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Autor: Mons. Joan Piris Frígola | Fuente: www.conferenciaepiscopal.es Por una Iglesia más "Sinodal"
Carta Pastoral de Mons. Joan Piris Frígola, Obispo de Menorca
Por una Iglesia más "Sinodal"
Confieso que comparto abiertamente con tantos de vosotros la aspiración
de “pasar de la idea de un laico destinatario de
la evangelización, a la idea del bautizado sujeto plenamente activo
de la misión evangelizadora” (Bruno Forte).
Por eso, cuando van a
cumplirse 10 años de la Asamblea Diocesana de Menorca (1996-1998)
y concluida la Visita Pastoral a todas las Parroquias de
nuestra Iglesia Particular, siento la necesidad de hacer aquí y
ahora una llamada a construir “entre todos” una Iglesia más
“sinodal”[1] en la que los laicos vayan situándose como protagonistas
corresponsables y no como simples colaboradores del clero.
Una pastoral de
la “propuesta” evangélica
No se trataría tanto de una reestructuración[2] ,
sino de repensar el papel de nuestras Comunidades Parroquiales en
función del nuevo contexto cultural y social y en la
perspectiva de una “nueva evangelización”, en la que la atención
necesaria al territorio se conjugue con una actividad y presencia
en los “ambientes” de vida. A la pastoral de la
buena acogida y la atención a los que vienen o
llaman a nuestra puerta (que nunca ha de faltar) hay
que ir añadiendo una pastoral de “la propuesta” evangélica.
Ciertamente hemos
avanzado mucho fomentando la presencia y participación del laicado en
nuestra Comunidades y tenemos constituidos los Consejos pertinentes a nivel
Parroquial, Arciprestal y Diocesano, (con Delegaciones y Secretariados), pero su
funcionalidad real no acaba de satisfacernos. Mi impresión es que,
en muchos casos, sus miembros son más ejecutores que promotores.
Y las nuevas situaciones están pidiendo un esfuerzo de imaginación
y creatividad a fin de encontrar “con otros y para
el bien de todos” la manera de hacer participar“orgánicamente” a
los laicos como “agentes” en la vida diocesana, y más
en concreto, en la elaboración de las decisiones.
Para ello, sugiero
tener como telón de fondo el siguiente texto del Concilio
Vaticano II, profundizando en su estudio y aplicación: “aún cuando
algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores
de los misterios y pastores para los demás, existe una
auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y
a la acción común a todos los fieles en orden
a la edificación del Cuerpo de Cristo”[3] .
Esa misma Constitución
Conciliar dice que la Iglesia “es en Cristo como un
sacramento o señal o instrumento de la unión íntima con
Dios y de la unidad del género humano”[4]. Dos realidades
básicas: la apertura a la trascendencia y la fraternidad universal.
Un anuncio que hay que hacer sobre todo con la
vida y el compromiso de sus miembros.
En este contexto es
donde quiero situar el problema de la ‘función eclesial’ de
los laicos que no sólo pertenecen a la Iglesia sino
que son Iglesia[5], una comunidad orgánica que ha de vivir
como un conjunto y “sin la ausencia” de aquellos que
la constituyen mayoritariamente.
1.- Asumir la secularidad
Siempre me pareció muy luminosa
la recomendación de “auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda
del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y
valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin
de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor
entendida y expresada de forma más adecuada”[6].
Por tanto, al igual
que nuestra realidad eclesial a lo largo de la historia
ha sabido convivir con el Imperio, la sociedad feudal, las
monarquías absolutas y el Estado decimonónico, actualmente son inevitables algunos
planteamientos diferentes “acomodándose a cada generación”[7]. Porque nuestra sociedad actual,
democrática y globalizada en muchos niveles, que atraviesa una auténtica
transformación cultural, genera expectativas y modos de ser, de pensar
y obrar, muy sensibles a cuestiones que no podemos ignorar
(como la libertad personal, la propia identidad, los derechos humanos,
la participación responsable, etc). Habrá que tener en cuenta que,
así como los modelos sociales vigentes en otras épocas han
dejado su huella, hoy parece socialmente beneficioso promover una mayor
participación de todos.
Mirar el mundo con amor
Ya cuando algunos juzgaron
excesivamente optimista la postura del Vaticano II con relación al
mundo, Pablo VI tuvo que aclararlo en la Apertura de
la segunda etapa conciliar (29-09-1963): "Miramos a nuestro tiempo y
a sus variadas y opuestas manifestaciones con inmensa simpatía y
con un inmenso deseo de presentar a los hombres de
hoy el mensaje de amistad, de salvación y de esperanza
que Cristo ha traído al mundo. Que lo sepa el
mundo: la Iglesia lo mira con profunda comprensión, con sincera
admiración y con sincero propósito no de conquistarlo, sino de
servirlo; no de despreciarlo, sino de valorizarlo; no de condenarlo,
sino de confortarlo y de salvarlo". Porque una cosa es
mirar al mundo[8] críticamente y otra rechazarlo, algo que no
puede hacer una comunidad que nace en el mundo y
ha de vivir en él compartiendo sus gozos y esperanzas,
tristezas y angustias, sobre todo de los pobres y afligidos
a los que ha sido enviada. Vivir plenamente inmerso y
participando de las circunstancias culturales, económicas, sociales y políticas del
mundo forma parte de la identidad del cristiano y no
nos es lícito evadirnos (‘huir del mundo’) y ni siquiera
descuidar lo que llamamos nuestros ‘compromisos temporales’ separando fe y
vida, como advirtió muy seriamente el Concilio[9].
