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Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: vigometropolitano.com De la Escuela de Ingeniería al Seminario
Se llaman José Alberto Montes Rajoy y Juan Luis Martínez Diz y están decididos a recibir el diaconado
De la Escuela de Ingeniería al Seminario
El diaconado supone “el último pasito cara a la
ordenación sacerdotal. El ver que aquella inquietud veraniega, no es
ya sólo un fogonazo espiritual, sino la aceptación por parte
de la Iglesia de esa vocación”, comenta Alberto. Juan Luis
ve en el diaconado “el paso definitivo, el momento en
el que me consagro de por vida al servicio de
Cristo”.
El próximo día 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación
del Señor, dos alumnos del Seminario Mayor de Vigo serán
ordenados diáconos por el obispo diocesano, José Diéguez Reboredo, a
las 18.30, en la concatedral viguesa de Santa María.
Se llaman
José Alberto Montes Rajoy y Juan Luis Martínez Diz. Alberto,
de la parroquia de Fátima, en Vigo, nació en 1978
en Ciudad de México, hijo de emigrantes gallegos. Allí cursó
hasta tercero de Ingeniería. “Al empezar el cuarto año, a
los pocos días, cogí el avión para entrar en el
Seminario”, nos comenta. Un retiro espiritual se cruzó en su
vida y dejó la Ingeniería, México y a su novia
para embarcarse en una nueva ruta que le ha conducido
a las puertas del diaconado.
También Juan Luis, un tudense de treinta y tres años,
de la parroquia de La Guía, iba para ingeniero. Llegó
incluso a titularse como Ingeniero Técnico Industrial. Confiesa haber sentido
desde muy joven la inquietud vocacional, pero hubo de vencer
las dudas hasta ingresar en el Seminario: “Me decidí a
probar. Y de eso ya hace seis años y cada
día estoy más convencido de que ser sacerdote es lo
más maravilloso del mundo, y es que cuando se ve
clara la vocación todo lo demás pierde el gusto”.
Ambos valoran
positivamente sus años de formación en el Seminario, una etapa
que les ha aportado “ilusión y firmeza en la decisión
tomada”, como contesta Alberto. A los dos les ha impactado
la figura de Juan Pablo II: “Hasta abril del año
pasado - comenta Alberto - era el único Papa que
conocí. Gracias a Dios tuve la oportunidad de estar muy
cerca de él, en sus dos últimas visitas a México.
Dichos encuentros fueron la manifestación de un hombre enamorado y
entregado por completo a Dios.
Y más recientemente, la última visita de Juan Pablo II
a España, en el Aeródromo de Cuatro Vientos, donde nos
ánimo a todos los jóvenes a seguir la invitación que
Cristo nos hace”. Juan Luis nos dice: “En las seis
ocasiones que tuve la suerte de verlo, me produjo una
gran impresión. La primera en 1993, en la Plaza de
Colón (¡quién me iba a decir que entraría en el
Seminario!), me quedó grabada la sensación que experimenté cuando pasó
al lado; pero fue en la beatificación de los pastorcitos
de Fátima, a los pies de Nuestra Señora, cuando me
tocó el corazón de tal manera que no pude resistir.
En fin, Juan Pablo II es una pieza clave en
mi vida”.
Los dos seminaristas tienen un alto concepto de las
exigencias que comporta ser sacerdote. Para Alberto, la gente espera
de los sacerdotes “amor y fidelidad a la vocación recibida”.
Juan Luis condensa su opinión al respecto en una frase:
“que sean santos”.
La fidelidad
en las cosas pequeñas parece ser el camino adecuado para
cumplir los compromisos más grandes; entre ellos, la obediencia al
Obispo o el celibato: “Un día tras otro con la
constancia de lo pequeño, de lo que aparentemente tiene poca
importancia, pero que nos capacita para, llegado el momento, superar
las duras pruebas”, afirma Juan Luis.
No dudan a la hora
de proponer su ideal de vida a otros jóvenes que
puedan sentir la misma inquietud que ellos han sentido. Según
Juan Luis, “el discernimiento vocacional es de lo más sencillo
cuando se tiene buena voluntad. Merece la pena”.
Alberto recomienda a estos jóvenes “que se
acerquen a charlar con algún sacerdote, puede ser su párroco,
algún sacerdote de su confianza o algún formador del Seminario
de Vigo, y ellos seguro que los sabrán aconsejar”.
Se les
ve contentos e ilusionados. El diaconado supone “el último pasito
cara a la ordenación sacerdotal. El ver que aquella inquietud
veraniega, no es ya sólo un fogonazo espiritual, sino la
aceptación por parte de la Iglesia de esa vocación”, comenta
Alberto. Juan Luis ve en el diaconado “el paso definitivo,
el momento en el que me consagro de por vida
al servicio de Cristo”.
De manos del Obispo recibirán la ordenación
diaconal, sacramento que los configurará con Cristo siervo de todos
para el servicio de la Iglesia en el ministerio de
la Palabra, del culto divino, la guía pastoral y la
caridad. Prometerán obediencia a su Obispo, vivir el celibato y
rezar la Liturgia de las Horas. Después de un tiempo
de ejercicio del ministerio de diáconos, serán, si todo va
bien, ordenados presbíteros para atender, ya como sacerdotes, a los
fieles que se les encomienden.
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