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Autor: Prof. Avv. Guzmán Carriquiry Lecour | Fuente: Catholic.net América, el Continente de la Esperanza, bajo la luz de la Spe Salvi (traducción revisada)
¿Porqué América Latina es definida de esta manera en el mundo? ¿Cómo se justifica la expresión “Continente de la esperanza”?
América, el Continente de la Esperanza, bajo la luz de la Spe Salvi (traducción revisada)
Nota del editor: Pedimos una disculpa por haber publicado la
traducción de este documento del italiano (idioma original del escrito),
al español, en una versión no revisada del mismo,
ésta es ya la traducción revisada y aprobada por
el autor.
Catholic.net
¿El Continente de la esperanza?
América Latina
es el "continente" de la esperanza. Así fue llamado por
el Papa Pablo VI, hace cuarenta años, en el 1968.
El mismo Pontífice había ya explicado el contenido de esta
esperanza en su homilía del 3 de julio de 1966,
en la basílica de San Pedro, poniendo en relieve "la
original vocación" de América Latina de "plasmar en una síntesis
nueva y genial lo antiguo y lo moderno, lo espiritual
y lo temporal, lo que otros te han dado y
tu […] propia originalidad", para dar "testimonio" de una "novísima
civilización cristiana". S.S Juan Pablo II retomó varias veces esta
definición. Lo hizo en su primer viaje apostólico, en México,
durante la inauguración de la III Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, a Puebla de los Ángeles (enero de 1979),
desabollándolo en particular modo en Santo Domingo, el 12 de
octubre de 1984. S.S Benedicto XVI mantiene esta tradición, y
a la víspera de su primer viaje a América Latina,
en Brasil, habló precisamente de esta tierra como del "continente"
de la esperanza, el 6 de mayo de 2007, usando
sucesivamente otras tres veces esta definición.
Un uso tan frecuente
de esta definición por parte de los Papas, y siempre
acogida y reiterada con alegría por el Episcopado Latinoamericano, lleva
a preguntarnos cuáles son las razones que la inspiran. ¿Porqué
América Latina está así definida en el contexto mundial? ¿Cómo
se justifica la expresión “Continente de la esperanza”? Es necesario
responder a estas preguntas de manera razonable y con argumentos
convincentes, porque sería injusto y equivocado pensar, e incluso sólo
sospechar, que los Papas se hayan limitado a una vaga
retórica algo demagógica. Los Papas saben bien, por su magisterio,
que no se juega nunca con las palabras, porque las
palabras no son solamente retórica sino también semántica, llevan un
sentido, imprimen una dirección. A veces las palabras contienen una
política, una filosofía, una teología.
Los tiempos que estamos viviendo
son buenos para intentar responder a estas preguntas. Por una
parte, tenemos la guía iluminante de la segunda encíclica del
pontificado de Benedicto XVI, la “Spe Salvi”, toda centrada en
la esperanza. De la otra parte, contamos con el gran
acontecimiento de esperanza que fue la la V Conferencia General
del episcopado latinoamericano, que tuvo lugar en Aparecida ( mayo
de 2007 ), inaugurada por el Papa Benedicto XVI y
concluida con un óptimo documento final.
Una esperanza sembrada en
el Nuevo Mundo
El continente americano emerge en la historia
mundial, al alba de la modernidad, en la primera fase
de la globalización, de la mundialización, como una sorprendente novedad
que, desde su génesis provoca un fuerte ímpetu de esperanza.
Si en todas las profecías mesiánicas medioevales, antes y durante
las Cruzadas, la conquista de Jerusalén estuvo asociada al fin
del mundo, con Cristóbal Colón toma cuerpo un nuevo motivo
que supera el precedente: el fin del mundo, la llegada
del Reino definitivo, queda ahora ligada a la difusión del
Evangelio por todas las tierras y a todas las gentes,
"hasta a los extremos confines”. La novedad de la terra
incognita, pronto reconocida como el "Nuevo Mundo", fue percibida, sea
en la expansión ibérica como en las sucesivas trece colonias
del Norte, como "tierra prometida" donde se habrían realizado antiguos
y nuevos ideales de libertad, de justicia y felicidad, una
nueva frontera dónde renacería una nueva cristiandad, una nueva civilización.
En la dramática gestación de los nuevos pueblos americanos hubo
un ímpetu pascual. Donde abundó la muerte - con la
violencia de la conquista, la destrucción de las civilizaciones indígenas,
la explotación de las masas autóctonas, su derrumbamiento demográfico -
sobreabundó un nuevo sentido de la vida y de la
común dignidad humana, un nueva positividad frente a toda la
realidad, un nuevo sentido de pertenencia y esperanza. Con el
derrumbamiento de los imperios indígenas, construidos y sustentados, como todo
imperio, sobre la violencia y la explotación, también se derrumbaron
sus cosmogonías llenas de pesimismo. Se derrumbaba la concepción de
un mundo en el cual las masas indígenas quedaban esclavas
de los elementos del cosmos, sin espacio para la libertad
humana (cfr. Spe Salvi, n. 5), bajo total control de
minorías teocráticas. Entre las contradicciones y a los compromisos de
aquella fase histórica constituyente, fue anunciado el Dios de la
vida, el Dios misericordioso, el Dios apasionado por la salvación
de los hombres, el Dios que revela la más sublime
dignidad de cada criatura humana, el Dios que no es
posesión de pocos "iniciados” y que revela su amor sobre
todo a los más pequeños, a los más pobres, como
a los indígenas, y a aquel indígena, Juan Diego, que
la Madre de Dios eligió para anunciar el Evangelio. En
el más extraordinario y complejo encuentro entre pueblos, se formó
un mestizaje étnico y cultural: fue superada la incomunicabilidad entre
los miles mundos indígenas y su dispersión, y todo encierro
étnico o tribal dejaba paso a una nueva conciencia de
la común dignidad humana y se extendían los horizontes de
la hermandad y solidaridad. En un ímpetu de entusiasmo, lleno
de esperanza, José de Vasconcelos - ministro de la educación
durante la revolución mexicana - hablará sucesivamente del nacimiento de
la "raza cósmica", en un continente donde se han dado
cita todas las razas del mundo.