Será necesario, pues,
que todos asumamos la “secularidad” esencial a la Iglesia que
hunde su raíz en el misterio del Verbo encarnado y
se realiza de formas diversas en todos sus miembros según
la propia vocación que cada uno tendrá que descubrir. Y
también habrá que hacer ver que si el Reino de
Dios es lo absoluto en nuestra vida (como lo fue
para Jesús), eso quiere decir irradiar su luz dando más
profundidad y más ‘calidad humana’ al mundo y a la
sociedad en los espacios y ambientes más inmediatos y cotidianos,
promoviendo efectivamente la dignidad inviolable de toda persona y su
libertad (en cada caso y situación), trabajando con la adecuada
competencia profesional y mirando al bien de todos. Un compromiso
que forma parte ciertamente del núcleo central de la doctrina
social de la Iglesia[10] .
2.- Algunas “Asignaturas pendientes”
Todos los discípulos
de Jesús han recibido el encargo de extender la fe
según sus posibilidades y, por expresa voluntad suya han de
continuar su misión, su testimonio y sus obras de salvación.
“Yo los he enviado al mundo como Tú me enviaste
a mí”[11].
No faltan documentos ni declaraciones sobre el ser y
misión del laicado y sobre la Eclesiología de "comunión y
participación"[12] pero, digámoslo claramente, en la práctica sigue siendo una
"asignatura pendiente", cosa que hace pensar en su poca aceptación.
Sin
embargo, todos insistimos en que la Iglesia no sólo es
una Comunidad impensable sin la presencia y la acción de
los laicos[13] cuya función es absolutamente necesaria, sino que el
compromiso de estos bautizados resulta absolutamente imprescindible para realizar la
Misión confiada por Cristo. La tarea evangelizadora de la Iglesia
“se hará, sobre todo, por los laicos o no se
hará”[14].
Una Iglesia de comunión y en diálogo constante
Cuando hablamos de
"seglar/laico-a/laicado" (del griego “laos”= pueblo), estamos hablando de mujeres y
hombres bautizados que tratan de vivir como miembros de la
Iglesia de Jesús a la luz del Evangelio en las
diversas circunstancias concretas de su vida personal, familiar, profesional y
social. Y cuando hablamos de misión o apostolado de los
laicos no podemos pensar en algo diferente de la misión
general que Jesús encomienda a la Iglesia, una comunidad constituida
fundamentalmente por los laicos, cristianos comunes que viven en el
mundo.
Es ahí donde cabe recordar afirmaciones como las siguientes: El
Pueblo de Dios es para todo el género humano "el
germen firmísimo de unidad, esperanza y salvación" porque ha sido
puesto por Dios como "instrumento de redención universal"; debe ser
"sacramento visible de unidad del género humano" y "sacramento universal
de salvación, que manifiesta, y al mismo tiempo realiza, el
misterio del amor de Dios al hombre"[15].
Promover y hacer “visible”
la comunión y la unidad, no es una cuestión “opcional”
para la Iglesia y cada uno de sus miembros porque
la dirección de la Historia según el Plan de Dios
es la fraternidad universal. Y esta es la petición de
Jesús en su oración de despedida: “que todos sean uno”[16].
Todos,
pues, hemos de acogernos con benevolencia, clérigos y laicos, aceptando
con gozo las diferencias inevitables que pueden y deben ser
fuente de enriquecimiento porque el Espíritu ha repartido muchos dones
a todos. Se trata de que estos dones y carismas
(capacidades) de todos tengan su lugar y se realicen plenamente
en bien de todo el cuerpo, subordinando todo y a
todos (personas, grupos e intereses particulares) a la realización del
bien común y a los intereses del conjunto.
Hemos de hablar
más aún a costa discutir, como en la propia familia[17].
En el fondo, los silencios o reservas tácitas para evitar
enfrentamientos momentáneos nos dividen y es preciso tener la valentía
de hablar, aún a riesgo de criticarnos unos a otros.
Es
cierto que la unidad en la Iglesia es un don
que hay que pedir cada día, pero una comunión meramente
‘sobrenatural’ que no se alimenta de sincera confrontación corre el
riesgo de ser un slogan vacío. Hemos de afrontar juntos
los problemas relativos a la vida de la comunidad, sin
evitar la discusión recurriendo a presuntas directrices ‘de arriba’ o
pretendiendo imponer voluntades demagógicamente.
Gozo y gratitud de ser Iglesia de
Cristo.
También puede estar faltándonos más conciencia de Iglesia. “Creer” es
un acto eclesial y todo cristiano hunde sus raíces en
una tradición viva que “deriva de los apóstoles”[18] y que
hay que vivir con conciencia de pertenencia a la Iglesia
Particular, a la Diócesis presidida por el Obispo, legítimo sucesor
de los Apóstoles, en comunión con el Obispo de Roma,
sucesor de Pedro. Y, en consecuencia, con conciencia de "miembros
vivos" de esa parte de Iglesia próxima a nuestra vida
de cada día, en cuya vida comunitaria nuestra Fe nace,
crece, se alimenta... acompañado y presidido por pastores que actúan
en nombre del Obispo diocesano y en comunión con él.
