Autor: Víctor Corcoba Herrero | Fuente: Catholic.net Lo que prima es el cuerpo
La felicidad no la da un cuerpo dotado de hermosura, sino otros valores como pueden ser la entrega incondicional a los demás
Lo que prima es el cuerpo
Se impone lo material. Con todas sus fuerzas. No
se adormece. En todas las estaciones. Siempre está en temporada.
Los cuerpos a la carta. Para eso están los salones
de belleza, gimnasios, clínicas de cirugía estética, y demás santuarios
de placeres. Nos lanzan sus cebos, con el mismo cuidado
y mimo, que lo hacía mi abuelo cuando iba a
pescar truchas al río Sil. El bombardeo publicitario nos engancha.
Es un negocio redondo. Lo refrendan las estadísticas que nos
sitúan a la cabeza de este mercado en la Unión
Europea. Estar a la última moda y lucir un buen
tipo se ha convertido, para muchos, en el salvoconducto para
alcanzar el clímax del gusto y vivir del cuento. Un
placer que, por otra parte, a veces, nos deja más
sinsabores que sabores placenteros. El de ser dominados, por ejemplo.
Para hacernos ver otra cosa está la tele y las
revistas del cotilleo. Que sientan cátedra, por desgracia. Nos proponen
estereotipos corporales que nos encienden la ilusión.
El cuerpo ya
no se considera como realidad típicamente personal, como señal de
identidad. Se reduce a pura materialidad y apariencia. No importan
los retoques con tal de saborear las mieles del goce.
Ya mismo surge una nueva hipoteca. La del cuerpo. Y
los bancos y entidades crediticias serán dueños de nosotros, aún
más si cabe. Claro. Los arreglitos valen un riñón y
parte del otro. Haber si por lo menos desgrava en
Hacienda. Somos cuerpos vendidos. Y todo por una boca bien
dibujada y carnosa para seducir y rejuvenecer el look. O
por unos pechos llenos de silicona. Encima no son de
oro, ¡jolines! Hasta es posible cambiar la mirada. Es
la imagen de una felicidad encerrada en el círculo vicioso
del deseo más instintivo, que, para más INRI, promueve la
esbeltez como sinónimo de salud y estética, mientras que la
obesidad se relaciona con lo insano y antiestético. Para colmo
de males, nos ofrecen el peso perfecto, las medidas perfectas...
Consecuencia de todo ello, la anorexia. Los jóvenes, ya se
sabe, necesitan tener modelos a imitar. Lo físico es la
guinda. Luego resulta que, con tantas chapuzas corporales, chapoteo de
tatuajes y demás pluscuamperfectos colgantes, ni nos reconocemos en
el cuarto de baño. Otro gallo nos cantaría, sí los
figurines no cotizasen en exclusiva. Hemos perdido el más común
de los sentidos, el de mirarse a sí mismo con
buenos ojos, aceptar lo que uno es, y lo que
tiene, y decirse todos los días, lo que el enamorado
dice a la flor. Es la mejor medicina para la
salud y el bienestar.
Lo malo de todo este tinglado, es
que hemos convertido los cuerpos serranos en serranías de carne.
En pura materia, donde todo se compra y se vende.
Olvidamos que somos más que un cuerpo bonito. La persona
humana no puede renunciar a ser ella misma. Los modelos
que nos presentan los poderosos medios de comunicación, no son,
la verdad, muy aconsejables. Vivimos unos momentos donde todo vale,
como cultura y cultivo. Incluido el culto al cuerpo. La
publicidad es tan pujante y repetitiva que, no pocas personas,
piensan que se es más feliz en función del grado
de belleza física alcanzado. Siempre juvenil y sin arrugas. No
se acepta que pasen los años y el cuidado corporal
llega a convertirse en algo obsesivo y en un valor
absoluto. Hemos caído en la trampa de considerar la vida
del ser humano como una mercancía de consumo. Cuestión grave
para vivir a corazón abierto. Todas estas contradicciones y situaciones
paradójicas de bellezas exteriores, son síntomas de falta de armonía
entre la lógica del bienestar y la lógica de los
valores éticos fundados en la dignidad de la persona.
La
nueva plasticidad del cuerpo, se ha puesto de moda. Poco
importa lo espiritual. Lo físico, lo que entra por los
ojos a primera vista, cada día es menos auténtico. ¿Quién
lo diría? Las distintas clínicas son capaces de metamorfosearnos, y
escapar, así, de nuestro cuerpo biológico. ¡Qué cara! ¿Y si
yo me gusto, por qué cambiar? Prefiero ser un don
Quijote y cambiar la sociedad. Para que se fije más
en lo interno. En lo del corazón verdadero. En lo
de la poesía en los labios. Y en lo de
respirar el aroma de una mirada inocente que se injerta
en el alma, con todo el amor del universo. ¡Esto
sí que me libera y me asciende a las alturas!