La tierra prometida del
nuevo mundo fue así considerada la cuna de nuevos pueblos,
de una nueva sociedad, un tipo de palingenesia humana, moral
y espiritual frente a una Europa asediada por la "media
luna" islámica, sumida en la corrupción y violencia en las
cortes principescas, con las iglesias locales sometidas a los emergentes
Estados nacionales, un continente a punto de padecer la reforma
protestante y las guerras de religión, con el capitalismo mercantil
en pleno desarrollo bajo la égida idolátrica del oro.
Los
grandes protagonistas y mensajeros de esta esperanza fueron las órdenes
religiosas mendicantes, lanzados a la evangelización de los nuevos pueblos.
En su actividad misionera confluyeron elementos de regeneración espiritual, la
proyección arquetípica de la comunidad cristiana primitiva, las utopías renacentistas
y la voluntad de construir una "nueva cristiandad de Indias".
Muchos estudiosos han escrito sobre la "utopía" americana de los
misioneros, sobre el "reino milenario" de los franciscanos, sobre el
influjo de Joaquín de Fiore sobre el francescanismo radical en
América proyectado hacia la última fase de la historia, aquélla
del Espíritu Santo. Fue sobre todo la renovación de los
“mendicantes” en la “observancia” (es decir, una renovada adhesión radical
a sus carismas originarios), en una Iglesia española y portuguesa
en proceso de “reforma católica”, lo que dio la fuerza
propulsora de sus acciones. Su humanismo no fue caracterizado por
sueños estéticos de belleza como aquéllos de la Italia renacentista,
sino de pasión cristiana por el bien, la libertad y
la dignidad de los indígenas. Una legión de misioneros fue
protagonista de la "primera batalla por la justicia en América".
Son ellos que profundizaron teóricamente, a través de la "Escuela
de Salamanca", y defendieron arduamente en los debates desarrollados alrededor
de la monarquía y en la vida cotidiana de las
nuevas sociedades americanas, la dignidad humana y los derechos fundamentales
de los indígenas, según una renovada formulación de la tradición
jus-naturalista, que estará luego a la base de las declaraciones
modernas de los derechos humanos.
Los predicadores no se limitaron
a denunciar los abusos, ni a promover los medios legislativos
y prácticos para proteger los indígenas, sino que trataron de
crear las condiciones materiales, culturales y espirituales para hacerlos crecer
en humanidad, para ser sus compañeros y guías en la
construcción de formas de vida más humanas, más congeniales a
los indígenas, más fraternas y solidarias. Hay un hilo de
oro de la esperanza cristiana que recorre la obra misionera:
de los "pueblos hospitales" de Vasco de Quiroga en Michoacán,
a las numerosas "reducciones" franciscanas y sobre todo a los
grandes pueblos indígenas en las misiones jesuíticas, sobre todo aquéllas
entre los guaraníes del Paraguay y en la Cuenca del
Plata. Se trató de grandiosos tentativos de construir las bases
de una nueva civilización, lejana del dominio de las armas
y del reino del dinero, sin dominaciones, sin hambre ni
analfabetismo, ni explotación, donde se pudiera experimentar una nueva forma
histórica de hermandad y felicidad. Además, es conocido el vínculo
entre estas realizaciones americanas y la "Utopía" de Tomás Moro
y la "Ciudad del Sol” de Campanella. Incluso un superior
provincial de la Compañía de Jesús escribirá más tarde sobre
las "reducciones", afirmando que "lo que los socialistas se propusieron
en sus falansterios, aquí se ha realizado sin necesidad de
palabras y propuestas utópicas."
Diferentes aspectos seculares de la esperanza
A esta fase de impulso misionero caracterizada por la gran
esperanza cristiana puesta en las nuevas tierras y en los
nuevos pueblos, siguieron tiempos de sedimentación y también de gradual
cansancio y conformismo. El siglo XVIII es un tiempo de
postración eclesiástica, de gran debilidad del centro romano, de control
de las iglesias locales por parte de las monarquías nacionales;
un tiempo de debilidad del pensamiento teológico y filosófico dentro
de la Iglesia, de mera resistencia frente a las corrientes
del iluminismo que despreciaban y criticaban a la Iglesia como
institución del "ancien régime". Aún más: en las colonias hispanoamericanas,
la Iglesia queda desmantelada durante y después las guerras de
independencia.
Las esperanzas americanas se concentraron entonces en las guerras
de independencia, de emancipación del dominio español y portugués, de
construcción de las nuevas repúblicas, pero sufrieron pronto una grave
frustración. Simón Bolívar, el gran "Libertador", el que proyectó grandes
horizontes de libertad y gloria a las nuevas repúblicas, que
quería construir en los territorios liberados "una gran nación", una
confederación americana, termina sus días en la soledad, abandonado por
todos, con la convicción llena de amargura haber "arado en
el mar” y de que las nuevas repúblicas desembocan en
la anarquía y la fragmentación. Otro gran héroe de las
guerras de independencia, José de San Martín, acaba sus días
acosado por la hostilidad de todos y exiliado en Francia.
Es el destino también de José Artigas, “el protector de
los pueblos libres”. Esta es la suerte de los más
grandes héroes y de las más grandes esperanzas de aquella
generación. Un atento historiador ha escrito que las primeras décadas
de las nuevas repúblicas han sido como una travesía en
el desierto; no se ha tratado, en verdad, de un
tiempo de purificación y de un camino movido por la
esperanza de alcanzar la tierra prometida, sino de un tiempo
perdido entre el caos, las violencias, las guerras civiles, la
fragmentación y dispersión entre las muchas tierras americanas.
Hacia la
segunda mitad del siglo XIX, la esperanza de las de
las "polis oligárquicas", que eran las nuevas repúblicas, se proyectó,
en sus elites políticas y doctorales, en la inserción en
el mercado del capitalismo en expansión, en pleno desarrollo de
la revolución industrial, como socios dependientes y subalternos capaces de
ofrecer las propias riquezas agrícolas y mineras. Fue una esperanza
encandilada por los faros de los que consideraban grandes modelos
de civilización y progreso metropolitanos, sobre todo Inglaterra y Francia,
mientras despreciaron y persiguieron la "barbarie" que identificaban con las
masas mestizas del interior de los países, con sus "caudillos"
y sus milicias, con las comunidades indígenas, con el que
consideraban “oscurantismo clerical”. Se trató, ciertamente, de una esperanza reducida
a sus intereses y excluyente de las grandes mayorías de
los pueblos.
