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| Introducción teológica a la homilía pontificia de Colonia |
La Homilía del papa Benedicto XVI durante la Misa que
clausuraba la XX Jornada Mundial de la Juventud (21-VIII-05), tiene
la profundidad teológica que se esperaba del talento y sabiduría
del actual Pontífice Romano. Con palabras sencillas, humildes, evangélicas, ha
expresado realidades tan poderoras, por usar una analogía incluida en
la homilía misma, como la fisión nuclear. Quisiera en estas
páginas desvelar un poco, por vía de urgencia, el trasfondo
de la teología de la Eucaristía que a mi parecer
el Papa Benedicto ha querido transmitir, en continuidad con el
magisterio de Juan Pablo II y la entera Tradición apostólica.
Lo haré al hilo del capítulo VI de la Carta
Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17 de abril de 2003: sigla
EE), donde se trata de «María, Mujer eucarística».
Juan Pablo
II recuerda en ese entrañable documento que en su Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae (16-X-2002), había presentado «a la
Santísima Virgen como Maestra en la contemplación del rostro de
Cristo», y había «incluido entre los misterios de la luz
también la institución de la Eucaristía. María, en efecto, puede
guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda
con él, aunque a primera vista, el Evangelio no habla
de este tema - en el relato de la
institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a
María - se sabe, sin embargo, que estaba junto con
los Apóstoles, «concordes en la oración» (cf. Hch 1, 14),
en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en
espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente
en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera
generación cristiana, asiduos «en la fracción del pan» (Hch 2,
42). Pero, más allá de su participación en el Banquete
eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede
delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es
mujer «eucarística» con toda su vida. La Iglesia, tomando a
María como modelo, ha de imitarla también en su relación
con este santísimo Misterio» (EE 53).
En el punto siguiente (EE
54), el Papa considera el misterio de fe que se
encierra en la Eucaristía - Mysterium fidei!, exclama- , «que
supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al
más puro abandono a la palabra de Dios». Ciertamente la
razón no se encuentra con un límite mayor, puesto que
los sentidos muestran las apariencias de una realidad totalmente distinta
a la que contiene el Sacramento. Ha de asentir, en
cierto modo, «contra toda evidencia» a la presencia real del
Cuerpo y de la Sangre de Cristo bajo las figuras
del pan y del vino consagrados. La fe en la
Eucaristía no es posible sin un abandono absoluto en la
palabra de Dios revelante. Aquí está el milagro de los
milagros, «misterio de fe que anuda en sí todos los
misterios del Cristianismo» (San Josemaría E., Conversaciones, n. 113): Dios
Uno y Trino, la Encarnación del Verbo, la Redención de
la humanidad, la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección, la glorificación
eterna... Tibi se cor meum totam subiicit: mi corazón se
somete a Ti por entero... (Himno Adoro te devote)
«Nadie como
María –prosigue el papa Juan Pablo- puede ser apoyo y
guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de
Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato:
«¡Haced esto en conmemoración mía!», se convierte al mismo tiempo
en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin
titubeos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5).
Con la solicitud materna que muestra en las bodas de
Caná, María parece decirnos: «no dudéis, fiaros de la Palabra
de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el
agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan
y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a
los creyentes en este misterio la memoria viva de su
Pascua, para hacerse así “pan de vida”». (EE 54). Nadie
como María ha creído en la palabra de Dios al
recibir la embajada del Angel de la Anunciación. Es cierto
que la presencia del ángel le ofrecía la evidencia de
la divinidad del mensaje, pero el contenido era del todo
trascendente a su razón: la concepción virginal del Hijo de
Dios (Dios Hijo). La Virgen había de creer lo increíble
y creyó. Su fe no resultó vana, al contrario, divinamente
fecunda. Dió a luz al Emmanuel, Dios-con-nosotros.
En la Eucaristía se
encuentra presente el mismo Cristo que engendró María - Qui
natus est ex Maria Virgine, rezamos en el Credo.«En cierto
sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de
que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber
ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de
Dios» (EE 55). Así el Papa subraya la identidad de
Jesús Sacramentado con el Niño que llevó María en su
seno. En la Comunicón eucarística, nuestro cuerpo se asemeja al
de María en tanto se convierte en sagrario de la
Humanidad del Señor. Esta analogía mariana no es única y
enseguida lo veremos. No hay univocidad, obviamente, puesto que el
fiel cristiano no da su cuerpo y su sangre a
Cristo como lo hizo la Virgen. Pero hay analogía en
tanto «María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso
en la realidad física de su cuerpo y su sangre,
anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza
sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del
pan y del vino, el cuerpo y la sangre del
Señor» (55).