La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta
nuestra fe[19].
Juan Pablo II resumió muy bien esta cuestión: “Algunos
contemporáneos objetan: ¡Cristo, sí, Iglesia, no!”. Aparte la protesta que
implica, en este lema podría apreciarse una cierta apertura a
Cristo, que la Ilustración excluía. Pero es una apertura aparente.
Cristo, en efecto, cuando es aceptado realmente, lleva siempre consigo
la Iglesia, que es su Cuerpo místico. Cristo no existe
sin la Encarnación, Cristo no existe sin la Iglesia. La
Encarnación del Hijo de Dios en la naturaleza humana se
prolonga, por voluntad suya, en la comunidad de los seres
humanos que Él mismo constituyó, garantizándoles su presencia constante”[20].
Y no
hace mucho se nos recordaba que “estamos todavía lejos de
los niveles indispensables de comunión y de confianza entre obispos,
sacerdotes, teólogos y pueblo de Dios. Mientras los cristianos no
recuperemos la plena confianza en nosotros mismos, y no sintamos
el gozo y el agradecimiento de ser miembros de nuestra
Iglesia real y concreta, no seremos creíbles ante el mundo
ni surgirá en nosotros un deseo vigoroso y resuelto de
anunciar un evangelio en el que no acabamos de creer”[21].
Es
cierto que, en las últimas décadas, se van abriendo paso
asociaciones laicales, movimientos eclesiales y nuevas comunidades que suscitan en
muchos laicos un fuerte sentido de pertenencia eclesial. Para algunos
esta nueva realidad asociativa es una oportunidad pastoral, pero para
otros está siendo un problema.
En las parroquias somos y hacemos
Iglesia
Sea como sea, conviene vivir enraizados en la comunidad eclesial,
insertos en la Parroquia como comunidad cristiana concreta e inmediata
donde alimentamos, celebramos la fe y creamos lazos de fraternidad
y comunión, como testigos y eslabones visibles y cercanos de
una cadena de siglos. En las parroquias se agrupa el
pueblo cristiano sencillo y en ellas hemos de crear un
clima de fervor, de unidad, de responsabilidad compartida.
Sin negar la
necesidad de pequeños grupos como fermento renovador, habrá que hacer
un esfuerzo para tener siempre presente lo que significa ser
y "hacer" Iglesia, sentirse Iglesia. Una "realidad humana invadida por
lo divino" como diría Pablo VI. Una asamblea plural que
no nace por propia iniciativa ni se "autoenvia"[22], y que
se sabe formada por hombres y mujeres que se convierten,
que se abren a la llamada de Dios respondiendo generosamente
como María (“fiat”) y los discípulos de Jesús (“dejando las
redes”).
Por otro lado, sabemos que la existencia cristiana queda configurada
por el Bautismo que es el fundamento de la comunión
para las diferentes vocaciones en que se vive en la
Iglesia la única vocación a la fe y al seguimiento
de Cristo, pero cada vez es más necesaria una verdadera
y adecuada “iniciación cristiana” de los bautizados que favorezca vivir
y testimoniar la novedad y la belleza de la vida
recibida gratuitamente en Cristo.
De colaboradores a corresponsables
El Concilio Vaticano II
insistía en que el deber y el derecho de los
laicos al apostolado derivan de su unión con Cristo Cabeza,
y que el fundamento eclesial del compromiso apostólico de los
laicos no es el ´mandato´ de los Obispos sino que
tiene una base auténticamente sacramental (Bautismo y Confirmación), que hace
posible y legitima una auténtica autonomía en el desarrollo de
la Misión[23]. Todo apuntaba a ir pasando “de la colaboración
a la corresponsabilidad´.
Seguimos clamando por una verdera "participación" del laicado
que signifique pasar de una situación de pasividad a una
postura activa y responsable, y anhelando una mayor "complementariedad" eclesial
entre grupos y sectores a partir de encuentros, comunicación, diálogo,
interparroquialidad...
3.- Laicos “amigos fuertes” de Jesús
Hemos de convenir en que
la característica prioritaria y fundamental de los laicos será siempre
“el seguimiento de Jesús” como respuesta a su condición de
‘llamados’ gratuitamente por el Señor (‘convocados’, según la terminología conciliar).
Todos los relatos bíblicos de vocación señalan explícitamente esta ‘identidad’
básica que no podemos perder de vista.
Si este seguimiento es
auténtico, llevará a encarnar los sentimientos y actitudes de Jesús;
a dejarse configurar por El en la relación filial con
Dios y en el descubrimiento de su voluntad; a crecer
en el amor al prójimo descubriendo la necesaria disponibilidad para
el servicio (del Reino) y la solidaridad[25].
Esto pide experiencias de
encuentro personal con Jesucristo, porque lo nuestro no es prioritariamente
una doctrina o una ética. Es la persona viva de
Jesús la que hay que acoger personalmente para encontrar el
sentido último y definitivo a nuestra historia. “No será una
fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y
la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!”[26].
Cuidar
la dimensión orante, formativa y festiva
Por eso es tan básico
cuidar la dimensión orante y celebrativa de la existencia cristiana
junto con la necesidad de formación, presencia visible y servicio
testimonial. En este sentido, las comunidades cristianas y cada uno
de sus miembros han de tener siempre presente lo que
nos dice Hechos de los Apóstoles 2, 42-47 tanto para
fijar su perfil fundamental y definir sus opciones como para
afianzar su testimonio ante el mundo, sin confundirse con él.