Un nuevo rostro de la esperanza secular se
asoma en las primeras décadas del siglo XX, bajo los
ecos lejanos de la revolución rusa, los ímpetus tumultuosos de
la revolución mexicana y la primera generación estudiantil latinoamericana que
se desarrolla a partir de la "reforma de Córdoba". De
todo ello emergen en diversos países de América Latina grandes
movimientos nacionales y populares, que movilizan e incluyen a vastos
sectores sociales que emigran de los campos a las ciudades
en tiempos de intensa urbanización, de cierta industrialización, de diferenciación
social y de mayor implicación popular de las democracias.
El agotamiento de esta fase es evidente en los años
cincuenta con la derrota del APRA y el exilio de
Víctor Raúl Haya de la Torre, la caída y el
exilio de Juan Domingo Perón, el suicidio de Getulio Vargas
y, sobre otro plan, con las transformaciones que marcan el
fin de la fase propulsora del modelo económico de la
industrialización gracias a la sustitución de las importaciones.
Ya en
los años cincuenta del siglo pasado emerge otro rostro de
la esperanza, forjado en los estudios y las propuestas
de la CEPAL, y luego sustentado por la alianza por
el progreso y el milagro económico europeo: es la esperanza
del desarrollo a través de un crecimiento económico y tecnológico,
de reformas sociales y de modernización cultural, para dejar atrás
las condiciones del subdesarrollo y colmar progresivamente la brecha que
separa los países latinoamericanos de aquellos desarrollados, de Estados Unidos
y la comunidad europea. Los obstáculos encontrados plantean dramáticamente la
cuestión de la dependencia y los insalvables límites de esa
esperanza.
La sorpresa impresionante de la revolución cubana atrae y
pone en movimiento las esperanzas de vastos sectores latinoamericanos, especialmente
de estudiantes e intelectuales, movidos por anhelos de liberación, de
solidaridad "tercermundista", de renovación revolucionaria de un marxismo dogmático y
anquilosado, de construcción de un nuevo socialismo, de edificación del
"hombre nuevo". Estas esperanzas, que radicalizan todas las contradicciones de
las sociedades latino-americanas, se van ofuscando con la derrota de
los focos guerrilleros que alimentan una política de muerte y
la muerte de toda política, con el apoyarse de Cuba
bajo la protección soviética ante la amenaza norteamericana, con las
graves dificultades políticas, económicas y culturales que sobrevienen a los
primeros tiempos de entusiasmo revolucionario en la isla, con la
incapacidad demostrada de superar muchos de los males desoladores de
la experiencia del "socialismo real". Los sucesivos fracasos del régimen
de la Unidad Popular en Chile y del gobierno sandinista
en Nicaragua, preanuncian el fin de la fase mesiánica de
la Revolución, con la R mayúscula!
Los años Ochenta ven
la esperanza de la transición hacia la democracia en los
países de América latina, dejando atrás la fase de los
"regímenes militares de seguridad nacional" y de su brutal política
liberticida y represiva.
El derrumbamiento del socialismo real en Unión
Soviética y en su periferia europea, entre 1989 y
1992, y la predominio de Estados Unidos como única potencia
mundial, en medio de grandes transformaciones tecnológicas, provocan un profundo
giro histórico. El nuevo rostro secular de la esperanza se
manifiesta ahora en el "fin" de la historia, es decir
en la exaltación, legitimación y difusión internacionales de la economía
de mercado y la correspondiente democracia liberal, sin alternativas sistémicas.
Se prospecta entonces un “nuevo orden internacional" de prosperidad,
progreso, libertad y paz por todos. Los "think-tank" de la
administración norte-americana, del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional,
relanzan la utopía del mercado auto-regulador, con la "mano invisible"
operante ahora a nivel de mercado global, que no conoce
fronteras y que pretende derribar todo obstáculo hacia una liberalización
total. Sabemos que hacia finales de siglo esta utopía ya
estuvo en plena crisis, resquebrajada por las guerras, las sucesivas
y periódicas crisis financieras, el impacto del terrorismo de matriz
islámico-fundamentalista, los nuevos escenarios geo-políticos y económicos provocados sobre todo
por el desarrollo de China e India, y también por
el abismo creado entre los que se incorporan económica y
culturalmente en el dinamismo de la globalización y los que
quedan excluidos. El actual terremoto de un mercado financiero, en
alta medida desvinculado de la producción y del trabajo, fuertemente
especulativo y desreglamentado, así como las intervenciones estatales predispuestas para
afrontarlo, son como un punto final de aquella utopía.
Spes
contra spem
Alguien ha hablado de la historia de América
latina como una historia hecha de oportunidades perdidas y esperanzas
frustradas. Releyendo el tradicional "best seller" del uruguayo Eduardo Galeano,
"Las venas abiertas de América latina", obsesivamente concentrado en describir
quinientos años de opresión, de explotación, de violencias padecidas por
los pueblos, ¿cómo sorprenderse que concluya con el desolante interrogativo:
"Nunca seremos felices"?. Quién sólo ve la negatividad de una
historia, quién sabe sólo proponer una letanía de denuncias, quién
sólo ve cruces y muertos, no puede sino concluir con
este oscuro pesimismo, aparentemente confortado del moralismo radical de los
"bienpensantes" y de la utopía de una revolución total, que
nunca podrá ocurrir.
