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Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: Libreria Editrice Vaticana La colaboración de la Familia Humana
Capítulo Quinto de la Encíclica de Benedicto XVI "Caritas in veritate"
La colaboración de la Familia Humana
CAPÍTULO QUINTO
LA COLABORACIÓN DE LA
FAMILIA HUMANA
53. Una de las pobrezas más hondas que el
hombre puede experimentar es la soledad. Ciertamente, también las otras
pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser
amados o de la dificultad de amar. Con frecuencia, son
provocadas por el rechazo del amor de Dios, por una
tragedia original de cerrazón del hombre en sí mismo, pensando
ser autosuficiente, o bien un mero hecho insignificante y pasajero,
un «extranjero» en un universo que se ha formado por
casualidad. El hombre está alienado cuando vive solo o se
aleja de la realidad, cuando renuncia a pensar y creer
en un Fundamento[125]. Toda la humanidad está alienada cuando se
entrega a proyectos exclusivamente humanos, a ideologías y utopías falsas[126].
Hoy la humanidad aparece mucho más interactiva que antes: esa
mayor vecindad debe transformarse en verdadera comunión. El desarrollo de
los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como
parte de una sola familia, que colabora con verdadera comunión
y está integrada por seres que no viven simplemente uno
junto al otro[127].
Pablo VI señalaba que «el mundo se
encuentra en un lamentable vacío de ideas»[128]. La afirmación contiene
una constatación, pero sobre todo una aspiración: es preciso un
nuevo impulso del pensamiento para comprender mejor lo que implica
ser una familia; la interacción entre los pueblos del planeta
nos urge a dar ese impulso, para que la integración
se desarrolle bajo el signo de la solidaridad[129] en vez
del de la marginación. Dicho pensamiento obliga a una profundización
crítica y valorativa de la categoría de la relación. Es
un compromiso que no puede llevarse a cabo sólo con
las ciencias sociales, dado que requiere la aportación de saberes
como la metafísica y la teología, para captar con claridad
la dignidad trascendente del hombre.
La criatura humana, en cuanto de
naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto más
las vive de manera auténtica, tanto más madura también en
la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose
sino poniéndose en relación con los otros y con Dios.
Por tanto, la importancia de dichas relaciones es fundamental. Esto
vale también para los pueblos. Consiguientemente, resulta muy útil para
su desarrollo una visión metafísica de la relación entre las
personas. A este respecto, la razón encuentra inspiración y orientación
en la revelación cristiana, según la cual la comunidad de
los hombres no absorbe en sí a la persona anulando
su autonomía, como ocurre en las diversas formas del totalitarismo,
sino que la valoriza más aún porque la relación entre
persona y comunidad es la de un todo hacia otro
todo[130]. De la misma manera que la comunidad familiar no
anula en su seno a las personas que la componen,
y la Iglesia misma valora plenamente la «criatura nueva» (Ga
6,15; 2 Co 5,17), que por el bautismo se inserta
en su Cuerpo vivo, así también la unidad de la
familia humana no anula de por sí a las personas,
los pueblos o las culturas, sino que los hace más
transparentes los unos con los otros, más unidos en su
legítima diversidad.
54. El tema del desarrollo coincide con el de la
inclusión relacional de todas las personas y de todos los
pueblos en la única comunidad de la familia humana, que
se construye en la solidaridad sobre la base de los
valores fundamentales de la justicia y la paz. Esta perspectiva
se ve iluminada de manera decisiva por la relación entre
las Personas de la Trinidad en la única Sustancia divina.
La Trinidad es absoluta unidad, en cuanto las tres Personas
divinas son relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las Personas
divinas es plena y el vínculo de una con otra
total, porque constituyen una absoluta unidad y unicidad. Dios nos
quiere también asociar a esa realidad de comunión: «para que
sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22). La Iglesia
es signo e instrumento de esta unidad[131]. También las relaciones
entre los hombres a lo largo de la historia se
han beneficiado de la referencia a este Modelo divino. En
particular, a la luz del misterio revelado de la Trinidad,
se comprende que la verdadera apertura no significa dispersión centrífuga,
sino compenetración profunda. Esto se manifiesta también en las experiencias
humanas comunes del amor y de la verdad. Como el
amor sacramental une a los esposos espiritualmente en «una sola
carne» (Gn 2,24; Mt 19,5; Ef 5,31), y de dos
que eran hace de ellos una unidad relacional y real,
de manera análoga la verdad une los espíritus entre sí
y los hace pensar al unísono, atrayéndolos y uniéndolos en
ella.
