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Autor: P. Marcial Maciel, L.C | Fuente: http://www.regnumchristi.org Carta para los laicos en el día de Cristo Rey
Carta del P. Maciel con ocasión del día de Cristo Rey
Carta para los laicos en el día de Cristo Rey
Muy estimados en Jesucristo:
La solemnidad litúrgica de Cristo Rey, me
ofrece todos los años, como ya es tradición, una ocasión
propicia para saludarles y reflexionar juntos sobre diversos aspectos de
su vocación cristiana como miembros de la Iglesia.
El 6 de
enero de 2001, el Papa Juan Pablo II cerraba la
puerta santa y daba por concluido el año jubilar. Ese
mismo día hacía pública la carta apostólica Novo Millennio Ineunte,
abriendo con ella el amplio camino que la Iglesia debía
emprender al inicio de su tercer milenio de existencia. En
dicha carta sugería algunas prioridades pastorales para imprimir un renovado
impulso a la vida cristiana y establecía como primera consigna
-contrariamente a lo que muchos podrían esperar- la búsqueda de
la santidad, por ser ésta la gran tarea de todo
cristiano, que, en la coyuntura actual, se presenta más urgente
que nunca. Con esta convicción, el Santo Padre no dudó
en reafirmar la centralidad de la oración, la Eucaristía dominical,
el sacramento de la reconciliación, la escucha y anuncio de
la Palabra de Dios (nn. 32-41), anteponiéndolos a cualquier otra
estrategia o programación apostólica. De esta manera, reivindicaba la primacía
absoluta de la gracia en nuestras vidas.
Los miembros de la
Iglesia, se deben sentir interpelados con singular fuerza por el
mandato de Jesucristo -«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto» (Mt 5,48)-, y asumen, además, con plena responsabilidad todas
las exigencias que se derivan del mismo: «Ésta es la
voluntad de Dios: vuestra santificación» (1Ts 4,3). Unos medios concretos
de santificación son los compromisos de vida espiritual. Deseo, por
ello, a continuación, ofrecerles algunas reflexiones que les ayuden a
valorar aún más el sentido de estos compromisos, para que,
persuadidos de su profunda riqueza, los vivan con renovado fervor
y fidelidad.
1) «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos»
(Jn 14,15).
Para comprender mejor el sentido y el valor de
los compromisos de vida espiritual, conviene encuadrarlos dentro de su
única perspectiva correcta, o sea: la perspectiva del amor. Ésta
constituye la característica específica de nuestra espiritualidad, los miembros de
la Iglesia conciben la vida espiritual como una relación personal
de amor con Jesucristo.
No podía ser otra la nota distintiva
de quienes, como cristianos, tienen a Cristo como único modelo,
camino y estilo de vida. Jesucristo vivió todas las relaciones
con su Padre desde la perspectiva del amor: su oración,
el cumplimiento de su misión, sus obligaciones de israelita piadoso,
etc. «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía
yo que tú siempre me escuchas» (Jn 11,41-42); «ha de
saber el mundo que amo al Padre y que obro
según el Padre me ha ordenado» (Jn 14,31); «Yo te
he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra
que me encomendaste realizar» (Jn 17,4). No ha habido ni
habrá jamás sobre la tierra un corazón humano que haya
amado tanto como el Corazón de Cristo.
Desde la perspectiva del
amor, lo importante de un compromiso con Cristo no reside
tanto en la primera parte -el contenido o la realización
material de un deber-, sino, más bien, en la segunda:
en el hecho de que sea con Cristo, es decir,
un encuentro con la persona que nos ama y a
quien queremos corresponder con la misma moneda. El centro de
gravedad, por tanto, no radica ya en el qué o
en el cómo, sino en el por quién y para
qué, o sea, en el motivo y la finalidad de
un determinado acto.
Desde la perspectiva del amor la vida
espiritual se redimensiona, adquiere un brillo y un sentido totalmente
nuevos, se hace emocionante como son emocionantes y entrañables las
historias de amor entre dos personas. Bajo esta luz, el
alma rompe la lógica tacaña del cálculo minimalista y aprende
a ser magnánima con Dios, sin llevar la cuenta de
los minutos que le dedica o de los «favores» que
le hace con sus gestos esporádicos de generosidad. Se está
a gusto con Él; se busca estar con Él. ¿Cuándo
se ha visto a dos enamorados estar juntos con el
reloj en mano, para no sobrepasar el tiempo más de
lo estrictamente necesario?