La semejanza, en la analogía mariana, existe desde el
momento en que «la Eucaristía [...] está en continuidad con
la Encarnación» (55). Con esta afirmación Juan Pablo II enlaza
con la de su predecesor León XIII, que en seguida
hallaremos.
LA EUCARISTÍA EN CONTINUIDAD CON LA ENCARNACIÓN
Si la transustanciación es
un cambio sobrenatural, tan admirable, del pan en el cuerpo
de Cristo, no será menos asombrosa la transformación que la
Eucaristía cause en quien la recibe debidamente dispuesto. Esta consecuencia
lógica la encontramos afirmada en la homilía del papa Benedicto:
«La transformación sustancial que se realizó en el cenáculo... estaba
destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin
es la trasnformación del mundo hasta que Dios sea todo
en todos (cf. 1 Cor 15, 28)». Como también es
lógico, la primea transformación que se realiza –que debe realizarse,
con la corespondencia del que recibe la Eucaristía- es la
que produce en el comulgante. El Autor de la gracia
no se limita a purificar, sanar y proporcionar al fiel
cristiano un rato de confiada intimidad con su Creador y
Redentor. La transustanciación no tiene como finalidad última la presencia
de Cristo en la Eucaristía para estar «un rato junto
a» el corazón del cristiano. Observa San Cirilo de Alejandría
que «[en las palabras el que come mi carne y
bebe mi sangre permanece en mí y yo en él
(Jn 6, 56)] tenemos que considerar que Cristo no dice
que estará en nosotros solamente con cierta relación de afecto,
sino también con una participación carnal o física. Porque así
cuando uno junta dos trozos de cera y los derrite
por medio del fuego, de los dos forma una sola
cosa, así también por la participación del cuerpo de Cristo
y de su preciosa sangre Él se une a nosotros
y nosotros nos unimos a Él» (Explicación al Ev. de
San Juan 11, 11; PG 74, 560). No hay que
llevar la analogía al extremo de pensar que al comulgar
nos confundimos con Cristo; pero sí que la unión con
Él es tan íntima, en alma y cuerpo, que
nos hace «unum» (un cuerpo y un espíritu) con Él.
«No comemos –continúa san Cirilo- consumiendo la divinidad (lejos de
nosotros tal impiedad), pero comemos la propia carne del Verbo,
vivificante, porque es de aquel que vive por el Padre»
(Escrito contra Nestorio).
Cuando el Verbo se encarna en el seno
inmaculado de María, no se confunden la naturaleza divina y
la naturaleza humana de Cristo: ambas quedan perfectas, intactas en
cuanto naturalezas; lo sumamente maravilloso es que la humana es
asumida por la persona del Verbo, al extremo de que
el hombre Jesús es Dios; el «Yo» de Jesús no
es otro que el «Yo» del Verbo. No hay más
persona en Cristo que la Segunda de la Trinidad. En
ésta subsisten tanto la naturaleza divina como la humana. Ambas,
se dice en Teología, están unidas hipostáticamente, es decir, sin
mezcla ni confusión, pero sustancial e indisolublemente unidas en la
Persona única del Verbo. Como es lógico, la naturaleza humana
de Cristo, queda así endiosada, pero no desnaturalizada: es una
naturaleza humana como la nuestra --salvo en lo que se
refiere al pecado--, elevada, enriquecida con tal plenitud de gracia
que se encuentra asumida en la intimidad de Dios Uno
y Trino.
En la comunión sacramental, comemos la carne del Verbo,
esto es, nos hacemos «una sola carne». «La comunión de
la carne y de la sangre de Cristo --escribe San
León Magno-- no obra otra cosa que nuestra transformación en
aquello que gustamos y que continuamente llevamos en nuestro cuerpo
y en nuestra alma (...)» (Sermón 64, sec. 7).
Este es
un gran misterio de muy difícil explicación. Lo que resulta
de la comunión sacramental no es como en la encarnación
del Verbo en María, un nuevo ser humano (Jesús) con
la personalidad del Verbo. Pero sí algo verdaderamente inaudito, que
el papa León XIII, recogiendo el testimonio de los Padres,
llama Incarnationis continuatio et amplificatio (Eucharistia, Patrum sanctorum testimonium, Incarnationis
continuatio quaedam et amplificatio censenda est. Siquidem per ipsam incarnati
Verbi substantia cum singulis hominibus copulatur: Enc. Mirae charitatis, 28-V-1902,
o.c., p . 645), la continuación en cada fiel cristiano
del misterio de la Encarnación. La comunión sacramental es como
una extensión o ampliación del misterio de la Encarnación en
el cuerpo del cristiano. Una unión intimísima de la naturaleza
humana del comulgante con la naturaleza humana del Verbo humanado;
y, por medio de ésta, con la Persona del Verbo
y la del Padre y la del Espíritu Santo. Es
éste un concepto, el de Incarnationis continuatio, que Juan Pablo
II parece retomar al decir en «Ecclesia de Eucharistia» que
«La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección,
está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación» (EE
55).