55. La revelación cristiana sobre la unidad del género humano
presupone una interpretación metafísica del humanum, en la que la
relacionalidad es elemento esencial. También otras culturas y otras religiones
enseñan la fraternidad y la paz y, por tanto, son
de gran importancia para el desarrollo humano integral. Sin embargo,
no faltan actitudes religiosas y culturales en las que no
se asume plenamente el principio del amor y de la
verdad, terminando así por frenar el verdadero desarrollo humano e
incluso por impedirlo. El mundo de hoy está siendo atravesado
por algunas culturas de trasfondo religioso, que no llevan al
hombre a la comunión, sino que lo aíslan en la
búsqueda del bienestar individual, limitándose a gratificar las expectativas psicológicas.
También una cierta proliferación de itinerarios religiosos de pequeños grupos,
e incluso de personas individuales, así como el sincretismo religioso,
pueden ser factores de dispersión y de falta de compromiso.
Un posible efecto negativo del proceso de globalización es la
tendencia a favorecer dicho sincretismo[132], alimentando formas de «religión» que
alejan a las personas unas de otras, en vez de
hacer que se encuentren, y las apartan de la realidad.
Al mismo tiempo, persisten a veces parcelas culturales y religiosas
que encasillan la sociedad en castas sociales estáticas, en creencias
mágicas que no respetan la dignidad de la persona, en
actitudes de sumisión a fuerzas ocultas. En esos contextos, el
amor y la verdad encuentran dificultad para afianzarse, perjudicando el
auténtico desarrollo.
Por este motivo, aunque es verdad que, por un
lado, el desarrollo necesita de las religiones y de las
culturas de los diversos pueblos, por otro lado, sigue siendo
verdad también que es necesario un adecuado discernimiento. La libertad
religiosa no significa indiferentismo religioso y no comporta que todas
las religiones sean iguales[133]. El discernimiento sobre la contribución de
las culturas y de las religiones es necesario para la
construcción de la comunidad social en el respeto del bien
común, sobre todo para quien ejerce el poder político. Dicho
discernimiento deberá basarse en el criterio de la caridad y
de la verdad. Puesto que está en juego el desarrollo
de las personas y de los pueblos, tendrá en cuenta
la posibilidad de emancipación y de inclusión en la óptica
de una comunidad humana verdaderamente universal. El criterio para evaluar
las culturas y las religiones es también «todo el hombre
y todos los hombres». El cristianismo, religión del «Dios que
tiene un rostro humano»[134], lleva en sí mismo un criterio
similar.
56. La religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir
al desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la
esfera pública, con específica referencia a la dimensión cultural, social,
económica y, en particular, política. La doctrina social de la
Iglesia ha nacido para reivindicar esa «carta de ciudadanía»[135] de
la religión cristiana. La negación del derecho a profesar públicamente
la propia religión y a trabajar para que las verdades
de la fe inspiren también la vida pública, tiene consecuencias
negativas sobre el verdadero desarrollo. La exclusión de la religión
del ámbito público, así como, el fundamentalismo religioso por otro
lado, impiden el encuentro entre las personas y su colaboración
para el progreso de la humanidad. La vida pública se
empobrece de motivaciones y la política adquiere un aspecto opresor
y agresivo. Se corre el riesgo de que no se
respeten los derechos humanos, bien porque se les priva de
su fundamento trascendente, bien porque no se reconoce la libertad
personal. En el laicismo y en el fundamentalismo se pierde
la posibilidad de un diálogo fecundo y de una provechosa
colaboración entre la razón y la fe religiosa. La razón
necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale
también para la razón política, que no debe creerse omnipotente.
A su vez, la religión tiene siempre necesidad de ser
purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano.
La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso
para el desarrollo de la humanidad.