En verdad, terminaron en callejones sin salida,
entre la impotencia y la rabia, muchas y diversas esperanzas
seculares de las diferentes elites políticas e ideológicas que han
querido imponer por fuerza sus "modelos" y sus intereses a
la realidad. No obstante, se mantiene viva la esperanza que
anima la vida de los pueblos latinoamericanos. ¡Muchas veces se
muestra como una esperanza contra cada esperanza! Es aquella esperanza
sembrada por la evangelización y transformada en matriz cultural y
ethos espiritual de los pueblos, linfa siempre renovada para recomenzar
una y otra vez, con una carga de positividad e
incluso de alegría, mismo en condiciones penosas de vida. No
domina en la vida de nuestra gente ni la resignación
ni tampoco un pesimismo oscuro. Solamente una gran esperanza, más
grande del estrecho horizonte de las circunstancias, más fuerte que
fracasos, sufrimientos e incluso que la muerte, anima los pueblos,
y especialmente los pobres, en América Latina para recomenzar siempre
de nuevo caminos de sacrificio y solidaridad. Mientras se
derrumban las utopías de las diversas elites ideológicas, sobrevive la
esperanza de los pueblos, de los pobres. Una señal evidente
de esto es que, después de quinientos años de la
primera evangelización, a pesar del abandono pastoral y la falta
de reinformación catequística de vastos sectores de nuestros pueblos por
largos períodos históricos, a pesar de las sombras de largas
fases de escasa vitalidad misionera de la Iglesia, a pesar
de las deficiencias en la transmisión del cristianismo y los
desafíos de la secularización y las sectas; a pesar de
todo esto, más del 80 por ciento de los latinoamericanos
está bautizado en la Iglesia católica, y la reconoce, como
muestran en general casi todas las encuestas hechas en muchos
países, como la institución que recoge y expresa el más
alto nivel de consenso, credibilidad y esperanza en la vida
de los pueblos. La Iglesia católica "es morada de pueblos
hermanos, es casa de los pobres", como escriben los Obispos
reunidos en Aparecida. No habrá verdadera esperanza en América Latina
si no toca las “vísceras” mismas del pueblo, si no
se redescubre y moviliza el tesoro de su tradición, si
no se es capaz de reasumir y repensar, reformular y
re-proponer sus matrices culturales e ideales para poner los pueblos
en movimiento apasionado, solidario, en la construcción de su futuro.
Esta esperanza que anima a
los pueblos latinoamericanos se destaca especialmente si puesta en relación
con la actitud espiritual dominante en Europa. Quizás el juicio
de Octavio Paz, ilustre mexicano, latinoamericano, cosmopolita, es demasiado severo,
pero puede ser indicativo y útil proponer una de sus
citaciones: las naciones del Viejo Mundo, replegadas sobre ellas mismas
- afirma Paz -, "consagran las propias inmensas energías en
la creación de una prosperidad sin grandeza y cultivan un
hedonismo sin pasión y sin riesgos". En ellas, "más que
de nihilismo es necesario hablar de hedonismo. El espíritu del
nihilista es trágico; aquel del hedonista, resignado. Se trata también
de un hedonismo lejano de aquél de Epicuro: no osa
mirar en la cara la muerte; no es sabiduría sino
dimisión". Juicio similar es aquél de Benedicto XVI cuando afirma
que "Europa parece encaminada en una vía que podría llevarla
a su despedida de la historia", sea rechazando sus
"raíces" como también un verdadero protagonismo iluminado y orientado por
una esperanza fundada. ¿No es, quizás, una señal de todo
esto el invierno demográfico que ya no engendra hijos ni
logra recambiar generaciones, la difusión de una cultura de la
desde la banalización de la practica masiva del aborto hasta
las legitimaciones de prácticas de eutanasia y eugenéticas, el número
creciente de suicidios, el malestar de las jóvenes generaciones entre
la confusión y violencia, sin razones y grandes ideales de
vida propuestos por la sociedad de los adultos, el aferrarse
al bienestar conquistado y ahora amenazado como sociedades conservadoras sin
disposición al sacrificio ni a emprender grandes reformas adecuadas para
dar respuesta a los nuevos problemas y desafíos?
Existe un
vacío de esperanza. Ciertamente, ya no tienen vigencia las esperanzas
mesiánicas radicalmente secularizadas, que prosperaron en tierras trabajadas por la
tradición cristiana y la esperanza pascual. Es un hecho que,
cuando se debilita la tensión cristiana de la esperanza en
la vida y misión de la Iglesia, y por lo
tanto en la vida de las personas y de las
naciones, cuando se reduce su verdadero alcance de certeza experimentada
en el presente con el riesgo de reducirla a una
fuga hacia un más allá de los intereses portantes de
la vida personal y social, entonces aquella tradición toma el
rostro de esperanzas seculares separadas de ella. En las visiones
macro-históricas, ideológicas, de los siglos XIX e XX se nota
de manera evidente cómo los mesianismos ateos, las esperanzas secularizadas,
han pretendido retomar, reformular y al mismo tiempo reemplazar y
cancelar la esperanza cristiana. En América Latina, incluso el lenguaje
y muchos conceptos revolucionarios como, por ejemplo, el del "hombre
nuevo", están impregnados de tradición religiosa pero radicalmente reformulados. En
estas esperanzas seculares existen, efectivamente, sacralizaciones vergonzantes, donde la humanidad
es Dios, el Progreso es objeto de fe, la Revolución
es a la vez el apocalipsis y la revelación del
sentido de la historia y el Paraíso toma forma en
la "sociedad de la abundancia" o en la "sociedad sin
clases". "Lo que se espera – escribe el teólogo Ratzinger
en su libro "Fe y futuro", publicado en español en
1973 -, en contraposición a la Iglesia primitiva, no es
el Reino de Dios sino el reino del hombre, no
el retorno del Hijo de Dios sino el definitivo resurgir
de un orden humano y racional, libre y fraterno". Las
esperanzas seculares reniegan y al mismo tiempo invocan los signos
de la presencia de Dios.
El derrumbe de las utopías
mesiánicas
En el siglo XX hemos asistido a lo que
se expresa ilustrativamente en el título del conocido libro de
Henri De Lubac: "El drama del humanismo ateo". Una vez
más la experiencia ha puesto de manifiesto que pretender construir
la ciudad de los hombres sin Dios, contra Dios, significa
construirla contra el hombre. Este es el resultado paradójico de
un siglo en el que las más entusiastas proclamas y
utopías humanísticas degeneraron en las peores realidades de opresión, destrucción
y abolición de lo humano. Los paraísos prometidos se transformaron
en infiernos reales. Así se niega el mito gnóstico de
la Revolución, entendida como realización del sentido de la historia
y como utopía de una nueva humanidad engendrada por el
poder, que fue inspiración para el fascismo y el comunismo.