Y
también por lo mismo hay que insistir en la radicalidad
evangélica que el seguimiento de Jesús requiere en todas las
formas de vida cristiana. Los valores evangélicos que parecen patrimonio
de “los consagrados” son comunes y todos estamos llamados a
vivirlos en las circunstancias propias de cada uno[27]. Todo creyente
ha de plantearse su sexualidad, su afectividad y paternidad-maternidad a
la luz del Evangelio, ha de usar de los bienes
materiales atendiendo al espíritu de las bienaventuranzas, poniéndolos al servicio
de los pobres y, a la hora de disponer de
sí mismo, de su tiempo y de sus capacidades, ha
de ser obediente a la voluntad de Dios[28].
Cristo, Palabra que
salva: única “seguridad”
Este radicalismo le capacitará para vivir abiertos a
las sorpresas de cada día, como habitando “en tiendas de
campaña”. Lo que no equivale a estar improvisando sino a
una premeditada y deliberada actitud de desarraigo, de pobreza, de
disposición existencialmente aceptada, como consecuencia de haber llegado progresivamente a
optar por buscar y mantener un nivel de libertad construido
únicamente sobre la esperanza evangélica. Vivir así a la intemperie
lleva consigo renunciar a seguridades aventurándose sin miedo por los
caminos de la vida, peregrinando sin más apoyo que la
Palabra que salva, buscando el Reino y su justicia.
No obstante,
esta comunión de vida con Jesús no puede separarse de
la misión[29]. Todo cristiano, miembro de pleno derecho del Pueblo
de Dios, es ‘enviado’ al mundo a anunciar de palabra
y de obra el reinado de Dios. Y digámoslo otra
vez: la Vocación cristiana es esencial y radicalmente apostólica y
su fuente es Cristo mismo. Conviene no perder de vista
nunca este componente cristológico de la vocación cristiana.
Laicos cristianos para
la vida del mundo
Es necesario, además, evangelizar en las dos
dimensiones: hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, es
decir, hacia el mundo. Y hacerlo como “testigos”, con palabras
y doctrina, pero sobre todo con gestos y obras que
manifiesten una vida coherente con el Evangelio, ya que la
primera condición del testigo no es el saber más o
menos teórico sino la de la ´experiencia´ vivida[30].
Como miembros de
la Iglesia vivimos en el mundo entre la encarnación y
la distancia, la solidaridad y el contraste, el compromiso y
la esperanza[31], superando la tentación de concentrar la preocupación y
actuación más sobre los asuntos internos de nuestros propios grupos
y comunidades (eclesiocentrismo) que sobre el anuncio del Evangelio a
los alejados y a los no creyentes; o de pensar
que la Iglesia puede señalar al mundo lo que ha
de hacer en los asuntos temporales (clericalismo), olvidando claramente su
reconocida autonomía[32]; o confundir laicidad con laicismo[33] y secularidad con
secularismo, cosa que llevaría a relegar a la Iglesia al
ámbito de lo puramente cultual y privado rechazando cualquier relación
de las realidades temporales con Dios y con el orden
ético que deriva de la fe en El.
La fe no
es una cuestión privada, se expande mediante el testimonio
Si
los católicos dejamos de tener una presencia visible e incisiva
en la sociedad como ‘levadura evangélica’, ‘sal y luz’ del
mundo, incluso siendo signo de contradicción, corremos el riesgo de
ser infieles a nuestra condición de ‘resto’ (en terminología bíblica)
y podemos convertirnos en ‘residuo’ marginal e irrelevante. Reconocemos la
total autonomía de las realidades terrestres pero es lícito también
preguntarse cómo tiene que ser la actuación social de los
laicos, si con estructuras propias y presencia claramente confesional, militante
y competitiva, o como fermento silencioso y ´mediación’ eficaz, como
está el alma en el cuerpo[35]. El Evangelio apoyaría actitudes
complementarias con tal que fueran ‘testimoniales’[36]. No es fácil acertar
en el qué y en el cómo, pero lo que
es claro es que nadie está de sobra y que
todos los bautizados son necesarios.
Quizá haya muchas explicaciones para el
alejamiento práctico de muchos, que no quieren saber nada de
la Iglesia aunque se declaran ‘creyentes’ (no practicantes), y para
el cansancio de otros que han decidido mirar hacia otro
lado desistiendo de esperar una renovación que no acaba de
llegar.
Como pastor responsable de guiar esta querida comunidad diocesana de
Menorca, repito lo que pedí ya en otra ocasión a
todos y cada uno de los cristianos que dicen "estar
de vuelta" y son más críticos, a todos aquellos a
quienes agradaría que viviéramos cada día más y mejor el
gozo de la fe y el amor compartido: “Tenéis derecho
a esperarlo... y estáis también llamados a procurarlo junto a
todos aquellos que intentamos seguir al mismo Jesús.”