Jesús sigue siendo Jesús; el cristiano no le presta (como
hizo la Virgen María) la naturaleza humana al Verbo (ya
la tiene); el cristiano permanece con su personalidad humana, no
divina, pero queda hecho «una sola carne» y «una sola
sangre» con el Verbo encarnado. No se trata de «unión
hipostática»; pero es la unión no sustancial más íntima de
la divinidad con la humanidad, entre una Persona divina y
una persona humana; y es como la «connatural» extensión de
la Encarnación. Cabe decir que el Verbo se hace carne
en María, para encarnarse de otro modo (análogo) en cada
uno de sus fieles.
La analogía entre la Encarnación del
Verbo en María y la que acontece en la comunión
eucarística ya viene sugerida en el Evangelio de Juan: «San
Juan ha querido unir en su Evangelio la revelación del
misterio eucarístico y la evocación de la Encarnación. Jesús es
el pan vivo bajado del cielo para la vida del
mundo (cf. Jn 6, 51). El Verbo se hizo carne
y habitó entre nosotros. Esto nos lleva hasta la Anunciación,
cuando el Ángel del Señor comunicó la gran nueva a
María y por su consentimiento libre y amoroso, ella concibió
en su seno al Verbo, por obra del Espíritu Santo.
Existe, pues, un vínculo estrechísimo entre la Eucaristía y la
Virgen María, que la piedad medieval acuño en la expresión
"caro Christi, caro Mariae": la carne de Cristo en la
Eucaristía es, sacramentalmente, la carne asumida de la Virgen María.
Por eso, he querido –decía hace años Juan Pablo II--
poner de relieve en la Encíclica Redemptoris Mater que "María
guía a los fieles a la Eucaristía" (n. 44)» (Angelus,
13-VI-1993). (1)
«La Encarnación de Dios-Hijo –escribió el papa Juan Pablo
en su Dominus et vivificantem-- significa asumir la unidad con
Dios, no sólo de la naturaleza humana, sino asumir también
en ella, en cierto modo, todo lo que es "carne":
toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La
Encarnación, por tanto, tiene también un significado cósmico y su
dimensión cósmica. El "Primogénito de toda la creación" (Col 1,
15), al encarnarse en la humanidad individual de Cristo, se
une en cierto modo a toda la realidad del hombre,
el cual es también "carne" (Cfr., por ejemplo, Gén 9,
11; Dt 5, 26; Job 34, 15; Is 40, 6;
52, 10; Sal 145 [144], 21; Lc 3, 6; 1,
24.) y en ella a toda "carne" y a toda
la creación» (DV, 50).
De ahí que haya podido decir el
Concilio Vaticano II, que «mediante la Encarnación, el Hijo de
Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre»
(GS, 2). Y para que no haya duda alguna de
la extensión del misterio, Juan Pablo II, puntualiza que no
se trata del hombre abstracto, sino del real, concreto, histórico,
«de cada uno de los cuatro mil millones de hombres
vivientes sobre nuestro planeta, desde el momento en que es
concebido en el seno de la madre» (Cfr. RH 40).
Esta consecuencia, para cada persona humana, del misterio de la
Encarnación, tiene consecuencias ontológicas y morales y, por tanto, para
la catequesis y la evangelización, puesto que nadie puede decir
ahora que está "solo" a la hora de cumplir la
misión recibida de Dios. Todo el mundo cuenta ya con
una cierta unión con el Verbo encarnado, que le fortalece
para la conversión y la aproximación creciente a Dios (Ver
DV, 53, último párrafo.)
Si la "sola" Encarnación del Verbo en
María tiene dimensiones tan universales que afectan a toda la
humanidad, a cada persona humana, sea o no creyente, y
a todo el cosmos, ¿qué será lo que acontece a
la persona en la cual se encarna el Verbo por
la Comunión sacramental? Desde luego, «somos partícipes del misterio de
la Encarnación» (DV, 52), en un grado incalculable. Las consecuencias
éticas y espirituales se nos escapan en gran medida.
Recordemos que
nos estamos moviendo en un misterio estrictamente sobrenatural: en el
misterio de la vida sobrenatural del cuerpo y de la
sangre de Cristo resucitado y sacramentado. Y hemos de insistir
en que, por más sobrenatural que sea, son cuerpo y
sangre verdaderos; y en que nosotros venimos a ser realmente
«con-corpóreos» y «con-saguíneos» con Cristo, según se expresan los Padres
de la Iglesia y acaba de hacer el papa Benedicto.