57. El diálogo fecundo entre
fe y razón hace más eficaz el ejercicio de la
caridad en el ámbito social y es el marco más
apropiado para promover la colaboración fraterna entre creyentes y no
creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar por la justicia
y la paz de la humanidad. Los Padres conciliares afirmaban
en la Constitución pastoral Gaudium et spes: «Según la opinión
casi unánime de creyentes y no creyentes, todo lo que
existe en la tierra debe ordenarse al hombre como su
centro y su culminación»[136]. Para los creyentes, el mundo no
es fruto de la casualidad ni de la necesidad, sino
de un proyecto de Dios. De ahí nace el deber
de los creyentes de aunar sus esfuerzos con todos los
hombres y mujeres de buena voluntad de otras religiones, o
no creyentes, para que nuestro mundo responda efectivamente al proyecto
divino: vivir como una familia, bajo la mirada del Creador.
Sin duda, el principio de subsidiaridad[137], expresión de la inalienable
libertad humana. La subsidiaridad es ante todo una ayuda a
la persona, a través de la autonomía de los cuerpos
intermedios. Dicha ayuda se ofrece cuando la persona y los
sujetos sociales no son capaces de valerse por sí mismos,
implicando siempre una finalidad emancipadora, porque favorece la libertad y
la participación a la hora de asumir responsabilidades. La subsidiaridad
respeta la dignidad de la persona, en la que ve
un sujeto siempre capaz de dar algo a los otros.
La subsidiaridad, al reconocer que la reciprocidad forma parte de
la constitución íntima del ser humano, es el antídoto más
eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista. Ella puede dar
razón tanto de la múltiple articulación de los niveles y,
por ello, de la pluralidad de los sujetos, como de
su coordinación. Por tanto, es un principio particularmente adecuado para
gobernar la globalización y orientarla hacia un verdadero desarrollo humano.
Para no abrir la puerta a un peligroso poder universal
de tipo monocrático, el gobierno de la globalización debe ser
de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos,
que colaboren recíprocamente. La globalización necesita ciertamente una autoridad, en
cuanto plantea el problema de la consecución de un bien
común global; sin embargo, dicha autoridad deberá estar organizada de
modo subsidiario y con división de poderes[138], tanto para no
herir la libertad como para resultar concretamente eficaz.
58. El principio
de subsidiaridad debe mantenerse íntimamente unido al principio de la
solidaridad y viceversa, porque así como la subsidiaridad sin la
solidaridad desemboca en el particularismo social, también es cierto que
la solidaridad sin la subsidiaridad acabaría en el asistencialismo que
humilla al necesitado. Esta regla de carácter general se ha
de tener muy en cuenta incluso cuando se afrontan los
temas sobre las ayudas internacionales al desarrollo. Éstas, por encima
de las intenciones de los donantes, pueden mantener a veces
a un pueblo en un estado de dependencia, e incluso
favorecer situaciones de dominio local y de explotación en el
país que las recibe. Las ayudas económicas, para que lo
sean de verdad, no deben perseguir otros fines. Han de
ser concedidas implicando no sólo a los gobiernos de los
países interesados, sino también a los agentes económicos locales y
a los agentes culturales de la sociedad civil, incluidas las
Iglesias locales. Los programas de ayuda han de adaptarse cada
vez más a la forma de los programas integrados y
compartidos desde la base. En efecto, sigue siendo verdad que
el recurso humano es más valioso de los países en
vías de desarrollo: éste es el auténtico capital que se
ha de potenciar para asegurar a los países más pobres
un futuro verdaderamente autónomo. Conviene recordar también que, en el
campo económico, la ayuda principal que necesitan los países en
vías de desarrollo es permitir y favorecer cada vez más
el ingreso de sus productos en los mercados internacionales, posibilitando
así su plena participación en la vida económica internacional. En
el pasado, las ayudas han servido con demasiada frecuencia sólo
para crear mercados marginales de los productos de esos países.
Esto se debe muchas veces a una falta de verdadera
demanda de estos productos: por tanto, es necesario ayudar a
esos países a mejorar sus productos y a adaptarlos mejor
a la demanda. Además, algunos han temido con frecuencia la
competencia de las importaciones de productos, normalmente agrícolas, provenientes de
los países económicamente pobres. Sin embargo, se ha de recordar
que la posibilidad de comercializar dichos productos significa a menudo
garantizar su supervivencia a corto o largo plazo. Un comercio
internacional justo y equilibrado en el campo agrícola puede reportar
beneficios a todos, tanto en la oferta como en la
demanda. Por este motivo, no sólo es necesario orientar comercialmente
esos productos, sino establecer reglas comerciales internacionales que los sostengan,
y reforzar la financiación del desarrollo para hacer más productivas
esas economías.
