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Autor: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E. | Fuente: El Teólogo Responde ¿Presenta internet alguna objeción moral?
Insertarnos en este fenómeno tratando de canalizarlo, guiarlo y enmarcarlo moralmente para que sea una realidad al servicio del hombre
¿Presenta internet alguna objeción moral?
La Internet fue creada en 1983; diez años más tarde
conectaba alrededor de dos millones de computadoras y era usada
por cerca de 23 millones de usuarios. Las cifras se
han multiplicado vertiginosamente desde esa fecha. En la actualidad ha
desbordado ampliamente su uso primario como “correo electrónico” entrando en
el campo de las transacciones monetarias, del desarrollo cultural e
incluso de los servicios médicos.
¿Qué decir de los aspectos morales
que se relacionan con ella? Internet, como la informática en
general, es una obra de la técnica y desde esa
perspectiva debe ser analizada. Las obras del hombre se dividen
en dos clases: los actos morales, y los actos del
arte o técnica; los primeros tienen por objeto directamente la
persona humana del que obra de su prójimo; los segundos
tienen como objeto las cosas exteriores materiales que se fabrican,
construyen o transforman. La clave de todo el problema consiste
en responder a la pregunta: ¿hay independencia entre la técnica
y la ética o moral? Muchos reivindican una absoluta independencia
(por ejemplo, en el plano de la experimentación embrional, clonación,
fecundación artificial, experimentación química y atómica, etc.). Sin embargo debemos
afirmar que no puede darse una independencia absoluta, y esto
hay que defenderlo con todas las fuerzas pues está en
riesgo la misma persona humana.
La ciencia y la técnica
están al servicio de la persona humana, versan sobre realidades
materiales pero siguen siendo actos de una persona humana sobre
el universo material al que pertenece esa persona humana. Por
eso, aunque los criterios sean diversos, el campo de la
técnica debe estar subordinado al de la ética. Este es
el marco: el técnico puede buscar siempre más y más
el progreso técnico pero siempre subordinándose al bien de la
persona humana; y debe abandonar una técnica por muy provechosa
o redituable que sea cuando ella atenta contra la dignidad
de la persona humana. Ha sido dicho: “Sería ilusorio reivindicar
la neutralidad moral de la investigación científica y de sus
aplicaciones.
Por otra parte, los criterios orientadores no se pueden tomar
ni de la simple eficacia técnica, ni de la utilidad
que pueden reportar a unos a costa de otros, ni,
peor todavía, de las ideologías dominantes. A causa de su
mismo significado intrínseco, la ciencia y la técnica exigen el
respeto incondicionado de los criterios fundamentales de la moralidad: deben
estar al servicio de la persona humana, de sus derechos
inalienables y de su bien verdadero e integral según el
plan y la voluntad de Dios” [1].
Los actos técnicos o
artísticos pueden ser bien usados o mal usados: transmitir información,
perfeccionar las técnicas de comunicación visual o dominar la materia
atómica, puede servir para usos moralmente buenos o para usos
éticamente reprobables; el problema no es la máquina sino el
hombre que la usa. “La ‘técnica’, entendida como un conjunto
de instrumentos de los que el hombre se vale en
su trabajo, es indudablemente una aliada del hombre. Ella le
facilita el trabajo, lo perfecciona, lo acelera y lo multiplica.
Ella fomenta el aumento de la cantidad de productos de
trabajo y perfecciona incluso la calidad de muchos de ellos.
Pero, por otra parte, es un hecho que a veces
la técnica puede transformarse de aliada en adversaria del hombre,
como cuando la mecanización del trabajo ‘suplanta’ al hombre, quitándole
toda satisfacción personal y el estímulo a la creatividad y
responsabilidad; cuanto quita el puesto de trabajo a muchos trabajadores
antes ocupados, o cuando mediante la exaltación de la máquina
reduce al hombre a ser su esclavo” [2].
De aquí
que se despierten tantos interrogantes en torno a este desarrollo
tecnológico; interrogantes que “encierran una carga particular de contenidos y
tensiones de carácter ético y ético-social” [3]. Por eso la
importancia de dictaminar los criterios morales que han de regir
este campo.
Esto es lo que sucede con la informática en
general y con Internet en particular. Y este es el
motivo por el cual la ciencia debe estar subordinada necesariamente
a la moral. Quisiera indicar los principales usos buenos y
malos que presenta hoy en día Internet y el campo
de acción que este fenómeno abre.