La
felicidad no la da un cuerpo dotado de hermosura, sino
otros valores como pueden ser la entrega incondicional a los
demás. La donación de uno mismo. Eso es lo que
hay que fortalecer y reforzar. Lo que no se hace.
Cada día, a poco que miremos a nuestro alrededor, notaremos
la sed de alegrías, a pesar de tantos festines. La
diversión verdadera es aquella que nos engrandece. Nos pone majos.
Como si llevásemos un ángel a nuestro lado. Esos rostros
de belleza sí que imprimen encanto. Esa dulzura, estilo
y buen gusto, no es posible conseguirla en ninguna clínica
o salón de belleza.
Muchos de nuestros contemporáneos han perdido el
verdadero sentido de la vida y lo buscan en sucedáneos,
en operaciones externas, en cambios de imagen y hasta
de sexo, en un desenfrenado consumismo, en comilonas donde
corre la droga, el alcohol o el erotismo a dos
bandas: la homosexual (tan de moda hoy) y heterosexual. “Hay
que probarlo todo”, leo en un anuncio por palabras. Buscan
la placidez, pero el resultado es siempre una profunda tristeza,
un vacío del corazón y muchas veces la desesperación. No
se gustan por fuera porque han olvidado asearse por dentro.
Ciertamente no es fácil. El capitalismo salvaje nos puede tanto,
que nos atonta. Hasta hacernos perder la razón de ser,
nuestra identidad y carácter, nuestros modales intrínsecos que nos vigorizan
y vivifican, sobre todo en lo de ser una señorita
de buen ver o un señor de buen vivir. Que
no pasa, desde luego, por tener solamente un cuerpo diez.
En cualquier caso, si deseamos llegar a la consecución de
la alegría y ser un poco más felices, estoy convencido
de que hemos de avanzar en una rigurosa ascética personal
que nos haga más de los afectos (fondos) y menos
de los aspectos (formas). Lo más gozoso es quererse uno
antes por lo que se es, una persona en busca
de la verdad y de sus creencias. Lo demás son
aditamentos que nos atrapan y nos esclavizan.
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ME GUSTARIA SABER QUIEN ESCRIBE ESTE ART. SACERDOTE, RELIGIOSO, RELIGIOSA O FIEL CRISTIANO??
ESTAS ENTERADO QUE LA SITUACION QUE DESCRIBES AFECTA TREMENDAMENTE A LA VIDA CONSAGRADA Y SACERDOTAL?
El tema: LO QUE PRIMA ES EL CUERPO Lo he leído con atención y me ha parecido muy bien erlaborado.
Si mi cuerpo es tan bello no necesito maquillarlo para que otros vean el material sintético que le añado. Soy de los que pienso que el agua y el javón son suficientes para mantener hermoso mi cuerpo.
Si el cuerpo de la m ujer es igualmente bello para qué se m,aquillan si con solo verse lindas el hombre las admira. Le aconsejo a las mujeres que no se maquillen tanto sino que se bañen y se vistan bien. Yo admiro a las mujeres pero sin maquillaje.
Sr. Autor, me llamo mucho la atencion su articulo. Yo voy al gimnasio todos los dias y disfruto mucho esta actividad porque me ayuda a desestresarme y sentirme con energia. Tambien lo hago porque estoy obesa y alguna vez fui delgada y tenia un muy hermoso cuerpo. Ahora, despues de mi embarazo, eso quedo en el pasado, pero quiero volver a ser delgada. Mi cara es de verdad muy fea, solo mi cuerpo resaltaba, pero ahora estando gorda, la verdad soy un mounstro. De hecho los novios que he tenido solo han querido estar conmigo por tener relaciones y luego han criticado mi fealdad. Soy madre soltera y mi hijo es verdaderamente guapo y todos dicen que se parece al padre, porque soy tan fea que no se puede parecer a mi. Usted no piensa que yo si tengo un por que de ir al gimnasio? Usted tendria que ver mi cara para darse cuenta que soy realmente fea y que no le estoy mintiendo y en muchas ocasiones despues de tanto maquillaje solo quedan lagrimas en mi rostro porque ni el mejor maquillaje me puede dar una cara bonita.