59. La cooperación para el desarrollo no debe contemplar
solamente la dimensión económica; ha de ser una gran ocasión
para el encuentro cultural y humano. Si los sujetos de
la cooperación de los países económicamente desarrollados, como a veces
sucede, no tienen en cuenta la identidad cultural propia y
ajena, con sus valores humanos, no podrán entablar diálogo alguno
con los ciudadanos de los países pobres. Si éstos, a
su vez, se abren con indiferencia y sin discernimiento a
cualquier propuesta cultural, no estarán en condiciones de asumir la
responsabilidad de su auténtico desarrollo[139]. Las sociedades tecnológicamente avanzadas no
deben confundir el propio desarrollo tecnológico con una presunta superioridad
cultural, sino que deben redescubrir en sí mismas virtudes a
veces olvidadas, que las han hecho florecer a lo largo
de su historia. Las sociedades en crecimiento deben permanecer fieles
a lo que hay de verdaderamente humano en sus tradiciones,
evitando que superpongan automáticamente a ellas las formas de la
civilización tecnológica globalizada. En todas las culturas se dan singulares
y múltiples convergencias éticas, expresiones de una misma naturaleza humana,
querida por el Creador, y que la sabiduría ética de
la humanidad llama ley natural[140]. Dicha ley moral universal es
fundamento sólido de todo diálogo cultural, religioso y político, ayudando
al pluralismo multiforme de las diversas culturas a que no
se alejen de la búsqueda común de la verdad, del
bien y de Dios. Por tanto, la adhesión a esa
ley escrita en los corazones es la base de toda
colaboración social constructiva. En todas las culturas hay costras que
limpiar y sombras que despejar. La fe cristiana, que se
encarna en las culturas trascendiéndolas, puede ayudarlas a crecer en
la convivencia y en la solidaridad universal, en beneficio del
desarrollo comunitario y planetario.
60. En la búsqueda de soluciones para
la crisis económica actual, la ayuda al desarrollo de los
países pobres debe considerarse un verdadero instrumento de creación de
riqueza para todos. ¿Qué proyecto de ayuda puede prometer un
crecimiento de tan significativo valor -incluso para la economía mundial-
como la ayuda a poblaciones que se encuentran todavía
en una fase inicial o poco avanzada de su proceso
de desarrollo económico? En esta perspectiva, los estados económicamente más
desarrollados harán lo posible por destinar mayores porcentajes de su
producto interior bruto para ayudas al desarrollo, respetando los compromisos
que se han tomado sobre este punto en el ámbito
de la comunidad internacional. Lo podrán hacer también revisando sus
políticas internas de asistencia y de solidaridad social, aplicando a
ellas el principio de subsidiaridad y creando sistemas de seguridad
social más integrados, con la participación activa de las personas
y de la sociedad civil. De esta manera, es posible
también mejorar los servicios sociales y asistenciales y, al mismo
tiempo, ahorrar recursos, eliminando derroches y rentas abusivas, para destinarlos
a la solidaridad internacional. Un sistema de solidaridad social más
participativo y orgánico, menos burocratizado pero no por ello menos
coordinado, podría revitalizar muchas energías hoy adormecidas en favor también
de la solidaridad entre los pueblos.
Una posibilidad de ayuda para
el desarrollo podría venir de la aplicación eficaz de la
llamada subsidiaridad fiscal, que permitiría a los ciudadanos decidir sobre
el destino de los porcentajes de los impuestos que pagan
al Estado. Esto puede ayudar, evitando degeneraciones particularistas, a fomentar
formas de solidaridad social desde la base, con obvios beneficios
también desde el punto de vista de la solidaridad para
el desarrollo.