"Tanto el capitalismo como el marxismo - dijo en Brasil
Benedicto XVI en la inauguración de la Va Conferencia General
del episcopado latinoamericano, en Aparecida - prometieron encontrar el camino
para la creación de estructuras justas", por el desarrollo necesario
de las leyes de la historia, sin tener en cuenta
de la libertad y de la moralidad de la persona.
"Y esta promesa ideológica - dijo todavía el Papa -
se ha demostrado que es falsa. Los hechos lo han
puesto de manifiesto. El sistema marxista, donde ha gobernado, no
ha dejado solo una triste herencia de destrucción económica y
ecológica, sino también una dolorosa opresión de las almas. Y
lo misma estamos viendo en Occidente, donde crece constantemente la
distancia entre pobres y ricos y se produce una inquietante
degradación de la dignidad personal con la droga, el alcohol
y los sutiles espejismos de felicidad."
Aún más: sufren una
crisis profunda las ideas-fuerza de la tradición iluminista, dominantes en
la modernidad. Se derrumba aquella secularización de la esperanza como
fe en el progreso, ya resquebrajada por las guerras mundiales,
los campos de exterminio y los gulag, las amenazas
nucleares y ecológicas. Auschwitz e Hiroshima, aunque en modos muy
diferentes, han demostrado que los medios más racionales que dispone
el hombre, los medios tecnológicos, pueden estar ciertamente al servicio
del progreso humano, pero también pueden estarlo al servicio de
la destrucción de masa, cosa que difícilmente justifica su racionalidad.
El racionalismo a ultranza se revela más que nunca restrictivo
de la razón y de la realidad, y produce, en
cambio, el máximo del irracionalismo. Desemboca, por una parte,
en el "pensamiento débil", que va del relativismo al nihilismo,
que justifica y alimenta las idolatrías del dinero y
del poder, que se escapa de cualquier referencia a los
fundamentos, y, por otra, en el fanatismo terrorista. El futuro
del planeta suscita más miedo que esperanza. Por todo eso,
el Papa pide en la encíclica Spe salvi ( n.
22 y ss.), una necesaria "autocrítica de la edad moderna"
para ir más allá de sus círculos viciosos y sus
caminos sin salida.
La esperanza, clamor que sale del
corazón del hombre
Ahora permítanme pasar de la historia a
la ontología, porque ambas se iluminan recíprocamente.
Si observamos los
muy diversos pueblos, culturas y civilizaciones que se han sucedido
en el planeta, a lo largo de su historia, ¿qué
podemos encontrar de más humano que la sed de verdad,
el anhelo a la felicidad, la necesidad de justicia y
el deseo de amor que se anidan, indestructibles e inextinguibles,
en el corazón de toda persona? La humanidad está mancomunada
por una experiencia fundamental, un conjunto original de evidencias, deseos
y exigencias constitutivas de nuestro corazón, es decir, de nuestra
razón y afectividad. No nos ponemos en contacto con
la realidad a modo de tabula rasa. Cada uno de
nosotros trae y lleva consigo una dote, constituida por los
recursos comunes de la naturaleza humana con los que podemos
relacionarnos con toda la realidad que nos rodea. La naturaleza
misma nos introduce al conocimiento de nosotros mismos, de los
otros, de la historia, de las cosas, proporcionándonos, como instrumento
universal de comparación y discernimiento, la misma energía que cada
madre transmite de la misma manera a sus hijos. La
exigencia de la verdad - o sea, del sentido de
la vida y del significado total de la realidad -,
la exigencia de la felicidad - o sea, de la
plena realización de si mismo, de todas las propias potencialidades
humanas -, la exigencia de la justicia - o sea,
del respeto de la dignidad propia y común -, la
exigencia del amor -, o sea, de la reciprocidad y
gratuidad en la comunión -, constituyen la fisonomía fundamental, la
energía profunda y la trama existencial con que los hombres
de cada tiempo y lugar desarrollan la misma humanidad, afrontan
seriamente la vida, se relacionan con los acontecimientos y custodian
la esperanza.
Estos anhelos se transforman en preguntas inquietantes, en
reales clamores que acompañan la condición humana en las circunstancias
y travesías de la existencia. ¿De dónde vengo y adónde
voy? ¿Cuál es el sentido último de la existencia? ¿Qué
sentido tiene mi vida? ¿Cuál es mi vocación, mi destino?
¿Y el de la humanidad entera? ¿Por qué el dolor,
el sufrimiento, la muerte? ¿Cómo alcanzar la felicidad? ¿Verdaderamente merece
la pena vivir? ¿Cuáles las razones para vivir, convivir, sufrir,
luchar, amar, esperar? Es nuestra misma vida que queda interpelada
con estas preguntas, con estos clamores. El corazón del hombre
queda inquieto hasta que no encuentra respuestas verdaderamente satisfactorias. La
razón, que es apertura a la realidad en la totalidad
de sus factores, reclama el conocimiento del significado último y
total, no se conforma con los silencios, las censuras y
las distracciones, no admite fugas superficiales ni actitudes frustrantes de
cinismo o resignación. El hombre ha sido creado para el
infinito. Deseos y necesidades de su corazón no admiten confines
pre-establecidos. Estamos en la búsqueda de la verdad completa, empezando
por los continuos e insuprimibles "por qué" de nuestra infancia
hasta las búsquedas científicas, las reflexiones metafísicas, la inteligencia de
la fe. Sabemos que todo particular encuentra su significado a
la luz de la totalidad, y esto empuja nuestra sed
de verdad hasta el fondo, a la raíz de la
totalidad de lo real. Quisiéramos ser plenamente felices, y no
aceptamos que la felicidad se reduzca a una experiencia pasajera,
ofuscada e interrumpida, si no frustrada, por el dolor, el
sufrimiento y los fracasos. Nos rebelamos a las injusticias padecidas
por las personas, los grupos sociales y pueblos, oprimidos,
expropiados y excluidos de los bienes destinados a todos, a
comenzar por el bien de la misma vida y la
dignidad humana. Quisiéramos construir definitivamente un mundo en que reine
la justicia, donde las espadas sean transformadas en arados y
se acaben guerras, tiranías y esclavitudes. Quisiéramos amar y sobre
todo ser amados, con un amor que abrace toda nuestra
humanidad, capaz de superar todo límite, más fuerte que la
muerte, un amor sin fin, total, para siempre. "Es este
nuestro grito - exclamó el Siervo de Dios Juan Pablo
II en su último viaje en América Latina, en el
basílica-santuario de Nuestro Señora de Guadalupe, el 23 de enero
de 1999 - una vida digna para todos! ".