Del mismo modo, y me atrevo a
decir, con mayor razón, es absurdo concebir las relaciones con
Dios desde esta óptica estrecha. Para quien ama, los compromisos
y exigencias de la vida espiritual dejan de ser una
obligación molesta y se convierten en una carga suave y
en un yugo ligero. Ya no voy a la misa
dominical, por ejemplo, por ser una obligación que me pide
la Iglesia, sino porque me lo exige el amor, porque
descubro su grandísimo valor y su riqueza, porque responde a
una cuestión de identidad. Todo lo que realizo, el cumplimiento
de mis compromisos de vida espiritual y de apostolado, absolutamente
todo, tiene una intencionalidad de ofrecimiento, es expresión de mi
amor a Cristo, una ocasión de encuentro personal con Él.
La fidelidad nace espontáneamente del amor.
Desde la perspectiva del amor
el tiempo deja de ser problema. Porque amo, busco dar
a Dios el primer lugar en mi agenda y en
la programación de mi jornada. Porque amo, todo el día,
como en el caso de María, es un permanecer a
los pies de Jesús, contemplándole y escuchándole. Dios se convierte
en mi «único necesario», en mi «mejor parte» (cf. Lc
10,38-42). A Él le doy lo mejor de mi persona
y de mi tiempo, no las migajas del día, como
un modo concreto de amarle sobre todas las cosas y
de decirle con los hechos: «Tú vales mucho más; Tú
eres lo más importante para mí».
Es verdad que, a
veces, las ocupaciones e imprevistos no dejan mucho tiempo para
rezar, pero nunca les quitarán la posibilidad de orar, porque
la oración auténtica es diálogo ininterrumpido con Él, es ofrecimiento
continuo de sí mismo a Dios, es adhesión permanente a
su voluntad. Esto significa, en síntesis, ser contemplativo en la
acción y conquistador en la contemplación.
Desde la perspectiva del
amor las relaciones con Dios adquieren toda la carga existencial
propia de un encuentro interpersonal. No es ya un trato
lejano, artificial, frío, sino un entrar en contacto con Aquel
que me conoce tal como soy. Al encuentro con Dios
tenemos que llevar nuestra personalidad; nuestros problemas y circunstancias concretas;
los deseos e inquietudes más hondas del alma; las quejas,
los éxitos y las derrotas; las personas que nos quieren
y también aquéllas que nos procuran el mal; las necesidades
de los hombres y de la Iglesia. Sólo entonces dicho
encuentro vivifica, transforma y compromete todas las fibras de nuestro
ser.
Cuando se conciben los propios compromisos de vida espiritual
como un encuentro personal de amor con Jesucristo, entonces pueden
superarse los escollos que, a veces, se presentan en el
camino hacia la santidad y que deforman el verdadero sentido
de las relaciones con Dios. Desde la perspectiva del amor
es imposible reducir la vida cristiana al cumplimiento ritualista de
una serie de obligaciones y preceptos para estar bien con
Dios. El alma que ama es fiel, no ya por
la obligatoriedad del compromiso, sino por la fuerza persuasiva de
quien ha interiorizado su valor y comprendido su sentido profundo.
Lo más importante de un compromiso no estriba tanto en
su realización material sino en la intensidad espiritual con la
que se vive. De este modo, los momentos de trato
con Dios dejan su huella en el alma, pues nacen
del auténtico culto «en espíritu y en verdad», inaugurado por
Cristo (cf. Jn 4,23-24).
Quien acostumbra enfocar su vida espiritual
desde la perspectiva del amor, tampoco caerá en el escollo
de concebir su relación con Dios como un medio de
autosatisfacción; un modo solapado de buscarse a sí mismo, buscando
a Dios. En la lógica del amor Dios no es
la tabla de salvación para mantenerse a flote en los
momentos de dificultad, ni es tampoco el calmante para tranquilizar
una conciencia turbada o reencontrar un estado de serenidad emotiva
y psicológica. Por el contrario, para quien ama, Dios es
el protagonista, el anfitrión; y el alma, en cambio, el
actor secundario, el invitado. El corazón que ama busca siempre
el bien de la persona amada -su gloria, sus intereses-
por encima de su propio bien. A Él se le
busca siempre, en los días de bonanza y también en
las noches de tormenta o en medio del desierto de
los consuelos humanos.