1. El buen uso
Los
buenos empleos son innumerables y bien conocidos; por eso me
limito a mencionar algunos.
1) En el campo de la educación
permite el acceso a una mejor y más rápida documentación.
Hoy en día el ingreso a las grandes bibliotecas del
mundo no es algo restringido a quienes tienen los medios
económicos para viajar. Las pistas informáticas han puesto documentación antes
casi inaccesible a disposición de los investigadores. Lo mismo se
diga con la revolución educativa introducida por los métodos interactivos
en todas las materias, y de modo particular en el
estudio de las lenguas. Los medios informáticos permiten hoy en
día una educación a distancia con cierta eficacia; ya desde
1985 se dictan por este medio cursos y carreras completas.
En la actualidad cerca de 300 universidades enseñan de esta
manera.
2) En el campo de la salud y de la
vida está permitiendo intercambios de información y consulta médica; por
ejemplo, la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos
lanzó el 26 de junio de 1997 un “sitio” en
Internet llamado “Medline” que compendia resúmenes de cuatro mil revistas
médicas, con nueve millones de referencias; cinco meses más tarde,
según el diario La Nación, recibía un millón de consultas
diarias [4]. También se hacen ya intervenciones quirúrgicas con asesoramiento
actual de expertos que se encuentran a distancia.
3) En el
campo de la información es más que evidente su utilidad:
tenemos información mundial al instante de todo tipo de acontecimientos.
4)
En el campo de las relaciones humanas y sociales vale
otro tanto: el correo electrónico y las otras vías de
comunicación informática aceleran las relaciones, sacan del aislamiento a personas
solitarias, acortan las distancias de los seres queridos que se
ven alejados temporal o definitivamente, permiten mantener vivas las amistades
y los intercambios de opinión, etc.
Resumiendo todo esto ha escrito
hace ya algunos años el Papa Juan Pablo II hablando
del porvenir del próximo milenio: “El desarrollo de la informática
multiplicará la capacidad creadora del hombre y le permitirá el
acceso a las riquezas intelectuales y culturales de otros pueblos.
Las nuevas técnicas de la comunicación favorecerán una mayor participación
en los acontecimientos y un intercambio creciente de las ideas...”
[5].
2. El mal uso
Internet también puede ser mal
usada y abusada. Señalemos entre otros problemas:
1) Ante todo, el
carácter absorbente que puede revestir Internet (de modo particular el
“navegar” por la “web”). Los medios de comunicación en general
son cautivantes, porque se dirigen a los sentidos que quedan
como absortos por la imagen, el sonido y especialmente por
la imagen en movimiento. Según datos actuales [6] el 19%
de los “navegantes” argentinos se internan en la web entre
50 y 100 horas semanales (¡esto significa un promedio entre
7,5 a 14,5 horas diarias!); el 17% lo hace entre
10 y 19 horas semanales y el 15% lo hace
entre 20 y 29 horas. Se comprende que un fenómeno
semejante haya llevado en algunos casos a rupturas familiares, separaciones,
hijos que abandonan sus hogares o son puestos directamente en
la calle por sus padres.
Los periódicos han hablado hace
unos años de un hombre en Estados Unidos que tomó
conciencia de que su esposa (quien ya no le preparaba
la comida, ni arreglaba la casa, ni lo acompañaba a
jugar al golf) lo había reemplazado por su adicción a
Internet; cuando la conminó a elegir entre Internet y él,
ella eligió Internet. El uso de la computación tanto para
juegos como para la navegación por Internet (y en mucho
menor escala en otro tipo de trabajos) puede comportarse como
una droga, produciendo una suerte de adicción compulsiva relacionada con
la curiosidad y que reviste síntomas psíquicos y físicos bien
definidos (problemas en la vista, dolores físicos, pesadillas, pensamientos obsesivos,
aislamiento social, incapacidad de relación real, etc.).
2) El segundo problema
es el fenómeno aislante que puede causar Internet. Se suele
escuchar que el desarrollo de los medios de comunicación informáticos
ha hecho de nuestro planeta una “gran aldea”, o aldea
global: todos vivimos más cerca, nos conocemos, las acciones de
uno repercuten prontamente en los demás... Sin embargo, existe el
peligro de que esta gran aldea se convierta en un
enorme desierto poblado de solitarios. Hay muchas personas que viven
a gusto en las llamadas “ciudades virtuales” (en las que
la gente que se conecta obtiene ciudadanías, hace negocios o
se encuentra con amigos sin salir de su casa [7])
pero no viven a gusto en su propia sociedad.
