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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: es.catholic.net (1-3-2004) Una niña escribe a Dios
Sus últimas palabras: “Dios... mamá... papá...”. Y muere con una sonrisa
Una niña escribe a Dios
Antonietta Meo nació en Roma el 15 de diciembre
de 1930. Muy pronto tuvo que sufrir lo indecible por
culpa de un cáncer de huesos especialmente agresivo. No había
cumplido 6 años cuando, el 25 de abril de 1936,
le es amputada la pierna izquierda.
Con una pierna ortopédica pudo
seguir yendo a la escuela, y se preparó con la
ilusión propia de todos los niños a la primera comunión.
Recibió a Jesús Eucaristía en la Navidad de 1936.
Los tres
meses que la prepararon a ese gran día se desarrolló
una curiosa aventura espiritual. Antonietta (en casa le llaman Nennolina)
pide a su madre, Maria Ravaglioli, que le escriba algunas
cartas, cartas dirigidas a Jesús, a Dios Padre, al Espíritu
Santo, a la Trinidad, a la Virgen o, a algún
santo. Su madre se pone a escribir lo que su
hija le dicta. Cada noche pone las cartas debajo de
una estatua del Niño Jesús, al pie de la cama:
así las podrán leer sus destinatarios.
Una niña de seis años
escribe a Dios, y le dice cosas tan sencillas y
tan familiares como esta:
“Querido Dios Padre: ¡Dios! ¡Padre! ¡Padre...! ¡Qué
bonito nombre...! ¡Querido Dios Padre...! Haz que pronto me cure
para que este domingo pueda recibir el sacramento de la
confesión. Querido Dios Padre: me gusta tanto este nombre, porque
quiere decir padre de todo el mundo. Tú que eres
el creador... manda el Espíritu Santo sobre todos nosotros. Querido
Dios Padre, te quiero muchísimo” (22 de noviembre de 1936).
¿Qué
puede sentir Dios al leer estar cartas? No lo sabemos,
pero Nennolina hablaba con Él como puede haberlo cualquier niño
con el mejor de sus amigos.
El cáncer no perdonaba. Después
de recibir la confirmación, el 19 de mayo de 1937,
los dolores se hacen más intensos. Antonietta avanza hacia la
muerte en medio de una paz profunda y de un
amor creciente hacia Jesús. El 12 de junio ingresan a
la niña en el hospital, y tienen que extraerle líquido
de los pulmones. Sufre mucho, pero no deja de sonreír.
El 3 de julio de 1937 susurra sus últimas palabras:
“Dios... mamá... papá...”. Y muere con una sonrisa.
Cuando se conoce
la existencia de las cartas, hubo un sinfín de peticiones
para que fuesen publicadas. Así pudimos descubrir cómo una niña,
en medio de su dolor, hablaba con su Padre del
cielo, con la ternura y con la confianza propia de
quien se sabe amada con locura.
Antonietta, con su normalidad, con
sus nervios, con sus caprichos (por los que pide sencillamente
perdón en muchas cartas) nos invita a acoger el Reino
nuevamente con ojos sencillos, como los niños, y a vivir
con la ilusión apostólica que trasluce en sus escritos, siempre
llenos de oraciones por quienes no conocen a Dios o
viven lejos por culpa del pecado. “De los que son
como los niños es el Reino de los cielos...” (cf.
Mt 19,14).
(Benedicto XVI aprobó, el 17 de diciembre de 2007,
el decreto por el que se reconocen las virtudes heroicas
de Antonietta Meo. Desde ese momento es "sierva de Dios").
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Imagen: aciprensa.com
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