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Autor: Angel Gutiérrez Sanz | Fuente: Arbil Es la hora de los laicos.
Un cristiano que renuncie a ser fermento del mundo, es porque está asustado, domesticado, acomplejado, o no entendido bien cual es su misión en el mundo de hoy
Es la hora de los laicos.
"Estos días vengo escuchando algo que, en forma de
halago se viene diciendo del cristianismo de nuestro tiempo y
es esto: Los cristianos de hoy son contemporizadores, están aprendiendo
a respetar a los demás, haciendo de sus creencias una
cuestión privada y personal, no sacando a relucir sus creencias
en público y esto les acredita como cristianos maduros. Yo
no sé si esta imagen del cristianismo es cierta o
no, pero si lo fuera, para mí no sería motivo
de orgullo sino de vergüenza, porque un cristiano que renuncie
a ser fermento del mundo, es porque está asustado, domesticado,
acomplejado, o no entendido bien cual es su misión en
el mundo de hoy."
La identidad del cristiano lleva implícito la
de ser testigo de su fe. Las palabras de Jesucristo:
"Id por todo el mundo a predicar el Evangelio" es
una interpelación a todos los que nos consideramos seguidores suyos..
Tiempos hubo en los que por diversas circunstancias, que no
son ahora del caso comentar, el apóstol, el misionero, el
evangelizador, eran términos íntimamente asociados a los sacerdotes y religiosos.
De una parte estaban los pastores constituidos en maestros, que
proclamaban la palabra de Dios y de otra parte estaba
la grey receptora de esa palabra.
A partir sobre todo del
Concilio Vaticano II, hay otra visión y así como se
ha ido llevando a la conciencia de los cristianos, que
Iglesia somos todos los bautizados en Cristo, del mismo modo
hemos de ir entendiendo, que la misión evangelizadora es una
tarea que compete a todos los cristianos, también a nosotros
los laicos y si me apuran un poco, es una
misión que en las actuales circunstancias nos compete fundamentalmente a
los laicos.
"La evangelización de los nuevos tiempos se hará
por los laicos o no se hará". No es una
frase mía, es una frase acuñada por el Episcopado español,
que a mí personalmente me suena muy bien y la
suscribo totalmente. Las razones son obvias, no solamente por la
escasez de sacerdotes, en edades avanzadas, sino también porque los
laicos tenemos acceso a unos ámbitos donde más necesario es
el testimonio cristiano. Ya no es la Iglesia sino la
calle, el lugar donde hay que hacer presente a Cristo
en nuestra sociedad. Sí, ha llegado nuestra hora, ha llegado
la hora de los laicos y de nosotros va a
depender que en gran medida la tarea evangelizadora.
Conscientes de esta
nuestra responsabilidad como cristianos, tendremos que comenzar a preguntarnos ¿
cómo habrá de ser la nueva evangelización en los albores
del siglo XXI y cómo habremos de llevarla a cabo?
Naturalmente el mensaje evangélico en esencia no ha cambiado ni
puede cambiar; sustancialmente siempre es el mismo y siempre habrá
de seguir siéndolo. Esto hay que decirlo, pero también hay
que decir que la obra evangelizadora, en cuanto obra humana,
está sujeta a los tiempos y no puede ser la
misma en el siglo XXI que la que llevaron a
cabo los primeros cristianos, la que se llevó a cabo
en la Edad Media, o la que se llevó a
cabo en el descubrimiento de América. No puede ser la
misma porque las circunstancias históricas han cambiado.
Vivimos en un mundo
cambiante y complejo y tendremos que ajustarnos a sus exigencias.
Es normal que entendamos que los nuevos signos de los
tiempos nos marquen el nuevo talante de la evangelización.
Para saber
cómo ha de ser la evangelización, nuestra evangelización, en el
siglo XXI, tendremos que conocer las peculiares características de nuestra
sociedad; tendremos que saber de sus necesidades y exigencias; tendremos
que conocer las peculiaridades y características de los hombres de
nuestro tiempo; tendremos que conocer cuáles son sus miedos y
sus angustias. Por eso, antes de emprender nuestra tarea hemos
de preguntarnos ¿cómo es la sociedad en la que nos
ha tocado vivir y cómo son los hombres de esta
sociedad?
