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Ojalá que el sacramento del matrimonio sea algo más que un mero trámite o costumbre
Casarse bien
La semana pasada hemos tenido varias horas de encuentro
con los chicos y chicas que piensan contrarer matrimonio este
verano. En un clima de amistad, diálogo y participación hemos
ido abordando algunos de los temas más importantes de la
vida matrimonial, guiados por la palabra y el testimonio de
esposos que tienen no sólo conocimientos teóricos, sino también amplia
experiencia.
Resulta fácil comprobar en estas jóvenes parejas la ilusión y
el amor con que se acercan al matrimonio. No obstante,
y sin pretender ser un aguafiestas, nos permitimos comenzar haciéndoles
una pregunta: ¿sabéis cuántos matrimonios se han roto en
nuestra parroquia los últimos años? Unos decían que veinte,
otros treinta... Lo cierto es que, haciendo un poco de
memoria, hemos ido confeccionando una lista (para uso privado y
personal) en la que aparecen ya más de ochenta matrimonios
rotos. Y estamos convencidos de que la mayoría de ellos
se casaron con tanta ilusión y con tanto amor y
seguridad como los asistentes al Cursillo Prematrimonial.
La segunda pregunta era
esta: ¿Qué podéis hacer vosotros para no tropezar en la
misma piedra? ¿Qué se puede hacer para evitar esta catástrofe?
-Antes
de casarse hay que madurar como personas. Si una persona
se casa inmadura, vacía, sin valores... no es fácil que
el matrimonio la transforme.
¿Están hoy maduros los que se
casan?
-En la sociedad actual parece que todo arrastra a lo
más fácil, a lo más cómodo. La paciencia y el
espíritu de sacrificio no son las características más señaladas de
nuestro tiempo. La gente se encapricha por poca cosa y
somos tan testarudos que nos cuesta ceder. Aplicado a la
vida matrimonial, la poca capacidad de aguante, empezando por pequeños
detalles, suele llevar a la ruptura total.
-Si todo se
centra en el el disfrute fisiológico, y no se tienen
en cuenta otros valores de índole espiritual, a la larga
puede resultar decepcionante.
-Alguien decía que ante todo los que se
casan deben acostumbrarse a hablar y dialogar entre ellos, porque
a la larga lo más importante y lo que más
llena es precisamente el conversar horas y horas. Mal se
puede entrenar uno para el diálogo cuando se tiene constantemente
encendida la televisión, incluso a la hora de comer, cuando
cada uno va a lo suyo y no hay tiempo
para estar juntos y hablar.
-El alcohol, la droga, el juego...
-tantos vicios de nuestro tiempo- son sin duda los mejores
desencadenantes de un fracaso matrimonial. También las malas compañías. ¿Por
qué los esposos no siguen saliendo juntos, como cuano eran
novios?
-El mundo de hoy facilita la infidelidad. A veces se
empieza por poco, tonteando con otra persona, porque la mujer
o el marido no se va a enterar... Aquí sí
que es preciso cortar por lo sano antes de que
se líe la madeja, que el demonio anda muy suelto.
-Entre
las causas que pueden contribuir a las desavenencias en un
matrimonio puede estar la familia. Parece mentira, pero es verdad.
Hay familias que se entrometen demasiado en la vida de
la pareja y en ese caso es preciso cortar por
lo sano. "Dejará el hombre a su padre y a
su madre..."
-Claro que el dinero tiene su importancia en la
vida matrimonial. Pero tampoco lo es todo. Es mejor poco
y bien administrado que mucho mal empleado. No vendría mal
cierto espíritu de pobreza y austeridad, no dejarse arrastrar por
la sociedad de consumo o por lo que otros gastan
y tienen. Como el vecino compró un coche nuevo,
yo también...
-Amor, respeto, capacidad de perdón... palabras claves. En muchos
de los asistentes quedó grabada la frase: No esperéis al
día siguiente a reconciliaros. Nunca os acostéis guardandoos rencor.
-Cuando hay
una espiritualidad, una fe común, compartida y practicada, es mucho
más fácil respetarse, comprenderse, quererse. Nos comentaban unos esposos que
durante los primeros años de su vida matrimonial, apenas iban
a Misa como no fuera en una fiesta, un entierro
o de raro en raro, pero que a raíz de
la catequesis de sus hijos decidieron ir a Misa todos
los domingos y acercarse más a la Iglesia. Y constataban
que desde entonces ha ganado enormemente en calidad su vida
matrimonial.
Ojalá que el sacramento del matrimonio sea algo más que
un mero trámite o costumbre. Que sea un programa de
vida según Dios y con la ayuda de Dios.
Comentarios al autor El padre Máximo es un
sacerdote español, párroco de un pueblo minero llamado Fabero del
Bierzo (León - España), de la Diócesis de Astorga. Da
clases de religión en el Instituto y colabora semanalmente en
la Hoja Parroquial de la Diócesis.
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