Uno
puede preguntarse si muchos de los que se conectan con
cientos de “ciberamigos” en realidad se conectan con “otras personas”,
es decir, si experimentan realmente la “alteridad” en sus comunicaciones,
o si bien la comunicación se realiza con su propia
computadora (como lo haría con un juego interactivo) a la
cual sin saberlo otras personas prestan voz y pensamiento. A
veces “los otros” no pasan de ser un singular tamagotchi
encerrado en la computadora personal que bien podría no ser
una persona real sino un juego programado para dialogar con
el jugador; en tal caso, ¿habría alguna diferencia? Esto significa
que la multiplicidad de comunicaciones mediante la informática no constituyen
necesariamente un antídoto contra el aislamiento; podemos estar viendo crecer
una generación de “autistas informáticos”.
3) Otro problema grave que se
presenta relacionado con Internet es el servicio que la Red
puede prestar a la canalización de ideologías y de comportamientos
desviados. Dos son los fenómenos más relacionados con este peligro:
la propaganda pornográfica y la propaganda sectaria.
a) La propaganda sectaria.
La dificultad de controlar la información ofrecida en Internet permite
que la red informática se convierta en canal de proselitismo
sectario. Peligro que se agudiza en nuestro tiempo pues, como
ha dicho Hank Hanegraff, presidente del Instituto de Investigación Cristiana:
“a medida que nos acercamos al fin del milenio, los
cultos religiosos y pseudocristianos hacia los OVNI aumentan” [8]. Es
bien conocido el caso de Marshall Applewhite, fundador de la
secta “Heaven’s Gate”, que se suicidió el 26 de marzo
de 1997 en Rancho Santa Fe, California, con 38 correligionarios,
creyendo que de este modo se engancharían en la cola
del cometa Hale Bopp donde los esperaba una nave redentora
extraterrestre. Los miembros de esta secta hacían prosélitos por medio
de Internet, y un año antes de su suicidio colectivo
habían puesto a disposición e todos los usuarios de Internet
una página Web con un manual de 400 páginas donde
se ilustraban los contenidos y fines de la secta, así
como los preparativos de su muerte. Nadie hizo nada para
impedirlo ni para evitar que algunos descarriados los siguiesen.
Algunos
periódicos informaban del suicidio diciendo: “tragedia anunciada por Internet” [9].
Tomás E. Martínez ha escrito en La Nación el año
pasado un artículo que tituló “Cuidado con el Apocalipsis”; entre
otras cosas escribía: “Dos o tres veces por semana aparecen
en mi correo electrónico mensajes de jóvenes que tienen entre
16 y 22 años y que se imaginan a sí
mismos reencarnaciones de Evita Perón o del Che Guevara... Si
el intercambio se prolongaba a dos o tres cartas, cualquiera
de mis frases era aprovechada para aludir al Apocalipsis, a
la muerte próxima, al anticristo inevitable” [10]. Hay muchos predicadores
apocalípticos al asecho; Internet se está convirtiendo en una plataforma
de propaganda. Desde este punto de vista, la proximidad del
Tercer Milenio combinado con una Internet sin control puede convertirse
en un “caldo de cultivo sectario” sobre el que se
derrama un peligroso catalizador.
b) Junto a esto hay que señalar
la amenaza no menos preocupante de la pornografía desenfrenada que
ha encontrado en el campo de la informática una nueva
fuente comercial. Hoy se habla corrientemente de sexo tecnológico, de
ciberporno, sexo virtual, etc. En un informe publicado en Inglaterra
en 1994, se establecía que la pornografía por computadora afectaba
al 10% de los colegios secundarios británicos y, además, que
ya estaba presente también en las escuelas primarias; según las
cifras oficiales del mismo país, el 2% de los niños
entre 5 y 11 años ya han “tragado” pornografía informática
alguna vez [11]. La pornografía ofrece muchas variantes en el
campo informático:
-Versiones de las revistas pornográficas.
-Juegos de computación pornográficos de
todo tipo. Algún vendedor de estos productos confiesa que recibe
10 pedidos de juegos pornográficos por cada 2 juegos de
ajedrez que vende. En Europa en los últimos meses (escribo
esto en junio de 1998) la empresa italiana Peruzzo Informática
ha lanzado ya “Mujer Virtual”, una “Tamagotchi para adultos” [12].
