el modo como se comporta en su
hogar, trabajo o estudio, con sus amigos o conocidos… y,
añado ahora, con sus «enemi-gos», pues en algún momento de
nuestro vida matrimonial seremos considerados como tales, etc.
Y si
en esas circunstancias es generoso, afable, paciente, servicial, tierno, desprendido…,
puede asegurarse, sin temor al engaño, que a la larga
esa será su actitud en la vida cotidiana y en
las relaciones íntimas.
Mientras que la «comprobación directa», e incluso
la forma de tratarnos, por responder a una situación claramente
«excepcional» —el noviazgo siempre exultante y a veces un tanto
«lanzado»—, no sólo no proporciona datos fiables sobre su futuro,
sino que en muchos casos más bien los enmascara. Por eso,
frente a una opinión muy difundida, cabría afirmar que «vivir
(y acostarse) juntos» es la mejor manera de no saber
en absoluto cómo va a actuar la otra persona —en
el minuto a minuto y a lo largo de los
años— durante el matrimonio.
Repito que no se trata de
una mera ficción ni una suerte de «invento piadoso» para
desaconsejar esa convivencia: como acabo de apuntar, resulta bastante fácil
caer en la cuenta de que la situación que se
crea en tales circunstancias es por completo artificial… y muy
diversa de lo que será la vida en común, día
a día —¡no sólo noche a noche!—, cuando ambos estén
casados.
A esa radical diferencia dedicaré todo lo que sigue.
Tomás Melendo Granados Director Académico de los Estudios Universitarios sobre
la Familia
Parte II. ¿Antropología de la boda?: ¡no se
ponga usted tan serio!
Preguntas y comentarios al autor
Consultorios
en línea. Dudas personales, asesoría doctrinal y espiritual, vocacional, problemas
familiares...
Foros de Catholic.net
Imagen: www.selecciones.com |
|