Cristo se nos da por entero, nosotros le recibimos, Él
toma posesión de todo nuestro ser, mediante su carne y
su sangre en la nuestra. Nos hace una caro (una
sola carne), con Él. «Tomando el cuerpo y la sangre
de Cristo, te haces un solo cuerpo y una sangre
con Él. Y así, al distribuirse su cuerpo y su
sangre por nuestros miembros, somos hechos cristóforos [portadores de Cristo]
y según las palabras de Pedro, consortes también de la
divina naturaleza» (San Cirilo De Jerusalén, Catech. mystag., 4).
Tienen
sentido literal (y sobrenatural) estos términos, no es de maravillar
que en todos los tiempos muchos se hayan escandalizado de
ellos o derivado a extremos inadecuados. La Iglesia ha tenido
que argumentar frente a las diversas formas de gnosticismo que
desde los comienzos del cristianismo han acosado a la fe
católica. Los gnósticos no concebían que el Verbo de Dios
pudiera hacerse carne, porque consideraban que la materia era una
especie de principio del mal, indigna incluso de existir; hasta
condenaban el matrimonio, porque multiplicaba la especie. En el siglo
II San Ireneo argumenta vigorosamente contra esa mentalidad maniquea: «¿Cómo
dicen [los gnósticos] que la carne no es capaz del
don de Dios, que es la vida eterna, la carne
alimentada con el cuerpo y la sangre del Señor y
hecha miembros de Él?... Somos miembros de un cuerpo (Cfr.
Ef 5, 30), de su carne y de sus huesos;
y esto no lo dice [San Pablo] de un hombre
pneumático [espiritual] e invisible, porque el espíritu no tiene huesos
ni carne (cfr. Lc 24, 39) sino del organismo verdaderamente
humano, que consta de carne, nervios, huesos, y el cual
se alimenta de su cáliz, que es su sangre, y
aumenta con el pan, que es su cuerpo»( San Ireneo,
Contra las herejías, 5, 2, 3.).
Es muy probable que San
Juan en el prólogo de su Evangelio, para decir que
el Verbo se hizo hombre, utilice la palabra «carne» tanto
porque en la Escritura tiene muchas veces el sentido de
naturaleza humana concreta (de carne y hueso y, por supuesto,
alma inmortal), pero como poniendo el acento en la materialidad,
incluso en la flaqueza que es inherente a nuestro modo
de existencia después del pecado original. Decir que «el Verbo
se hizo carne» es sin duda un reto a toda
forma de maniqueísmo, la afirmación de que nuestra carne y
nuestros huesos, nuestra sangre y nuestros nervios, son de una
naturaleza, a pesar del pecado, de gran nobleza y dignidad,
tanto que no es indigna de que el Verbo se
encarne.
El cristianismo auténtico es la mayor proclamación de la
dignidad no sólo del espíritu, sino de la materia creada
por Dios. Es la afirmación de que la materia, por
medio del hombre, en Cristo, es elevada al nivel de
la vida divina, es decir, es apta para ser elevada
a la unión personal con el Verbo y a la
unión sacramental con el cuerpo y la sangre de Cristo.
Por
eso, San Josemaría Escrivá ha podido afirmar --y lo ha
hecho precisamente en un contexto eucarístico--, que «el auténtico espíritu
cristiano --que profesa la resurrección de toda carne-- se enfrentó
siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a
ser juzgado de materialista. Es lícito, por tanto, hablar
de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los
materialismos cerrados al espíritu». Y después de recordar que los
sacramentos son «huellas de la Encarnación del Verbo», pregunta: «¿No
veis que cada sacramento es el amor de Dios, con
toda su fuerza creadora y redentora, que se nos da
sirviéndose de medios materiales? ¿Qué es esta Eucaristía --ya inminente--
sino el Cuerpo y la Sangre adorables de nuestro Redentor,
que se nos ofrece a través de la humilde materia
de este mundo --vino y pan--, a través de los
elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, como el
último Concilio Ecuménico ha querido recordar? (Cfr. Gaudium et Spes,
38)» (Conversaciones, núm 115).
«También la carne participa de la vida»,
dice San Ireneo (Haer. V, 4, 3): tanto de la
vida espiritual del alma, como --por la gracia-- de la
vida sobrenatural de Cristo resucitado.
Recordemos ahora lo dicho por
San Pablo: «en Él [Cristo] habita corporalmente la plenitud de
la divinidad (Col 2, 9). Es obvio que estas palabras
encierran un misterio delicadísimo, que sería muy fácil estropear con
glosas apresuradas. Pero ciertamente nos sugieren la dimensión inescrutable de
la comunión sacramental con esa corporeidad de Jesús, que contiene
todo el poder de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo
(«En la carne de Cristo --dice San Máximo-- se halla
oculto el poder de la divinidad»; y es la que
restituye la naturaleza humana a la gracia primera. (Cfr. Centuria
1, 8-13; Lit. Hor., 2ª Lect. del día 4 de
enero). La palabra humana ha de callar ante tan asombroso
misterio.