4.- Salir de
la ambigüedad
Aunque es cierto que todos vivimos las consecuencias del
impacto de la secularización, la cultura de la increencia y
las dificultades que supone vivir la fe en un contexto
de pluralismo creciente y con otras formas de entender la
vida, otras creencias, etc, es preciso salir de la ambigüedad
y superar la indecisión a la hora de asimilar los
contenidos específicos de la fe cristiana. En bastantes cristianos parece
manifestarse una fácil actitud sincretista que, aunque sigue subrayando los
contenidos humanos del Evangelio, deja muy difuminados los aspectos verdaderamente
religiosos y trascendentes. Volver a escuchar la voz del Evangelio y
ser consecuentes
Se habla con gusto y se acepta fácilmente algunas
manifestaciones del comportamiento de Jesús (el amor, las bienaventuranzas...) y,
a la vez, se rechazan otros contenidos (la indisolubilidad del
matrimonio, la virginidad, etc). Hay quien resume el cristianismo en
el "amor" (como sentimiento de perfiles difíciles de definir), separado
de los "mandamientos" o, al menos, lejos de la profundidad
y exigencia de 1Cor 13. Aunque lo más frecuente, y
preocupante, puede ser apoyar la vida moral en lo que
llamamos "la propia conciencia", sin más discernimiento, o en “estar
bien consigo mismo”, con un concepto de libertad sin relación
con la verdad objetiva y la fe cristiana.
Es común la
coexistencia de formas aparentemente cristianas con esquemas de pensamiento y
conductas que han dejado de serlo.
Hay quien sigue usando, por
ejemplo, expresiones como "adiós", "domingo", etc... pero no les da
exactamente su sentido cristiano original, y son frecuentes las celebraciones
de Navidad (ahora dicen “navidades”, no sé por qué), Pascua
o "semana santa", identificadas con simples oportunidades vacacionales. Incluso las
tradicionales "fiestas patronales" van siendo programadas y vividas al modo
común de una sociedad ya menos confesional. Esto sin entrar
a comentar el capítulo de los signos religiosos (cruces, medallas...)
cuyo uso es de lo más pintoresco, o el más
importante todavía de bautizos, bodas, primeras comuniones, funerales, etc, con
todo lo que acompaña estos hitos tan significativos para la
vida de los seguidores de Jesús.
Como es innegable que muchos
bautizados vamos participando de estas y otras ambigüedades, necesitamos volver
a escuchar la voz del Evangelio y abrirnos al misterio
del Reino de Dios desde la conversión y la fe:
"El Reino de Dios está cerca, convertios y creed en
la Buena Noticia"[37].
Pero la aceptación y la práctica del evangelio,
que algunos consideran un fracaso o una utopía irrealizable, fructificará
únicamente si cada uno deja de reivindicar para sí una
total autonomía considerándose como un absoluto, y se abre como
la tierra árida para que el querer de Dios penetre
como la lluvia en primavera, porque la Palabra del Señor
está destinada a convertir las conciencias al igual que la
lluvia y la nieve fecundan la tierra[38]. Algunos textos del
AT la describen como un guerrero que desciende sobre el
mundo para reponer el orden perdido y orientan a la
humanidad hacia un tiempo en el que la gente tendrá
hambre de escucharla[39]. Y san Pablo hablará de la Palabra
como de una espada[40].
Estemos seguros, la semilla sembrada es buena.
Sería
bueno dejar que resuene en cada uno la llamada de
Jesús invitándonos aquí y ahora a tratar de conocer cuáles
son nuestras verdaderas disposiciones interiores para la acogida y la
eficacia de la Palabra sembrada en nosotros[41].
El dice que podemos
ser como un camino endurecido y expuesto a todos los
vientos que no permite a la Palabra ser acogida. O
como un terreno pedregoso que no permite raíces profundas. "Escucha
la Palabra y la acoge con alegría", pero es inconstante,
no es capaz de orarla, de reflexionarla, de entenderla y
asimilarla; no puede adquirir una cierta consistencia y transformarse en
convicciones de fe personal y profunda.
Podemos ser como un terreno
lleno de espinas y abrojos, que sofocan la semilla germinada.
Habiéndola acogido no está libre de interferencias que debilitan y
ponen en crisis la vida cristiana.
O podemos ser el buen
terreno, abierto y generoso, que coopera libremente escuchando la Palabra,
se compromete en la oración y en la reflexión y,
por tanto, quiere y se esfuerza por abrirse a la
acción del Espíritu que nos guiará a la conquista de
la libertad interior, sin la cual no se está en
condiciones de hacerla fructificar.
5.- Y recuperar la esperanza.
Constatamos que el
entusiasmo para comunicar y testimoniar en el mundo la propia
fe va disminuyendo, dejando paso a un sentimiento de inferioridad
no plenamente consciente, pero que provoca incertidumbre y desánimo y,
consiguientemente, debilita la esperanza. Aunque demasiadas veces la esperanza se
confunde con una actitud puramente humana de espera confiada que,
por principio, no incluye ninguna certeza: “esperemos que...” De ahí
las actitudes más o menos esperanzadas, pero no fuertemente motivadas
y determinadas a todo.
Esperar contra toda esperanza
La esperanza cristiana es
un caudal interior que se manifiesta en el gozo de
sentirse cimentado en fe en Jesús resucitado, da confianza en
el poder liberador y transformador del Evangelio y capacita para
vivir con un buen nivel de valentía profética, que no
es fanatismo ni seguridad orgullosa sino confianza absoluta en la
fuerza y sabiduría de Dios y en su Espíritu que
nos guía. Los creyentes confesamos que el único futuro absoluto
es Dios mismo como plenitud y cercanía. Una fe que
se propone y nunca se impone a la fuerza, pero
que no puede ser anunciada desde el miedo, la duda,
o el silencio vergonzante.