Cuanto
más estos deseos, estas preguntas, palpitan en el corazón, cuanto
más es advertido su ímpetu y alcance totalizantes, cuanto más
arde la necesidad y se levanta el grito que exige
respuestas totales a estos anhelos, más se sufre por la
impotencia y la alienación humanas, por la incapacidad de alcanzar
por los propios medios una completa satisfacción. No logramos alcanzar
toda la verdad, toda la justicia y todo el amor
que naturalmente, íntimamente, infinitamente anhelamos, sólo con nuestras fuerzas limitadas,
desordenadas, finitas. Hacemos el mal que no queremos y no
el bien que queremos, Caín sigue siendo el asesino de
su hermano, queda un desorden interior, profundo, que ningún cambio
de estructuras logra sanar, mientras la muerte inexorablemente devora los
grandes deseos e ideales que todo nuestro ser alimenta y
reclama. Seria innatural, irracional, inicuo, que los deseos y las
necesidades que constituyen nuestro ser fueran condenadas a ser frustradas.
¡La vida no es - no puede ser - una
"pasión inútil"!, como dijo Jean-Paul Sartre. No puede estar condenada
a acabar en la nada. Los anhelos del corazón humano
no pueden ser considerados arbitrarios: apuntan a un más allá,
reclaman un más allá. Nuestro corazón tiene una exigencia última,
imperiosa, de verdad y felicidad, de justicia y amor, que
exige de ser cumplida. La esperanza es la estructura misma
de la naturaleza humana, la esencia del alma; la vida
es una promesa que espera y suplica su realización.
Solamente
"la hipótesis-Dios", sólo la afirmación del Misterio como realidad que
transciende nuestras capacidades puramente humanas, corresponde a la estructura original
del hombre. Es el mismo Dios que ha puesto este
anhelo en el corazón del hombre, creándolo a su imagen
y semejanza, quien viene al encuentro al hombre en la
historia para donarle la promesa cierta de su plena realización.
El diálogo de Dios con el corazón del hombre ha
tenido su cumbre: el Misterio que todo ha creado, en
el que todo consiste y existe, el Dios buscado y
siempre deseado por el hombre, por sus culturas y religiones,
el Misterio al que el hombre ha dirigido la imaginación,
la razón y la oración, se ha hecho hombre irrumpiendo
en la historia, en un tiempo y un lugar determinados,
en un momento decisivo para la vida del mundo, de
todo el universo. Él revela el verdadero rostro de Dios,
y con ello el rostro del destino del hombre, el
significado último de nuestro ser. Confesamos y experimentamos que Jesús
Cristo es el Verbo de Dios encarnado, la realización del
amor misericordioso y redentor, la presencia irrevocable de Dios entre
nosotros; es el camino, la verdad y la vida, respuesta
totalmente correspondiente y satisfactoria, ¡sobreabundante!, a los deseos y las
necesidades del corazón humano.
En el corazón del hombre existe
un inextinguible deseo de infinito… sólo el Dios que se
ha hecho hombre para romper nuestra finitud y conducirnos hacia
su dimensión infinita puede satisfacer verdaderamente las exigencias de nuestra
naturaleza. El texto más frecuente en el Magisterio del Siervo
de Dios Juan Pablo II es el párrafo 22 de
Gaudium et Spes: "En realidad sólo en el misterio del
Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre". El
Dios hecho hombre, el "nuevo Adán", "el hombre perfecto" «revela
plenamente el hombre a él mismo y le manifiesta su
altísima vocación». Por lo tanto - S.S Benedicto XVI concluye
en la homilía inaugural de su pontificado - "quien permite
a Cristo entrar en la propia vida, no pierde nada,
nada - absolutamente nada de lo que hace la vida
libre, bella y grande. […] Sólo en esta amistad realmente
se abren las grandes potencialidades de la condición humana. […]
Él no quita nada, y lo dona todo. Quien se
dona a Él, recibe el céntuplo". Y la vida eterna.
Esperanzas actuales en América Latina
Y ahora volvemos a
nuestra historia.... ¿Cuáles son las esperanzas seculares, terrenas, hoy en
América Latina?
Son señales de esperanza las tres décadas que
han visto la duración de procesos de democratización en casi
toda América Latina, procesos muy importantes en cuánto tienden a
dejar atrás tiempos de inestabilidad y "golpes de Estado", la
terrible dialéctica entre violencia insurreccional y represión liberticida, las prácticas
aberrantes de asesinatos políticos, "desapariciones" y torturas. Se trata de
una esperanza que hace falta proteger y cultivar. Ella seguirá
siendo tal si se basa en el respeto de los
derechos naturales y de las libertades fundamentales de las personas
y de los pueblos: la libertas ecclesiae, que está al
origen de las libertades, solidaria con ellas, es un criterio
sensible para medir y asegurar este respeto. Crecerá esta esperanza
si se logra dar seria continuidad y credibilidad a las
instituciones del poder público, si se rompe el círculo de
sistemas de poder y luchas políticas auto-referenciales, si no
se recae en la esclavitud de las idolatrías del poder
y sus tendencias autocráticas, si se sabe combatir la corrupción
y garantizar un auténtico orden público y seguridad ciudadana. Se
reforzará, esta esperanza, si animada por una vasta inclusión y
participación popular en la vida pública, movida por valores e
ideales radicados y presentes en la tradición cristiana de nuestros
pueblos. Hay necesidad de auténticas democracias que se muestren realmente
capaces de afrontar la complejidad y la dramaticidad de los
problemas y los desafíos sociales, yendo más allá de la
persistente lucha entre facciones y las obsesivas contraposiciones, acusaciones y
descalificaciones, las exasperaciones tendencialmente violentas, sabiendo hacer confluir vastas convergencias
populares y nacionales hacia grandes objetivos de reconstrucción, desarrollo y
justicia social. Para ello es necesario educar, difundir y movilizar
energías de laboriosidad y empresarialidad, la creatividad, el sacrificio y
la solidaridad de las personas, las familias y muchos sectores
sociales y asociaciones civiles en esta tarea. Es fundamental,
para custodiar y cultivar esta esperanza, la guía de los
tres principios básicos de la doctrina social de la Iglesia:
la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la
solidaridad. Actualmente en América Latina hay modelos virtuosos para esta
esperanza y muchas amenazas.