Naturalmente tratar de hacer ahora una descripción exhaustiva de nuestra
sociedad nos llevaría demasiado tiempo; por tanto me limitaré a
señalar alguno de los rasgos que mejor pueda caracterizarla, en
función del tema que nos ocupa y uno de estos
rasgos, de nuestra sociedad occidental industrializada, no es otro que
el que viene determinado por la ausencia de Dios. Nuestra
sociedad ha dado la espalda a Dios, se ha olvidado
de El.
En fechas no muy remotas, me estoy refiriendo al
siglo XIX y gran parte del XX, de Dios siempre
se hablaba y se hacía apasionadamente, bien fuera para afirmarle,
bien fuera para negarle. Hasta para los ateos el tema
de Dios era capital; así por ejemplo, la obra de
Marx, o la obra de Nietzsche, no podían entenderse sin
referencia a Dios ¿y qué decir de las ansias y
el hambre de Dios, de un hombre supuestamente sin fe,
como fue Unamuno? Ciertamente el tema de Dios en ninguna
época histórica dejaba indiferente. Hoy sí, hoy nos deja fríos,
no nos dice nada. El tema de Dios no apasiona;
el tema de Dios en nuestra sociedad no interesa a
casi nadie; hoy lo que interesan son otras cosas, demasiado
triviales, por cierto. El hombre de hoy es el que
dice que exista o no exista Dios es un problema
suyo y es al propio Dios y no al hombre
a quien debe importarle, la gente quiere que la dejen
en paz, vivir su vida, ya tiene bastante con sus
asuntos; ha aprendido a valerse por mí misma y no
le necesito a Él para nada.
Esta es la situación actual
y me pregunto ¿Por qué esta indiferencia?.....El hombre moderno ha
logrado conquistas portentosas, que causarían asombro, no digo ya a
los hombres que vivieron en la Edad Media, sino a
los que fueron nuestros abuelos y lo más portentoso es
lo que falta por venir. En un futuro próximo, que
no va más allá de 40 ó 50 años vista,
las conquistas que el hombre parece tener ya al alcance
de la mano, en el campo de la Biología, de
la Medicina, de la Astronomía, de la Comunicación, del Desarrollo
Técnico, son sencillamente asombrosas. Ante este espectáculo maravilloso que nos
brinda el hombre actual no hace falta ya, tener fe
en esa verdad teológica que nos habla de que el
hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios; no
hace falta tener fe en esta verdad teológica, porque resulta
evidente. Lo difícil está siendo no sucumbir a la tentación
de creerse un pequeño dios. Esta es la gran tragedia
del hombre actual, que le ha llevado a la indiferencia
de Dios y a todo lo que con Él se
relaciona. Diré más. Este hombre es el que no quiere
incluso que se hable públicamente de Dios, le molesta que
se hable de El y trata de impedirlo. Ha desplegado
y está desplegando un gran esfuerzo para que el cristianismo
quede encerrado en las sacristías, que nuestras creencias pertenezcan a
la esfera de lo privado; está tratando de que el
mensaje evangélico no trascienda a la vida pública.
La atmósfera que
nos envuelve está cargada de irreligiosidad y por todas partes
se respira laicismo: El estado laico, la sociedad laica, la
escuela pública laica, la familia, ¿qué decir de la familia?.
Se parte del convencimiento que el fenómeno religioso es una
cuestión privada. Por desgracia éste es un sentimiento que empiezan
a compartir muchos cristianos, al menos implícitamente. Son bastantes los
que piensan que su fe han de vivirla de "puertas
adentro"; que a Dios hay que llevarle en el corazón,
pero que no hace falta ir manifestándolo al exterior. Podemos
encontrarnos con cristianos en la política y en la vida
pública, que dicen tener una acendrada fe personal y que
luego en la práctica y cara al exterior actúan y
gobiernan como si Dios no existiera. Este sería el principal
obstáculo para la evangelización en nuestros días: caer en la
trampa de considerar que nuestra fe es sólo un asunto
personal y que pertenece a la esfera privada y este
sería el gran triunfo de los enemigos del cristianismo, que
los hay.
En estos días vengo escuchando algo que, en forma
de halago se viene diciendo del cristianismo de nuestro tiempo
y es esto: Los cristianos de hoy son contemporizadores, están
aprendiendo a respetar a los demás, haciendo de sus creencias
una cuestión privada y personal, no sacando a relucir sus
creencias en público y esto les acredita como cristianos maduros.