Hoy los creyentes, además, se ven en
la necesidad de dar razón de su esperanza. El futuro
de la humanidad está en manos de aquellos que sepan
dar a las generaciones futuras razones para vivir y razones
para esperar[42].
Una esperanza más viva, pues, nos haría saborear
la afirmación de Jesús: “sin mi no podéis hacer nada”[43],
y comprometernos con entusiasmo en nuestra perfección y la de
los demás. Nos haría levantar de las caídas, renovados y
motivados, capaces de luchar confiadamente para construir el mundo según
el proyecto del Señor, y aminorando la atracción y el
apego a los bienes fugaces de este mundo. Nos haría
soportar con serenidad y fortaleza los sufrimientos y las adversidades
de la vida, confiando más en el amor de Dios
y abandonándonos completamente en El, “esperando contra toda esperanza”[44].
Pero
para vivir con esperanza el presente hay que amar el
tiempo que nos ha tocado vivir, y hacerlo en actitud
permanente de discernimiento sabiendo encontrar y valorar “los signos de
esperanza presentes en este periodo del siglo, a pesar de
las sombras que a veces los esconden”[45]: (los progresos en
varios sectores de la ciencia; el sentido de la responsabilidad
más vivo en lo ecológico; los mayores esfuerzos en el
restablecimiento de la paz y de la justicia; la mayor
voluntad de reconciliación y de solidaridad entre los pueblos; la
acogida de los carismas y la promoción del laicado; la
intensa dedicación a la causa de la unidad de todos
los cristianos; el espacio que se da al diálogo con
las religiones y la cultura contemporánea); y manteniendo un esfuerzo
responsable para que se multipliquen, reconociendo y valorando las posibilidades
que todos tienen, esperando con paciencia que maduren a su
tiempo, haciéndonos “signo” del amor de Dios para cada uno.
Vivir
en la dinámica de lo provisional y orando.
Tener esperanza implica
tener "paciencia" para transferir las energías de aquello que todavía
no se puede hacer, concentrándolas en aquello que hoy ya
es posible. Se espera la hora de Dios, caminando hacia
ella[46], sin evadirse en un pasado que ya no nos
pertenece o en un futuro que todavía no existe, aunque
esté abierto a nuestra creatividad. Y siempre educando esa libertad
progresiva que nos capacita para aceptar el sufrimiento por lo
que "todavía no es" y para comprometer todas las energías
a favor de lo que "debe ser", viviendo la dinámica
de lo provisional.
No se nos pide una audacia superficial e
irresponsable sino el coraje de aquellos que, no teniendo nada
que perder y conscientes de la presencia del Espíritu que
renueva todas las cosas, tienen el valor de afrontar, soportar
y superar las consecuencias de sus mismas decisiones, tomadas a
la luz del Evangelio.
Una esperanza así se alimenta en la
oración y buscando a Jesucristo con los ojos de la
fe y a través de mediaciones fieles[47]. Es el itinerario
de los humanos de todos los tiempos que va de
lo visible y temporal a lo invisible y eterno[48]. La
Carta a los Hebreos habla de "ayer, hoy y siempre"[49]
significando que las acciones de Dios (y su Amor) no
están limitadas por el tiempo. Y el Concilio afirma que
el Misterio de la Encarnación "nos es revelado y continua
en la Iglesia"[50] , realidad ‘humana’ y ‘religiosa’ a la
vez, realidad bidimensional, visible e invisible. Lo sobrenatural manifestándose a
través de realidades humanas. Lo absoluto a través de lo
contingente. Mediaciones humanas necesarias por pequeñas que parezcan.
6.- La Cuestión
de los Ministerios laicales
No se trata de una simple cuestión
organizativa, sino de una verdadera y propia reconstrucción de la
acción eclesial desde sus cimientos. Para que las mediaciones sean
efectivamente evangélicas hoy se nos pide un compromiso inequívoco en
favor de la justicia y la igualdad[51]. Algo que requiere
instrumentos precisos y al mismo tiempo profundos, capaces de responder
a las necesidades concretas que van surgiendo en nuestra Iglesia.
Y esto no se improvisa. Por eso resulta relevante la
cuestión de la formación de estos ‘mediadores’ que les capacitará
para asumir los valores y contravalores de nuestra cultura y
someterlos al tamiz del Evangelio.
Habrá que poner en acción instrumentos
que, superando el nivel superficial e inmediato de la respuesta
a las urgencias, nos habitúen a pensar y a proyectar
a largo plazo; instrumentos que pongan juntos a presbíteros, laicos,
religiosos a reflexionar, discutir, rezar, trabajar, soñar la Iglesia de
mañana (un mañana que ya ha empezado). Y estos instrumentos
requieren competencia, libertad y amor a la Iglesia.
Laicos y laicas,
animadores del orden temporal
Si la Misión ha sido confiada radicalmente
a todos los miembros de la Iglesia sin excepción, el
papel de los laicos en una acción pastoral “de nuevo
cuño” está pidiendo un claro planteamiento vocacional, y es nuestro
deber evaluar algunos aspectos que el mismo Derecho de la
Iglesia reconoce y establece como, por ejemplo, su función propia
y peculiar, aunque no exclusiva, de animar el orden temporal
en el mundo y de forma muy particular el ámbito
de la familia, y la libertad de acción en su
condición de miembros de la sociedad[52].