Otro horizonte de esperanza ha sido
abierto por el hecho de que los países latinoamericanos están
viviendo una larga ola de crecimiento económico, gracias sobre todo
a los altos precios de los productos agrio-comestibles, minerales y
energéticos. ¿Pero será posible también imprimir un crecimiento auto-sustentable en
coyunturas que se presentan menos favorables y más críticas, ante
los temblores difundidos por el actual terremoto financiero y el
clima de recesión que se respira en Estados Unidos y
en la Europa occidental? ¿En qué medida se están efectivamente
reinvirtiendo las riquezas conseguidas a nivel tecnológico, productivo, educativo, en
políticas de equidad social? En tiempos de “vacas flacas” se
podrán valorar adecuadamente cuáles son las políticas virtuosas, que soportan
el choque de estas coyunturas críticas, y cuáles, en cambio,
las políticas que llevan a nuevas situaciones de inestabilidad y
depresión.
También es señal de esperanza el hecho de que
muchos sectores populares hasta ayer excluidos del mercado y de
la cosa pública ya no son más "marginales", resignados y
silenciosos, e irrumpen en la escena de las naciones, con
una carga que es al mismo tiempo de humillación, exasperación
y esperanza de vida mejor. Especialmente las comunidades y los
movimientos indígenas se movilizan convirtiéndose en protagonistas. Bienvenida la valorización
de "todas las sangres" – como dice el título del
conocido libro del peruano como José M. Arguedas - y
que se reconozca la debida dignidad y justicia a los
que han sido los más humillados y explotados. La dramática
cuestión indígena es una cuestión nacional, de tierra y de
cultura, en una patria común, sin exclusiones. No sirven, en
cambio, las presuntas actualizaciones, anacronísticas y míticas, de las civilizaciones
pre-colombinas, las apologías del neolítico, las meras reservas para los
indígenas, la reanudación artificial y absurda de cosmogonías religiosas, el
regreso de brujos y chamanes, el “indigenismo” anti-católico de ideólogos
confusos o deshonestos que no saben más que pretender reactualizar
la "leyenda negra" y dejar a los indígenas en la
confusión, agitación y manipulación. No sirven tampoco las formas de
disgregación de la unidad nacional y latinoamericana a partir de
forzadas contraposiciones étnicas. "No somos (…) una suma de pueblos
y etnias que se yuxtaponen", reafirman los Obispos latinoamericanos en
el documento de su V Conferencia General en Aparecida (
n. 525 ). Incluso los que llamamos "indígenas" son en
su inmensa mayoría étnica y culturalmente mestizos, aunque marginados. La
cuestión verdadera es ayudar estos sectores populares a convertirse en
conciudadanos, a la altura y ante las exigencias del siglo
XXI, protagonistas de la construcción de las naciones, promoviendo su
educación, formación y condiciones de vida que los hagan capaces
de dialogar con el tremendo poder de la cultura y
del trabajo de nuestro tiempo. Aquí reside el quid de
una auténtica esperanza de rescate.
Una esperanza viva desde los
tiempos de los "Libertadores", que se renueva periódicamente con muchos
rostros y formas históricas en la vida de los países
latinoamericanos, es la de la construcción de una "patria grande",
de una gran nación capaz de incluir toda la variedad
y la riqueza de pueblos hermanos, en el subcontinente que
más que otros puede contar con factores de unificación. Benedicto
XVI ha intuido claramente esta vocación original, recordando a los
representantes diplomáticos de la Santa Sede en los países latinoamericanos,
las palabras que Juan Pablo II pronunció durante la inauguración
de la IV Conferencia de Santo Domingo, 12.X.92, cuando habló
de "pueblos definitivamente unidos en el camino de la historia
de la misma geografía, fe cristiana, lengua y cultura". Su
proceso de integración parece fundamental para afrontar los desafíos del
desarrollo y de la inserción "en la dinámica mundial condicionada
cada vez más de los efectos de la globalización" (ibid).
"Una y plural, América Latina es la casa común, la
gran patria de hermanos (…) ", aunque fragmentada por profundas
desigualdades. "Es la "Patria grande" de que han hablado "Puebla"
y "Santo Domingo"; y la "V Conferencia expresa su firme
voluntad de continuar con este empeño", ( cfr. Documento de
Aparecida, nn. 525-526-527 ). Concretamente, los Obispos en Aparecida también
ponen a la luz "en los últimos veinte años mejorías
significativas y prometedoras en los procesos y en los sistemas
de integración de nuestros países. Las relaciones económicas y políticas
se han intensificado. Hay una nueva y más estrecha comunicación
y solidaridad entre el Brasil y los países hispanoamericanos y
caribeños". A pesar de eso, hay graves bloqueos que detienen
estos procesos". El documento cita la fragilidad y la ambigüedad
de "una mera integración comercial" y su reducción a cuestión
atinente sólo de “cúpulas políticas y "económicas", sin que se
pongan raíces en la vida y en la participación de
los pueblos. Sobre todo se pone de manifiesto que "a
pesar que abunde el lenguaje político sobre la integración, la
dialéctica de contraposición prevale sobre el dinamismo de solidaridad y
amistad". Alimentar las convergencias políticas y la creación de adecuadas
instituciones regionales, intensificar y articular en cadenas productivas y comerciales
una cada vez mayor cooperación económica, promover organismos bancarios y
financieros comunes, construir redes de comunicación física, energética y mediática,
desarrollar los intercambios educativos y culturales, promover movimientos y obras
de solidaridad social, con el objetivo de la edificación de
una unión suramericana, en el horizonte de la " grande
patria " latinoamericana, es un camino de esperanza en el
presente y por el futuro común. De este proceso no
pueden ser símbolos comunes los de las antiguas civilizaciones indígenas
(que nunca han tenido una conciencia común y, además, en
la actualidad los así llamados indígenas no llegan a ser
el 10% de la población latinoamericana), sino que lo son
ciertamente Nuestra Señora de Guadalupe, el Cristo de las Andes
y el Sagrado Corazón del Corcovado.
