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Autor: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net Señor ¿qué quieres que haga?
Tenemos que aprender cada vez más, a "leer" la voluntad de Dios, nuestro encargo, en los avatares de la vida diaria
Señor ¿qué quieres que haga?
Algunos santos tienen el privilegio de tener al Señor como
interlocutor directo. Sí, ¡hablan con Dios! Un caso particular es
"el mínimo y dulce" Francisco de Asís, que, nos cuenta
su historia, dialogaba con una imagen de Cristo crucificado, en
el templo de San Damián.
La Iglesia medieval de sus tiempos
estaba controlada, jerárquicamente y en buena medida, por los poderosos,
quienes enviaban a sus hijos no-primogénitos, es decir no herederos
del poder terrenal, a incorporarse al clero. Tenían suficiente poder
de influencia para conseguir que cargos eclesiásticos importantes quedaran en
sus manos. Ello creaba muchos problemas a la Iglesia para
cumplir su misión, y sufría grandes peligros.
Así, nos cuenta la
historia, en algún momento Jesús dijo a Francisco de Asís.
"Francisco ¡repara mi Iglesia!". ¿Qué podía hacer un sencillo monje
como Francisco, en un pequeño pueblo de Italia, para sacudir
a la Iglesia que Jesús fundó y hacerla reaccionar? Pero
pudo hacerlo, Cristo le encargó que actuara humanamente, pero con
el poder divino tras él.
¡Que encargo! Nosotros, los "simples mortales"
de este siglo, podemos también pensar que, como los profetas
y muchos santos, vinimos a este mundo para llevar a
cabo alguna misión especial de Dios. A veces, toda una
vida se concreta en un solo hecho o un pequeño
periodo de tiempo, en que hicieron lo que Dios les
había destinado hacer.
Así, pensando en que debemos obedecer al
Señor y cumplir nuestra misión en el mundo, la que
sea, pequeña o grande, humanamente trascendente o conocida solamente en
el ámbito de Dios, podemos pensar ¿no sería bueno que
el Señor me dijera qué es lo que espera de
mi?
Podemos entonces ponernos frente a un crucifico, o hasta
frente a un sagrario, en donde, bajo la especie de
pan, está verdaderamente Cristo resucitado, y preguntarle: "Señor ¿qué quieres
que haga por ti y mis hermanos los hombres?"
Qué
bueno sería, pero lo más probable es que el Señor
no nos lo diga de viva voz, como a Francisco
de Asís. Ni siquiera como mensaje digamos "telepático". Sin embargo,
el Señor tiene maneras de presentarnos su expectativa de vida
para nosotros, sin usar palabras. A veces su manera de
pedírnoslo, es un entusiasmo "espontáneo" que "nos nace", de hacer
alguna cosa por Cristo y los hombres.
Hay por supuesto
ocasiones en que podemos escuchar, como dijimos "telepáticamente", en nuestra
mente, la voz de Dios, que nos dice qué desea
de nosotros en algún momento, o nos dé una señal
indiscutible de la vocación, el llamado que hace de nuestras
vidas.
Pero, para efectos prácticos, para la vida diaria y
normal del "ciudadano de a pie", el Señor no nos
dirá directamente lo que espera que hagamos por Él. Más
bien pondrá frente a nuestros ojos, los físicos y los
del alma, situaciones que aparezcan como "oportunidades" especiales para hacer
el bien.
Algo sí podemos esperar; de alguna forma, en
una situación particular, vía nuestra conciencia, Dios nos hará ver
lo que desea que hagamos. Casi siempre se tratará de
hacer algo, de no quedarnos impasibles ante alguna necesidad de
otros, próximos o desconocidos, ajenos a nosotros, o ante los
ataques contra la fe.
Esas "oportunidades" pueden ser casos como
ver la necesidad de un buen consejo, que esté a
nuestro alcance; una limosna que dar, tender una mano, dar
una sonrisa, una alegría al entristecido. Puede ser combatir un
desastre natural, para salvar vidas y bienes. Abogar por el
inocente de la acusación injusta; defender la vida como derecho
humano primigenio. Difundir su doctrina o de alguna forma predicar
su palabra. Se trata quizá de orar, para que Él
intervenga.
Yendo más lejos, en un momento de crisis, vemos
que la "oportunidad" es salvar a otro de grave peligro,
arriesgando nuestra vida en el intento. Puede ser que toda
nuestra vida nos lleve a tener que ofrecerla, en martirio,
por la fe de Cristo.
Pero la mayor parte de
las veces no será la petición extrema de la vida.
La santidad, es decir el seguir los dictados del Señor,
es una suma de pequeñas acciones. Al repasar la trayectoria
de los santos, vemos que las grandes obras son sólo
momentos en una vida sencilla de hacer cuanto pudieron por
los demás.
¿Cuántos milagros hizo en la India la Madre
Teresa de Calcuta? Nunca, que se sepa, un enfermo tocado
por su pequeña mano en nombre de Dios recuperó instantáneamente
la salud y se levantó del lecho gritando ¡milagro, estoy
curado! No, su vida fue una constante de ayudas al
alcance de los recursos que Dios puso en sus manos,
por los más pobres y desvalidos, por los "intocables" de
la India.
Pero a Teresa de Calcuta, este mundo
moderno -cristiano o no-, la calificó como "santa en vida",
una santa "moderna". Esa suma de hechos diarios por los
demás, se convirtió en fuente de gracia para que muchas
mujeres siguieran su ejemplo como religiosas dedicadas a la caridad
asistencial, y mucha gente ayudara también a esos intocables de
la India y a pobres de diversas partes del mundo.
Entonces,
si nos decidimos a preguntar directamente al Señor, en un
afán de entrega, en una búsqueda de nuestra misión terrena
muy personal, y le decimos: ¿Señor, qué quieres de mí,
qué deseas que haga por ti? siempre, de alguna manera,
poniéndonos enfrente la necesidad de hacer algo por los demás
y hasta por un mensaje directo, lo sabremos ¡abramos ojos
y oídos!
Para ello, tenemos que aprender cada vez más,
a "leer" la voluntad de Dios, nuestro encargo, en los
avatares de la vida diaria. En algún momento, sabremos a
ciencia cierta que Dios quiere algo de nosotros ¡nos habrá
respondido! y sólo queda entonces nuestra voluntad de cumplir lo
que desea.
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