Podríamos alargarnos, desarrollando el concepto de la dignidad del
cuerpo, tan querido por el Papa Juan Pablo II. Pero
hemos de seguir nuestra reflexión sobre la Eucaristía.
El cuerpo
y la sangre de Cristo, en los que habita la
plenitud de la Divinidad, nos diviniza, adentra en la realidad
misteriosa de la Paternidad de Dios Padre, en la Filiación
de Dios Hijo, en el Amor del Espíritu Santo.
El amor
de Dios se nos da en la comunión sacramental hasta
un extremo tan hondo, que nunca ponderaremos bastante y nunca
lograremos expresar adecuadamente. Lo cierto es que la entrega
o donación del Verbo en la comunión eucarística supera infinitamente
todas las formas de donación o entrega entre personas creadas,
conocidas por la experiencia humana. Ninguna criatura puede darse con
la intensidad y fuerza, corporal y espiritualmente, como lo hace
el Verbo de Dios.
Los humanos podemos dar muchas cosas
de nuestra propiedad, que no son la persona misma; y
hacer partícipes a otros de nuestros conocimientos, afectos, sentimientos, proyectos.
Podemos darnos a nosotros mismos en cierto grado, por ejemplo,
en la amistad o en el matrimonio. Pero hay una
barrera infranqueable: no podemos entregarnos de un modo total. No
podemos ser de ninguna manera física parte de otro. Tampoco
sería bueno, sino una cierta esclavitud, una pérdida de personalidad
y de dignidad. En las relaciones entre criaturas todo tiene
un límite.
Pero Dios puede llegar mucho más allá de
todas las formas de entrega que nos son conocidas. ¿Quién
puede darnos a comer su carne viva? ¿No hemos habido
de superar, nosotros mismos, una cierta resistencia espontánea a aceptar
con naturalidad ese modo de hablar? Unir el verbo "comer"
con la expresión "carne de Cristo", quizá ya nos resulte
familiar, pero quizá no haya resultado cómodo desde el principio.
No
sabemos «cómo» puede ser, pero sabemos que «es» tal como
lo decimos. Y es importante que nos familiaricemos con ciertos
modos de decir, aunque resulten chocantes a quienes no han
frecuentado este género de literatura, porque de otra manera no
podríamos avanzar. Seguramente todavía nos queda por superar resistencias a
aceptar como «normales» otras expresiones que nos son necesarias para
seguir profundizando en misterio tan hondo (que, por lo demás,
se encuentran en algunos Padres de la Iglesia, en clásicos
de espiritualidad y también en teólogos de altura).
Por ejemplo, a
San Bernardo no le choca, al contrario, decir que «comemos
a Dios», ni que «somos comidos por Él». «No
os asombréis --dice--: nos come y le comemos para vincularnos
más estrechamente a él. De otra manera no nos uniríamos
a él perfectamente. Porque si le como y no me
come, estaría él en mí, pero no estaría yo en
él. Y si me come y no lo como, me
poseería él mismo, pero él no estaría en mí; y
la unión entre él y yo no sería perfecta. Que
me coma para poseerme y que le coma yo a
él para que esté en mí; así será firme nuestra
unión (connexio) e íntegra nuestra compenetración (complexio), si él está
en mí y yo en él» (Sermones sobre el Cantar
de los cantares, Sermón 71, III, 5. Ed. BAC, Madrid
1987, pág. 889).
Una nueva perspectiva de un mismo misterio siempre
es un avance en su comprensión; y cuanto más se
avance en un asunto tan vital como la Eucaristía tanto
mejor. Un modo que propone Juan Pablo II en Ecclesia
de Eucaristia es el de la «Escuela de María», la
perspectiva mariana y sus analogías.
ANALOGÍA MARIANA ENTRE EL «FIAT»
Y EL «AMÉN»
Juan Pablo II, en el número 55 de
Ecclesia de Eucaristia, descubre «una analogía profunda entre el fiat
pronunciado por María a las palabras del Ángel y el
amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del
Señor». Estas palabras merecen una reflexión de cierta amplitud, a
la luz de las que siguen: «A María se le
pidió creer que quien concibió ´por obra del Espíritu Santo´
era el ´Hijo de Dios´ (cf. Lc 1, 30.35). En
continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio
eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo
de Dios e Hijo de María, se hace presente con
todo su ser humano-divino en las especies del pan y
del vino. ´Feliz la que ha creído´ (Lc 1, 45):
María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación
la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación,
lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte
de algún modo en ´tabernáculo´ –el primer ´tabernáculo´ de la
historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los
ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de
Isabel, como ´irradiando´ su luz a través de los ojos
y la voz de María. Y la mirada embelesada de
María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y
al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable
modelo de amor en el que ha de inspirarse cada
comunión eucarística?»