El amor nos ayuda también a caminar por
la senda de la verdad, superando el escollo de considerarse
observante con Dios, fervoroso, y, al mismo tiempo, permitirse criticar
a los demás o promover el chisme, la insidia y
la desunión. Quien vive en la verdad no puede separar
jamás su amor a Dios del amor al prójimo. Una
santidad sin caridad es una farsa, la negación misma de
la esencia del cristianismo, un estado permanente de engaño y
de ceguedad de la conciencia: «Si alguno dice: “Amo a
Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues
quien no ama a su hermano, a quien ve, no
puede amar a Dios a quien no ve» (1Jn 4,20-21).
Yo les exhorto, pues, a que sus labios y su
vida correspondan siempre a un corazón recto y lleno de
amor; a que vivan sus compromisos de vida espiritual desde
la perspectiva del amor. Muéstrenle a Dios su amor a
través de esas pequeñas expresiones de delicadeza de todos los
días. Amor que se hace acto de fe consciente en
una genuflexión o la hora de santiguarse. Amor que transforma
el ocio y el tiempo libre en ocasión para estar
con Él a los pies del Sagrario. Amor que piensa
con frecuencia en el Amado a lo largo del día,
por medio de jaculatorias y diálogos espontáneos. Amor que defiende
con celo sus compromisos con Cristo y que se entrega
a ellos en cuerpo y alma. Amor que busca con
ingenio y creatividad los momentos más oportunos y las mejores
disposiciones para el Amado. Amor, en fin, que contagia su
entusiasmo y fervor a todos cuantos le rodean, y que
testimonia su fe con valentía en público o en privado.
2)
«El que permanece en mí y yo en él, ése
da mucho fruto» (Jn 15,5).
Cristo quiere que permanezcamos unidos a
Él, porque nos ha destinado para que demos mucho fruto
(cf. Jn 15,8). Dar fruto, que en nuestro caso significa
corresponder con la gracia para perseverar hasta el final en
la fe y en la misión para la que hemos
sido creados; dar fruto, es decir, ser felices viviendo con
plenitud la propia vocación cristiana en el estado que Dios
nos pide; dar fruto, que implica santidad auténtica y resultados
apostólicos. ¿Hay alguien, acaso, a quien no le interesen estos
frutos? Un camino concreto y seguro para permanecer unidos a
la Vid y poder dar fruto es la fidelidad a
nuestros compromisos de vida espiritual.
Nuestras relaciones con Dios pueden
verse salpicadas por la mentalidad pragmática y utilitarista de la
cultura hodierna. En principio, sabemos que sin Dios nada podemos;
pero, en la práctica, ¡con cuánta facilidad nos vemos tentados
a recortar los encuentros con Él, cediendo el paso al
activismo! Se está con Dios, ciertamente, pero con la impaciencia
de quien siente que haría mejor si ocupase su tiempo
en otras cosas más urgentes.
Yo les invito, por el
contrario, a reflexionar con atención en el ejemplo de Cristo
y en sus palabras. Ante la necesidad de colaboradores en
la tarea de la evangelización, Jesucristo no habla de estrategias
o actividades, sino de «rogar al dueño de la mies
que mande obreros a su mies» (cf. Mt 9,37-38). Y
para solucionar el mal en sus manifestaciones concretas, no enseña
técnicas ni convoca reuniones, sino demuestra que sólo quien ora
y se sacrifica puede combatirlo con eficacia (cf. Mc 9,29).