61. Una solidaridad más amplia a nivel internacional se
manifiesta ante todo en seguir promoviendo, también en condiciones de
crisis económica, un mayor acceso a la educación que, por
otro lado, es una condición esencial para la eficacia de
la cooperación internacional misma. Con el término «educación» no nos
referimos sólo a la instrucción o a la formación para
el trabajo, que son dos causas importantes para el desarrollo,
sino a la formación completa de la persona. A este
respecto, se ha de subrayar un aspecto problemático: para educar
es preciso saber quién es la persona humana, conocer su
naturaleza. Al afianzarse una visión relativista de dicha naturaleza plantea
serios problemas a la educación, sobre todo a la educación
moral, comprometiendo su difusión universal. Cediendo a este relativismo, todos
se empobrecen más, con consecuencias negativas también para la eficacia
de la ayuda a las poblaciones más necesitadas, a las
que no faltan sólo recursos económicos o técnicos, sino también
modos y medios pedagógicos que ayuden a las personas a
lograr su plena realización humana.
Un ejemplo de la importancia de
este problema lo tenemos en el fenómeno del turismo internacional[141],
que puede ser un notable factor de desarrollo económico y
crecimiento cultural, pero que en ocasiones puede transformarse en una
forma de explotación y degradación moral. La situación actual ofrece
oportunidades singulares para que los aspectos económicos del desarrollo, es
decir, los flujos de dinero y la aparición de experiencias
empresariales locales significativas, se combinen con los culturales, y en
primer lugar el educativo. En muchos casos es así, pero
en muchos otros el turismo internacional es una experiencia deseducativa,
tanto para el turista como para las poblaciones locales. Con
frecuencia, éstas se encuentran con conductas inmorales, y hasta perversas,
como en el caso del llamado turismo sexual, al que
se sacrifican tantos seres humanos, incluso de tierna edad. Es
doloroso constatar que esto ocurre muchas veces con el respaldo
de gobiernos locales, con el silencio de aquellos otros de
donde proceden los turistas y con la complicidad de tantos
operadores del sector. Aún sin llegar a ese extremo, el
turismo internacional se plantea con frecuencia de manera consumista y
hedonista, como una evasión y con modos de organización típicos
de los países de origen, de forma que no se
favorece un verdadero encuentro entre personas y culturas. Hay que
pensar, pues, en un turismo distinto, capaz de promover un
verdadero conocimiento recíproco, que nada quite al descanso y a
la sana diversión: hay que fomentar un turismo así, también
a través de una relación más estrecha con las experiencias
de cooperación internacional y de iniciativas empresariales para el desarrollo.
62.
Otro aspecto digno de atención, hablando del desarrollo humano integral,
es el fenómeno de las migraciones. Es un fenómeno que
impresiona por sus grandes dimensiones, por los problemas sociales, económicos,
políticos, culturales y religiosos que suscita, y por los dramáticos
desafíos que plantea a las comunidades nacionales y a la
comunidad internacional. Podemos decir que estamos ante un fenómeno social
de que marca época, que requiere una fuerte y clarividente
política de cooperación internacional para afrontarlo debidamente. Esta política hay
que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los países
de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de
ir acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los
diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y
los derechos de las personas y de las familias emigrantes,
así como las de las sociedades de destino. Ningún país
por sí solo puede ser capaz de hacer frente a
los problemas migratorios actuales. Todos podemos ver el sufrimiento, el
disgusto y las aspiraciones que conllevan los flujos migratorios. Como
es sabido, es un fenómeno complejo de gestionar; sin embargo,
está comprobado que los trabajadores extranjeros, no obstante las dificultades
inherentes a su integración, contribuyen de manera significativa con su
trabajo al desarrollo económico del país que los acoge, así
como a su país de origen a través de las
remesas de dinero. Obviamente, estos trabajadores no pueden ser considerados
como una mercancía o una mera fuerza laboral. Por tanto
no deben ser tratados como cualquier otro factor de producción.
Todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal,
posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por
todos y en cualquier situación[142].
63. Al considerar los problemas del
desarrollo, se ha de resaltar relación entre pobreza y desocupación.