Hay quienes ven en
la construcción del "socialismo del siglo XXI" en América Latina
un camino de esperanza. Es algo que debe ser sometido
a ulteriores aclaraciones y que abre a serio debate. No
es suficiente confundir el "socialismo" con la concentración del poder
político y con una dinámica de estatalización. Se corre el
riesgo que se convierta en retórica ideológica, ilusoria y peligrosa,
si no está basada, por una parte, en la ardua
tarea de un balance de las miserias y devastaciones provocadas
por las experiencias históricas del "socialismo real", que incluya necesariamente
una crítica radical de los paradigmas ideológicos de un marxismo-leninismo
que ha perdido cada vez más fuerza persuasiva, atractiva y
propulsora; y, por otra, en el balance también de la
socialdemocracia, empantanada actualmente en un pragmatismo confuso y remodelada por
el hedonismo y relativismo que prevalecen en la sociedad del
consumo y del espectáculo. Queda el arduo emprendimiento, teórico y
práctico, de prospectar y abrir caminos realistas, audaces y originales
de desarrollo para el bien común de los pueblos latinoamericanos,
más allá del anacronismo y las miserias de un neo-liberalismo
salvaje y un socialismo liberticida.
El fundamento, la fuente y
el horizonte de toda auténtica esperanza
La promoción de un
crecimiento económico persistente y auto-sustentado, la incorporación tecnológica y la
modernización de los sectores productivos de relevante valor agregado, la
elevación de los niveles educativos en cantidad y calidad humana,
la reconstrucción del tejido familiar y social, la gradual superación
de las desigualdades, el dinamismo participativo y los cimientos ideales
de una auténtica democracia, la construcción de un Estado que
no sea ineficiente y sofocante y de una difundida actividad
empresarial en un mercado que sea inclusivo y
no excluyente, los caminos hacia un mercado común y una
confederación suramericana y latinoamericana … son grandes y exigentes tareas
históricas que solicitan serena inteligencia, firme determinación, audacia y paciencia,
así como una inquebrantable esperanza. Requieren sobre todo un crecimiento
en humanidad de las personas y los pueblos.
¡Sólo un
amor más grande de nuestras medidas humanas es revolucionario y
abre verdaderos horizontes de esperanza, no limitados a la esperanza
- afirma el Papa en la Spe Salvi ( cfr.
n. 35 ) - que las autoridades políticas y económicas
pueden ofrecer […]. “Sólo la gran esperanza-certeza que, a pesar
de todos los fracasos, mi vida personal y la historia
en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del
Amor, gracias al cual, en él tienen un sentido y
una esperanza, sólo una esperanza así puede dar el ánimo
de trabajar, continuar" y siempre recomenzar ( cfr. n.
35 y ss. ) "Es éste el tesoro inestimable del
que es rico el continente latino-americano, aquí esta su patrimonio
más precioso (…). Ésta es vuestra fuerza, que vence al
mundo - ha afirmado el Papa en su homilía en
Aparecida -, la alegría que nada ni nadie les podrá
quitar, la paz que Cristo les ha conquistado con su
cruz! Es ésta la fe que ha hecho de América
el “continente de la esperanza”. No una ideología política, no
un movimiento social, no un sistema económico; es la fe
en Dios amor, encarnado, muerto y resucitado en Jesús Cristo,
el auténtico fundamento de esta esperanza […] ".
No hay
mejor servicio a la esperanza que el de la misión
evangelizadora de la Iglesia. El documento conclusivo de la V
Conferencia General del episcopado latinoamericano en Aparecida ilustra y propone
luminosamente las razones y los caminos de esta esperanza en
misión. En la misión está en juego el destino de
las personas y las naciones. No hay construcción realmente humana
- construcción de la persona y de la sociedad -
si Cristo no es reconocido como la "piedra angular". Cristo
nos da todo y no nos quita nada - como
ha dicho en la primera homilía de su pontificado S.S
Benedicto XVI (24.IV.2005) - de lo que hace la vida
libre, bella y grande, de lo que es auténticamente verdadero
y bueno para la vida de las personas, los pueblos
y las naciones. "Sólo de Dios - dijo Benedicto XVI
en Verona (19.X.2006) - puede venir el cambio decisivo del
mundo" y la inauguración de un mundo nuevo, que penetra
continuamente nuestro mundo, lo transforma y lo atrae a Él.
Es la "revolución" del amor, a la que el Papa
llamó a los jóvenes en Colonia, en Alemania, más fuerte
que todo límite y opresión, victoria sobre la muerte, (21.VIII.2005;
cfr. Spe salvi, nn. 35 e ss).
Si se es
consciente que más del 80% de los latinoamericanos están bautizados
en la Iglesia católica, porcentaje que es más del 40%
de los católicos a nivel mundial, se puede afirmar que,
a pesar de todos nuestros límites, nuestras incoherencias y miserias,
el destino de los pueblos latinoamericanos y la misión de
la Iglesia católica están estrechamente entrelazadas, al menos por las
próximas décadas del siglo XXI. Si cae en reflujo la
tradición católica, si no se procede a un intenso trabajo
de educación de la fe para convertir los bautizados en
auténticos discípulos y testigos de Cristo, si no se gastan
realmente energías misioneras por una "nueva evangelización" a largo y
anche del continente, si esta tradición católica no se convierte
en alma, inteligencia, fuerza propulsora y horizonte de desarrollo, de
mayor justicia y hermandad, de crecimiento en humanidad, nuestros pueblos
sufrirán y perderán su mayor riqueza. Y si nuestros pueblos
quedan dependientes de los ciclos periódicos de exaltaciones utópicas y
depresiones críticas, de idolatrías y mesianismos temporales que engendran nuevas
esclavitudes, de crecimientos económicos que arrastran desigualdades intolerables, de retraso
y marginalidad en el contexto mundial, sufrirá la catolicidad. En
Dios está nuestra esperanza, muchas veces contra toda esperanza.
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