Un día 7 de diciembre, si no recuerdo mal,
de 2003, víspera de la solemnidad de la Inmaculada Concepción,
antes de rezar el Angelus, desde la ventana de su
estudio que da a la Plaza de San Pedro, Juan
Pablo II afirmó que en el itinerario hacia el encuentro
de Cristo –característico del tiempo de Adviento- «nuestro modelo y
guía es María, mucho más bienaventurada porque ha creído en
Cristo que por haberlo engendrado físicamente». Estas palabras contienen un
carga inmensa de fe, de razón, de vida y de
siglos.
No siempre concedemos su valor a lo que hay
en nuestra mente -«sólo» en nuestra mente-, como si
no tuviera consistencia alguna, como si los pensamientos, intuiciones o
conceptos tuviesen una existencia ideal no sólo en el sentido
incorpóreo o inmaterial, sino también en el sentido de inconsistente,
inoperante, o transitorio y caduco, de cosa que va y
viene, que pasa y se va sin dejar apenas un
recuerdo cada día más diluido en el archivo oscuro de
la memoria; quizá por el temor de caer –como ciertamente
ha sucedido y sucede en la historia del pensamiento- en
la equivocación de pensar que nuestra mente “crea” la realidad,
como si las cosas existieran sólo en la medida en
que las conozco, en tanto en cuanto son pensadas, nada
más. No, mi pensamiento no crea el mundo, ni a
sus pobladores, ni a Dios. Pero conoce, descubre, vive y
crece conociendo y descubriendo. Y conociendo, asimila, nutre el espíritu
de verdad, bondad y belleza, ama. Conociendo y amando la
persona crece, se enriquece, va siendo «más».
El crecimiento de
la persona gravita y en cierto modo determina su
vida cotidiana, la vigilia y el sueño, el trabajo y
el descanso, los heroísmos y las vilezas, todo depende de
lo que conocemos. «Ojos que no ven corazón que no
siente». No siempre hacemos lo que sabemos bueno ni siempre
evitamos lo que sabemos malo. A veces, como acontecía al
apóstol Pablo, «no hago el bien que quiero y hago
el mal que no quiero». Pero si tengo la mente
poblada de ideas buenas, de conceptos adecuados a la verdad,
la bondad y la belleza, podré elegir y hacer la
verdad, lo bueno y lo bello. De lo contrario, no.
Si tengo juicios equivocados o confusos, si no sé
distinguir el bien del mal, mi conducta, mi vida, podrá
irá de mal en peor. El saber no da por
sí solo la virtud (la fortaleza de espíritu, el dominio
de sí, la libertad de escoger lo que realmente quiero),
pero la facilita. De ahí la importancia de «poblar» bien,
de «amueblar» bien, de «formar» bien nuestra cabeza, es decir
nuestra «mente» (mens, animus). Sólo así podré enfilar el camino
de la verdad, del bien y de la belleza, en
una palabra, la senda de la sabiduría.
De lo que
haya en mi mente, depende lo hay en mi corazón,
en mis manos, a mi alrededor, en «mi vida». Hay
un camino que es verdad y vida, uno solo, muy
ancho, polifacético y multiforme, pero uno sólo: Cristo. Él es
a la vez Camino, Verdad y Vida: Dios y hombre
verdadero. Antes de hacerse hombre, la Trinidad envió un Ángel
a la Virgen María para anunciarle que había sido escogida
para ser Madre virginal de Dios Hijo, que en Ella
se haría «carne». Es decir, algo «increíble». Pero la Virgen
creyó. Acogió en su mente la palabra de Dios que
a la vez era el anuncio de que el «Logos»
(«Palabra», «Razón» y «Sentido», Persona Segunda de la Trinidad) iba
a encarnarse en su seno. Por la fe colosal de
su capacidad inmensa de recibir con toda humildad, concibe en
su mente al «Logos» divino, entiende y concibe mentalmente el
misterio de la Encarnación del Verbo. Y por haberlo concebido
así en su mente es mucho más bienaventurada que por
haberlo engendrado físicamente.
Ya en el siglo III Orígenes (185– 254),
considerado Padre de la Iglesia, afirma que «El Señor abre
en el seno maternal del alma [cristiana], para que sea
engendrado el Logos de Dios, y así el alma se
haga Madre de Cristo» (Selecta in Genesim, PG 12, 124
C). «¿O no sabes - pregunta el mismo autor, como
cosa que hubiera de tenerse por sabida - que de
la semilla de la palabra de Dios que se siembra
nace Cristo en los corazones de los oyentes?» (Homilía sobre
el Levítico, 12,1 7). Es una doctrina que de Orígenes
pasó por muchos caminos y variantes - San Máximo Confesor,
San Agustín, Juan Escoto Eurígena - hasta la mística alemana
(cfr. Schmaus, Teología dogmática, t. V, p. 74).