Los pobres son en muchos casos el resultado de la
violación de la dignidad del trabajo humano, bien porque se
limitan sus posibilidades (desocupación, subocupación), bien porque se devalúan «los
derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo
salario, a la seguridad de la persona del trabajador y
de su familia»[143]. Por esto, ya el 1 de mayo
de 2000, mi predecesor Juan Pablo II, de venerada memoria,
con ocasión del Jubileo de los Trabajadores, lanzó un llamamiento
para «una coalición mundial a favor del trabajo decente»[144], alentando
la estrategia de la Organización Internacional del Trabajo. De esta
manera, daba un fuerte apoyo moral a este objetivo, como
aspiración de las familias en todos los países del mundo.
Pero ¿qué significa la palabra «decencia» aplicada al trabajo? Significa
un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la
dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente
elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres,
al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este
modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación;
un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias
y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados
a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse
libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje
espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el
ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una
condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación.
64. En la reflexión sobre el tema del trabajo, es
oportuno hacer un llamamiento a las organizaciones sindicales de los
trabajadores, desde siempre alentadas y sostenidas por la Iglesia, ante
la urgente exigencia de abrirse a las nuevas perspectivas que
surgen en el ámbito laboral. Las organizaciones sindicales están llamadas
a hacerse cargo de los nuevos problemas de nuestra sociedad,
superando las limitaciones propias de los sindicatos de clase. Me
refiero, por ejemplo, a ese conjunto de cuestiones que los
estudiosos de las ciencias sociales señalan en el conflicto entre
persona-trabajadora y persona-consumidora. Sin que sea necesario adoptar la tesis
de que se ha efectuado un desplazamiento de la centralidad
del trabajador a la centralidad del consumidor, parece en cualquier
caso que éste es también un terreno para experiencias sindicales
innovadoras. El contexto global en el que se desarrolla el
trabajo requiere igualmente que las organizaciones sindicales nacionales, ceñidas sobre
todo a la defensa de los intereses de sus afiliados,
vuelvan su mirada también hacia los no afiliados y, en
particular, hacia los trabajadores de los países en vía de
desarrollo, donde tantas veces se violan los derechos sociales. La
defensa de estos trabajadores, promovida también mediante iniciativas apropiadas en
favor de los países de origen, permitirá a las organizaciones
sindicales poner de relieve las auténticas razones éticas y culturales
que las han consentido ser, en contextos sociales y laborales
diversos, un factor decisivo para el desarrollo. Sigue siendo válida
la tradicional enseñanza de la Iglesia, que propone la distinción
de papeles y funciones entre sindicato y política. Esta distinción
permitirá a las organizaciones sindicales encontrar en la sociedad civil
el ámbito más adecuado para su necesaria actuación en defensa
y promoción del mundo del trabajo, sobre todo en favor
de los trabajadores explotados y no representados, cuya amarga condición
pasa desapercibida tantas veces ante los ojos distraídos de la
sociedad.
65. Además, se requiere que las finanzas mismas, que han
de renovar necesariamente sus estructuras y modos de funcionamiento tras
su mala utilización, que ha dañado la economía real, vuelvan
a ser un instrumento encaminado a producir mejor riqueza y
desarrollo. Toda la economía y todas las finanzas, y no
sólo algunos de sus sectores, en cuanto instrumentos, deben ser
utilizados de manera ética para crear las condiciones adecuadas para
el desarrollo del hombre y de los pueblos. Es ciertamente
útil, y en algunas circunstancias indispensable, promover iniciativas financieras en
las que predomine la dimensión humanitaria. Sin embargo, esto no
debe hacernos olvidar que todo el sistema financiero ha de
tener como meta el sostenimiento de un verdadero desarrollo. Sobre
todo, es preciso que el intento de hacer el bien
no se contraponga al de la capacidad efectiva de producir
bienes. Los agentes financieros han de redescubrir el fundamento ético
de su actividad para no abusar de aquellos instrumentos sofisticados
con los que se podría traicionar a los ahorradores. Recta
intención, transparencia y búsqueda de los buenos resultados son compatibles
y nunca se deben separar. Si el amor es inteligente,
sabe encontrar también los modos de actuar según una conveniencia
previsible y justa, como muestran de manera significativa muchas experiencias
en el campo del crédito cooperativo.