Ministerios ordenados y ministerios laicales
Es
en este contexto donde situaría el servicio eclesial que todos
conocemos y que se ha ido concretando históricamente en los
llamados “Ministerios” (‘ordenados’ –que incluyen el carácter sacramental- o ‘instituidos’
y ‘reconocidos’), de los que hablamos mucho y seria necesario
hacer opciones más convencida (¿y convincentes?).
En la Exhortación Sinodal "Evangelii
Nuntiandi"[53] se citan los ministerios de: "catequistas, animadores de la
oración y del canto, cristianos consagrados al servicio de la
Palabra de Dios o a la asistencia de los hermanos
necesitados, jefes de pequeñas comunidades, responsables de movimientos apostólicos u
otros responsables". Además de éstos, surgen continuamente en la Iglesia
nuevos ministerios para asegurar diversos servicios en la comunidad: predicadores,
delegados para recibir el consentimiento matrimonial, presidentes de la celebración
de la palabra, ministros extraordinarios del Bautismo, preparadores para el
matrimonio, responsables de la pastoral, y una larga lista de
ministerios que dicen relación a las celebraciones litúrgicas"[54] .
Se está
dando en la práctica una transición hacia una Comunidad eclesial
que algunos llaman pluri-ministerial. Vamos encontrándonos con situaciones que afectan
a la ministerialidad en el área “celebrativa” (canto, peregrinaciones, religiosidad
popular, oraciones, rosarios, novenarios, etc); en el área de “la
Palabra” (preparar cristianos no sólo para que la conozcan mejor,
sino para que asuman el ministerio particular de darla a
conocer en sus ambientes específicos); en el área “ecuménica” e
“interreligiosa” (preparar agentes para el estudio de las diferentes confesiones
cristianas -y la propia- y otras religiones, y para el
diálogo y la colaboración con diferentes creyentes); en el área
“pastoral” (organización de la caridad, visita y cuidado sacramental de
enfermos, oraciones para difuntos, bautismos, preparación para el matrimonio, catequesis...).
Pastoral
de ambientes: terstimonio, anuncio y denuncia
Habrá que hacer todo esto
sin olvidar el compromiso extraeclesial de los laicos y la
llamada pastoral de ambientes[55] que deberá tener en cuenta las
dimensiones esenciales de la evangelización (testimonio, anuncio, denuncia, transformación, comunión
eclesial), y estar animada por el espíritu de las bienaventuranzas.
La Christifideles Laici señala campos concretos bien importantes: la defensa
del derecho inviolable a la vida; la necesaria libertad de
conciencia de toda persona; la familia; la política[56]; la cuestión
económico-social, donde hay que asegurar la primacía y la dignidad
de la persona humana; la cultura, y en ella “el
mundo de la escuela y de la universidad, los ambientes
de investigación científica y técnica, los lugares de la creación
artística y de la reflexión humanista"[57].
Vayamos, pues, haciendo realidad esta
“ministerialidad” y seremos una Comunidad cristiana más y mejor testigo
y "confesante" del Dios del Reino.
PARA LA REFLEXIÓN EN GRUPO
1.-
¿Qué es lo que favorece y qué es lo que
impide hoy realmente que los laicos sean más protagonistas (sujetos
responsables) de la acción pastoral de la Iglesia?.
2.- ¿Cómo tiene
que ser hoy la actuación social de los cristianos laicos:
con estructuras propias y presencia claramente confesional o como levadura
en la masa y “mediación” eficaz en los diferentes ambientes?.
¿Por qué?.
3.- ¿Qué “ministerios laicales” necesita prioritariamente nuestra Parroquia, Arciprestazgo,
Diócesis, para la misión (hacia dentro y hacia fuera) y
cómo hacerlos realidad?.
---------------- [1] La "sinodalidad" es una mentalidad y una
praxis fruto de una "educación para la comunión" que ha
de ir haciéndonos más capaces de acogida y de valoración
de las diferencias. La existencia de “un sano sentido crítico”
no es necesariamente un obstáculo y menos una traición, pero
también hay que demostrar que es perfectamente compatible con la
obediencia practicada por adultos, al estilo de los Hechos de
los Apóstoles 15 y Gálatas 2.
[2] La Asamblea Diocesana de
Menorca apuntaba la revisión de límites de algunas Parroquias, de
servicios y horarios...)
[3] Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia (LG),
32.
[4] Ibid, LG 1.
[5] Christifideles Laici 9 y 15.
[6] Gaudium
et Spes 44.
[7] Ibid, GS 4.
[8] “Es sabido que este
término tiene un doble significado en la Sagrada Escritura. Por
ejemplo, el “espíritu de este mundo” (1Co 2, 12) indica
todo aquello que aleja al hombre de Dios. Hoy se
podría corresponder al concepto de secularización laicista. Sin embargo, la
Sagrada Escritura contrarresta este significado negativo del mundo con otro
positivo: el mundo como la obra de Dios, como el
conjunto de los bienes que el Creador dio al hombre
y encomendó a su iniciativa y clarividencia.” (Juan Pablo II,
Memoria e identidad. Ed. la esfera de los libros, 2005.
Pág. 148).
