Más amistad y menos sexo. Más diálogo y menos ruido
Amigos para siempre, ¿esposos mañana?
Hay casi cuatro millones de solteros en Nueva York. Datos
del internet sugieren que mucha gente planea sus citas de
modo semejante. En Marzo, cientos de neoyorquinos optaron por su
primera cita en base a tacos: de pescado, de saltamontes
secos, tacos para después de surfear en Rockaway Beach. Al
final del mes, pasaron de moda, y el fondue se
convirtió en el campeón de las citas. Unas semanas después,
los rollitos de langosta eran la furia. A mediados de
mayo las citas enfriaron las langostas y se dedicaron a
comer ostras.
Cuando en la “prehistoria” del siglo pasado, uno quería
proponer a una niña si quería salir contigo no era
muy difícil. Llegabas y le decías “oye me gustas, ¿quieres
que salgamos?”. El resto era cuestión de mayor o menor
habilidad, de tener sencillos temas de conversación y de algunos
consejos pedidos a los buenos amigos. Hoy todo es más
complicado. Los jóvenes se sofistican mucho para establecer la primera
cita, o la primera de las citas. Hay que ir
vestido impecable (si los zapatos son Ferragamo mejor) pero lo
peor es que la relación se parece a un combate
de esgrima.
Las reglas han cambiando porque aunque la relación
se hace desde la atracción, también nace de la desconfianza.
Empezar a salir con alguien ya no es simplemente un
paso para una boda en el horizonte. Es para conocerse
con bastante recelo, con miedo a que te engañen desde
el primer momento. Y es que la primera cita cuesta
construirla desde la sinceridad, la sinceridad de que independientemente del
futuro, si se llega al matrimonio o no, el proyecto
de ambos es el mismo. Así se hacía, y así
se debería hacer una cita, un noviazgo, y quizá al
final un matrimonio.
Hoy todo se complica. Empezando por lo
que el otro puede pensar de mí, en vez de
buscar lo que el otro quiera pensar CONMIGO. La inseguridad
se arraiga porque la cita puede decir mucho de tu
personalidad o manifestar valores que se comparten o no. Los
jóvenes tienen miedo de ser engañados desde el principio, no
con otra pareja, sino con el interior de uno mismo.
La sinceridad asusta, porque la sinceridad puede dañar, exponer, arriesgar.
Y más cuando sabes que el otro lleva varias vueltas
con algunas de tus amigas, o la otra ya se
ha paseado en el coche de varios de tus amigos.
En un sereno diálogo los padres tienen que enseñar a
los hijos a relacionarse. Los padres no pueden tener miedo
a instruir a los hijos en el arte del noviazgo,
en los consejos que forman la sinceridad del corazón, la
claridad en el proyecto, los códigos de la afectividad. Nadie
nace sabiendo, nadie se enamora sabiendo. Los matrimonios sólidos requieren
de arranques sólidos.
Nuestros jóvenes arrancan llenos de miedo, de
inseguridad, de pánico. Pánico por el sexo, pánico por la
decepción, pánico por el compromiso. Los jóvenes tienen que crecer
en la mutua amistad, que será la mejor forma de
crecer en la confianza, de la que nacerá el compromiso
que vislumbra el matrimonio en el horizonte. Más amistad y
menos sexo. Más diálogo y menos ruido. Más confianza y
menos vulgaridad. Si no sabemos hacer amigos hoy, no podremos
hacer esposos mañana
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