-También
hay que señalar las conexiones pornográficas “on line”.
-Señalo también el
llamado "sexo virtual" que mediante programas interactivos y diversos accesorios
(casco, auriculares, guantes sensoriales, prótesis tecnológicas, etc.), simulan el partner
sexual.
-La red se ha convertido en un campo de publicidad
de la prostitución, e incluso en un espacio libre para
los pederastas: la prostitución infantil y el abuso de menores
ha encontrado entre muchos niños que son usuarios habituales de
Internet y navegantes solitarios de la red un coto de
caza sin guardianes.
Este bombardeo pornográfico que se ha incrementado al
encontrar el cauce de Internet, es responsable, según autorizadas
investigaciones psiquiátricas y sociológicas, de numerosos efectos constatables en forma
creciente en nuestro tiempo como, por ejemplo: la insensibilización social
ante comportamientos desviados y ante los casos de violación femenina
e infantil, el interés morboso por la desviación sexual,
el aumento de la hostilidad y la violencia individual y
social, la insatisfacción sexual dentro y fuera del matrimonio, en
algunos casos es causante de hondas angustias y tentativas de
suicidio, y, al no superar la actitud de egoísmo
fundamental que caracteriza al comportamiento pornográfico, también es responsable de
crear personalidades neuróticas, utilitaristas, antisociales, antisexuales, afectivamente retrasadas y frustradas.
4)
Otro peligro es el de una mal entendida globalización cultural.
Los contactos culturales son sumamente importantes y buenos. Pero realizados
como hoy en día se llevan a cabo pueden comportar
la pérdida de las diferencias culturales en lo que éstas
tienen de enriquecedoras. Con la globalización cultural corremos el riesgo
de crear una “subcultura”: una cultura chata, forjada de comunes
denominadores, con un idioma pobre compuesto de palabras técnicas claves
pero desprovistas de sentido. Hay también un peligro serio y
cierto de “colonialismo cultural electrónico”.
Una dependencia total de los
medios de comunicación globales puede hacer perder los valores propios
de cada cultura o país: su lengua, sus cantos, sus
bailes, usanzas, pintura, arquitectura, historia, instituciones, etc., y ser reemplazados
por los de otra cultura, incluso inferior. Y esto es
muy grave, pues un pueblo sin identidad cultural propia, es
un pueblo sin conciencia, sin personalidad, apático, frío y triste;
es un pueblo que agoniza desnudo en una calefaccionada sala
de terapia intensiva globalizada.
5) Otro peligro es el de dar
supremacía a lo mediatico sobre lo inmediato o como ha
dicho un autorizado autor, “la tendencia a las experiencias secundarias”.
La Internet pone a nuestra disposición una enormidad de recursos
culturales, intelectuales, musicales, pictóricos, turísticos, informativos, etc. Debemos saber usarlos
sin caer en gustos desequilibrantes. Hoy en día se corre
el riesgo de crear una cultura de lo secundario: muchas
personas en lugar de contemplar las obras de arte prefieren
leer lo que se dice acerca de las obras de
arte; en vez de experimentar un concierto en directo prefieren
escucharlo en un buen reproductor de CD; en lugar de
ir a un museo prefieren pasear por sus galerías desde
el acceso fácil que les da su computadora o simplemente
coleccionar en fascículos las reproducciones pictóricas más famosas. Este es
el mundo de la experiencia indirecta, origen de una cultura
“fast food”.
La Internet puede aumentar esta tendencia poniendo al
alcance de nuestro modem las bibliotecas, los museos, los paisajes,
la música y la geografía del mundo entero. Hay que
saber poner las cosas en su lugar. Nunca lo mediato
será mejor que lo inmediato. Lo mediato es sólo un
reemplazo de lo inmediato por nuestras limitaciones; pero debemos tratar
de superar nuestras limitaciones y no ceder a la tentación
de convertirnos en turistas cibernéticos, músicos cibernéticos, amigos cibernéticos, profesores
cibernéticos... porque simplemente no hay hombres cibernéticos, en todo caso
hay seres frustrados como hombres por culpa de una cibernética
mal digerida.