Yo
no sé si esta imagen del cristianismo es cierta o
no, pero si lo fuera, para mí no sería motivo
de orgullo sino de vergüenza, porque un cristiano que renuncie
a ser fermento del mundo, es porque está asustado, domesticado,
acomplejado, o no entendido bien cual es su misión en
el mundo de hoy.
Entiendo que el cristiano comprometido ha
de serlo a todas las horas del día. Ha de
serlo en casa, en la Iglesia, en la calle y
en su puesto de trabajo. El cristiano ha de serlo
en toda su integridad, sin dobleces ni camuflajes, sin disociar
sus creencias de su vida pública o su vida privada.
Cristiano es el que toma en serio las palabras de
Cristo, que nos invita a ser "luz del mundo y
sal de la tierra". Si ya de entrada renunciamos a
hacer una manifestación pública de nuestra fe ¿cómo puede ser
posible la evangelización? Nadie me puede negar que el cristiano,
cuando menos, tenga los mismos derechos de expresar sus convicciones
que los que tratan de echarlos por tierra con críticas
demoledoras o con burlas descaradas. Ciertamente no son estos cristianos
de la doble personalidad y la doble moral los que
el cristianismo está necesitando, sino de aquellos que hacen lo
posible porque Cristo reine, no sólo en los corazones de
los hombres sino en las familias, en la sociedad, en
las naciones, en todos los pueblos, en el mundo entero.
Otro
de los obstáculos que dificultan la nueva evangelización lo encontramos
en el exceso de individualismo y personalismo. En unos tiempos
de globalización, los cristianos hemos de comprender que en la
defensa de nuestra fe no puede ser que cada cual
vaya por su lado, sino que tenemos que trabajar juntos,
superando los "guetos", las "capillitas" y los "grupitos"; que debemos
mantenernos unidos en estos tiempos difíciles. Hemos de comprender, de
una vez por todas, que lo que importa no es
mi causa, ni la de mi parroquia, ni la de
mi diócesis, ni la de mi orden, ni la de
mi congregación, sino que lo que importa es la causa
de Cristo. Si queremos ver una evangelización floreciente, los cristianos
tenemos que estar unidos. De aquí se comprende el esfuerzo
ecuménico que se está haciendo por parte de Roma. Todos
los cristianos unidos, no sólo para llevar a cabo una
evangelización eficiente, sino para hacerla creíble a los ojos de
los demás. En estos tiempos de la unión europea, de
pactos políticos y militares , fusiones entre los bancos, de
bloques; en estos tiempos de globalizaciones ¿sería mucho pedir, que
los cristianos remáramos todos en la misma dirección?
Estas y otras
dificultades nos habremos de encontrar en nuestra tarea evangelizadora, pero
podemos enfrentarnos a ellas, pues aparte del poderoso motivo que
encontramos en las palabras de Cristo, existe otro motivo que
nos puede ayudar a mantenernos firmes en nuestro propósito. Antes
he hablado del portentoso poder del hombre actual, que cree
ser como Dios. Hay no obstante un hecho irreversible que
viene a demostrarle cada poco, que no es ningún dios,
sino solamente un hombre y muy frágil por cierto. Este
hecho es la realidad de la muerte, ante la que
todas las seguridades se derrumban y los hombres se quedan
sin palabras. Cuando el hombre ve la muerte de cerca,
o es testigo de acontecimientos como los sucedidos el 11
de Septiembre, se da cuenta que no puede vivir sin
un Dios que garantice unos horizontes de esperanza. La imagen
desolada e impotente del poderoso presidente de los Estados Unidos,
rogando y suplicando a Dios, lo dice todo. Jesúcristo nos
ha confiado a nosotros, cristianos del Siglo XXI, que llevemos
este mensaje de esperanza, en una noche oscura, a unos
hombres y a una sociedad que es la nuestra. Que
nunca más se nos pueda echar en cara: "Vosotros cristianos,
a los que se os confió la luz ¿Qué habéis
hecho con ella?"
Cada cual sabrá que puede ir haciendo, a
nivel personal, aunque sea muy poco, en su vida cotidiana,
para poder llevar a cabo esta tarea evangelizadora.
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