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Autor: San Josemaría Escrivá El apostolado cristiano
El de un cristiano corriente, de un hombre o una mujer común, es una gran catequesis que despierta en los demás el hambre de Dios.
El apostolado cristiano
El apostolado cristiano —y me refiero ahora en concreto
al de un cristiano corriente, al del hombre o la
mujer que vive siendo uno más entre sus iguales— es
una gran catequesis, en la que, a través del trato
personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en
los demás el hambre de Dios y se les ayuda
a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho,
con el ejemplo de una fe bien vivida, con la
palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad
divina.(Es Cristo que pasa 149)
Jesús se ha ido a
los cielos. Pero el cristiano puede, en la oración
y en la Eucaristía, tratarle como le trataron los primeros
doce, encenderse en su celo apostólico, para hacer con El
un servicio de corredención, que es sembrar la paz y
la alegría. Servir, pues: el apostolado no es otra cosa.
Si contamos exclusivamente con nuestras propias fuerzas, no lograremos nada
en el terreno sobrenatural; siendo instrumentos de Dios, conseguiremos todo:
todo lo puedo en aquel que me conforta . Dios,
por su infinita bondad, ha dispuesto utilizar estos instrumentos ineptos.
Así que el apóstol no tiene otro fin que dejar
obrar al Señor, mostrarse enteramente disponible, para que Dios realice
—a través de sus criaturas, a través del alma elegida—
su obra salvadora. (Es Cristo que pasa, 120)
Cristo nos
enseñó, definitivamente, el camino de ese amor a Dios: el
apostolado es amor de Dios, que se desborda, dándose a
los demás. La vida interior supone crecimiento en la unión
con Cristo, por el Pan y la Palabra. Y el
afán de apostolado es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de
la vida interior. Cuando se paladea el amor de Dios
se siente el peso de las almas. No cabe disociar
la vida interior y el apostolado, como no es posible
separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función
de Redentor. El Verbo quiso encarnarse para salvar a los
hombres, para hacerlos con El una sola cosa. Esta es
la razón de su venida al mundo: por nosotros y
por nuestra salvación, bajó del cielo, rezamos en el Credo.
Para el cristiano, el apostolado resulta connatural: no es algo
añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad diaria, a su ocupación
profesional. ¡Lo he dicho sin cesar, desde que el Señor
dispuso que surgiera el Opus Dei! Se trata de santificar
el trabajo ordinario, de santificarse en esa tarea y de
santificar a los demás con el ejercicio de la propia
profesión, cada uno en su propio estado.
Hemos de conducirnos
de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos:
éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque
no es fanático, porque está por encima de los instintos,
porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama.(Es
Cristo que pasa, 122)
Nuestro apostolado ha de basarse en
la comprensión. Insisto otra vez: la caridad, más que en
dar, está en comprender. No os escondo que yo he
aprendido, en mi propia carne, lo que cuesta el no
ser comprendido. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero
hay quienes se han empeñado en no entenderme. Otra razón,
práctica y viva, para que yo desee comprender a todos.
Pero no es un impulso circunstancial el que ha de
obligarnos a tener ese corazón amplio, universal, católico. El espíritu
de comprensión es muestra de la caridad cristiana del buen
hijo de Dios: porque el Señor nos quiere por todos
los caminos rectos de la tierra, para extender la semilla
de la fraternidad —no de la cizaña—, de la disculpa,
del perdón, de la caridad, de la paz. No os
sintáis nunca enemigos de nadie. (Es Cristo que pasa, 124)
Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, "Regina apostolorum".
Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe
colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. María,
a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida,
les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la
Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo
de Dios. Y en ese enfrentamiento, donde se decide la
vida cristiana, María intercede para que nuestra conducta culmine con
una reconciliación del hermano menor —tú y yo— con el
Hijo primogénito del Padre. (Es Cristo que pasa 149)
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