6) Finalmente, indico como problema el posible empobrecimiento intelectual
de los adictos a la navegación por Internet. Ya mencioné
que la adicción a Internet tiene que ver con el
vicio de la curiosidad, exacerbada por la capacidad atractiva de
los medios audiovisuales. Un gran campo de la “navegación” tiene
como finalidad la investigación; ciertamente esto no ofrece problemas, sino
todo lo contrario. Pero un amplio margen de esta actividad
tiene como única finalidad el satisfacer la curiosidad, frecuentar juegos,
o el simple intercambio electrónico. Cuando el tiempo que consume
es elevado comienza a tener repercusiones graves en el plano
intelectual del usuario.
Giovanni Sartori, famoso politicólogo italiano, ha publicado
un libro titulado “Homo videns. La sociedad teledirigida” [13]. El
“hombre vidente” es el que se forma y crece teniendo
ante sus ojos imágenes; el autor sostiene que el acto
de ver (sensitivo) empobrece y atrofia la capacidad de entender
y comprender abstracciones. Esto, que tiene una aplicación principal respecto
de la Televisión, también se puede verificar, en los casos
que hemos indicado, para la navegación indiscriminada.
3. Los nuevos
areópagos
Con gran inspiración escribió en 1990 el Papa Juan Pablo
II: “El primer areópago del tiempo moderno es el mundo
de la comunicación, que está unificando a la humanidad y
transformándola como suele decirse en una ‘aldea global’. Los medios
de comunicación social han alcanzado tal importancia que para
muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación
e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales. Las
nuevas generaciones, sobre todo, crecen en un mundo condicionado por
estos medios. Quizá se ha descuidado un poco este areópago”
[14].
Este texto de Juan Pablo II dice una enorme verdad:
los medios de comunicación son el principal instrumento no sólo
de información sino de formación e inspiración para los comportamientos
de todo tipo: social, individual y familiar. Sobre la base
y el modelo que transmiten estos medios se estructura y
forma el futuro modelo de humanidad, de civilización, de sociedad,
de familia y de persona, para los miembros de las
nuevas generaciones totalmente impregnadas en esta realidad.
Debemos ser capaces de
insertarnos en este fenómeno y tratar de canalizarlo, guiarlo y
enmarcarlo moralmente para que sea una realidad al servicio del
hombre. Esto requiere muchas exigencias:
1) Para los políticos: establecer una
legislación sobre este campo que sea respetuosa de la auténtica
libertad y no del libertinaje, recordando para esto que “la
libertad depende fundamentalmente de la verdad. Dependencia que ha sido
expresada de manera límpida y autorizada por las palabras de
Cristo: Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres
(Jn 8,32)” [15].
2) “Para los educadores (padres de familia, maestros,
profesores, etc.): forjar en los jóvenes y niños la capacidad
del autodominio para que no se dejen arrastrar y absorber
por algo tan subyugante como es la cultura de la
imagen. Junto a esto hay que formarles criterios de discernimiento
para que puedan juzgar y distinguir lo bueno y lo
malo en estos medios. Finalmente, hay que educarlos para que
sepan posponer los fenómenos mediáticos ante la experiencia inmediata, la
relación familiar, social y amical.
3) Para los trabajadores de la
información: que tomen conciencia del valor fundamental de la verdad
y que reconozcan que no es la “masa” de la
información lo que forja las inteligencias y las culturas (por
el contrario, puede banalizarlas y hacerlas superficiales) sino la calidad
y esencialidad de los conocimientos transmitidos.
[1] Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instrucción sobre el respeto de la
vida humana naciente y la dignidad de la procreación, Introducción,
2.
[2] Juan Pablo II, Laborens exercens, 5.
[3] Ibid.
[4] Cf. La
Nación, 5 de noviembre de 1997, 6ª sección, p.4.
[5] Juan
Pablo II, Dives in misericordia, 10.
[6] Cf. La Nación, 24
de mayo de 1998, p.15.
[7] Cf. La Nación, 23 de
junio de 1997, 5ª Sección, p. 3-4.
[8] Cf. La Nación,
31 de marzo de 1997, p.2.
[9] Cf. La Nación, 29
de marzo de 1997, p.3.
[10] Cf. La Nación, 11 de
abril de 1997, p.21.
[11] Cf. Europe Today, nº 118, 22
de junio de 1994.
[12] Cf. Los Andes, 7 de junio
de 1998, p.6.
[13] Cf. La Nación, 7 de junio de
1998, 4ª Sección, p. 9.
[14] Juan Pablo II, Redemptoris missio,
37; cf. Tertio millennio adveniente, 57.
[15] Juan Pablo II, Veritatis
splendor, 34.
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