Y a sus discípulos les pide vigilar y orar, como
condición para poder perseverar en el bien y no caer
en la tentación (cf. Mc 13,33; Lc 22,40.46). ¿Nos fiamos
de las palabras de Cristo? ¿De verdad creemos en la
eficacia de la oración y de nuestros compromisos?
no duden nunca
de la fecundidad sobrenatural e invisible de quien es fiel
a Dios en las cosas pequeñas. Tengan la certeza de
que ese ofrecimiento al inicio del día, ese misterio o
rosario completo, esos minutos de meditación diaria o de balance
antes de acostarse, esa reflexión evangélica, si están hechos con
esfuerzo y pureza de intención, tienen un valor inmenso a
los ojos de Dios y contribuyen eficazmente a la extensión
del Reino de Cristo. Las grandes batallas por el Reino
se comienzan a librar de rodillas, pues quien se conquista
para Dios en sus compromisos, será también capaz de conquistar
a los demás para Dios.
La verdadera santidad cristiana no puede
desligarse nunca de la dimensión apostólica. ¿Es posible, acaso, amar
a Dios en la oración y no amar con la
misma pasión sus intereses más profundos: la Iglesia, la salvación
de los hombres, la extensión de su Reino? La fidelidad
a sus compromisos de vida espiritual les llevará necesariamente a
un trabajo apostólico exigente y decidido, audaz y concreto. Su
amor -si de verdad es como el de Cristo, un
amor de donación plena de sí mismo y no sólo
de palabras o sentimientos- no les dejará nunca tranquilos ni
les permitirá acomodarse a una acción apostólica simplemente buena. Por
el contrario, les urgirá a entregarse del mejor modo, a
buscar también la eficacia y las realizaciones concretas de la
manera más rápida y con mayor influjo.
La mayor ilusión,
por tanto, del hombre fiel es poder llegar al final
de la jornada y decir a Dios, como el buen
administrador del evangelio: «Aquí estoy, Señor, cinco talentos me entregaste;
aquí tienes otros cinco que he ganado» (cf. Mt 25,14-30).
Y el factor principal de eficacia en nuestro trabajo, no
son nuestros capacidades naturales o los recursos materiales, sino la
medida de nuestro amor.
3) Todos perseveraban en oración, con
un mismo espíritu, en compañía de María, la Madre de
Jesús (cf. Hch 1,14).
Concluyo esta conversación con ustedes, invitándoles a
contemplar esta escena paradigmática de la Iglesia primitiva, de los
primeros hombres y mujeres del Reino. ¡Qué imagen tan hermosa
y sugestiva de lo que debería ser también una familia
cristiana o una comunidad parroquial.
La oración crea lazos de comunión.
Pero cuando esta oración la hacen todos juntos, en familia
o en grupo, y se hace con perseverancia, entonces tiene
una fuerza y un provecho espiritual incalculables. ¡Qué diferente el
hogar o el puesto de trabajo en donde se acostumbra
a colorear el día con esos breves momentos de oración
en común! Piensen, por ejemplo, en ese gran Cuerpo místico
que es nuestra Madre la Iglesia, con toda su diversidad
de miembros y de carismas, unido en oración con María.
Un Cuerpo de solidaridad espiritual en el que todos sus
miembros se ayudan con el testimonio de su fidelidad cristiana;
en el que todos se interesan sinceramente unos por otros,
y unen sus oraciones y su solicitud para asistir al
miembro débil o en dificultad. Un Cuerpo en el que
se comparten los mismos ideales y se lucha codo a
codo en las mismas batallas. Cuando se vive en esta
tesitura espiritual se camina con paso seguro, en la medida
en que nos es posible en esta peregrinación terrena, hacia
la patria celestial y si Dios así lo quiere, los
frutos apostólicos de nuestros esfuerzos no tardan en llegar.
Pido
a la Santísima Virgen María, en este año del rosario,
que les alcance la gracia de vivir desde la perspectiva
del amor. Ella, la mujer contemplativa por excelencia, es quien
mejor les puede enseñar el arte de la conquista en
la contemplación. Ella, la sierva fiel a los pequeños detalles,
les alcanzará las gracias que necesitan para perseverar fieles a
su vocación y misión de apóstoles de Cristo. A Ella
le ruego, también, que proteja y colme con sus bendiciones
a cada uno de ustedes, a sus familiares y amigos.
Con
un particular recuerdo en mis oraciones y mi bendición sacerdotal,
quedo suyo afectísimo y s.s. en Jesucristo,
P. Marcial Maciel, L.C.
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