San
Gregorio Nacianceno (330-390) asegura que «cada alma lleva en sí
como en un seno materno a Cristo. Si ella no
se transforma por una santa vida, no puede llamarse Madre
de Cristo. Pero cada vez que tú recibes en ti
la palabra de Cristo, y le das forma en tu
interior, modelándola en ti como en un seno materno por
la meditación, tú puedes llamarte Madre de Cristo" (Sobre el
ciego y Zaqueo, 4). Otro de los grandes Padres, San
Gregorio de Niza, enseñará en resumidas cuentas que «el alma
virgen concibe al Verbo y lo entrega al mundo».
En una
de una las lecciones de la Liturgia de las Horas,
se afirma que «también se puede decir que cada alma
fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo,
hija y hermana, virgen y madre fecunda (análogamente, como María
y la Iglesia). Todo lo cual, la misma Sabiduría
de Dios, que es Palabra del Padre, lo dice universalmente
de la Iglesia, de modo especial de la Virgen María,
e individualmente de cada fiel. Por eso dice: Habitaré en
la heredad del Señor. La heredad del Señor en su
significado universal es la Iglesia, en su significado especial es
la virgen María y en su significado individual es también
cada alma fiel. Cristo permaneció nueve meses en el seno
de María; permanecerá en el tabernáculo de la fe de
la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en
el conocimiento y en el amor del alma fiel por
los siglos de los siglos» (Beato Isaac, Sermón 51). Y
en otro lugar se recoge un texto de San Ambrosio,
en el que, al referirse a las palabras de Isabel
a María, «dichosa tú que has creído», dice: «Pero también
vosotros sois dichosos porque habéis oído y creído, pues todo
el que cree, como María, concibe y da a luz
al Verbo de Dios y proclama sus obras. Que resida,
pues, en todos el alma de María, y que esta
alma proclame la grandeza del Señor; que resida en todos
el espíritu de María, y que este espírítu se alegre
en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo
una madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto
de todos nosotros, pues todo aquel que se conserva puro
y vive alejado de los vicios, guardando integra la castidad,
puede concebir en sí la Palabra de Dios. / El
que alcanza, pues, esta perfección proclama, como María, la grandeza
del Señor y siente que su espíritu, también como el
de María, se alegra en Dios, su salvador; así se
afirma también en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del
Señor" (San Ambrosio, Comentario sobre el Evangelio de San Lucas,
libro 2, 19, 22-23. 26-27; LIT HOR, 21 lect. del
21 de dic.; el texto subrayado lo cita san Josemaría
Escrivá en Amigos de Dios, n. 281)
Así, pues, la mente
o alma del cristiano es apta, con la gracia de
Dios, por obra del Espíritu Santo, de formar, de concebir
espiritualmente a Cristo en su seno («que Cristo por la
fe habite en vuestros corazones»: Ef 3, 17). Es un
prodigio que obra el Espíritu en el alma en gracia,
enamorada de Dios, asemejándola a la Virgen María: «formar» a
Cristo –Verdad, Bondad, Vida, Belleza…- en nuestra mente, para que
sea «nuestra vida» y se conforme con la suya.
Santo Tomás
de Aquino atiende a otra dimensión del misterio que consideramos.
Dice que Cristo «tenía una generación eterna y otra temporal,
y antepone la eterna a la temporal… Aquellos que
hacen la voluntad de mi Padre le alcanzan según la
generación celestial (... ). Todo fiel que hace la voluntad
del Padre, esto es, que sencillamente le obedece, es hermano
de Cristo, porque es semejante a Aquel que cumplió la
voluntad del Padre. Pero quien no sólo obedece, sino que
convierte a otros, engendra a Cristo en ellos, y de
esta manera llega a ser como la Madre de Cristo»
(Comentario sobre S. Mateo, 12, 49-50). La fe, unida a
la pureza, a la piedad, a la caridad, nos hace
hermanos, padres y madres de Cristo. Tiene más miga
de lo que parece lo que decía Jesús muy cerca
de su Madre: «quienquiera que hiciere la voluntad de mi
Padre que está en los Cielos, es mi hermano, mi
hermana y mi madre» (Mt 12, 50).