Tanto una regulación del sector
capaz de salvaguardar a los sujetos más débiles e impedir
escandalosas especulaciones, cuanto la experimentación de nuevas formas de finanzas
destinadas a favorecer proyectos de desarrollo, son experiencias positivas que
se han de profundizar y alentar, reclamando la propia responsabilidad
del ahorrador. También la experiencia de la microfinanciación, que hunde
sus raíces en la reflexión y en la actuación de
los humanistas civiles -pienso sobre todo en el origen de
los Montes de Piedad-, ha de ser reforzada y actualizada,
sobre todo en los momentos en que los problemas financieros
pueden resultar dramáticos para los sectores más vulnerables de la
población, que deben ser protegidos de la amenaza de la
usura y la desesperación. Los más débiles deben ser educados
para defenderse de la usura, así como los pueblos pobres
han de ser educados para beneficiarse realmente del microcrédito, frenando
de este modo posibles formas de explotación en estos dos
campos. Puesto que también en los países ricos se dan
nuevas formas de pobreza, la microfinanciación puede ofrecer ayudas concretas
para crear iniciativas y sectores nuevos que favorezcan a las
capas más débiles de la sociedad, también ante una posible
fase de empobrecimiento de la sociedad.
66. La interrelación mundial ha
hecho surgir un nuevo poder político, el de los consumidores
y sus asociaciones. Es un fenómeno en el que se
debe profundizar, pues contiene elementos positivos que hay que fomentar,
como también excesos que se han de evitar. Es bueno
que las personas se den cuenta de que comprar es
siempre un acto moral, y no sólo económico. El consumidor
tiene una responsabilidad social específica, que se añade a la
responsabilidad social de la empresa. Los consumidores deben ser constantemente
educados[145] para el papel que ejercen diariamente y que pueden
desempeñar respetando los principios morales, sin que disminuya la racionalidad
económica intrínseca en el acto de comprar. También en el
campo de las compras, precisamente en momentos como los que
se están viviendo, en los que el poder adquisitivo puede
verse reducido y se deberá consumir con mayor sobriedad, es
necesario abrir otras vías como, por ejemplo, formas de cooperación
para las adquisiciones, como ocurre con las cooperativas de consumo,
que existen desde el s. XIX, gracias también a la
iniciativa de los católicos. Además, es conveniente favorecer formas nuevas
de comercialización de productos provenientes de áreas deprimidas del planeta
para garantizar una retribución decente a los productores, a condición
de que se trate de un mercado transparente, que los
productores reciban no sólo mayores márgenes de ganancia sino también
mayor formación, profesionalidad y tecnología y, finalmente, que dichas experiencias
de economía para el desarrollo no estén condicionadas por visiones
ideológicas partidistas. Es de desear un papel más incisivo de
los consumidores como factor de democracia económica, siempre que ellos
mismos no estén manipulados por asociaciones escasamente representativas.
67. Ente el
imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia
de una recesión de alcance global, se siente mucho la
urgencia de la reforma tanto de la Organización de las
Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional,
para que se dé una concreción real al concepto de
familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar
formas innovadoras para poner en práctica el principio de la
responsabilidad de proteger[146] y dar también una voz eficaz en
las decisiones comunes a las naciones más pobres. Esto aparece
necesario precisamente con vistas a un ordenamiento político, jurídico y
económico que incremente y oriente la colaboración internacional hacia el
desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la economía
mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para
prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un
oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para
garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios,
urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial, como
fue ya esbozada por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII.
Esta Autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de
manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad,
estar ordenada a la realización del bien común[147], comprometerse en
la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en
los valores de la caridad en la verdad. Dicha Autoridad,
además, deberá estar reconocida por todos, gozar de poder efectivo
para garantizar a cada uno la seguridad, el cumplimiento de
la justicia y el respeto de los derechos[148]. Obviamente, debe
tener la facultad de hacer respetar sus propias decisiones a
las diversas partes, así como las medidas de coordinación adoptadas
en los diferentes foros internacionales. En efecto, cuando esto falta,
el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en
los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por
los equilibrios de poder entre los más fuertes. El desarrollo
integral de los pueblos y la colaboración internacional exigen el
establecimiento de un grado superior de ordenamiento internacional de tipo
subsidiario para el gobierno de la globalización[149], que se lleve
a cabo finalmente un orden social conforme al orden moral,
así como esa relación entre esfera moral y social, entre
política y mundo económico y civil, ya previsto en el
Estatuto de las Naciones Unidas.
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