Cfr también (“mundo” en GS 2): “toda la familia
humana con la universalidad de las realidades entre las que
ésta vive; el mundo, teatro de la historia del género
humano, marcado por su destreza, sus derrotas y sus victorias;
el mundo que los fieles cristianos creen creado y conservado
por el amor del Creador, colocado ciertamente bajo la esclavitud
del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado, una
vez que fue quebrantado por el poder del Maligno, para
que se transforme, según el designio de Dios, y llegue
a su consumación”.
[9] Cfr. GS 1 y 43.
[10] Cfr. Centessimus
annus, 5.
[11] (Jn 17, 18; 20, 21; Mt 28, 18-20;
Mc 16, 15; Lc 24, 47-48; cfr Hech 1,8).
[12] El
Concilio Vaticano II (1962-1965) ha abordado explícitamente el tema de
manera especial en el cap. IV de la Lumen Gentium
y en la Apostolicam Actuositatem; y lo mismo el nuevo
CDC (1983), el Sínodo de Obispos (1987) y su consiguiente
Exhortación Apostólica "Crisatianos Laicos Iglesia en el Mundo” (ChL) (1988).
[13]
Calero, Antº. Mª., El laico en la Iglesia. Vocación y
Misión. CCS, Madrid 1997, p. 130.
[14] Cfr. Cristianos Laicos Iglesia
en el Mundo, 148.
[15] Cfr. LG 9 y 48; GS
42 y 45.
[16] Ju 17.
[17] “Será preciso franquear distancias, entablar
y proseguir diálogos que pueden parecer, a ciertas miradas, humillantes;
pactar sin cansancio, hablarse, escucharse unos a otros... y volver
a amarse los unos a los otros” Cfr. Pablo VI,
"Ecclesiam Suam" (1963). especialmente cap. 3º: Diálogo.
[18] Vaticano II, Constitución
sobre la Divina Revelación (DV), 8.
[19] Cfr. Catecismo de la
Iglesia Católica, n. 181
[20] Juan Pablo II, Memoria e identidad.
Ed. la esfera de los libros, 2005. Pág. 146.
[21] Cfr.
Sebastián, F., “Vocación apostólica de los fieles laicos”. Congreso de
Apostolado Seglar. Madrid, 2004.
[22] Ju 20,21
[23] Vaticano II, Decreto sobre
el Apostolado de los laicos (AA) 1. 3; 24; LG
33; 37; 39; GS 43.
[25] GS 22 y 32
[26] Juan
Pablo II, Exhortación Apostólica sobre el Nuevo Milenio (NMI) 29
[27]
LG 42
[28] Cfr. Carta Pastoral de los Obispos de Pamplona
y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Cuaresma-Pascua, 1996.
[33] “En su práctica es una ideología enemiga
de la libertad, aunque teóricamente se reclame lo contrario. Porque
pretende que la sociedad sea laica cuando en realidad es
plural y mayoritariamente religiosa, y entonces actúa contra ella por
la fuerza o por la ingeniería social de las leyes
y los grandes medios de comunicación, como se practica en
España”. (cfr. Miró y Ardèvol, J. Conferencia en la Universidad
de Sto. Tomás de Chile 3 de Junio de 2005). “El
principio de la laicidad es legítimo si se entiende como
la distinción entre la comunidad política y las religiones [...].
Sin embargo, distinción no quiere decir ignorancia, laicidad no es
laicismo. Es únicamente el respeto de todas las creencias por
parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las
actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades
de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un
lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la
nación”. (Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante
la Santa Sede, enero de 2004, n. 3.)
[35] cfr. LG
31.38; GS 8.40
[36] Mt 5,16; 6,3
[37] Mc 1,14-15.
[38] Is 55,10
[39]
Sab 18,15; Am 8,11
[40] Ef 6,17 ("de doble filo" dirá
el autor de la carta a los Hebreos).
[41] Mt 13,3-23
[42]
3,15; GS 31.
[43] Ju 15,5
[44] Fil 4,13; Rom 4,18; 8,13
[45]
TMA 46
[46] 2Pe 3,12
[47] Rovira Belloso los llama “testigos del
Infinito”.
[48] 2Cor 4,18
[49] Hebr 13,8
[50] LG 52
[51] (Cfr. EN 18
y 30-31).En el documento introductorio del Sínodo universal de 1971
sobre la justicia en el mundo se insistió especificando que
“la acción a favor de la justicia y la participación
en la transformación del mundo se presenta claramente como una
dimensión constitutiva de la predicación del evangelio, es decir, de
la misión de la Iglesia para la redención del género
humano y la liberación de toda situación opresiva”.
[52] Cfr. CDC
cc.224; 225, &1y2; 226; 227. La participación de los laicos
en la vida de la Iglesia se extiende incluso al
ejercicio propio del ministerio ordenado en su oficio de enseñar
(en sus diversas formas y expresiones: cc. 229, &3; 759;
766; 767; 784; 785), en su oficio de santificar (c.230)
y en el mismo oficio del gobierno pastoral (cc. 1421;
1435).
[53] EN 73
[54] Aldazabal, J., Ministerios de laicos, Barcelona 1987,
pp. 11-89.
[55] Por ejemplo: el mundo del trabajo, los ámbitos
profesionales, el medio rural, la juventud, el mundo estudiantil, los
ámbitos de la marginación, etc.
[56] El Concilio la llamó “noble
arte” (GS 75).
[57] ChL 36-44
Mons. Joan Piris Frígola Obispo de Menorca
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