Conviene sortear la tentación
de pensar que es excesivo todo esto. En verdad excede
toda medida humana, pero Dios es infinitamente más grande y
generoso de lo que podemos soñar. Sólo nos pide para
obrar grandes prodigios una fe viva, coherente, con obras. Así,
para que el prodigio eucarístico acontezca en la plenitud posible,
con analogía mariana, es preciso que el «amén» que decimos
cuando el sacerdote nos presenta la Sagrada Forma un momento
antes de administrarnos el sacramento y nos dice «El Cuerpo
de Cristo», sea en verdad análogo al fiat de la
Virgen María, de tal modo que, en cierto sentido, pudiera
decirse que somos más bienaventurados por la fe puesta en
el amén, que por la inmanencia real de la carne
de Cristo en en nuestra carne.
Cuando María entra en casa
de Isabel, ésta, inspirada por el Espíritu Santo, exclama: «Dichosa
tú que has creído. ¡Bendito el fruto de tu vientre!».
En el Ave María, añadimos, con un acto de fe:
«¡Jesús!». A cada cristiano que viva a fondo su fe
en Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, nacido de María
Virgen, podemos decirle: «¡Dichoso tú que has creído! ¡Bendito el
fruto de tu mente: Jesús!»
Con las anteriores consideraciones seguramente puede
obtenerse mucho fruto de la meditación de los restantes puntos
del capítulo IV del documento que nos ha ocupado:
56. María,
con toda su vida junto a Cristo y no solamente
en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la
Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén
«para presentarle al Señor» (Lc 2, 22), oyó anunciar al
anciano Simeón que aquel niño sería « señal de contradicción»
y también que una «espada» traspasaría su propia alma (cf.
Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo
crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el «stabat Mater
» de la Virgen al pie de la Cruz. Preparándose
día a día para el Calvario, María vive una especie
de «Eucaristía anticipada» se podría decir, una «comunión espiritual» de
deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el
Hijo en la pasión y se manifestará después, en el
período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida
por los Apóstoles, como «memorial» de la pasión.
¿Cómo imaginar los
sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro,
Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la
Última Cena: «Éste es mi cuerpo que es entregado por
vosotros» (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y
presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido
en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María
como si acogiera de nuevo en su seno el corazón
que había latido al unísono con el suyo y revivir
lo que había experimentado en primera persona al pie de
la Cruz.
EE 57. «Haced esto en recuerdo mío» (Lc 22,
19). En el «memorial» del Calvario está presente todo lo
que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y
muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado
también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le
confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a
cada uno de nosotros: «!He aquí a tu hijo¡». Igualmente
dice también a todos nosotros: «¡He aquí a tu madre!»
(cf. Jn 19, 26.27).
Vivir en la Eucaristía el memorial de
la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don.
Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien
una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al
mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de
su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente
con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en
todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son
un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio
María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en
el celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en
las Iglesias de Oriente y Occidente.
EE 58. En la
Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a
su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una
verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat en perspectiva
eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de María,
es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María
exclama «mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en
Dios, mi Salvador», lleva a Jesús en su seno. Alaba
al Padre «por» Jesús, pero también lo alaba «en» Jesús
y «con» Jesús. Esto es precisamente la verdadera «actitud eucarística».
Al
mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho
en la historia de la salvación, según la promesa hecha
a nuestros padres (cf. Lc 1, 55), anunciando la que
supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el Magnificat,
en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía.
Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo
la «pobreza» de las especies sacramentales, pan y vino, se
pone en el mundo el germen de la nueva historia,
en la que se «derriba del trono a los poderosos»
y se «enaltece a los humildes» (cf. Lc 1, 52).
María canta el «cielo nuevo» y la «tierra nueva» que
se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja
entrever su ´diseño´ programático. Puesto que el Magnificat expresa la
espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el
Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha
dado para que nuestra vida sea, como la de María,
toda ella un magnificat!
Llegados a este punto, es posible
que una relectura de la homilía del Sucesor de Pedro,
continuador de Juan Pablo II, Benedicto XVI, nos resulte antigua
como el Evangelio y como el Evangelio nueva.
Homilía de
Benedicto XVI en la misa de clausura de las Jornadas
de la Juventud
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de este artículo
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1) Por eso, quizá convendría recuperar, en el rezo
del Angelus, la traducción «El Verbo se hizo carne», en
vez de «La Palabra se hizo hombre», porque la primera
posee un contenido bíblico, histórico y pedagógico mucho más rico.
Ciertamente «carne», en ese contexto significa «hombre»; pero «carne» --contando
con una elemental catequesis--, es más de San Juan, más
radicalmente cristiano, más del Espíritu Santo. Ésta es mi opinión.
Por lo demás, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña
que: «La fe en la verdadera encarnación del Hijo de
Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: "Podréis
conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que
confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios" (1
Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la
Iglesia desde sus comienzos cuando canta "el gran misterio de
la piedad": "Él ha sido manifestado en la carne" (1
Tm 3, 16) » (CEC 463).
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